36. Veredicto
P oco a poco, los presentes fueron recuperándose del asombro.
Verso retomó su color rosado habitual y su respiración se calmó.
Ramis había abandonado su semblante cargado de ira al ver que, sorprendentemente, Cincela se encontraba bien.
Jedena sonrió complacida al darse cuenta de que aquella joven había osado retarla y, lo peor de todo, ella había caído en su juego.
Le dedicó unos aplausos que sonaron con una sinfonía cargada de ironía y desprecio.
—Muy aclarador, muchacha. Muy aclarador —dijo, cesando el palmoteo—. Sin duda, una demostración muy reveladora. Pero, ¿hasta qué punto eres capaz de controlarlo? ¿Cómo sabemos que esa cosa no tomará el control de tu voluntad y te convertirás en un enemigo más a abatir?
Cincela abrió la boca para contestar, pero Jedena alzó su dedo índice en alto, callándola.
—Desde tu llegada a Capital, los habitantes del reino han estado intranquilos —prosiguió la comandante—.
Pues, aunque tu ayuda es bienvenida, Capital teme por su seguridad.
Como bien has demostrado, estás maldita y eso no gusta a nuestro pueblo —dio varios pasos hacia la lenovense, empuñó su tridente y, con una de sus puntas, apartó los mechones platinos que ocultaban la marca—.
Y, como bien sabes, a cada minuto que pasa, la maldición se propaga un poco más con el fin de adueñarse de ti.
Cincela se apartó bruscamente de la punta del tridente que le acariciaba el cabello.
Escrutó entonces a los presentes, clavando sobre los atónitos comandantes su ojo de sangre.
Pudo ver las miradas de sorpresa de Doile y Tretton, las de miedo de Kerin y Cecil, las de pena de Kaselea y Samil e incluso las de asco de Jedena y Valtyra.
La comandante del Diez se volteó, dirigiéndose nuevamente a su lugar correspondiente en la mesa central. Se aclaró la garganta y dirigió ahora su mirada hacia el resto de sus compañeros.
—La chica ha estado encerrada en la sala de contención durante vuestra ausencia —explicó Jedena— para que hoy, aquí, decidamos qué hacer con ella.
Hubo varios segundos de silencio.
—¿Y todo esto por una mancha? —preguntó Adami, rompiendo la tensión—. Vaya, vaya, nos hemos vuelto un poco delicados, ¿no os parece?
—Comandante, por favor —remarcó Jedena, contundente—. ¿Acaso no acaban de presenciar tus ojos la aberración en la que se puede convertir?
—No olvidemos que fue capaz de alzar del suelo a Álvar como si fuese un trapo —recordó Tretton, quien permanecía de brazos cruzados con los ojos cerrados.
Abrió uno para, seguidamente, mirar a Zékiel desafiante—.
Para que luego te las des tú de fuerte. Apuesto a que esa chica puede levantarte a ti también.
Zékiel le devolvió una mirada que se debatía entre el enfado y la confusión. Un gruñido fue lo único que dijo en respuesta.
—Creemos que el plan inicial de Grifford es atacar Capital desde dentro a través de ella —prosiguió Jedena—. Es por eso que decidimos tenerla bajo supervisión.
Doile se incorporó apoyando sus codos sobre la mesa, sosteniendo con una mano su cabeza por la barbilla, pensativa.
—Tiene sentido —corroboró—. No conocemos las intenciones de Grifford ni los poderes que puede desarrollar la chica.
—A-a-a mí me asusta un poco —confesó Kerin, ocultando su miedo entre los pliegues de su bufanda.
Kaselea golpeó la mesa con sus dos puños, llamando la atención de todos.
—¡No podéis decir eso convencidos! Cincela es inocente.
No olvidéis que han sufrido en su reino el ataque más severo de todos.
Y, como muchos de los que están hoy aquí, han tenido que abandonar su hogar —se levantó, eufórica y rabiosa—.
¡Han prometido ayudar en esta causa! Los que estamos ahora en Capital somos lo último que queda de la humanidad.
Quieren que nos separemos. Quieren que nos peleemos entre nosotros.
¿O acaso no os dais cuenta? —las cicatrices de su rostro se arrugaron cuando la molestia que sintió se apodero de ella—.
¡Cincela está de nuestra parte! Su habilidad es la clave para poner fin a la tiranía de Grifford y los suyos.
¿Acaso no acabáis de presenciar lo mismo que yo?
¡La chica es inmortal! Ninguna de nuestras Bendiciones puede rivalizar con algo así. La necesitamos.
El robusto cuerpo de la comandante se inflaba y desinflaba fruto de su acelerada respiración.
Su pelo plateado caía hacia abajo y una pequeña trenza emergió de entre sus cabellos, meciéndose frente a ella.
Sus manos callosas no parecían resentirse tras el fuerte golpe que le había propinado a la mesa de roble momentos antes.
Samil se levantó, rodeando a Kaselea con su brazo, tratando de reconfortarla.
—¡Con lo bonita que es! —comentó, señalando a Cincela con un contoneo—. Un poco de colorete, unos retoques con carmín y os aseguro que esa marca ni se nota.
