42. Beligerancia
L as estrellas parpadeaban incansables en el cielo como si, de alguna forma, ellas también quisieran ser testigos de lo que acontecería aquel día.
De como la promesa de Yavan parecía materializarse en una densa nube de escamas y garras que avanzaba hacia las puertas de Capital.
De cómo en el lado opuesto de aquella explanada se congregaban los últimos vestigios de la humanidad; la obra más ambiciosa de Gheva.
Imbuidos por la cólera y por una insaciable sed de venganza, la raza de los hombres se preparó para la batalla más importante de su vida.
La batalla para defender su identidad, su legado y reescribir su futuro.
Los soldados que custodiaban la muralla aquella noche accionaron las poleas, elevando el portón macizo de jaspe que durante tantos años había protegido la ciudad.
Tras su apertura, los miembros de los diferentes escuadrones fueron abandonando el amparo del reino.
Poco a poco, los hombres de armadura de ceniza y corazón de fuego avanzaron hasta inundar con su presencia la entrada del reino.
—¡FORMAD! —gritó una voz entre la multitud.
Los hombres y mujeres que conformaban los escuadrones avanzaron tras la orden, sin abandonar su rigidez, hasta formar perfectas cuadrículas.
Sus miradas al frente observaron cómo el océano de Hiniur en la lejanía iba aproximándose hacia ellos.
Los soldados rompieron entonces su formación, abriéndose en un estrecho pasillo humano que facilitaría el paso de sus líderes hacia el frente.
La siguiente en emerger tras las puertas fue Ilma quien, caminando con paso firme, ocultaba su rostro bajo la penumbra que ofrecía su caperuza.
A cada uno de sus lados, con cabeza altiva y pelaje erizado, caminaban Naila y Horos con un contoneo tan sugerente como intimidante.
Tras la reina, custodiando su retaguardia, avanzaba el cuerpo élite de guardabosques de Davá y, tras ellos, aquellos davenses cuyo rencor no les permitió sanar sus heridas y quisieron ofrecer también sus vidas por la causa.
Un bramido retumbante resonó entonces desde las profundidades del portón, seguido de unos pasos tan pesados que los soldados que allí formaban pudieron sentir las vibraciones bajo sus pies.
Ylvan y Beti hicieron su entrada de entre las fauces del reino, abandonando el cálido cobijo de Capital, adentrándose en el campo de batalla.
A su alrededor los acompañaban brevodianos a lomos de sus monturas, alzando sus lanzas de punta celeste al cielo.
Avanzaron en semicírculo, formando un escudo humano en torno a los dos hombres que habían liderado Brevodia los últimos años.
En el centro de todos ellos, Íkaro cabalgaba sobre el pelaje pardo de Beti y, junto a él, Yskar se erguía sobre el pelaje ceniza de Ylvan.
Cuando por fin el rey de Brevodia alcanzó la vanguardia de los escuadrones, se detuvo junto a Ilma, que ya aguardaba su llegada al frente.
—¿Alguna vez habías visto a tantos? —preguntó la líder davense cuando notó la presencia de Yskar a su vera.
La sonrisa del líder brevodiano se dejó entrever entre las comisuras de su semblante, mientras contemplaba cómo el tumulto de Hiniur estaba cada vez más cerca.
Se llevó una mano al pliegue interior de su armadura, palpando el contorno de la piedra que allí guardaba y que le había acompañado hasta entonces.
—Nunca —respondió por fin—. Y te mentiría si te dijera que no tengo miedo.
Pero la sed de venganza que palpita en mi corazón en estos momentos es tan fuerte, que no soy capaz de sentir nada más —dirigió su mirada hacia Ilma; ella alzó su cabeza para encontrarse con sus ojos—. Ha llegado nuestro momento al fin.
La líder davense sonrió, volviendo su mirada al frente.
—Si esperas que te responda con unas palabras emotivas, puedes esperar toda la eternidad.
Me conoces y sabes muy bien que no soy así —Ilma calló durante unos segundos—.
Pero si tuviese la mala fortuna de encontrarme con la muerte en esta batalla, le haré saber a Gheva allí arriba que fuiste una de sus mejores creaciones.
Yskar sonrió nuevamente, dirigiendo también su mirada hacia la amenaza que avanzaba hacia ellos.
—Confío en no llegar a tal extremo —dijo, acomodándose la hombrera de acero celeste—. Quisiera vivir un día más y hacerles saber a todos cómo Ilma, la reina más fría que Davá jamás conoció, puede llegar a decir semejantes cursilerías.
—Gastaré todas las flechas de mi carcaj en esta batalla si así lo precisase —respondió ella—. Todas menos una, que usaré para atravesarte la lengua como comentes una palabra de lo que te he dicho.
Yskar soltó una carcajada.
De entre las colosales puertas de jaspe, emergieron ahora los seres de ropajes marinos y aletas coloridas.
Algunos blandían una cuerda vegetal en cada mano, otros, armas confeccionadas a partir de perlas afiladas, y los más desafortunados soportaban sobre sus hombros el peso del trono sobre el que descansaba Shaila.
