39. Lapso
E l campo de batalla no tenía nada que envidiarle a la más terrible pesadilla. Los gritos de agonía, el olor a sangre y los cuerpos sin vida que yacían por doquier adornaban hoy aquel valle que antaño gozó de una eterna primavera.
Eran tiempos difíciles ya que, por aquellos años, el mundo se hallaba bajo la tiranía constante de Krollo, Rey de Capital.
Pero aquel día, Krollo experimentó una de sus mayores derrotas.
La batalla por la conquista del Valle Armonía resultó ser más complicada de lo esperado.
A pesar de contar con un ejército más numeroso, el rey no reparó en que enfrentar a las tropas davenses lideradas por Sylvan cerca de los bosques, les confería una clara desventaja, pues, a pesar de que los davenses no disponían de un ejército como tal, los árboles estaban de su parte, proporcionándoles el camuflaje necesario para atacar a las tropas capitenses sin ser vistos.
De hecho, aunque los soldados de Capital lograron adentrarse en la espesura, inundando cada resquicio de vegetación, sus pesadas armaduras de jaspe no les permitían alcanzar a los davenses que se ocultaban entre las copas.
Ninguno reparó en que, aquel día, el bosque de Eyri, uno de los más hermosos que el mundo jamás había conocido, se vistió de rojo y sirvió como tumba para los soldados a merced de Krollo.
Entre los cuerpos heridos que habían sido alcanzados por las flechas davenses se encontraba el de Elara, una de las más renombradas expertas medicinales que Capital tenía entre sus filas.
La flecha que atravesaba su pecho no había alcanzado su corazón, pero la sangre que manaba de ella pronto la conduciría hacia las estrellas de no ser atendida a tiempo.
—¡Madre! No… no te muevas. Trataré la herida y…
Elara sonrió débilmente. Intentó hablar, pero lo único que escapó de su boca fue sangre cuando forzó su garganta.
—Hijo mío, escúchame bien —dijo cuando logró calmar los tosidos—. Esta va a ser la intervención médica más complicada a la que te vas a enfrentar. Aquí no hay lugar para el error ni segundas oportunidades.
Cecil retiró la humedad de sus ojos, mentalizándose de que aquella sería, en definitiva, la práctica más importante de su preparación como aspirante a médico del reino.
—No te preocupes, sé que lo harás muy bien —afirmó Elara forzando una sonrisa, sus comisuras se bañaron en sangre—. Estoy segura de ello.
Cecil pestañeó repetidas veces y más lágrimas surcaron sus mejillas. Sin poder contener el llanto, abrió la bolsa de cuero que su madre siempre portaba consigo. En su interior encontró todo tipo de herramientas médicas para poder realizar con éxito cualquier operación.
—La herida de flecha davense es fácil de tratar, hijo mío, pues no dista mucho de una herida común —indicó Elara con un hilo de voz apenas perceptible—. Deberás retirar la flecha de mi pecho e, inmediatamente después, cortar la hemorragia que comenzará a brotar de ella.
Cecil rebuscó entre el bolso con urgencia, tratando de dar con los utensilios que necesitaría.
—Verás un paño limpio junto a un pequeño recipiente de piel —prosiguió la capitense—. Deberás humedecer la tela con el contenido de la botella y colocarla sobre la herida, presionándola hasta que la hemorragia cese.
—Parece sencillo, madre —opinó Cecil retirándose la humedad de sus ojos con el antebrazo—. Es algo que he practicado muchas veces con papá y…
—Pero hay algo importante que debes saber —lo interrumpió Elara, apoyando su mano en la de su hijo—. El paso más importante de todos y por el que se podría complicar la intervención —se incorporó levemente para buscar entre los bolsillos internos de su blusa un objeto que entregó a su hijo.
Cecil tomó el artefacto en sus manos. Era un reloj de arena artesanal confeccionado con madera blanca, ahora salpicada por la sangre de su progenitora. Lo volteó confuso, no sabiendo exactamente como un reloj de arena ayudaría a sanar aquella herida.
—Es muy importante que detengas la hemorragia en los cuarenta segundos siguientes tras retirar la flecha de mi pecho —prosiguió la capitense—.
La sangre saldrá sin control y solo dispones de ese tiempo para detenerla.
El reloj… —una tos repentina la interrumpió, coágulos de sangre abandonaron sus labios—.
…El reloj marca exactamente ese tiempo. Cuando la arena se vacíe por completo, deberá estar la herida perfectamente sellada. De lo contrario…
Elara volvió a toser, bañando con aquel líquido rojizo sus ropajes.
Cecil cerró sus ojos, visualizando la tarea que iba a llevar a cabo.
Condujo su mano temblorosa hacia el mástil de la flecha, preparándose para lo que estaba a punto de acontecer, repitiéndose una y otra vez que un simple error supondría perder al ser que más quería.
Suspiró profundamente, sostuvo el reloj con su otra mano y abrió sus pupilas al mundo. Con un movimiento casi imperceptible, extrajo el filo del cuerpo a la vez que volteaba el reloj.
Rápido, rápido, rápido.
La funda de cuero que contenía las gasas le resultó más costosa de abrir de lo que había esperado. El sudor que emanaba de sus dedos, fruto de la presión a la que se estaba sometiendo, añadió una complejidad aún mayor a su tarea.
Deprisa… Más deprisa.
