La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 37. Conflicto #2
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37. Conflicto #2

Doile, sintiéndose insultada, contrajo sus cejas con rabia. Su haz de luz volvió a cubrir su brazo con una intensidad muy superior a la anterior. Un tono negruzco, propio de la lava volcánica, bañó la superficie del escudo mientras líneas de tonos amarillentos lo recorrían.

Zékiel volvió a sonreír.

—Ya veo que no.

El escudo incandescente que había estado sosteniendo Doile, surcó el aire a una velocidad vertiginosa cuando Zékiel emprendió una violenta carrera hacia ella.

El escudo colisionó contra la clavícula del comandante, quedándose allí incrustado.

Zékiel se detuvo unos segundos tras el impacto, agarró el escudo con su mano y, con un movimiento seco, se lo extirpó de entre su hueso.

La sangre brotó de su hombro, fluyendo a través de su torso, impregnando la tinta que lo adornaba.

Pero a él no pareció importarle. Con su semblante imbuido con una sonrisa asesina, siguió avanzando hacia Doile.

—¿Serás tú quien me dé por fin un combate a la altura? —dijo él, con su sonrisa pronunciándose hasta su límite.

Cuando finalmente alcanzó a la comandante, Zékiel catapultó su mano colosal hacia la cara de Doile.

Al impactar, contrajo su puño, aferrando sus dedos a la cabeza de la comandante como si de un trapo se tratase y la elevó del suelo.

Con una facilidad impropia de un hombre, Zékiel balanceó su brazo, meciendo el cuerpo aturdido de su compañera en el aire, queriendo ganar velocidad para, seguidamente, dirigir su cráneo contra la mesa.

Pero algo detuvo su frenesí sanguinario.

Adami, desde uno de los extremos de la mesa, abandonó la comodidad de su asiento, extendiendo su mano al frente, imbuyendo sus cinco dedos con la luz de su Bendición. De cada una de sus yemas nació un hilo luminoso que surcó la sala.

Los hilos se movieron en el aire, retorciéndose sobre sí mismos, evitando cualquier obstáculo que pudiese interponerse en su camino. No cesaron su vuelo hasta alcanzar a los comandantes y penetrar en sus armaduras por la zona del vientre.

Jedena, Valtyra, Zékiel, Tretton y Doile se detuvieron en seco, firmes y rígidos como estatuas, mientras el hilo de luz penetraba en sus ombligos como fetos en su placenta.

—Que tenga que recurrir a esto habla muy mal de todos vosotros —la voz de Adami fue adquiriendo un tono más suave, como el de un niño, con cada palabra que dijo.

El cabello recogido y estirado que lucía Jedena fue encaneciéndose y apagándose.

Los torsos desnudos de Tretton y Zékiel, que con tanto orgullo mostraban al mundo, se contrajeron en un mar de arrugas.

La tez juvenil de Doile también se arrugó y, sobre ella, manchas marrones brotaron por debajo de su piel.

Valtyra, aun dolorida por el impacto, fue encorvándose hacia delante, fruto de la joroba que empezó a formársele.

Adami, en cambio, fue adquiriendo la apariencia de un joven. Los pelos de su barba empezaron a desprenderse de su piel, los músculos de su torso se inflaron, sus brazos volvieron a gozar de la elasticidad que alguna vez tuvieron y su cabello grisáceo se tornó del color del fuego.

—Ahora os sentareis y retomaremos la reunión —dijo la suave voz de Adami mientras esbozaba una sonrisa—. Seguro que esto me envejece cinco años más, así que no creo que pueda volver a usar mi Bendición. Por eso mismo, ahora deberéis comportaros.

El comandante apagó la luz de su Bendición y los hilos luminosos se desvanecieron, devolviéndoles a los comandantes su apariencia habitual.

Todos recuperaron su aspecto original, excepto Adami, cuyo semblante ahora reflejaba un envejecimiento más pronunciado que antes.

A sus setenta años, aparentaba tener noventa.

La barba, más abundante que de costumbre, le rozaba ahora el pecho.

Las arrugas en su mirada estaban tan marcadas en su piel que incluso se podía apreciar el contorno óseo que rodeaba sus ojos.

Sus labios estaban cortados, las bolsas bajo sus ojos lucían amoratadas y sus manos eran ahora esqueléticas.

Exhausto, se dejó caer en su asiento, pues sus raquíticas piernas no soportaron más su peso. Yskar fue el primero en reaccionar, corriendo desesperadamente hacia su ubicación.

El anciano, ya sentado, alzó la cabeza dificultosamente cuando el brevodiano llegó a su vera. Yskar contrajo su expresión tratando de contener la humedad que repentinamente se había empezado a formar en sus ojos al ver las consecuencias que sufría su amigo.

—Oh, vamos, no pueden haberme dejado tan estropeado las secuelas como para que te eches a llorar —bromeó Adami tratando de restarle importancia.

Yskar se frotó los ojos con el dorso de su mano, secándose las lágrimas que amenazaban con derramarse.

—No por nada Álvar te tenía en tan buena estima, comandante —dijo con voz ligeramente quebrada—. Aunque suena irónico, conservas la cordura cuando los demás parecemos perderla.

Adami alzó su mano, apoyándola sobre el costado de Yskar. Sus palabras se negaron a salir, pero su mirada habló por él. Una mirada repleta de complicidad y cariño que le tranquilizó.

El rey se volvió hacia el resto de comandantes con una seriedad propia de alguien que se ha criado entre hielo y piedra.

—Somos escoria como especie, empezando por mí —espetó, mirando uno a uno a los presentes—.

Somos los únicos seres capaces de reunirnos para combatir una amenaza que pretende extinguirnos y, a su vez, matarnos entre nosotros durante la misma —calló durante unos segundos—.

Tomaremos un breve descanso y, a la vuelta, proseguiremos la reunión donde la hemos dejado.

Tomad aire fresco y aliviad fuera de esta sala vuestros rencores y odios.

Aquí vamos a decidir el futuro de la humanidad, no a resolver rencillas ni conflictos personales.

Yskar ayudó a Adami a ponerse de pie, colocando el lánguido brazo sobre su cuello, soportando así su peso. Sin mediar más palabras, tanto el comandante como el brevodiano abandonaron la sala.

Tras un breve silencio, los comandantes y el resto de los presentes se alzaron también de sus asientos y empezaron a murmurar mientras recogían sus pertenencias.

—Comandante—dijo el joven Cecil aproximándose a Jedena—, aprovecharé el descanso para llevar a la sala de contención a Cincela tal y como me ordenaste.

Jedena, aún aturdida, se tornó hacia Cecil y asintió desinteresadamente. Su mente aún estaba ocupada asimilando lo acontecido.

Cecil entonces se aproximó a Cincela.

—Por aquí, seguidme —dijo el comandante—. Tenemos que ir a la sala de contención antes de que se inicie nuevamente la reunión. Son órdenes de Jedena.

Tras un suspiro, Cincela asintió. Miró a su padre y este le respondió con un beso en la frente y un susurro.

—Voy a hacer que se den cuenta de su error para contigo. Te lo prometo.

Padre e hija intercambiaron una última mirada. Una leve caricia de manos bastó como despedida. El Capitán acercó nuevamente sus labios hacia la frente de su hija antes de partir. Verso caminó tras ella.

El pasillo permanecía igual a como lo habían dejado horas antes, con sus oscuras paredes de jaspe y las lámparas colgantes que iluminaban cada recoveco de aquella travesía.

Al fondo, dos soldados se mantenían firmes a cada lado de la puerta de acero negro que aislaría a Cincela del mundo varios días más.