43. El Eco de los Dioses
R egina contemplaba el campo de batalla con una satisfacción casi palpable.
Las tropas de Hiniur, que con tanto orgullo había forjado, avanzaban desenfrenadas hacia los humanos, decididas a borrar su existencia de una vez por todas.
A sus espaldas, se escuchaban los rugidos de sus creaciones más ambiciosas, Hiniur supra evolucionados ansiosos por sumarse a la masacre que protagonizarían.
De pronto, su sonrisa se desvaneció mientras sus ojos se estrecharon al escudriñar el frente.
—No veo a la chica.
A su lado, Tayim, agazapado, entrecerró sus ojos de fuego, fijándolos en la distante silueta del castillo de Capital.
—No está entre ellos, madre.
Regina soltó un suspiro, visiblemente irritada.
—¿Puedes asegurarte de que sigue viva y que todo va según lo previsto?
—ordenó, al tiempo que apoyaba su mano sobre el imponente flanco de uno de los Hiniur de Rango Alto que se alzaba tras ella—.
Yo me encargaré de entretener a los comandantes mientras tú localizas a la muchacha y tu padre completa su germinación.
Tayim permaneció en silencio, reflexionando un instante antes de responder.
—¿Estás segura de que podrás manejarlo sola, madre?
Una carcajada resonó en el aire.
—Oh, hijo mío… Una sola de estas criaturas sería suficiente para aniquilar a cualquier comandante. No te preocupes por mí. Ve y asegúrate de que todo marcha como debe.
Tayim asintió lentamente.
—Confío en ti.
—¿Qué ha sido ese ruido? —preguntó Verso, acercando su oído a la puerta de acero—. ¿Lo has notado tú también?
Cincela se sentaba en uno de los extremos de la cama, cabizbaja, apoyando una de sus manos sobre el vientre.
—Ya están aquí Verso, son ellos.
El clérigo se tornó bruscamente hacia ella, sus piernas comenzaron a sufrir un tembleque repentino al percatarse de a quiénes se refería.
—¿Gri-Grifford?
La joven permaneció con la cabeza agachada dejando que las ondulaciones de su cabello cubriesen su rostro.
—Están atacando Capital —afirmó, pronunciando cada palabra con severa dificultad—. Ha llegado el momento, Verso.
—¿El momento? ¿Qué momento? ¡Pe-pe-pero si no hemos tenido apenas tiempo de organizarnos! No estamos preparados para enfrentarnos a algo así. A algo como un emisario de Yavan —exclamó el clérigo, los cabellos de su flequillo se veían húmedos a causa del sudor que empapaba su frente.
—Preparados o no, es la hora —respondió Cincela con relativa tranquilidad—. Ellos están aquí, justo a las afueras de Capital.
Verso frunció el ceño.
—¿Cómo estas tan segura de ello? ¿Los has visto?
Cincela alzó su cabeza, su ojo carmesí brillaba con una intensidad mayor de la habitual. Sin mediar palabra, se alzó la blusa hasta la altura de su pecho, mostrando su vientre al aprendiz.
—Porque él está buscándole.
Las venas negruzcas que se extendían hacia el centro del vientre mostraban un grosor antinatural.
A medida que se acercaban al epicentro abdominal, dejaban atrás aquel color putrefacto para adquirir un matiz amoratado aún más intenso.
En la zona del ombligo, donde todas convergían, Verso observó cómo se ramificaban en innumerables hilos que penetraban hacia el interior de Cincela.
El vientre palpitaba de forma intermitente desde dentro, deformando el abdomen de la lenovense de forma irregular con cada pulsación.
—Queda poco tiempo —aseguró ella, apoyando una mano sobre las protuberancias de su tripa—. Lo puedo sentir.
Verso dirigió su mano a su cintura, desenvainando la faca clerical cuyo filo brilló a la luz de las antorchas que iluminaban la estancia.
