La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 34. Revelación
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34. Revelación

T ras la breve pausa, las puertas de la sala se abrieron una vez más para recibir a los nuevos miembros de la reunión.

Ilma, quien lideraba el grupo, se hizo a un lado dejando paso a las cuatro siluetas que caminaban tras ella.

Ataviadas en sus prendas de telas grisáceas y cuero, los guardabosques de Davá accedieron al interior, posicionándose en semicírculo frente a la mesa.

El guardabosque de cabello pardo y mirada afilada dio un paso al frente, situándose junto a su reina.

—Él es Káman —indicó la líder davense, apoyando sus manos sobre los hombros del joven—.

Y, junto con su hermana Zalka, Vett y Kúdar, conforman el orgullo davense.

Si a día de hoy existen personas que puedan afirmar haber vivido algún día de paz en el reino, es gracias a ellos —se despegó del guardabosque, haciéndose a un lado—.

Káman, explicad a la sala lo que visteis.

Los presentes posaron sus ojos sobre el guardabosque cuyo medio rostro permanecía oculto tras una tela negra, sintiéndose algo intimidados por el ostentoso arco que envainaba en una funda de pieles a su espalda. Él recorrió con la mirada a cada uno de los impacientes que esperaban sus palabras.

—Durante una de nuestras numerosas incursiones en busca de refugio para los supervivientes que nos acompañaban —comenzó a explicar—, abandonamos Valle Espejo, próximo a las costas norteñas de Umbramar, y nos adentramos en los límites de Lenov, allí donde se alza el temido Bosque Aurora —Káman giró su cabeza hacia un lado, mirando a su hermana melliza, quien se apartó la caperuza gris revelando su rostro a la sala.

—Allí nos encontramos a su reina —dijo ella tomando la palabra—. O al menos quien acostumbraba a serlo.

—Regina…—murmuró Ramis apretando su puño con fuerza.

—Efectivamente, Capitán —prosiguió Zalka, cuyo oído era capaz de captar hasta el aleteo de las mariposas—. Descendió de los cielos batiendo sus alas, cargando entre sus brazos varios cadáveres que tendió en el suelo al aterrizar.

—Entendemos que esos cadáveres fueron antaño ciudadanos de Lenov, pues las prendas que vestían combinaban el blanco con el dorado.

Madre… susurró Ramis, apretando sus puños un grado más.

—Una vez allí —prosiguió ahora el guardabosque de un solo ojo—.

Ella comenzó a retorcer los huesos de sus brazos, mientras balbuceaba algo en algún dialecto que desconocemos —Kúdar calló unos segundos—.

Momentos después, el mismo cadáver que se tendía frente a ella empezaba a retorcerse, justo como lo hacían las manos de Regina.

Su piel comenzó a desprenderse de su cuerpo para dar lugar a las escamas que había bajo ella.

Sus ojos se tornaron del color del sol y dos cuernos emergieron desde ambos lados de su cabeza.

—Vaya, vaya, vaya ¿así que ese es el poder de un emisario? —preguntó Yskar frotándose el mentón—. ¿El resucitar a los muertos en forma de Hiniur?

—Eso explicaría muchas cosas —intervino Ramis.

—¿Qué explicaría, Capitán? —quiso saber Jedena.

—Explicaría porque solíamos tener las constantes oleadas de Hiniur a las puertas de Lenov.

Siempre me pregunté como eran capaces de atravesar el Bosque Aurora.

Ahora lo entiendo, ahora todo tiene sentido.

Todo este tiempo los Hiniur se engendraban en Lenov.

Todo este tiempo… ha sido Regina quien les daba la vida desde el reino.

Ramis volteó sus manos, observando sus palmas como si estuvieran manchadas de sangre.

—Eso significa que hemos estado matando a nuestros compatriotas desde hace más de lo que quiero recordar —prosiguió, descendiendo su mano derecha hasta apoyarla sobre la empuñadura de su espada, apretándola con fuerza—.

Lo único que quería Grifford cuando nos mandaba al frente era mantener a Los Cruzados ocupados.

Quería distraernos, pues éramos la única fuerza militar que poseía Lenov, los únicos con acceso a todo el castillo y, por tanto, los únicos que podríamos haber averiguado la verdad —el rostro de Ramis se arrugó en una mueca de furia—.

Y nosotros, creyendo que actuábamos por el bien, lo único que hacíamos era matar una y otra vez las almas atormentadas de los nuestros.

—No malgastes tu fuerza aquí, Capitán —sugirió Yskar, apoyando su mano sobre la espalda de Ramis—. Tendrás tu oportunidad de venganza. Todos la tendremos. Pero no aquí.

Ramis suspiró, tratando de ahogar su fuego.

—Y eso también explicaría porque hay Hiniur cada vez más desarrollados —puntualizó Jedena.

Su mirada se reflejaba, severa, en el yelmo frente a ella—.

A medida que se gestan los emisarios y se acercan a su máximo potencial, sus habilidades también se desarrollan.

