La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 40. Génesis
94%

40. Génesis

¿Q ué… ha pasado? ¿Qué… hago aquí? —preguntó Cecil cuando volvió en sí y comenzó a incorporarse—. ¿Es eso lo que creo que es? ¿La luz del ocaso? ¡Está anocheciendo! Es tarde, es tarde, es tarde —repitió apresuradamente, dirigiéndose hacia la puerta—. ¡Debo irme!

—No vas a ninguna parte, comandante del Tres —le cortó Valtyra, sosteniendo a Cecil por el cuello de la blusa que asomaba por debajo de su coraza—. Me acompañarás a la sala de reuniones y les contarás a todos lo que aquí has vivido.

—¡Pero si llego tarde! —se quejó.

—¡Camina! —ordenó Valtyra, propiciándole un empujón hacia la salida.

El comandante abandonó la sala seguido de cerca por Valtyra, que caminaba tras él. Verso, todavía pálido, se giró hacia Cincela, quien lucía igual de sorprendida que él.

—Esa espada… —murmuró ella mirando a la nada—. Juraría que era Segadora.

—¿La espada de tu abuelo? —preguntó Verso, aún algo sobresaltado—. No puede ser, la dejamos en Lenov cuando…

El chirrido metálico que produjo la puerta de acero interrumpió a Verso cuando Valtyra la cerró a su salida, dejando a ambos lenovenses en el interior. Cincela y Verso se voltearon rápidamente hacia ella solo para observar cómo la comandante los miraba desde fuera a través de la ventana circular.

—¡Eh! ¡Eh! —se quejó él alzando su voz, corriendo hacia la puerta con urgencia—. ¡Que os olvidáis de mí!

—Quedaos aquí hasta mi regreso —ordenó Valtyra mientras accionaba los robustos pestillos de acero desde el otro lado—. Necesito aclarar todo esto y hasta entonces sois todos sospechosos. Hasta mi regreso, ambos permaneceréis ahí dentro.

—¡No puedes hacer esto! —exclamó el clérigo, golpeando con fuerza la puerta con el contorno de su puño—. ¡No lo entiendes! ¡Cincela y yo no debemos estar…

Verso dejó de lado sus inútiles intentos por persuadir a Valtyra cuando el sonido de sus pisadas se perdió en la infinidad del pasillo.

—No… lo entendéis —murmuró, dejando caer su cabeza sobre la puerta.

—Ya lo comprendo Verso —afirmó la voz de Cincela desde atrás—. ¡Eso es! ¡Por eso tenía Cecil a Segadora!

Verso frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

Cincela sonrió a medida que las piezas del rompecabezas parecían encajar en su mente.

—Poseer los cuerpos de la gente —afirmó por fin—. ¿No lo ves? ¡Esa es la facultad de Tayim como emisario! —avanzó hacia Verso—. ¡Por eso el comandante tenía a Segadora! ¡Fue Tayim quien mató a…!

Cincela detuvo sus pasos en seco. Arrugó su rostro y apretó sus dientes conteniendo el dolor mientras se encogía sobre sí misma y se sostenía el abdomen.

—¡Cincela! —gritó Verso, corriendo hacia ella.

—¡No!

Verso se detuvo de golpe.

—No… no te acerques —pidió ella, resistiéndose a la quemazón que nacía en el interior de su vientre.

Poco a poco, se aflojó la coraza de aeronita que aprisionaba su torso. Aún encorvada, introdujo una mano hacia el interior de la blusa, buscando el nudo de telas que la oprimía. Lo alcanzó y, de un tirón, se aflojó las vendas.

—¿Estás… bien?

Cincela jadeaba entrecortadamente. Se irguió poco a poco, sosteniéndose el vientre con ambas manos mientras su rostro reflejaba el dolor que la recorría.

—Creo que sí —dijo exhausta—. Pero no te acerques. Lo último que quisiera es que esta… cosa que se gesta dentro de mí me dé problemas ahora.

La puerta de la sala de reuniones se abrió de golpe, silenciando el alboroto que los comandantes protagonizaban. Valtyra sostenía a Cecil con desgana por el cuello de su blusa y, de un empujón, lo arrojó al interior de la habitación.

—Caso cerrado —afirmó la comandante de bisutería dorada; su orgullo era palpable—. Jedena no mató a Álvar.

Los comandantes que permanecían sentados abandonaron sus asientos ante la contundencia de la afirmación.

—Pero si la pinza…

—Olvida la estúpida pinza —interrumpió Valtyra a Kaselea—. Cecil, explica lo ocurrido y saca de dudas a la sala.

Cecil volteó su reloj de arena, apoyándolo sobre una de las repisas de la pared. El comandante del Tres observó la arena caer durante unos segundos antes de hablar.

