41. Sinergia
A zava se llevó una mano a uno de los costados de su máscara, accionándola, abriendo por completo las rejillas que ocultaban sus ojos. La luz de su Bendición resplandeció entre el metal mientras sus ojos se cubrían de aquel brillo plateado.
—Garganta —indicó, acomodando un perno en su ballesta—. Es la parte que más calor desprende y su punto más vulnerable.
Alzó su brazo, apuntando con su ballesta hacia la parte alta de la sala donde la bestia continuaba desprendiendo las tejas que bloqueaban su acceso al interior.
El perno cortó el aire, dirigiéndose veloz hacia las fauces del Hiniur alado. La bestia, percatándose del proyectil que se dirigía hacia ella, expandió la cubierta ósea que rodeaba su mandíbula, cubriendo su boca y provocando que la saeta rebotara al impactar.
La protección de hueso volvió a retraerse, desnudando sus colmillos de nuevo. Pero la testarudez de Azava no se daría por vencida tan fácilmente, de modo que una nueva flecha surcó el aire, acertando esta vez en el ojo de la bestia, que quedó aturdida momentáneamente.
—No dejéis que entren al castillo —ordenó Ilma, sosteniendo su arco en alto, y ocultando su rostro tras la capucha grisácea, dispuesta a apoyar a la comandante con las flechas que ya extraía de su carcaj.
Cuando la bestia logró recomponerse, se zarandeó con tanta violencia, que logró introducir su cabeza y parte de su torso en el interior del castillo.
A medida que penetraba, ampliaba el orificio, provocando una lluvia de piedras y gravilla en su intento.
Un último esfuerzo bastó para adentrarse por completo en el habitáculo, que quedó inundado con su presencia cuando aterrizó sobre la mesa, quebrándola.
Fue entonces cuando el titánico Hiniur emitió un alarido que recordó al zigzagueo de un trueno. Las llamas de las antorchas circundantes, no pudiendo soportar la ráfaga de aire, decidieron apagarse, sumiendo la estancia en la más absoluta oscuridad.
Ahora solo podían apreciarse dos cosas ante aquella repentina penumbra; los ojos carmesíes de la bestia, que observaba a los presentes desde las alturas, y uno de los escudos que adornaban la sala cuando Doile, imbuyendo sus brazos con su Bendición, envolvió el metal en llamas.
Con un movimiento seco, Doile lanzó el escudo, que atravesó el aire, dejando una estela de ascuas a su paso, iluminando la sala momentáneamente. El adorno de acero impactó horizontalmente en las fauces del Hiniur, impidiéndole cerrarlas de nuevo.
Seguidamente, la comandante del Dos decidió invertir su temperatura corporal, sintiendo ahora un frío tan intenso que le amorató los dedos.
Tratando de mantener a la bestia desconcentrada, Doile se acercó a las astillas que momentos antes conformaban la mesa central.
Sostuvo varias en sus manos, transfiriendo el frío de su cuerpo a las maderas, y las arrojó hacia los ojos del Hiniur en forma de carámbanos de hielo.
Alina, aprovechando la distracción que le brindaba su compañera, corrió hacia las gruesas patas sobre las que se sostenía la criatura. Extrajo tres agujas de entre sus ropajes y las colocó en cada uno de los pliegues de sus dedos.
—¡Hermana! —gritó mientras se aproximaba al Hiniur—. Más puntos débiles.
Azava, atendiendo a la petición, accionó su máscara metálica, intensificando la luz que bañaba sus parpados.
—Su pata trasera, justo bajo su cola.
Alina, sin pronunciar una palabra más, corrió hacia donde su hermana le había indicado, hundiendo las tres agujas en aquella zona, pinzando el nervio de la bestia.
El Hiniur emitió un bramido de dolor cuando las agujas perforaron su piel, alcanzando un punto vulnerable de su sistema nervioso y dejándolo allí paralizado.
Aprovechando el aturdimiento que sufría aquella monstruosidad, Zékiel comenzó a trepar por su costado hasta alcanzar su lomo.
Como si del sendero más verde se tratase, el comandante corrió sobre él hasta llegar a la cabeza, donde se detuvo.
Allí, propinó un grito que eclipsó el alarido que emitía el Hiniur cuando lo agarró por los caninos.
Apoyó un pie en el lugar donde se unía la parte posterior del cráneo y el nacimiento de la columna vertebral.
Tiró de los colmillos hacia atrás al tiempo que ejercía presión con su pie, haciendo palanca, hasta vencer la resistencia del hueso y desencajar el cráneo del sitio.
Los ojos de fuego del Hiniur se apagaron cuando la vida abandonó su cuerpo, sumiendo la sala en aquel manto de oscuridad total de nuevo. El cuerpo cuadrúpedo de aquel ser se desplomó sin alma contra el suelo, impactando contra las astillas de madera que se esparcían por el enladrillado.
—Os juro que he pensado en hacer lo mismo que Zékiel —sonó la voz de Adami desde alguna parte de la sala—. Pero al ver que se me había adelantado, he dejado que fuera él quien ejecutase al Hiniur.
—Más —dijo la voz de Zékiel ahora—. Quiero más.
Como si el propio Yavan hubiese escuchado la petición del comandante, un nuevo Hiniur, idéntico al anterior, descendió desde las alturas a través del orificio, dejándose caer contra el suelo junto al cuerpo desfigurado de su semejante.
Sus ojos carmesíes bailaron en la penumbra cuando movió la cabeza en busca de su presa, siendo aquel fulgor rojizo lo único que podía apreciarse entre la oscuridad.