Aposentada sobre un sillón de jaspe negro con adornos tallados en la propia piedra, la líder de los Kyanos se dirigía al campo de batalla con el orgullo que la caracterizaba.
Sus enormes aletas rosadas estaban desplegadas en su totalidad, sus manos sostenían su báculo corroído por la humedad y su mirada barría el horizonte mientras atravesaba a los soldados capitenses mientras se dirigía, ella también, al frente junto a Ilma e Yskar.
—Aquí —ordenó.
Siguiendo la petición de su líder, los Kyanos que cargaban con el trono lo depositaron sobre suelo. Shaila se alzó de su sitial y, apoyándose sobre su báculo, se situó junto al rey brevodiano.
—Veo que al final has convencido a los comandantes para que te presten algo de jaspe —señaló Yskar, observando a la kyana desde la altura que le ofrecía Ylvan—. Y tengo que admitir que el resultado está muy conseguido.
—¡Bronk!
El sirviente acudió lo más rápido posible, abriéndose paso entre la multitud de Kyanos.
—¿Sí, mi señora?
—No sé qué tonterías balbucea el mortal que está a mi lado, pero hazle saber que una líder como yo necesita de un trono, bien sea adornado con perlas o esculpido con jaspe —respondió Shaila, sus aletas rosadas se mecieron al viento—.
Hazle saber que la envidia es un sentimiento muy primitivo y denota debilidad.
Yskar carcajeó.
—Déjalo, Bronk —interrumpió el brevodiano cuando este abrió la boca para hablar—. Shaila tiene razón.
—Por supuesto que la tengo. Yo nunca miento.
Las puertas de Capital se abrieron en su totalidad cuando los soldados de las murallas accionaron las poleas hasta su límite.
Tras unos segundos, los trece comandantes que componían el gobierno actual de Capital atravesaron los confines del reino.
Encabezando el grupo, un poco adelantada al resto, Jedena avanzaba junto al único lenovense que representaría a su reino en aquella batalla; el Capitán Ramis.
Los comandantes siguieron caminando a través de las cuadrículas de los soldados hasta llegar al frente, junto al resto de líderes, desplegándose horizontalmente frente al escuadrón que comandaban.
En el centro de la línea de comandantes, Jedena se mantenía firme junto a Ramis, observando la masa de criaturas que se acercaban cada vez más hacia ellos.
Desde su posición, la comandante del Diez logró percatarse de que las primeras filas enemigas estaban conformadas por Hiniur comunes, de aquellos que tantas veces había enfrentado.
Pero había otros posicionados en la retaguardia que lograron perturbar su tranquilidad.
De extremo a extremo de la explanada de tierra, se podían intuir unas variantes de Hiniur de proporciones colosales, de diferentes formas y colores, cada cual más temible y mortífera que la anterior.
Pero, en el centro de aquella gran masa, Jedena reparó en la presencia de dos entes que aún desprendían un aura más oscura y siniestra que cualquier Hiniur. Dos figuras que reconoció de inmediato y que eran las causantes de todo aquel mal.
Regina…, susurró Ramis apretando su mandíbula …Tayim.
Jedena apoyó una mano sobre el hombro de Ramis, calmando así su creciente furia.
—Comandantes, monarcas y líderes que ahora me escucháis —invocó Jedena, alzando su voz, llamando la atención de todos—.
Ha llegado la hora. Ha llegado el momento que marcaba la profecía.
El día que marcará un antes y un después en nuestra historia.
Nuestra oportunidad de venganza y de brillar.
Han conseguido que dudemos de nosotros mismos y nos enfrentemos los unos a los otros.
Han logrado arrebatar la vida de inocentes que tan solo pretendían alcanzar un futuro mejor para los nuestros —hizo una pequeña pausa—.
Hoy Gheva nos brinda la oportunidad de acabar lo que ella empezó.
De reescribir la profecía que ella misma escribió.
Comandantes y guerreros que hoy lucháis por la humanidad; ¡alzad vuestras armas un día más!
Tretton sostuvo su maza, un haz de luz cubrió sus piernas, el suelo bajo sus pies pareció agrietarse cuando la luz imbuyó por completo sus extremidades.
—Hora de aplastar a esos insectos —masculló, apoyando su pesada arma sobre su hombro.
Zékiel se colocó el yelmo de jaspe que, a diferencia del resto, estaba repleto de marcas y rasgadas, incluso algo desgastado y oxidado. Su larga melena sobresalía por debajo hasta casi llegar a su cadera, cubriendo su espalda por completo.
—Veamos si ese emisario es tan poderoso como aseguráis —hizo rodar la bola de su mangual—. Ojalá él pueda ofrecerme un combate digno.
Alina tensó las vendas que sobresalían de sus muñecas.
—Ahora contamos con la ayuda de toda la humanidad —apuntó, dirigiendo su mirada hacia Korvin, él le devolvió la mirada y sonrió—. Incluso con el poder de criaturas más allá del mundo terrestre.
—Hoy aprenderán a no infravalorarnos —afirmó Azava, abriendo las rejillas de su máscara en su totalidad e imbuyendo sus ojos con un haz de luz de una intensidad más pronunciada de la habitual.