37. Conflicto
T odos los presentes observaron la pinza de madera que yacía sobre la mesa.
Las arrugas propias de la confusión, que se habían adueñado de la frente de Jedena, empezaron a pronunciarse en cuanto reconoció aquel objeto.
Las miradas de los comandantes se posaron en ella, observando cómo, no podía apartar la mirada de aquel utensilio que alguna vez recogió sus cabellos y que ahora descansaba sobre la mesa, untado con la sangre de su hermano.
Jedena levantó finalmente la mirada, fijándola con todo su odio en Valtyra. La mano que ahora sostenía el tridente se tensó y apretó su mandíbula ahogando su ira.
—¿Cómo osas acusarme de algo así? —masculló entre dientes, ayudándose de su tridente para levantarse—. ¿Cómo osas acusarme de la muerte de mi hermano?
—No soy yo quien te acusa —afirmó Valtyra con una tranquilidad impropia para la gravedad de sus palabras—.
Son las mismas pruebas quienes lo hacen.
Mis espías encontraron tu pinza entre las entrañas del cadáver de Álvar.
Bien es conocido por los presentes mi gran sentido de la deducción, pero este caso me es imposible de resolver.
Por más vueltas que le doy, no logró darle una explicación lógica que no implique acusarte de traidora o asesina.
Por eso mismo, y con el fin de evitar calificativos y acusaciones sin fundamento, quizás sea momento de que nos lo expliques tú misma.
La sala quedó sumida en un silencio solo interrumpido por la respiración agitada de Jedena, cuyo pecho abarcó la totalidad de la coraza al ritmo de los agitados latidos de su corazón.
—Somos todo oídos, Jedena —insistió Farco, levantándose de su asiento mientras miraba a la comandante del Diez a la misma altura—. A mí también me gustaría saber qué hacía tu pinza de pelo en el lugar.
—Sobre todo nos gustaría que expliques porqué está manchada con la sangre de tu hermano —puntualizó Kaselea ahora, abandonando también la comodidad de su asiento.
Jedena retrocedió instintivamente, obligada por la intimidación que emanaba de aquel bosque de miradas que la rodeaba.
—¿Dudáis de mí? —preguntó mientras un haz de luz comenzaba a cubrir sus parpados.
—Yo que tu no usaría tu Espejismo sobre nosotros —sugirió Valtyra.
Unos surcos lumínicos comenzaron a descender desde el nacimiento de su pelo hacia su rostro—.
Sabes que invertir mi sentido de la orientación no te servirá de nada si empleo mi Geodislocación —una sonrisa apareció en su rostro.
Cada vez más líneas lumínicas surcaban su semblante—.
Hacerme creer que aquello que está frente a mí, está detrás; lo que está arriba; abajo; o lo que está a mi izquierda; a mi derecha, poco servirá si modifico el espacio que te rodea, Jedena.
Y no quisiéramos empezar un enfrentamiento entre comandantes —los surcos de luz de Valtyra comenzaron a extenderse más allá de su rostro, deslizándose ahora hacia su cuello—. ¿O sí?
Jedena cerró sus ojos y, tras unos segundos de reflexión, el antifaz lumínico se desvaneció de entre sus parpados. Valtyra entonces cesó también la luz de su Bendición.
—No maté a mi hermano —aseguró. Su puño sostenía el tridente cada vez con más fuerza—.
El simple hecho de que podáis insinuar algo así me enerva y…
me duele. ¿Acaso no os dais cuenta de que eso es precisamente lo que Grifford quiere que creáis?
¿De qué pretende enfrentarnos y atacarnos desde dentro mientras él se incuba y obtiene más poder?
—Deberás probar tu inocencia, Jedena —intervino Kaselea desafiante, su corpulento torso pareció inundar la sala—.
Si no lo haces, nos ceñiremos a las pruebas y te tomaremos como la asesina de Álvar hasta que este caso se esclarezca —alzó su cabeza, la pequeña trenza emergió de entre sus cabellos moviéndose de lado a lado—.
Y, hasta entonces, deberás permanecer encerrada y vigilada en la sala de contención.
En aquel momento, la mirada de la del Diez destilaba una furia aún más intensa que antes.
—¿Y bien, Jedena? —preguntó el comandante del Uno.
—¿Tú también, Farco? No tengo palabras para describir semejante…
Un filo celeste fue lo que interrumpió a Jedena esta vez, silbando el aire en su descenso hasta detenerse próximo a su cuello.
Ella, siguiendo la trayectoria de la hoja que la amenazaba, pudo apreciar los ojos gélidos de quien la empuñaba y que irradiaban un odio propio de alguien que ha visto un monstruo.
Todos se alzaron de un sobresalto ante la reacción de Yskar.
—Si no encuentras las palabras, vas a tener que inventártelas —amenazó el líder brevodiano—. Dame un buen motivo para no cortarte la cabeza ahora mismo.
—Ese no es el camino, majestad —instó Valtyra desde uno de los flancos de la mesa—. No puedes sacar conclusiones definitivas sin someter a examen las pruebas.
—¿Qué más pruebas necesitáis? —replicó Yskar señalando con un gesto de su cabeza la pinza que reposaba sobre la mesa—.
