La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 38. Hallazgo
91%

38. Hallazgo

C ecil, comandante del Tres, encabezaba la marcha, seguido por Cincela y Verso, que caminaba junto a ella. La lenovense avanzaba observando las baldosas del pasillo, ensimismada en sus propios pensamientos. El clérigo la miró con preocupación preguntándose qué podría ser aquello que la atormentaba.

—Aun no me creo lo que acabamos de presenciar —susurró, rompiendo la tensión—. Tu aportación ha sido… escalofriante. ¿Desde cuándo tienes ese poder? ¿Eres realmente… inmortal?

Cincela no respondió; siguió sumergida en sus pensamientos, ajena a todo lo demás.

—Supongo que no estás muy orgullosa de ello —prosiguió Verso, aventurando que esa era la razón que atormentaba a Cincela—. Supongo también que temes que se siga desarrollando, ¿verdad? Y quizás llegue un punto en el que te conviertas en…

—Hay algo a lo que no paro de darle vueltas, Verso —lo interrumpió Cincela—.

Lo que más me duele de todo esto no es el estar aislada de nuevo —suspiró y él la miró, percatándose de que, desde esa perspectiva, solo veía las escamas que adornaban su piel y el brillo carmesí de su ojo—.

Lo que más me ha dolido es sentirme tan sola.

Creí que quizás aquí, en Capital, seríamos mejor acogidos.

Que nos sentiríamos como uno más. Como en casa —calló durante unos segundos, volviéndose hacia el clérigo—.

Todos han votado en mi contra, Verso. Todos menos Samil y Kaselea.

Todos los demás dudan de mí, pese a haberles mostrado que no soy como Grifford.

Verso agachó la cabeza, haciendo que su flequillo rectilíneo golpeara su frente a cada nuevo paso que daba.

—¿Así que es eso lo que te preocupa? Si te soy sincero, yo también creía que alguien más votaría a tu favor. Me pregunto si hubiesen votado lo mismo si Álvar hubiese estado presente. Él sí confiaba en tu poder.

Cincela gesticuló media sonrisa.

—¿Quién sabe?

Finalmente, el comandante del Tres alcanzó la puerta de acero y murmulló unas palabras a los soldados que la custodiaban, palabras que los lenovenses no pudieron descifrar.

A medida que se aproximaban también a la puerta, presenciaron cómo los soldados se retiraban, desapareciendo en la oscuridad del pasillo.

—Siento mucho lo ocurrido —espetó Cecil a la llegada de los lenovenses, mientras mantenía la puerta abierta, invitándoles a entrar—. Solo serán unos días, ya veréis, el tiempo pasará más rápido de lo que creéis.

Sin mediar palabra, Cincela entró en la sala de contención. Verso accedió tras ella.

—Aguanta un poco más, Cincela —susurró el clérigo con sonrisa fingida—. Prometo venir a verte todos los días, aunque el resto de comandantes me tomen por un empalagoso. Tendrás que echarme un cubo de agua fría para evitar que lo haga.

Ella sonrió; aún en una situación así, Verso conseguía sacarle una sonrisa.

—Será mejor… que vuelva —prosiguió él, frotándose la parte de atrás de la cabeza, asimilando que no vería a Cincela hasta el día siguiente.

La puerta emitió un poderoso estruendo metálico que los sobresaltó al cerrarse. Ambos lenovenses se tornaron hacia la entrada, frunciendo el ceño al ver como Cecil había accedido también al interior, cerrando la puerta tras él.

—Tienes razón comandante, no debería estar aquí y estoy tardando en salir —admitió el clérigo, suponiendo lo que Cecil diría a continuación—.

Si te soy completamente sincero, nunca me han gustado las despedidas.

Es algo que siempre se me ha dado muy mal.

Al principio pensaba que era fruto de mi falta de cariño, pero, con el tiempo…

Cecil saltó hacia el clérigo, surcando el aire de la sala impulsado por unas alas que brotaron repentinamente de su espalda.

Alas fantasmagóricas, tan oscuras que parecieron absorber la luz que les rodeaba.

Aún en el aire, de entre sus manos, surgió una espada que, como sus alas, tenían ese aspecto casi transparente, como el de una ilusión.

El comandante aterrizó frente a Verso, estiró el brazo sosteniendo el arma y arremetió contra el cuello del aprendiz, dispuesto a quitarle la vida.