—No sé exactamente lo que ha ocurrido —se llevó dos dedos a la frente, propinándose pequeños golpes sobre ella, tratando de hacer memoria—.

Yo procuraba finiquitar mis tareas en mi cuartel porque preveía que llegaría tarde a la reunión de hoy—calló unos segundos—.

Justo a mi salida, uno de mis soldados requirió mi presencia en unas obras que estamos llevando a cabo en el recibidor del cuartel.

Y, conociéndolos, aquello iba a ocuparme mucho tiempo, y si ya de por sí iba a llegar tarde, imaginaos si hubiese accedido a ir.

Nada, ¡imposible! Entonces decidí abandonarles y acudir a esta reunión a escondidas, reunión por cierto que también se alargaría, y entonces tampoco tendría tiempo…

—¡Por Gheva! ¿Alguien está entendiendo algo? —preguntó Farco, llevándose las manos a su alopécica cabeza, perdiendo la paciencia.

—Ve al grano, mocoso —instó Valtyra dándole un leve manotazo en la cabeza a Cecil, con el que despeinó algunos mechones de su cabello—. ¿Qué pasó después? ¿Qué más recuerdas?

—Recuerdo… —siguió Cecil, frotándose la zona del impacto para tratar de aliviar el dolor—, recuerdo entrar en el castillo y dirigirme escaleras arriba, hacia la reunión.

Recuerdo… el pasillo y… y… —Cecil suspiró—.

Nada más. Lo que recuerdo después de eso es despertarme de rodillas en el suelo frente a la comandante Valtyra ¿Me he desmayado? ¿Cuánto tiempo he perdido así?

—¿A nadie le ha sorprendido que el comandante no haya toqueteado el maldito reloj ni una sola vez durante la reunión?

—preguntó Valtyra a la sala ante la explicación evasiva de Cecil—.

¿A nadie aparte de mí le ha parecido peculiarmente raro que el comandante se ofreciese a llevar a la muchacha a la sala de contención en vez de acudir a sus urgentes quehaceres habituales?

—¿A dónde quieres llegar con todo esto, Valtyra? —espetó Farco, quien aún mantenía un semblante cargado de interrogantes—. Explícate de una maldita vez.

Valtyra se calló durante unos segundos y gesticuló media sonrisa.

—Decidí seguir a Cecil a escondidas ya que, como digo, su actitud no era la habitual y, para una mente inquieta como la mía, me resulta difícil dejar pasar una incógnita así sin darle una explicación —aclaró, tornándose hacia Cecil.

Sus adornos dorados tintinearon al mecerse—.

Y, tal y como temía, mis sospechas eran ciertas.

A mi llegada, encontré al comandante a punto de acabar con la vida del clérigo que acompaña a la chica lenovense.

La afirmación de Valtyra sobresaltó a los presentes. Los ojos de todos se abrieron hasta su límite, incluso los de Shaila que, hasta ahora, permanecía ajena a la conversación.

—¿Estás segura de eso? —preguntó Farco dubitativo—. ¿Cecil? Alguien como él no perdería el tiempo con algo así.

—Ahí es donde quería llegar, pues no era Cecil quien pretendía matar a nadie, sino alguien que le obligaba a actuar así —afirmó Valtyra, mostrando su sonrisa al darse cuenta de que era la única que se había percatado de algo tan evidente—.

Y mis sospechas se confirmaron cuando, a mi llegada, vi como unas alas oscuras y unos ojos carmesíes adornaban el semblante del comandante.

Y no solo eso —prosiguió Valtyra, antes de que algún escéptico preguntase algo más y la interrumpiese—.

Pretendía matarle con una espada. Una espada dorada que el Capitán de Lenov aquí presente conoce muy bien.

Ramis frunció el ceño.

—¿Segadora? ¿La espada de mi padre?

—Efectivamente Capitán, la espada legendaria de Lenov.

—No… no puede ser —afirmó Ramis, mientras indagaba en sus recuerdos—. Esa espada la dejó mi hija en… —clavó su mirada en el cielo, recordando aquel día—…la sala de transporte del castillo de Grifford. No. No puede ser, eso significa que… —Ramis llevó una mano a la empuñadura de su arma—…Tayim.

—Efectivamente Capitán —intervino Valtyra—. Tayim es quien ha intentado matar al clérigo a través del cuerpo de Cecil.

Farco dirigió su mirada hacia la mesa pues, de alguna forma, mirar la superficie de roble le ayudaba a pensar.

—Pero eso significaría que…

—La facultad de Tayim como emisario es la de poseer cuerpos humanos y actuar por ellos —explicó Valtyra, acabando la frase—.

No sabemos cuánto de su poder ha gestado ya, no creo que aún haya adoptado su forma perfecta, pero con el poder que ya ha desarrollado, sería capaz de poseer a cualquiera de nosotros.

