32. Averno
E l mundo se veía muy bello desde allí arriba.
Oscuro, funesto y despiadado, tal y como a él le gustaba.
Después de todo, aquel era su lugar favorito de todo Lenov.
Allí sentado, desde el tejado de la torre más alta del reino, todo parecía más pequeño.
Insignificante. Tal y como debía ser, tal y como deseaba que fuera.
Sus ojos carmesíes escrutaron el entorno mientras se rasgaban en una sonrisa.
Observó como aquel reino que alguna vez fue dorado y desprendía luz propia, ahora se hallaba envuelto en una neblina oscura que lo abrazaba.
Las estatuas que algún día decoraron sus calles no eran más que escombros que salpicaban el pavimento ensangrentado.
Sobre las ruinas del altar que se erguía en la plaza central parecían resonar los susurros de los fantasmas de aquellos que alguna vez ofrecieron sus voces en el coro real.
Fragmentos de espadas quebradas salpicaban las calles, sangre reseca untaba las paredes de lo que antaño fueron hogares, y cuerpos sin vida de aquellos que algún día se consideraron ciudadanos del reino más pacífico del mundo alfombraban el suelo.
Hiniur, tan variados como aberrantes, correteaban libres por las calles de la ciudad.
Algunos peleaban entre ellos, luchando por hacerse con un trozo de carne que llevarse a la boca, llegando incluso a perder la vida como resultado de la disputa.
Otros accedían al interior de las casas, alimentándose de los restos de aquellos que aún conservaban algo de carne entre sus huesos.
Era cierto; contemplar el reino de Lenov de aquella manera, le hacía muy feliz.
Volvió a posar su mirada en el horizonte, allá donde Capital debería estar. Allá donde se aglomeraban los pocos supervivientes de la creación de Gheva.
Os queda poco pensó, y sus colmillos sobresalieron de su sonrisa. Muy poco.
Allí, acuclillado sobre la cúpula más alta de la torre de Lenov, Tayim desplegó completamente sus alas del color de la noche.
Ríos de venas rojizas adornaban las membranas de las mismas y se extendían hasta abrazar su espalda, intrincándose entre los huecos de sus escamas.
Su cabello ondulado se peinaba hacia atrás, excepto por un pequeño mechón que bailaba sobre su frente escamada.
De sus sienes brotaban dos astas que se alzaban hacia el cielo, de un color anaranjado que se tornaba más rojizo a medida que se acercaba a la punta.
Su garra derecha se incrustaba en la piedra de la torre, manteniéndole allí sujeto.
Su prolongada cola se enroscaba alrededor de la cúpula, envolviéndola como una serpiente que oprime a su presa.
Tayim batió entonces sus alas con fuerza, levantando una leve nube de polvo y removiendo el humo oscuro que, desde hacía ya tiempo, envolvía el reino.
—¿Dónde crees que vas?
Poco a poco, Tayim cesó su aleteo, tornándose hacia aquella voz que le había importunado.
—Estoy cansado de esperar —indicó, descendiendo de la cúpula y pisando el suelo de la terraza mientras su mirada carmesí se clavaba en la mujer que se encontraba frente a él—. ¿Por qué no erradicamos a la humanidad de una maldita vez?
—Mi pequeño —dijo Regina acomodándose el cabello azabache entre los cuernos que sobresalían de su cabeza y se enroscaban hacia atrás—.
Tu padre aún sigue gestándose, no le queda mucho para alcanzar su forma perfecta —sus alas se cerraron alrededor de su cuerpo como un abrigo mientras se acercaba a su hijo—. Estas cosas llevan su tiempo.
Tayim miró hacia otro lado, chasqueando su lengua con molestia.
—No lo aguanto más —confesó—. ¿Cuándo fue la última vez que probé el sabor de la muerte?
—puso sus dos garras sobre la barbilla, pensativo—.
Ah, cierto, ya lo había olvidado. La anciana aquella, la madre del Capitán.
¿Cómo se llamaba aquella perra? —sonrió cuando lo recordó—.
Ah… Dina. Sí, así era como se llamaba esa cerda.
—¿Dónde la tienes oculta? —preguntó Regina frunciendo su frente escamada—. Hace tiempo que no te veo jugar con ella.
Tayim miró a su madre con sus ojos abiertos mientras una sonrisa enfermiza contraía las escamas de su rostro.
—Tendrías que haber visto como chillaba, madre —exclamó con una sarcástica felicidad—. Rogaba piedad tratando de evitar su muerte —Tayim carcajeó—. ¡Cómo suplicaba por su vida!
—¿La mataste? —interrumpió Regina, dejando escapar un suspiro de decepción—. Tu padre te ordenó mantenerla con vida, llegado el momento podría sernos útil como rehén.
—¡Fue ella la que se negó a vivir! —aclaró, ahogando su irritación con un puñetazo que impactó contra el mármol de la barandilla que circundaba la terraza, agrietándolo en el golpe—.
La mantuve cautiva en su casa, cerca del acantilado, colgada del techo, atada de manos.
Yo… la cuidé, madre, como prometí hacer.
