La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 35. Confianza
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35. Confianza

L a tensión que se percibía en el ambiente iba en aumento a cada segundo que pasaba.

La mirada imponente de Jedena observaba con su desprecio habitual las pupilas bicolores de Cincela, ojos que reflejaban la dualidad que sufría en su interior: uno, de un celeste claro, casi transparente, que recordaban a las aguas de Aqualuna.

El ojo contrario, de un tono rojizo intenso, reflejaba aquel halo siniestro que desprendía y que logró estremecer, por un momento, a alguien como Jedena.

Hubo miradas de terror entre los presentes al percatarse del ovalo carmesí que adornaba la delicada tez de la lenovense. Ante la confusión, los comandantes comenzaron a murmurar entre ellos. Un pequeño barullo se formó mientras Jedena y Cincela continuaban con aquel duelo de miradas.

—Toma asiento —ordenó Jedena callando el alboroto al cerrar ligeramente sus parpados y aumentar la intensidad de su mirada.

Cincela mantuvo sus ojos sobre Jedena unos segundos más. Poco a poco, llevó una mano a la parte trasera de su cabeza y retiró la pinza de madera que recogía su cabello. Su melena dorada cayó sobre su espalda, acariciando sus hombros y su rostro, apenas dejando entrever su ojo celeste.

Cuando notó el acoso de todas las miradas sobre ella, Cincela alzó el pelo que ocultaba la mancha escamada en su plenitud y lo fijó con la pinza, mostrándole a los presentes la maldición que cargaba en todo su esplendor.

El silencio imperó la sala, nadie se atrevió a decir nada mientras clavaban su atención en aquel medio rostro escamado que consiguió paralizarlos solo con su presencia.

—¿Qué pretendes…

—Esto es, ¿verdad? —interrumpió Cincela—. Esto es lo que teméis. No confiáis en mí y os da miedo que despierte y me convierta en uno de ellos.

Sin dejar tiempo de respuesta, Cincela llevó su mano a la empuñadura de su espada y la desenvainó con un sonido metálico que la acompañó en su ascenso. La hoja dorada reflejó la luz de la sala y los presentes intercambiaron miradas entre ellos sin entender del todo las intenciones de la joven.

—¿A qué estás jugando, muchacha?

—No es ningún juego, comandante del Diez —aseguró ella, rotando la espada con su muñeca para inspeccionar la hoja—.

Esta alianza entre reinos es la última voluntad de Álvar.

La única forma que él creía que teníamos de vencer el mal, contrarrestar a Grifford y reescribir la profecía.

Una alianza basada en el trabajo en equipo y la confianza —dirigió sus ojos a la comandante—.

Entonces, Jedena, si no confiáis en mí, eso me deja tan solo con dos opciones —estiró su brazo, apuntando con la punta dorada hacia el corazón de la comandante—.

Convenceros a la fuerza o… —dirigió ahora el filo hasta su cuello, apoyando levemente la hoja, causándole un pequeño corte del que brotó un fino hilo de sangre—.

Quitarme de en medio y dejar de suponeros una preocupación.

Los presentes se quedaron estupefactos ante la declaración de la lenovense.

Algunos abandonaron la comodidad de sus asientos, agitados por la reacción de la joven.

Otros, como Kerin, no supieron cómo interpretar los hechos y permanecieron inmóviles en su sitio.

Jedena, que se mantenía firme tratando de irradiar aquella seguridad, fue incapaz de pronunciar palabra alguna.

Ramis fue el único que pudo vencer la contundencia de las palabras de su hija.

Cuidando sus pasos, se acercó hacia Cincela levantando sus manos en alto, tratando de transmitir aquella calma que no sentía.

—Hija mía, estás yendo demasiado lejos con esto— dijo empleando el tono más suave que pudo—. No es necesario…

El siseo del filo de aurionita interrumpió al Capitán cuando Cincela, al no recibir respuesta por parte de Jedena, desgarró la piel de su cuello con un corte rápido.

La sangre se propagó sin contemplaciones por todo a su alrededor.

La mesa central, los escudos que adornaban la pared, las baldosas perladas que conformaban el suelo…

todo aquello que estaba a su alrededor, recibió un baño de aquel flujo carmesí.

El Capitán detuvo su avance en seco cuando la ristra de sangre salpicó su armadura impoluta y parte de su rostro. Volteó las palmas de sus manos temblorosas, tratando de asimilar que la sangre que ahora las manchaba pertenecía a la persona que más quería en este mundo.

El cuerpo de Cincela cayó de rodillas abruptamente, acompañado del sonido metálico que ocasionó la armadura cuando el cuerpo se desplomó finalmente contra el suelo.

Su cabeza rodó a lo largo de la mesa, dejando un rastro rojizo sobre la superficie amaderada hasta detenerse frente a Jedena.

La comandante clavó su mirada en los ojos sin vida de la lenovense, que ahora miraban inexpresivos hacia el infinito.

Ramis seguía paralizado en el sitio, sin poder gesticular movimiento alguno, tratando de asimilar lo ocurrido. Su espada se deslizó de entre sus dedos hasta impactar contra el suelo, como si ella tampoco quisiera presenciar aquella escena y hubiese decidido huir del lugar.

Sus ojos se posaron en el cuerpo tendido de su hija mientras un sinfín de recuerdos comenzaron a proyectarse en su mente.

La casa en el acantilado, las noches de invierno junto al fuego, el amor que sentía por Amali y cómo Cincela, la viva imagen de su esposa y el último vínculo que tenía con ella, acababa de esfumarse delante de él.

Verso comenzó a sufrir las secuelas de la ansiedad que aquella escena repentina le provocó.