Regina tiene la capacidad de engendrar Hiniur, cuanto más se geste y mayor sea su poder, más poderosos serán los Hiniur que pueda crear.

—Parece que vas a tener mucho trabajo —apuntó Adami, guiñándole un ojo a Samil—. Dibujar todas las variantes que esa mujer sea capaz de vomitar no va a ser una tarea fácil.

El comandante de blusa multicolor se tornó hacia el anciano, frunciendo el ceño. Adami se limitó a sonreír, juguetón.

—¿Y qué sabemos acerca del inútil de su hijo y su habilidad? —preguntó Valtyra—. ¿Y la de Grifford?

Los presentes se miraron entre ellos, un leve cuchicheo inundó la sala.

—No conocemos sus poderes —reconoció Ramis, silenciando el barullo—.

Al menos el del chico. De Grifford sabemos que, de los tres emisarios, es el más desarrollado.

Cuando sufrimos el ataque en Lenov, Grifford ya poseía inmunidad al Éfir.

De Regina y Tayim desconocemos si poseen también esa capacidad.

—Poder totalmente inútil ahora, por cierto —instó Tretton—. Recordad que era la Bendición de Álvar la que nos permitía desarrollar Éfir. Sin Álvar, no hay Éfir y, por tanto, su habilidad no sirve de nada ahora.

Un aura rojiza emergió de pronto desde uno de los laterales de la sala. Todos se voltearon hacia aquel extremo de la mesa.

—De hecho, sí que lo hay —indicó Adami, sosteniendo su Éfir en alto—. Y me atrevería a decir que es el último que queda —el anciano soltó una risilla traviesa—. De uno en uno por favor, y en fila recta. No vengáis todos a verlo a la vez.

—¿De dónde narices has sacado eso, comandante?

—Pues es complicado de explicar, Jedena —contestó el comandante de barba desaliñada—.

Mis ojos son por parte de madre. Mi padre solía decir que fue la mirada de ella lo que lo enamoró perdidamente.

Y los cabellos rojizos que solía tener de joven son genética de mi padre, muy alejados de las canas que ahora luzco.

Tengo que reconocer, ya que me preguntas…

—¿Pero qué estupidez estas diciendo? —intervino Valtyra con su ceño fruncido.

—Mi belleza —respondió Adami—. ¿No es eso a lo que te referías?

Algunas carcajadas resonaron en el ambiente, siendo la de Yskar la más evidente de todas.

—No, imbécil —respondió Valtyra con su habitual desdén—. Ese Éfir, ¿de dónde narices lo has sacado?

—Del interior de Las Montañas Tortuosas —respondió Yskar, su armadura celeste emitió un brillo al moverse—. De la gruta subterránea habitada por Gora.

—No quería ser yo quien dijera la verdad —explicó Adami, frotándose pensativo los pelos de la barba—. Si ya de por sí chocheo alguna vez, si me atrevo a decir algo así, yo creo que me echáis del reino.

—¿Es eso cierto, majestad? —preguntó Jedena—. Los Gora son seres que solo…

—Figuran en leyendas y cuentos para niños —acabó de decir Yskar—.

Lo sé. Pero son tan reales como tu o como yo.

Bajo el subsuelo donde ellos habitan había Éfir repartido por la pared, y el comandante y yo lo extrajimos de allí —Yskar miró a Adami con complicidad—.

Si nos preguntáis cómo volver, no sabríamos deciros.

Las Montañas Tortuosas son laberínticas y nosotros pudimos encontrar su guarida debido a un casual golpe de suerte.

—De hecho, no sabemos ni como pudimos salir de ahí.

Jedena suspiró con desilusión.

—¿Entonces no creéis viable volver?

—Suponiendo que consiguiésemos llegar a las Montañas vivos, encontrar la gruta de los Gora sería como buscar una uña en la nieve —explicó el brevodiano—. Además, si el Capitán asegura que Grifford es inmune al Éfir, sería arriesgarnos para nada.

Cuando Valtyra se tornó hacia Jedena, las cadenas de oro de su pañuelo resonaron.

—Me pregunto cómo narices habrá brotado Éfir en esas grutas. Solo la Bendición de Álvar podía imbuir las flores de Éfir con esa radiación rojiza necesaria para dar muerte a los Hiniur.

—De nada sirve pensar en eso ahora —respondió Jedena, tajante—. Si no vamos a ir a recolectarlo, no malgastemos el tiempo discutiendo sobre ello.

Valtyra asintió. Jedena miró a los presentes, uno por uno.

—Bien, al menos conocemos a uno de los emisarios y los poderes que posee —se giró hacia Samil—. Comandante, eso también deberás añadirlo al libro. Todo conocimiento que podamos poseer acerca de ellos es una posibilidad más de victoria. ¿Crees que podrás encargarte de ello?

Samil bufó retocándose, una vez más, el flequillo hacia atrás.