Aquel día solo estaba ella, no había nadie más.
Todos los comandantes y yo mismo nos embarcamos en las misiones que se nos designó.
Allí solo quedaron Álvar y… —Yskar se volvió nuevamente hacia Jedena— su asesina.
—¿Y pretendes matar a una comandante como Jedena ante tantas miradas capitenses, sin haber verificado al completo los hechos? —se atrevió a decir Valtyra, quien temía ver su trabajo de investigación truncado.
—No necesito más pruebas que las que me muestran mis ojos —replicó el brevodiano—. Y, si osas interferir y defenderla, eso te convierte en igual de asesina que ella y tendré que matarte a ti también.
Líneas lumínicas comenzaron a nacer desde el nacimiento del pelo de Valtyra. Los surcos descendieron por su rostro, entrelazándose entre ellos, creando formas geométricas perfectas mientras cubrían su piel.
Yskar bajó su arma al percibir, de pronto, un fuerte aroma a agua salada en el ambiente y humedad bajo sus pies.
Con el ceño fruncido, escudriñó el entorno.
Por más que miraba, allí no encontró a nadie.
Ni la robusta mesa de madera que adornaba el centro de la sala, ni los estandartes, ni los escudos que solían decorar las paredes.
Por más que forzase su vista, a su alrededor solo se extendía el agua salada del océano.
¿Estoy caminando sobre el mar?
Sin previo aviso, su cuerpo perdió la adherencia sobre el agua que pisaba y se hundió bajo las fauces del océano.
Yskar comenzó a propinar brazadas desesperadas hacia la superficie, generando torbellinos de burbujas en su intento.
Pero fue en vano pues, cuanto más luchaba por salir, más parecía engullirle el agua.
Los integrantes de la reunión observaron atónitos como la respiración de Valtyra se volvía cada vez más dificultosa. Parecía que, a pesar de pisar tierra firme, estuviese luchando por respirar bajo el agua.
Era bien conocido por todos el poder ilusorio que ostentaba Valtyra: modificar el paisaje para hacer creer a su víctima que estaba en otro lugar diferente al real, era, sin lugar a dudas, una Bendición temida por muchos.
Pero un poder de tal magnitud tenía una contrapartida a su altura, pues aquello que su víctima experimentara durante la ilusión, también repercutiría en la comandante.
Ya fueran heridas, la muerte o, en este caso, asfixia.
—Estas excediéndote, Valtyra —advirtió la voz de Doile desde uno de los extremos de la mesa—. Provocar una ilusión sobre su majestad Yskar no es la solución.
—¿Excediéndome? —replicó entre jadeos, tratando de respirar sin apartar sus ojos blanquecinos del brevodiano—. No sabemos con certeza si fue ella o no la asesina, no voy a consentir que nadie se tome la libertad de tomar tal conclusión sin pruebas suficientes.
Debido al alboroto que empezó a formarse, nadie había reparado en que las piernas de Tretton se imbuyeron de luz cuando empezó a emplear su Bendición.
Aprovechando la fuerza que le recorría ahora, se inclinó levemente cogiendo impulso para, seguidamente, catapultarse sobre la mesa, justo frente a Valtyra.
En su aterrizaje, la madera de la mesa se resquebrajó en un mar de fisuras.
Un haz de luz en forma de antifaz comenzó a formarse cubriendo los ojos de Jedena, tratando de detener lo que Tretton pretendía hacer.
Pero el puño del comandante, imbuido ahora también con la fuerza de su Bendición, fue más rápido e impactó directamente sobre el rostro de Valtyra, catapultándola varios metros hacia atrás, hasta que la pared detuvo su avance.
Las líneas de luz que adornaban el rostro de Valtyra se esfumaron de pronto debido al aturdimiento del impacto. Con una profunda bocanada de aire, Yskar volvió en sí.
—Empezaba a aburrirme con tanta palabrería —espetó ahora Zékiel subiéndose encima de la mesa también—. Ojalá puedas hacerme feliz y me des un buen combate.
Zékiel caminó sobre la mesa en dirección a Tretton, con su puño cerrado y sus ojos vestidos de una genuina felicidad.
Un escudo envuelto en llamas, de los que solían adornar las paredes de la sala, se estrelló de pronto contra la mesa incrustándose en la madera, justo frente a los pies del comandante, que detuvo su avance.
Zékiel frunció el ceño y dirigió su mirada hacia su derecha, desde donde había aparecido el adorno en llamas.
Desde aquella parte de la mesa, solo encontró a una Doile que lo miraba desafiante.
Una de sus manos sostenía otro escudo que, tras imbuir nuevamente su brazo con la luz de su Bendición, envolvió también con fuego.
Zékiel sonrió mientras se inclinaba hacia el escudo que le había lanzado y que descansaba a sus pies.
Sin ejercer mucha fuerza, extrajo la pieza de acero de entre las grietas de la madera.
Aun con la ferocidad de las llamas que bailaban sobre el escudo, el comandante lo sostuvo con su mano desnuda, inspeccionándolo detenidamente.
—¿Esto es lo mejor que puedes hacer, comandante del Dos?