Su respiración se aceleró al compás de los latidos de su corazón, que retumbaban como martillazos en su oído.

Llevó una mano al pecho, intentando calmarse, pero fue en vano.

El aprendiz se dejó caer sobre su silla cuando todo a su alrededor empezó a dar vueltas.

Con la mirada perdida, comenzó a repetir el nombre de Cincela en susurros como si aquello, de alguna manera, pudiese devolverla a la vida.

Cincela… Cincela…

Los comandantes se miraron estupefactos. Incluso Shaila, sentada en uno de los laterales, contemplaba la escena atónita.

Ramis, poco a poco, fue retomando la conciencia mientras su cordura parecía esfumarse por los poros de su piel. Su respiración se aceleró y una furia incontenible comenzó a apoderarse de su voluntad. Una ira que le quemaba el alma como nunca antes los había hecho.

Recogió su espada del suelo, concentrando todo su odio en sus ojos marinos, que dirigió sin piedad hacia la comandante del Diez.

—Esto… esto es culpa tuya… —bramó, mientras el tintineo de su espada resonaba y su mano temblorosa se alzaba, apuntando a Jedena—.

Has… matado a mi hija. Me has arrebatado lo único que me quedaba…

—la mandíbula del Capitán se tensaba intermitentemente a medida que la furia se apoderaba cada vez más de su ser.

Jedena, aún manteniendo su semblante con la seriedad habitual, posó su mirada en el Capitán.

Un antifaz lumínico brotó entre sus ojos cuando empleó su Bendición al percatarse de las intenciones del lenovense.

Con un grito de guerra, Ramis corrió en su dirección, arrastrando el filo de su espada por el suelo tras él, afilando la punta con la que pretendía atravesar a la comandante.

Jedena intensificó el brillo de sus párpados cuanto más se acercaba el Capitán. Ramis levantó la espada con tal rapidez que nadie pudo detenerlo a tiempo; su filo encontró su objetivo, penetrando con la facilidad de un cuchillo que corta la más suave mermelada.

El tiempo pareció detenerse en aquel instante.

Ramis alzó su mirada, exhausto.

Jedena le miró de vuelta.

—Ya me advirtió mi hermano de esa impulsividad tuya —comentó la comandante apagando su Bendición—. Una clara flaqueza para alguien que ostenta un cargo como el de Capitán de Lenov.

Ramis se quedó mudo durante varios segundos más, tratando de calmar los jadeos que le dificultaban el habla. Sostuvo el mango de su espada con ambas manos y, de un tirón, extrajo el filo de entre el forro plateado del sillón sobre el que se incrustaba.

—Usar tu Bendición para alterar mi sentido de la orientación puede salvarte una vez —se volvió hacia Jedena, su espada cortó el aire al echarla hacia atrás dispuesto a arremeter de nuevo contra ella—. Pero pocos han sido capaces de burlar la muerte tras un segundo ataque.

Una mano se posó sobre el hombro del Capitán de pronto, tratando de calmarlo.

El lenovense, instintivamente, se giró apuntando con su espada hacia aquel que se había atrevido a tocarle.

Pero para alguien como Ilma, acostumbrada a tratar con las bestias más peligrosas del bosque, la espada del Capitán no logró intimidarla.

Con ambas manos en alto y su mirada salvaje oscurecida por la sombra de su caperuza, intentó apaciguar la ira de Ramis.

—Capitán, discutamos este asunto con esa formalidad que le caracteriza —pidió la davense con un tono calmado—. No empeore la situación.

—Pero Jedena… ella… mi hija…

Ramis se desplomó de rodillas, abatido, permitiendo que las lágrimas que inundaron sus ojos de pronto rodaran por sus mejillas.

Su espada plateada cayó con un estruendo, y su eco metálico resonó por la habitación, siendo el único sonido que rompió el silencio junto a la respiración entrecortada de Verso.

—Capitán, yo…

Un burbujeo viscoso interrumpió a Jedena.

El Capitán cesó su llanto buscando el origen de aquel sonido repentino.

Verso, Kaselea, Samil y todos los presentes dirigieron su mirada hacia la cabeza de Cincela.

Desde la carne viva de su cuello, un pantano de burbujas ensangrentadas comenzó a chisporrotear.

De su cuerpo, aún tendido en el suelo, brotó un laberinto de hilos negruzcos que atravesaron el aire a una velocidad vertiginosa.

Como si tuviesen vida propia, los hilos serpentearon a través de la sala en busca de la cabeza de la joven y, al encontrarla, se incrustaron sin piedad en su cuello.

Como si alguien tirara de aquellos hilos, ambas partes empezaron a contraerse.

El cuerpo empezó a erguirse por sí solo mientras la cabeza de Cincela comenzaba a arrastrarse por la mesa con cada nuevo tirón, dejando un rastro de sangre a su paso.

Poco a poco, ambas partes se fueron acercando hasta que, con un último latigazo, la cabeza volvió a unirse a su cuello.

Cincela estaba de pie con su armadura salpicada de su propia sangre.

Su cabeza se inclinaba hacia adelante y su cabello caía como una cascada dorada, ocultando su rostro.

Lentamente, alzó la cabeza, y sus mechones se apartaron a medida que ascendía, revelando nuevamente sus ojos bicolores, que se posaron sobre Jedena.

—Como ves, las armas mortales no pueden acabar con la vida de un Emisario —dijo Cincela como si nada hubiese pasado—.

Si pretendéis acabar con tres de ellos, vais a necesitar algo más que espadas afiladas y Bendiciones.

Un poder divino se enfrenta con otro poder divino.

Si queréis acabar con ellos, me necesitáis —Cincela sonrió—.

Dime entonces Jedena, ¿confías en mí ahora?