36. Veredicto #2
—Sin duda, una de mis ilustraciones más preciadas es la que titulé como “El poder de un reino”—explicó el comandante—.
Una ilustración que simboliza el poderío que ostenta Capital, seguro que recordáis haberla visto en alguna de vuestras visitas a mi cuartel.
Es justo el cuadro de la entrada, a mano derecha —adoptó una postura más cómoda, recostándose sobre la silla, mientras se recolocaba la blusa multicolor que sobresalía por debajo de las escasas piezas de jaspe negro que le protegían—.
En ella, es Álvar quien aparece en el centro, adquiriendo toda la importancia de la ilustración y, junto a él, tú, Jedena —volvió a erguirse, apoyando uno de sus codos sobre la mesa, dejando caer su mejilla sobre su mano, como muestra de su falta de interés—.
Tonto de mi por creer que algún día pudiste ser como él.
—Si no vas a votar, comandante —le cortó ella, casi de inmediato—. Tomaremos tu voto como nulo.
Samil sonrió irónicamente.
—Haz lo que quieras, como siempre haces.
Jedena, ignorando a Samil, dirigió su mirada hacia el siguiente comandante en votar.
—En ese caso… ¿Tretton?
—Que permanezca encerrada —dijo con contundencia.
—¿Adami?
Adami siguió recostado sobre su asiento, de brazos cruzados, con sus arrugados ojos cerrados, y la barbilla apoyada sobre su clavícula. El resto de comandantes lo miraron fijamente mientras el anciano meditaba su respuesta.
La sala permaneció en vilo, expectante hacia las palabras del comandante más veterano, cuando un profundo ronquido resonó de entre su garganta.
—¡Comandante! —exclamó Jedena, alzando su poderosa voz.
Adami, fruto del sobresalto, comenzó a tambalearse sobre su asiento, sosteniendo con fuerza la mesa, evitando así la inminente caída al suelo. Cuando logró recomponerse, arrugó su frente, mirando a aquella que le había extraído de aquel apacible sueño.
—Has tenido tiempo de meditar tu respuesta —indicó Jedena, tajante—. ¿Cuál es tu veredicto?
—Perdona, ¿tú quién eres?
Todos se quedaron mudos, salvo Yskar, cuyas carcajadas resonaron por toda la sala.
—¡Ah, sí, cierto, cierto! Estamos en Capital, al borde de la extinción como especie y estamos decidiendo si encerrar o no a la chica lenovense —resumió, dándose pequeños golpes con el dedo sobre la frente mientras recordaba—.
Vaya, vaya… ¡Con la que se nos viene encima!
Y aquí, los grandiosos y temidos comandantes de Capital, decidiendo el cautiverio de una joven por unas manchas en la piel.
No quisiera alarmaros, pero a mí me han salido en la espalda unas verrugas que quizás también queráis someter a votación.
—No sé ni porque me molesto —replicó Jedena, tornándose entonces hacia Alina, la siguiente en votar.
—No, de verdad, ¿queréis verlas? —insistió Adami, haciendo ademán de retirarse la armadura—. Dan un poco de asquete, quizás deberíais encerrarme a mí también.
—No será necesario, comandante —replicó Jedena—. Tu voto ya ha quedado bastante claro —Jedena volvió a mirar a la comandante del Trece—. ¿Alina? Es tu turno.
—¿Ah, sí? —susurró Adami, rascándose la parte posterior de la cabeza—. ¿Qué he votado?
La comandante del Trece agachó la cabeza, queriendo huir de tal compromiso.
—Yo… preferiría mantener mi voto nulo. No quiero votar.
—A mí ni me preguntes —intervino Zékiel al notar la mirada de Jedena—. Me importa bien poco lo que hagáis con la chica. Lo único que deseo es aplastar la cabeza de esos emisarios y ver si son capaces de darme un combate digno.
Jedena se tornó hacia Cincela. Verso se interpuso por delante, como si así fuese a impedir que la encerrasen de nuevo. Ramis observaba furioso a la comandante del Diez, su mano posada sobre la funda de la espada.
La joven, al notar la creciente ira en su padre, lo calmó apoyando una mano en su hombro y dando un paso hacia delante.
—Si esa es la decisión de Capital, así la obedeceré —su mirada bicolor penetró en Jedena y sus mechones ondearon ligeramente en su movimiento, mostrando su maldición por un momento—.
No os preocupéis, permaneceré encerrada bajo llave si eso fuera necesario para vuestra tranquilidad y la de vuestra gente.
Pero recordad estas palabras: me necesitáis para acabar con ellos.
—Precisamente eso es lo que haremos muchacha —indicó Jedena—.
A partir de ahora, no recibirás más visitas en el interior de la celda hasta no aclarar todo este asunto.
Permanecerás dentro de la sala hasta que obtengamos la suficiente información de tu marca y de qué pretende hacer Grifford a través de ti —miró a los comandantes, uno a uno—.
¿Alguno de los presentes podría hacer el favor de acompañarla a la sala de contención?
Alguien dio un paso al frente.
—Yo iré —se ofreció Cecil—. Será un placer para mí.
—Bien Cecil, esperaremos tu regreso para continuar con la reunión.
Cecil asintió, acomodándose los cintos de cuero que atravesaban su torso y sobre los que enfundaba sus dagas de jaspe.
Una última mirada de odio bastó como despedida antes de que Cincela empezase a avanzar hacia la salida. Ramis, cabizbajo e impotente, permaneció en su sitio de pie, sosteniendo el mango de su espada con una fuerza tal que sus nudillos se tornaron blancos.
—Siguiente punto del día —prosiguió Jedena, mientras Cincela atravesaba la sala hacia la puerta.
Valtyra escarbó entre los pliegues del pañuelo que envolvía su cabeza hasta extraer un objeto.
Sin ejercer mucha fuerza, lo arrojó sobre la mesa y este se deslizó sobre la superficie deteniéndose frente a Jedena.
La comandante del Diez frunció el ceño mientras observaba con detenimiento aquel objeto que se había atrevido a interrumpirla.
Un objeto amaderado de forma ovalada y alargada, cuyas caras internas presentaban espinas impregnadas en sangre seca.
—Siguiente punto del día —repitió Valtyra, ahora con cierto tono juguetón—. ¿Podrías explicar a la sala porque estaba tu pinza de pelo en el lugar donde Álvar perdió la vida?