La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 33. Aquerencia
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33. Aquerencia

J edena suspiró profundamente y se aclaró la garganta antes de retomar la palabra. Su mirada esmeralda recorrió a los presentes una última vez.

—Sin más preámbulos, demos comienzo a esta reunión, pues son muchos los puntos a tratar y escaso el tiempo del que disponemos. Podéis sentaros.

Los presentes, obedeciendo la petición de la comandante del Diez, ocuparon sus respectivos asientos. Todos menos Shaila, que se mantuvo de pie pese a las directrices de la comandante.

Jedena arqueó una ceja al contemplar la silueta de la mujer vestida con algas y moluscos. Shaila se mostraba altiva, luciendo con orgullo las branquias de su cuello, que parecían inflamarse por momentos.

—He dicho que la reunión va a dar comienzo —repitió Jedena, dirigiendo su mirada rasgada hacia la kyana—. Puedes sentarte.

—¡Bronk!

La aleta morada del sirviente se precipitó hacia delante cuando este se inclinó en una reverencia.

—¿Habéis solicitado mi presencia, mi señora?

—¿Quién es esta payasa? —preguntó Shaila, señalando con el dedo repetidas veces hacia Jedena.

—Parece que es la líder de este lugar, mi señora.

La kyana clavó su mirada en Bronk. Sus branquias se inflaron un poco más y ahogó su irritación en un manotazo que impactó en el sirviente, meciendo su aleta morada de lado a lado.

—De-de-después de vos, mi señora —aclaró él.

El resto de comandantes fruncieron el ceño ante la cuestionable actitud de su nueva invitada. Cecil, lejos de sorprenderse, se limitó a voltear su reloj de arena una vez más.

—¡Bronk!

—¿Sí, mi señora? —respondió, frotándose la zona del impacto, para tratar de calmar el dolor.

—Pídeme que me siente.

—Pero, mi señora, este humilde sirviente no tiene la potestad de…

—¡Pide que me siente! —las branquias de Shaila se hincharon hasta su límite.

—Mi-mi-mi señora —tartamudeó Bronk—. ¿Tendría la bondad de satisfacer la absurda petición de este kyano insignificante y tomar asiento, cuando vos guste, sobre estos asientos terrestres?

Tras cavilar su respuesta unos segundos y manifestar un perezoso bufido, Shaila, por fin, tomó asiento. Los comandantes intercambiaron miradas de confusión y Jedena ahogó su molestia en un suspiro antes de retomar la palabra.

—Si no hay más contratiempos absurdos, empecemos por el punto número uno de la reunión— dijo, manteniendo esa siniestra calma que solía caracterizarla—. Samil, ten la bondad de mostrárselo a los presentes.

El comandante del Nueve, adquiriendo toda la atención de la sala, repeinó hacia atrás los mechones sedosos que caían sobre su frente. Sonriente, se levantó de su sillón y dejó caer sobre la mesa un voluminoso libro que impactó con un fuerte estruendo.

—Señoras y señores, preciosas y preciosos todos —dijo, levantando la gruesa solapa de la cubierta—. Es todo un placer para mi persona poder mostraros en lo que he estado trabajando últimamente.

Tras hojear varias páginas se detuvo en una en particular.

Alzó el libro y mostró a la sala lo que allí había ilustrado: una monstruosidad de escamas rojizas que recordaban al propio fuego, salvo por sus puntas, que adquirían tonos oscuros.

El pelaje de su espalda era de un ocre apagado y la criatura se erguía sobre sus dos patas traseras.

Parecía no poder vencer el peso de su cola, pues la arrastraba consigo al andar, hundiendo la tierra a su paso y dejando un rastro de ascuas allá por donde pasaba.

El primero en romper el silencio fue el comandante del Once, Tretton.

—A ver si lo he entendido —se levantó, ayudándose de su gran maza de guerra—. ¿La comandante Doile y yo nos jugamos la vida rescatando a tres davenses moribundos y aquí os habéis dedicado a pintar y colorear bichitos?

Samil arqueó una ceja.

—Tan impertinente como de costumbre—, dijo echándose hacia atrás, una vez más, el flequillo de su frente—. ¿Has observado bien la ilustración? ¿Te has percatado de la combinación de colores que he usado? ¿O los detalles que he añadido? Los reflejos de luz, las sombras… ¿la purpurina?