Cincela se quedó estupefacta ante lo que mostraban sus ojos. Con un reflejo, Verso se cubrió la cara con las manos. La espada que sostenía Cecil cortó el aire, deteniéndose a escasos centímetros de la piel del clérigo.

Verso respiraba entrecortadamente mientras apartaba con manos temblorosas los brazos de sus ojos.

Cincela, abandonando su ensimismamiento, dirigió su mirada hacia Cecil, quien parecía esforzarse al máximo por partir a Verso en dos, aunque sin éxito; la espada permaneció inmóvil en el aire, como si se hubiera petrificado en pleno vuelo.

—¿Qué-que-que está pasando? —tartamudeó Verso tratando de disimular su evidente tembleque.

Cincela siguió observando a Cecil. Presenció cómo el comandante luchaba por completar el movimiento de su mano, pero le resultaba imposible.

Apretó la mandíbula mientras intentaba concluir lo que había comenzado.

De repente, dos colmillos emergieron de entre las comisuras de su boca y el color rojo coloreó sus pupilas.

—¿Por qué os escondéis? —preguntó Cecil, su voz ligeramente distorsionada y su mirada perdida, como viendo algo que los demás no alcanzaban a ver—. ¡Venid aquí! ¡Venid a mí!

Se oyeron pasos cercanos a la puerta y, tras Cecil, emergió la figura de una mujer. Su semblante estaba envuelto por un océano de hilos de luz que nacían desde su frente, tejiendo patrones geométricos a medida que caían a lo largo de su rostro.

—Vaya, vaya, vaya. ¡Qué interesante! —comentó Valtyra a medida que avanzaba hacia ellos—. Entonces mis sospechas eran ciertas.

—¡Tú! —maldijo Cecil tratando de vencer la rigidez de su cuerpo—. ¡Deshaz esta ilusión! ¡Deshaz tu Bendición!

Valtyra soltó una carcajada.

—¿De verdad pretendías que no me diese cuenta?

¿Tan estúpida te parezco? —protestó ladeando la cabeza—.

Que creyeses poder engañar al resto lo puedo entender pero, ¿a mí?

¿Te has olvidado del escuadrón que lidero?

¿De mi poder de deducción? —soltó otra carcajada—.

¿De verdad creías que pasaría desapercibido ante mis ojos lo que intentabas hacer?

—¿Cómo has…?

—Hoy ha sido quizás la reunión más duradera y complicada que he vivido en Capital en años —interrumpió Valtyra, y los surcos de su semblante intensificaron su luz—.

Y has volteado tu dichoso reloj… ¿Cuánto?

¿Dos veces a lo sumo? y, por si eso no fuera suficiente, te ofreces, además, a acompañar a los chicos a la sala de contención sin prisas ni relojes de por medio.

Cecil emitió un profundo alarido. Sus ojos carmesíes intensificaron su brillo y sus colmillos se asomaron al mundo en su grito.

Poco a poco, tan rápido como habían aparecido, las alas oscuras comenzaron a emitir un humo negro hasta desvanecerse.

Sus colmillos comenzaron a retractarse hasta adquirir su tamaño habitual.

Sus ojos de sangre se apagaron y la espada se esfumó de entre sus manos.

El comandante jadeaba mientras recobraba su forma habitual. Se tambaleó desorientado, como quien es arrojado a la realidad tras un mal sueño. Sin poder sostener la flacidez de sus piernas, cayó de rodillas al suelo.

—E-e-el comandante… —balbuceó Verso, apuntando con su dedo índice hacia Cecil—. ¡El comandante ha intentado matarnos!

Los surcos de luz que atravesaban el rostro de Valtyra desaparecieron.

—Esto explica muchas cosas —aseguró, sonriendo—. De hecho, esto lo explica todo.

Cecil permaneció tendido en el suelo un poco más. Intentó mover sus piernas, pero estas parecieron no responder. Contrajo su mano y, aunque consiguió cerrarla, notó los dedos endurecidos.

—Levanta, mocoso.

La voz de Valtyra se percibía lejana. Intentó responder, pero su lengua se negaba a obedecerle. Era como si alguien, de algún modo, lo hubiera paralizado y ahora, lentamente, comenzara a recuperar la sensibilidad.

Paralizado… Susurró para sí.

Por alguna extraña razón, aquello le recordó a Elara y en su mente empezaron a dibujarse los recuerdos de aquel fatídico día. El día en que fue tocado por Gheva y de cómo, en un suspiro de tiempo, perdió lo más preciado en su vida.