—Me molesta tener que malgastar tinta en dibujar un ser que apenas luce colores más allá del negro —confesó—. Pero sí, lo haré.

—Gracias a tu pincel vamos a tener una oportunidad en este conflicto, comandante. Tu arte es, de lejos, nuestra arma más poderosa.

Poco a poco, el rostro de Samil fue gesticulando una sonrisilla que denotaba picardía y orgullo a partes iguales.

—Sería interesante —intervino Farco desde uno de los lados—, que los espías de Valtyra hiciesen incursiones hacia las proximidades de Lenov.

Bordear el bosque Aurora a través del agua no es tarea fácil, pero podrían acercarse a las inmediaciones.

Quizás puedan averiguar algo acerca de Tayim o Grifford y saber a qué nos enfrentamos.

La comandante meditó su respuesta durante unos minutos.

—¿Y qué narices crees que están haciendo ahora mis hombres, comandante? —instó Valtyra.

—¿Es necesario que seas así de desagradable? —respondió Farco, volviendo a adoptar una postura cómoda, apoyando los pies sobre la mesa—. Tan solo era una proposición.

—Mis guardabosques también podrían acompañarlos —se ofreció Ilma de pronto, mirando a Káman, como pidiéndoselo con la mirada.

—Así lo haremos si tal es su voluntad, majestad —respondió el guardabosque.

—Por tanto, queda concluido el tema del libro.

Ahora sois todos conocedores de la importancia que tiene el ir cumplimentándolo —intervino Jedena, observando a cada uno de los comandantes—.

No olvidéis acercaros al cuartel del Nueve y hacerle saber al comandante todas aquellas nuevas variantes Hiniur que hayáis podido enfrentar en vuestras incursiones —la mirada autoritaria de Jedena se posó ahora en Káman—.

A su vez, los davenses al servicio de Ilma apoyarán a los espías de Valtyra en sus numerosas misiones cerca de Lenov, en busca de indicios sobre las nuevas facultades de los emisarios. Vuestra labor allí también es crucial.

Los guardabosques asintieron en conformidad.

—Así será —dijo Ilma, buscando a Valtyra con la mirada, quien asintió en respuesta.

—En ese caso, si no hay más preguntas, pasemos al siguiente punto del día, pues el tiempo es escaso —prosiguió Jedena, dirigiendo su atención hacia Ramis—. Decidir qué hacemos con la hija del Capi…

La puerta de la sala de reuniones se abrió de pronto con un fuerte golpe que cortó de cuajo el discurso de Jedena. Como si hubiese escuchado sus palabras, el rostro de una mujer de cabellos plateados y rostro repleto de cicatrices emergió tras el umbral.

—Siento la demora —se disculpó, sonriente—. Pero ya estamos listas.

La comandante abrió la puerta en su totalidad, haciéndose a un lado y mostrando a la sala la persona que la acompañaba.

Cincela dio un paso al interior. Los presentes quedaron atónitos cuando contemplaron la figura de una joven de armadura blanca con detalles dorados que reflejaban la luz del lugar.

Enfundada sobre un costado de su cadera, la espada dorada de aurionita se extendía como un rayo de sol hacia el suelo, reflejando sobre su filo las caras de asombro de los presentes.

La parte de atrás de su cabello ondulado, tan brillante como su armadura, estaba ligeramente recogido, dándole un porte digno de la alta nobleza.

Desde el nacimiento del pelo, varios mechones se precipitaban a cada lado de su rostro, ocultando la mancha que la maldecía.

Su ojo contrario, tan azul como el cielo de primavera, estaba resaltado por una línea de maquillaje negro, apenas perceptible, que ensalzaba sus pestañas e intensificaban su mirada.

Todos los ojos se posaron sobre ella, estupefactos ante la imagen de aquella muchacha que nada tenía que ver con la joven que una vez llegó a Capital.

Tampoco veían en ella el monstruo que los ciudadanos del reino temían.

Aquel día, Cincela parecía la Capitana de Lenov que algún día prometió ser, la Capitana que cargaba con el apellido de aquel hombre que significaba todo para ella.

La auténtica portadora de la sangre de Tristán, y futura heroína de Lenov.

Kaselea se adentró en la sala, haciéndose a un lado, no queriendo robar el protagonismo que Cincela merecía.

Con ojos rápidos, la comandante buscó a Samil entre los presentes hasta captar su atención.

Él la miraba desde su lado de la mesa, sonriente.

Kaselea conocía esa sonrisa y podía intuir a la perfección lo que su compañero pensaba en aquel momento: Has hecho un gran trabajo, amiga.

Cincela dio varios pasos más hacia la mesa central, y el sonido metálico de su armadura inundó el silencio. Se aproximó hasta tocar la mesa, clavando su mirada en Jedena, que la observaba desde el lado opuesto.

—Podemos empezar —sentenció con firmeza, con una seguridad en sí misma que jamás habían visto en ella—. Estoy preparada.