—¿Sigues pensando que debería…?
—Solo tú puedes hacerlo, Verso —interrumpió Cincela—.
Solo tú puedes poner fin a esto. ¿Recuerdas lo que dijo Álvar?
La intención de Grifford es la de crear un emisario que esté por encima incluso de ellos mismos.
Un ser capaz de hacer cumplir la profecía y erradicar la humanidad.
Y ese ser está gestándose en mi interior.
No puedes dejar que viva. Prométemelo, Verso.
El aprendiz descendió su mirada hacia el filo del arma, observando los ojos temerosos que proyectaba su reflejo.
—Prométemelo —repitió Cincela ante la demora de su compañero en responder.
El clérigo alzó su cabeza nuevamente.
—Por favor —rogó ella.
Verso se tomó varios segundos más antes de pronunciar palabra. Infló su pecho y soltó el aire con un suspiro cargado de resignación.
—No puedo prometerte algo así —confesó—. ¿Cómo iba a hacerlo? Sería una lástima quitarle la vida a un ser que has gestado dentro de ti, ¿no crees? ¿No querrías siquiera conocerle? ¿No querrías siquiera verle la cara aunque fuese una vez?
Cincela frunció el ceño.
—Verso…
—¿Sabes lo que más me gusta de estar aquí encerrado? —preguntó el clérigo, interrumpiendo a Cincela—. El estar alejados de todos. Aquí nadie podrá molestarnos. Aquí nadie podrá acudir en tu ayuda. Aquí tan solo estamos tú y yo, querida. Nadie más.
Las cejas de Cincela se arquearon, expresando la furia que comenzó a arder en su pecho.
—Tú… tú no eres Verso —Cincela se levantó de un sobresalto, buscando con su mano la espada de aeronita que se apoyaba sobre el cabecero de la cama y que empuñó apuntando con su filo al clérigo.
Verso soltó una carcajada, dejando entrever los colmillos que empezaron a formarse entre sus labios.
Un manto de escamas negras comenzó a recubrir los brazos del joven.
De las falanges de sus dedos brotaron garras tan curvadas como afiladas.
Sus ojos recordaron al sol de verano cuando un fulgor rojizo los recubrió.
Líneas de humo negro serpentearon alrededor de su mano hasta cubrirle el cuerpo de aquel tono carbón.
—Muy astuta —repuso Verso con una sonrisa irónica—. En efecto, no soy el endeble de tu amigo, querida.
Cincela notó como la voz de Verso no sonaba con el dulce tono inocente que solía tener.
Era una voz distorsionada, gélida y gutural.
Una voz propia del monstruo en el que se había convertido.
Una voz que reconoció al instante cuando se percató de que Tayim había tomado su cuerpo y hablaba a través de él.
—Yo soy el que se asegurará de que todo sale según lo previsto. De que el hijo de Yavan que se gesta en tu interior vea la luz de este mundo. De que, una vez lo haga, lleve a cabo su cometido; hacer cumplir la profecía erradicando toda creación de Gheva.
Tayim avanzó hacia Cincela. La luz carmesí de sus ojos se intensificó a cada nuevo paso que daba.
—Porque él, y tan solo él, es capaz de hacer cumplir la palabra del Supremo. Él es la representación de nuestro Dios en la tierra. Él es la llama de su rencor, el manto de su voluntad, el latido de su venganza —hizo una pausa—. Él es…
Tayim desapareció del campo de visión de Cincela en un abrir y cerrar de sus parpados.
Con ojos temerosos, miró en todas direcciones, pero allí solo encontró silencio y soledad.
Un escalofrío repentino recorrió su espalda al percibir, de pronto, una presencia justo detrás de ella.
Aun sin volverse para comprobarlo, pudo sentir cómo una cabeza escamada se acercaba a su nuca.
La calidez de su aliento envolvió su oreja cuando pronunció sus últimas palabras.
—… El eco de los Dioses.