—Déjalo, Samil —intervino Zékiel, recostándose sobre la silla, apoyando sus pies sobre la mesa, manchándola de barro—.

Lo que le pasa a Tretton es que está cagado de miedo.

Casi pierde la vida ahí fuera contra un puñado de Hiniur insignificantes.

Toma nota de esto, Jedena; la próxima vez que nos mandes a una misión, que Tretton se quede en el reino jugando a las muñecas.

Tretton emitió una carcajada.

—Como te echaba de menos, querido amigo —se burló, clavando su mirada en Zékiel—. A ti, y a tus lloriqueos. Es curioso, cuando estas rodeado de gente te vuelves muy hablador.

—¿Insinúas que te tengo miedo? —Zékiel abandonó la comodidad de su postura y se encaró con Tretton—. No sería la primera vez que silencio esa sucia lengua que tienes a base de golpes.

Un haz de luz recorrió el brazo de Tretton.

Las venas que lo recorrían aumentaron de diámetro, su musculatura en aquella zona ganó tamaño.

Intuyendo el rumbo que tomaría aquella discusión, un haz de luz recorrió los ojos de Jedena, pero fue demasiado tarde.

El puño de Tretton encontró el rostro de Zékiel antes de que ella pudiese hacer uso de su Bendición.

El sonido del golpe hizo eco en toda la sala, paralizando a los presentes. Pero, a pesar de la fuerza ejercida, Zékiel no se inmutó. Su cabeza permaneció inmóvil mientras una irónica sonrisa se dibujó en sus labios, aun con el puño de Tretton hundido en su mejilla.

—¿Qué está pasando, Bronk? —murmuró Shaila—. ¡Infórmame!

—Una pequeña disputa entre terrestres, mi señora —aclaró el kyano de aleta morada—. Parece que van a resolver sus diferencias a golpes.

Shaila cruzó sus piernas, acomodándose.

—¿Se van a matar entre ellos? —preguntó, sin esperar respuesta—. ¡Oh! Esto se vuelve más interesante por momentos.

Zékiel, sin perder su aparente felicidad, agarró la muñeca de Tretton y, sin apartar la mirada del comandante, comenzó a retorcerla, apartándola así de su rostro. Tretton intensificó más su luz, ejerciendo fuerza para salir de la presa, pero no lo consiguió.

Zékiel entonces soltó la mano de su adversario, cerró su puño contrario y lo dirigió hacia su rostro. Pero, en medio de su recorrido, se detuvo, se dio la vuelta y asestó el puñetazo al aire, fallando el golpe y cayendo al suelo.

—Odio cuando haces eso —murmuró, mientras volvía a levantarse y apretaba su mandíbula tratando de ahogar su furia.

El haz de luz que recubría los ojos de Jedena iluminó la sala con su intensidad.

—Dejaos de estupideces y prosigamos con la reunión —ordenó.

Aún a regañadientes, tanto Tretton como Zékiel volvieron a ocupar sus asientos. Cecil volteó su reloj. Samil suspiró.

—¿Por dónde iba? —preguntó el comandante de blusa colorida, recolocándose el mechón sedoso de nuevo —¡Ah, sí!

El Sombraardiente —señaló con su dedo índice la imagen del libro—.

Esto que veis no es ninguna fantasía o cuento que me haya inventado.

Esto, comandantes, es el Hiniur que atacó Davá y lo redujo a cenizas.

Un murmulló se desató en la sala. Samil volteó la página.

—¡Y no acaba ahí! —prosiguió—. Este fue el que atacó a los lenovenses en su marcha hacia Capital: El Colosonte. Una variante de Hiniur que, como veis, destaca por su gran tamaño.

—Me consta que los que partisteis de Capital habéis sido testigos de nuevas variantes Hiniur —intervino Jedena—.

Deberéis acercaros al cuartel del Nueve y relatarle al comandante Samil lo que allí visteis con la máxima urgencia posible.

De ello depende conocer al enemigo al que nos enfrentamos y aumentar nuestras posibilidades de victoria.

—S-S-Si es que alguna vez tuvimos al-al-alguna —intervino Kerin, de pronto.

La inesperada intervención del comandante peliazul llamó la atención de Jedena. Sus manos empezaron a entrelazarse nerviosas y el sudor en su cuerpo comenzó a brotar.

—¿A qué te refieres exactamente, comandante del Cuatro?