—¿Y si esa mancha se extiende todavía más y le da por matarnos a todos? —inquirió Tretton—. Si pudo con Álvar, puede contra cualquiera de nosotros.
—Entonces es a ti a quien le da miedo la chica —respondió Zékiel casi al instante con una sonrisa burlona.
Tretton se giró bruscamente hacia Zékiel, fulminándolo con la mirada.
—De todos los comandantes, eres tú el menos indicado para hablar —aseguró Tretton, sosteniendo el mango de su gran maza—. Sin poseer siquiera una Bendición, poco podrías hacer contra un monstruo así.
—Mi hija no es ningún monstruo —intervino de pronto el Capitán, llevando su mano hacia la empuñadura de su espada—. Y el próximo que se atreva a asegurar algo así…
El tridente de Jedena cortó el aire, impactando contra la mesa, incrustándose en ella.
El barullo y la discusión que empezaba a formarse cesó de pronto.
Sumida en aquel silencio repentino, la comandante llevó su mano al mástil de su arma y, con un fuerte tirón, la extrajo de entre las astillas de la mesa.
—Creí poder llegar a un consenso entre todos —sentenció, volviendo a apoyar su tridente sobre la pared—.
Pero veo que va a ser tarea imposible. No tenemos tiempo y no quisiera discutir este tema eternamente sin llegar a una conclusión clara.
Me temo que no tenemos otra alternativa que resolver este asunto mediante votación —Jedena dirigió sus ojos hacia la mesa colindante, donde los lenovenses, davenses e Yskar se encontraban—.
Si no es mucha molestia para sus majestades, esta votación la realizaremos únicamente los comandantes.
Está en juego la seguridad de nuestro reino y, como comprenderéis, solo nosotros podemos decidir algo así.
Ilma e Yskar asintieron. Ramis clavó sus zafiros en Jedena en una mueca de desacuerdo.
—Empecemos entonces —anunció, sin apartar la mirada del Capitán—. ¿Comandante del Uno?
Farco suspiró y, a regañadientes, se levantó de su asiento. Su semblante, cubierto parcialmente por la marca de nacimiento, gesticuló una mueca de pesar.
—No conocemos las intenciones de Grifford y tampoco entiendo muy bien porqué la chica sigue desarrollándose a pesar del Éfir que le suministró Álvar —suspiró—. Lo siento Cincela, pero considero que deberías permanecer en la sala de contención hasta que obtengamos más información.
Farco se volvió a sentar justo cuando la comandante del Dos se puso en pie. Doile permaneció con los ojos cerrados durante unos breves instantes antes de abrirlos, revelando un semblante con tintes de tristeza.
—Mi opinión no dista mucho de la de Farco —comunicó, sus mechones rojos se entremezclaron con los blancos cuando agachó la cabeza—. Lo siento Cincela, pero creo que debemos extremar la precaución hasta aclarar qué es lo que ocurre.
Doile se sentó y tras ello, Cecil fue quien se levantó.
—Encerradla.
El joven comandante se sentó de nuevo, tan rápido como se había levantado. Kerin fue el siguiente en tomar la palabra.
—Me da mu-mu-mucha pena —dijo el comandante peliazul—. Pero si este es el plan de Grifford como dicen, tenemos que ir con mucho cuidado.
Se sentó. Valtyra fue la siguiente, los adornos dorados de su pañuelo se mecieron en su ascenso.
—Mis espías no tardarán en volver con novedades —aseguró, estirado su cuello con orgullo—. Hasta entonces, es menester que la chica permanezca encerrada.
Volvió a ocupar su sillón, dándole paso a Kaselea, quien tardó varios segundos en hablar. Miraba al resto de comandantes, ladeando la cabeza, arrugando su semblante en una mueca de desprecio.
—Sois unos cobardes —espetó, sin levantarse—. Si preferís encerrar a Cincela en vez de afrontar el problema, dudo que tengamos alguna posibilidad contra Grif…
—Comandante del Seis —interrumpió Jedena, su voz autoritaria sobresaltó de pronto a los presentes—. Limítate a votar, ya hemos tenido tiempo de expresar nuestras opiniones.
El rostro de Kaselea se arrugó todavía más mirando con un profundo odio a Jedena.
—Ya conocéis mi opinión.
—Bien. Azava, es tu turno.
La comandante del Ocho accionó el mecanismo de su máscara metálica, abriendo las rejillas en su totalidad. La luz de sus ojos se posó en Cincela, analizándola durante unos segundos.
Azava suspiró, cerrando las rejillas nuevamente.
—Aunque la chica no tenga culpa de nada de esto, no me gusta lo que percibo en esa mancha. Tiene patrones caloríficos propios de…
—Un Hiniur —completó Jedena la frase.
Azava no contestó, agachó la cabeza levemente dejando que el silencio volviese a inundar la sala.
—Comandante del Nueve —la voz de Jedena volvió a sonar como un relámpago—. Es tu turno.
Samil se echó hacia atrás los mechones que caían sobre su frente una vez más.