Kaselea clavó sus ojos en Jedena, la cual le devolvió la mirada.

—Entonces —dijo la comandante de gran constitución y semblante cicatrizado—. No fue Jedena quien mató a Álvar, sino…

—Sino que fue Tayim a través de mí —acabó por decir Jedena, su mirada más fría que nunca.

Kaselea inclinó su cabeza hacia delante, dejando que su pelo cayese sobre su semblante. Un semblante cargado de arrepentimiento, que la comandante quiso ocultar al mundo.

—Jedena… yo… —murmuró desde las profundidades de su pelo—. Te debo una disculpa.

Kaselea percibió el sonido de unos pasos metálicos que se acercaban. Desde el interior de su melena plateada, pudo ver dos piernas que se posicionaron frente a ella, acompañadas por el mástil de un tridente que avanzaba a su lado.

—Ahórrate las disculpas, pues no hay nada que perdonar —respondió Jedena llevando dos de sus dedos al mentón de Kaselea y alzando su cabeza con delicadeza—.

Ahora, más que nunca, os necesito con la cabeza bien alta.

Conocemos gran parte de las nuevas variantes Hiniur y los poderes de dos de los tres emisarios que nos amenazan.

No hay tiempo ahora de lamentarse ni disculparse, sino de unir nuestras fuerzas e idear una estrategia que nos ayude a hacer frente a este mal.

Estoy segura de que no dudarán en atacar Capital cuando desarrollen la totalidad de su poder.

—¿Y cuándo será eso? —instó Shaila de pronto—. Estoy harta de veros discutir sin sentido. ¿Cuándo vais a decidiros de una maldita vez y atacar?

Cecil volteó su reloj una vez más.

—La mujer de las aletas tiene razón, se nos va el tiempo.

Jedena suspiró, reuniendo toda la paciencia que le fue posible.

—No podemos atacar ahora, eso sería conducirnos a una muerte segura —volvió a barrer a los presentes con su mirada firme—.

Debemos idear una estrategia antes de que ellos se desarrollen por completo.

No va a ser fácil, pues como sabéis, lo tenemos todo en contra.

Pero si logramos organizarnos y seguir la corazonada de Álvar, venceremos.

Tretton agarró su gran maza por su empuñadura, alzándola con un brazo y apoyándola sobre uno de sus hombros.

—¿Y a qué esperamos? —bramó, la profundidad de su voz retumbó en la sala—. Cada segundo que pasa, es un segundo más de gestación que les damos. Y no sabemos cuándo decidirán venir hasta aquí y atacar Capi…

Un temblor devastador sacudió los cimientos del castillo.

Las lámparas colgantes que adornaban la parte alta de la sala, no pudiendo soportar el zarandeo, se descolgaron e impactaron contra el suelo.

Las estanterías que se apoyaban en los flancos se soltaron de sus enclaves, cayendo al suelo en un mar de astillas.

Algunos de los presentes no pudieron estabilizarse a tiempo y perdieron el equilibrio, estrellándose contra el suelo.

Otros cayeron de espaldas, aún sentados sobre sus asientos.

Una densa nube de polvo se levantó en la sala, cegando levemente a los presentes.

La puerta de la sala de reuniones se abrió de golpe. La silueta de un soldado ataviado en su armadura negra emergió tras ella.

—¡Mi señora! —articuló con dificultad, tosiendo a cada palabra que decía debido a la nube de tierra que se había levantado—. ¡Hiniur! ¡Infinidad de ellos se aproximan a…

Varias tejas se desprendieron de la parte alta, precipitándose hacia el suelo. Jedena alzó la cabeza, tratando de comprender aquello que lograba vencer la solidez del jaspe negro.

Sobre ellos, en el epicentro del tejado, un agujero se abría hacia el exterior.

Dos cabezas de colmillos retorcidos y ojos de fuego los observaban desde la otra parte de la oquedad.

Sus escamas eran de un tono negruzco con reflejos morados, sus mandíbulas presentaban una recubierta ósea que protegía sus hocicos, mientras batían unas alas cuyas membranas translucidas eclipsaron los últimos rayos de sol que trataban de penetrar en la sala.

Con una violencia frenética y unos aullidos que ensordecieron a los presentes, aquellas monstruosidades agigantadas comenzaron a ensanchar el agujero del tejado, desprendiendo las tejas que impedían su acceso al interior.

Mientras la piedra se desprendía de la parte alta, los comandantes se recomponían ayudándose unos a otros. El tintineo de sus armaduras a medida que se las acomodaban y el chasquido de sus armas cuando las desenvainaron bastaron para reconciliar sus diferencias y dejar de lado sus discrepancias.

—Preparaos —dijo Jedena moviendo sus dedos, deslizando el tridente por la palma de su mano, haciéndolo girar—. Hoy seremos juzgados por los dioses.