Las manos de Kerin sufrieron un grado más de agitación al notar la afilada voz de Jedena dirigirse a él.

—Bre-bre-brevodia. Su gente. Sa-sa-sangre…

Adami, sentado a su lado, extendió su brazo hacia los hombros del comandante para tratar de calmar su evidente nerviosismo.

Kerin notó la mano cerca de él y, en un acto reflejo fruto del susto, estalactitas de hielo comenzaron a brotar de cada una de sus gotas de sudor.

Agujas tan delgadas como afiladas, que se detuvieron a escasos centímetros del rostro de Adami, salvo una de ellas, que penetró en la mano que tendía hacia a Kerin, atravesándola de extremo a extremo.

Adami gritó de dolor. Kerin, al comprobar el daño que había ocasionado, contrajo las agujas. Jadeaba, asustado y preocupado por el estado del anciano.

—¡Lo-lo-lo siento mucho Adami!

Fue la comandante del Trece, Alina, quien abandonó su lugar con toda la premura que le fue posible hasta llegar a Adami.

—No os preocupéis, es un corte muy fino —dictaminó, inspeccionando la mano de su compañero mientras un haz de luz recorría sus dedos—. Es fácil de sanar.

Ante las palabras de la comandante, la calma volvió a reinar en la sala. Alina se aflojó alguna de las vendas que bailaban desde su muñeca. Sus manos se cubrieron de luz mientras la herida de Adami comenzaba a cerrarse.

—Además de ser un viejo loco, ahora también manco —puntualizó el anciano, en un intento de calmar el evidente arrepentimiento que podía leerse en el rostro de Kerin—.

No te preocupes, chico, si es precisamente por esta Bendición tuya por la que quise que nos acompañases a Brevodia —Kerin miró con tristeza a Adami, pero él le respondió con una sonrisa hogareña—.

Más le vale a esos Hiniur no meterse contigo.

—Listo —aseguró Alina—. Como si nada hubiese pasado.

Adami rotó su mano comprobando que, en efecto, la herida había cicatrizado por completo. La comandante se ajustó la venda de su antebrazo y volvió a ocupar su sitio.

—Hemos empezado hace rato y aún no hemos hablado de nada importante —puntualizó Farco desde un extremo de la mesa—. Parece que no sois conscientes del conflicto que se avecina. ¿Podemos tomarnos esta reunión con la seriedad que merece de una maldita vez?

El resto de comandantes callaron ante las palabras del líder del Uno. El silencio volvió a imperar la sala. Jedena emitió un suspiro e, ignorando el pequeño contratiempo, retomó el cauce de la reunión.

—Yskar, vos estuvisteis allí también, ¿cierto? —preguntó—. ¿Qué visteis en Brevodia que tanto asusta al comandante del Cuatro?

Yskar se levantó, su armadura celeste brilló con la luz de la sala. Sus cejas se contrajeron, dándole un mirar que reflejaba el dolor que le afligía.

—Llegamos tarde a Brevodia —confesó—. Tal y como intuíamos en nuestra última reunión, Brevodia no es más que un recuerdo ahora.

Los brevodianos que me acompañan son los únicos supervivientes del brutal ataque que allí sufrieron.

Se refugiaron en Las Montañas Tortuosas, en un pequeño risco circular repleto de cuevas y grutas que los protegieron.

Cobijo que los Hiniur no tardarán en encontrar y arrasar —se detuvo, mirando a Jedena—.

Capital es el único reino que queda en pie.

—¿Cómo es posible? —preguntó Valtyra—. ¿Los Hiniur han evolucionado hasta ser capaces de atravesar las ventiscas del Valle Vanu?

—Y pronto se desarrollarán hasta poder pasear por Las Montañas Tortuosas con total libertad —añadió Yskar.

—Están cambiando muy rápido —constató Doile—. Más de lo que jamás podríamos adaptarnos nosotros. ¿Cómo lo harán?

—Hay alguien que conoce la respuesta a esa pregunta.

La atención de todos se posó en la reina Ilma tras su afirmación.

—¿Es eso cierto? —preguntó Doile—. ¿Alguien que sabe la respuesta a por qué los Hiniur se vuelven cada vez más fuertes?

—Así es —respondió Ilma, levantándose—. Si lo precisáis, iré a buscar al hombre que conoce esa información de primera mano.

—¿De quién se trata?

Ilma sonrió.

—Káman, Aullido Lunar.