Al lograr extraer una de las gasas, Cecil reparó en que la arena ya había descendido hasta la mitad del recipiente.
Con el vendaje en la mano, sostuvo ahora la botella que contenía el líquido esterilizante y trató de retirar la tapa de madera.
Pero, una vez más, el sudor y su evidente nerviosismo ocasionaron que el envase se escurriese, abandonando la adherencia de sus dedos.
Voy tarde, voy tarde, voy tarde.
Cuando por fin consiguió liberar la tapa de la botella, Cecil vertió el líquido sin miramientos, empapando la gasa y el trapo blanco que cogió a continuación por completo. Con toda la premura que le fue posible, cubrió la herida con la tela, ejerciendo algo de presión sobre ella.
—Mamá… —murmulló, ejerciendo un grado más de presión—. Mamá, lo he conseguido. He sido capaz de sanar una herida de flecha.
El cadáver de Elara permaneció inmóvil mientras su tono degeneraba de un rosado vivaz a un blanquecino enfermizo. Una sonrisa carente de alma se dibujaba en sus labios, pero su mirada ya se posaba en el infinito.
—Mamá, despierta por favor. Despierta y mírame, he podido… yo he podido… —Cecil dirigió su mirada hacia el reloj cuya arena ya no caía—. Mamá…
Dejó caer su cabeza sobre el pecho de su madre, salpicando su semblante con el flujo rojizo que aún brotaba de su interior. Ríos de sangre continuaban su curso sin descanso, tiñendo las palmas de Cecil mientras trataba de sellar la herida con sus manos desnudas, negándose a aceptar la realidad.
Demasiado tarde… He llegado demasiado tarde…
La culpa inundó su corazón, y un grito tan desolador como desgarrador brotó de su alma, propagándose por el bosque a través de su eco.
Alertado por el llanto del capitense, un arquero perteneciente a las tropas davenses abandonó el cobijo de las ramas para descender frente a él.
Cecil alzó la cabeza, luchando por vencer la borrosidad que le causaban sus lágrimas para identificar a aquel hombre, pero, bajo la sombra de la caperuza gris, solo pudo discernir la sonrisa siniestra de alguien dispuesto a arrebatarle la vida.
Llevando dos dedos a su carcaj, el davense extrajo una saeta como la que momentos antes se incrustaba en el pecho de su madre. El arquero colocó la flecha sobre la cuerda de su arco y la tensó, apuntando directamente al cráneo del muchacho.
La melancolía pronto abandonó el cuerpo de Cecil para dar paso a una ira descontrolada y a un frenesí enfermizo. Su mirada, lejos de la inocencia que solía reflejar, se posó sobre el rostro de aquel hombre que le apuntaba.
Los cielos se abrieron y las nubes empezaron a contraerse en forma de espiral, dando paso a un rayo de luz que impactó directamente sobre Cecil, imbuyéndolo de un fulgor de plata.
El davense gesticuló una mueca de confusión ante el inesperado suceso que acontecía ante sus ojos. El hilo de luz pronto se desvaneció entre las nubes, pero el aura que emanaba ahora de aquel joven, seguía cubriendo cada recoveco de su cuerpo.
El arquero ordenó a sus dedos destensar la cuerda, pero estos no obedecieron. Notó como sus tejidos musculares y nerviosos se endurecían, paralizando por completo su brazo.
Trató de salir corriendo cuando Cecil se alzó del suelo y caminó hacia él con sus ojos imbuidos de aquel resplandor blanquecino. Pero, al igual que sus manos, sus piernas tampoco obedecieron, obligándolo a permanecer inmóvil ante su final.
—¿Qué… qué… eres tú? —preguntó el davense, empleando todos sus esfuerzos en vocalizar cada palabra—. ¿Estás… Bendecido?
Cecil empuñó las dos facas que ocultaba bajo sus ropajes y que, hasta entonces, había empleado para sus diversas intervenciones médicas. Los filos de ambas hojas brillaron a la luz de su fulgor plateado al desenvainarlas.
El davense pudo ver el reflejo de su rostro aterrado en ellas, cerciorándose de que sería allí, en aquel lugar, donde perdería la vida.
—No volveré a llegar tarde nunca más —aseguró Cecil sin abandonar la furia de su mirar—. Así tenga que paralizar el mundo entero.
El davense trató de responder, pero los filos del capitense silenciaron sus intentos cuando se incrustaron a cada lado de su cuello.
El fulgor que cubría a Cecil se apagó y volvió a gozar de su tono habitual.
El hombre de caperuza gris se desplomó contra el suelo frente a él y su cabeza rodó hasta ocultarse bajo la sombra de un matojo cercano.
Cecil contempló sus manos, consciente de que ese día, Gheva había escuchado sus plegarias, concediéndole una Bendición capaz de manipular las terminaciones nerviosas de sus adversarios hasta el punto de poder paralizarlos.
Una Bendición que le permitiría vencer el paso del tiempo, asegurándose de que este no le arrebataría más seres queridos.
Una sonrisa se dibujó en el rostro del capitense mientras guardaba sus cuchillas entre sus ropajes una vez más.
—El tiempo no volverá a doblegarme—murmuró volviendo hacia el cadáver de Elara, dándole un último beso en la frente y recogiendo el reloj de arena que yacía ensangrentado a su vera—. A partir de hoy estaré por encima, así tenga que contar cada segundo de mi existencia.