El monstruo abrió las placas óseas que rodeaban su mandíbula, exhibiendo orgulloso los colmillos que la adornaban. Con un movimiento rápido, descendió su cabeza hacia el suelo, mordiendo el aire con la esperanza de hundir sus caninos en alguno de los humanos.
Una cuerda vegetal salió disparada hacia las fauces de la bestia, rodeándolas y cerrándolas de golpe. Las aletas de Shaila brillaron, desprendiendo una tenue aura del color del coral que otorgaron algo de visión a los comandantes.
—¡Krib! —exclamó la líder kyana, manteniendo con fuerza la presa que ejercía sobre el Hiniur.
El kyano de aletas rojizas, tras escuchar su nombre de los labios de su líder, dio un paso al frente.
Con una agilidad propia de un felino, desenvainó dos facas de filo blanco nacarado confeccionadas a partir de perlas afiladas cuyas empuñaduras estaban forjadas a partir de caparazones de molusco.
De un salto se colocó sobre el alga que Shaila sostenía, cuyo extremo contrario apresaba el hocico del Hiniur, y corrió por ella, rodando las dagas sobre sus manos mientras avanzaba.
A falta de escasos pasos para alcanzar a la bestia, el kyano saltó hacia su cabeza, incrustando el filo de sus armas en uno de los ojos de fuego en su aterrizaje. Permaneció allí colgado varios segundos, hasta que el flujo que emanó de la bestia lo vistió de rojo.
Shaila dejó de ejercer presión y el Hiniur se tambaleó hasta que, sin poder contener el dolor, se desplomó contra el suelo.
Los comandantes y el resto de invitados jadeaban mientras trataban de dar explicación a lo acontecido.
La mesa alrededor de la cual se habían reunido momentos antes no era sino un cúmulo de madera que se esparcía sin piedad.
El jaspe que revestía el suelo de la estancia se fracturaba en una miríada de grietas, recordando a los presentes que ni el inquebrantable jaspe de Capital era capaz de frenar la fuerza del mal que se avecinaba.
—¿Estáis todos de una pieza? —preguntó Tretton cuando se pudo ver gracias a la luz lunar que penetró en la sala a través del agujero.
—Parece que sí —respondió Doile, jadeando.
—¡Pero mirad que desastre y que desorden! —se quejó Samil poniendo sus brazos en jarras—. Tardaremos meses en reconstruir toda esta…
Se escuchó un coro que provenía del exterior. Una sinfonía estridente, feroz, demoníaca. Voces en la distancia que se percibían cada vez más próximas al reino.
Jedena, sin decir nada más, se colocó el yelmo azabache y envainó su tridente.
—Olvidaos de la sala de reuniones —espetó, viendo como sus compañeros seguían atónitos observando los escombros—. Esas voces que escucháis pertenecen al ejército Hiniur que se aproxima.
Los comandantes se quedaron mudos, asimilando la declaración de Jedena.
La poca luz lunar que se filtraba a través del agujero era lo único que iluminaba el lugar.
Pero aquella escasa claridad fue suficiente para que Jedena pudiese observar cómo, de pronto, sus compañeros fueron acomodándose en sus armaduras y envainando sus armas, dispuestos a seguirla al campo de batalla.
Dejando sus dudas a un lado y luchando, una vez más, por la humanidad.
—Jedena —llamó Farco, empuñando sus dos escudos, uno en cada antebrazo—. Muéstranos el camino hacia la victoria una vez más. ¿Cuáles son las órdenes de la gobernante de Capital?
La comandante del Diez frunció el ceño y mantuvo su mirada clavada en Farco para después desviarla a cada uno de los presentes, buscando su aprobación. Los comandantes asentían cuando notaban los ojos de Jedena clavarse en ellos.
—Estos que hoy te siguen, no son nada sin una líder que los guie —prosiguió Farco—. Estos que han dudado de ti y hoy te necesitan, piden tu perdón.
Jedena permaneció callada durante unos segundos antes de pronunciar palabra. Las arrugas de su frente desaparecieron, adquiriendo la seriedad, el poderío y la autoridad que solía desprender.
—El rencor no es más que una cadena de gruesos eslabones que solo pesan a aquel que las carga —sentenció, y su voz resonó con fuerza en el corazón de los presentes—.
La duda, sin embargo, es un arma muy poderosa y es gracias a ella que hemos podido hallar la verdad.
Sin ella, Álvar nunca hubiese descubierto la identidad de Grifford ni averiguado sus intenciones.
Tampoco hubiésemos reparado en las incongruencias que rodean la muerte de mi hermano —Jedena se volteó hacia el pasillo, dándole la espalda al resto—.
Jamás hubiésemos averiguado las facultades que poseen los emisarios que hoy desean exterminarnos —ladeó la cabeza meciendo el cabello que sobresalía del yelmo—.
Gracias a todo ello, hemos logrado permanecer alerta.
Hoy, la humanidad tendrá una posibilidad de alcanzar la victoria gracias a ella.
Kaselea, que ya envainaba su bastón entre las manos, dio un paso al frente, dando un contundente golpe con la culata de su arma contra el suelo, llamando la atención de todos.
—Majestad.
Jedena se giró levemente mostrándole su perfil, frunciendo el ceño ante el apelativo que había empleado para dirigirse a ella.
—¿Cuáles son entonces tus órdenes?
Jedena cerró los ojos mientras una media sonrisa se dibujaba en sus labios.
—Salgamos fuera —ordenó, volviéndose hacia el pasillo, con la crin plateada de su yelmo meciéndose como cortinas de terciopelo—. Recibamos a nuestros nuevos invitados con la hospitalidad propia de Capital.