Traté de conservar su vida alimentándola todos los días, velando por ella cuando enfermaba y procurando abastecer todas sus necesidades —sus labios se curvaron en una irónica tristeza—.
¿Y yo? ¿Qué pedía a cambio? Tan solo que soportase un poco de dolor mientras practicaba sobre ella este poder que El Supremo me ha concedido. Tampoco era mucho pedir, ¿verdad?
Los ojos de Regina se entrecerraron para dedicarle una mirada despectiva a su hijo.
—¿La sometiste al poder de tu facultad? —Regina dejó escapar un suspiro—. Pero, mi amor… sabes que una vieja como ella no puede soportar tal…
—Los primeros días pudo soportarlo sin problema alguno —interrumpió Tayim—.
Pero, con el paso de las semanas, empezaron los inconvenientes —ladeó la cabeza—.
Primero fueron aquellos espasmos y aquella baba que soltaba por la boca, que tanta repugnancia me daba.
Más tarde vinieron las alucinaciones y los delirios, los tumores repentinos, las fisuras en su cráneo y algún que otro episodio psicótico, que la dejaba paralizada durante horas —se acarició el mentón con sus garras, orgulloso de su hazaña—.
Como no podía soportar ser mi objeto de pruebas por más tiempo, la vieja se negó a comer hasta quedarse cadavérica ¿Qué culpa tengo yo de que no le gustara la carne humana que le ofrecía?
—se volteó hacia su madre—. Fue entonces cuando me di cuenta de que la muy cerda pretendía morirse de hambre.
Por eso mismo, aun cuando sus huesos conservaban algo de carne, le desgarré las entrañas para que sus tripas, o lo que quedaban de ellas, sirviesen de alimento a los Hiniur —compuso un gesto de decepción—.
Pero no probaron bocado, la abuela ya estaba podrida y ni siquiera los Hiniur quisieron saciar su hambre con sus restos —se encogió de hombros—. Que desperdicio de mujer.
El semblante de Regina abandonó aquella mueca de decepción para dar paso a una sonrisa cargada de orgullo y admiración. Era innegable lo mucho que había crecido su pequeño. Cómo cada vez se parecía más a su progenitor.
—¿Sabes? Esa mente perversa tuya es herencia de tu padre, y fue precisamente eso lo que me enamoró de él —confesó Regina—. Pero no le va a gustar que la anciana haya muerto.
—¿Dónde está él? Yo se lo explicaré.
—No podemos molestarlo ahora, mi amor. Él sigue gestándose.
—¿Todavía? —se quejó Tayim, rodando sus ojos—. Es un proceso tan lento… ¿Cuánto tiempo lleva así? Pronto hará medio año que conquistamos Lenov y todavía padre no está listo.
Regina se acercó a su hijo. Sus alas se extendieron en su totalidad, levantando una ráfaga de aire en su apertura, mostrando las venas azuladas que surcaban sus membranas. Apoyó delicadamente su zarpa sobre los hombros de Tayim a medida que sus alas los envolvieron a ambos.
—Estas cosas necesitan tiempo, mi amor, y debemos asegurar nuestra victoria —le explicó, tratando de reconfortarlo—.
Los comandantes de Capital son seres poderosos y quizás puedan hacernos frente, pero si logramos atacar con el poder de un emisario en su forma perfecta, no tendrán ninguna oportunidad.
Unos mortales no pueden hacer frente al poder divino de un enviado de Yavan.
Tayim inclinó su cabeza a medida que dejaba escapar un profundo suspiro de desesperación.
—Supongo que tienes razón, madre.
—Claro que la tengo, mi pequeño, y tu deberías hacer lo mismo.
Tus facultades como emisario aún son débiles y necesitan despertar —Regina despegó sus manos de los hombros de Tayim.
Se acercó a la barandilla de mármol que bordeaba la terraza y miró al infinito—.
¿Has intentado utilizarlas otra vez tras el incidente con la vieja?
Tayim, avergonzado, miró hacia otro lugar. Regina se giró levemente, mostrando su perfil escamado hacia su hijo. Sus cuernos delineaban su cabeza hasta la nuca, su pelo azabache los cubría ligeramente.
—¿Mi amor? —inquirió Regina.
—No he podido, madre —confesó Tayim—. Desde el episodio de la comandante, no he logrado establecer vínculo con ninguno más.
—Ya veo.
Regina se volteó completamente hacia su hijo.
Las escamas casi recubrían la totalidad de su cuerpo, fruto de su avanzado estado de gestación.
Únicamente sus hombros y una abertura triangular que delineaba su pecho conservaban todavía su forma humana.
Sus escamas tenían un tenue tono negruzco con matices azul marino que también se podían apreciar en las puntas de sus dos astas.
—Deberías seguir con tu gestación entonces —prosiguió—. Tu facultad es la más poderosa de las tres, y quizás necesitemos de ella llegado el momento. Pero para ello, debes desarrollarla más.
Tayim dejó a un lado su testarudez; sabía que su madre tenía razón, pues su poder podría ser determinante para alcanzar la victoria. Desvió la mirada, cabizbajo, mientras sus alas seguían el descenso de su cabeza, rozando el suelo.
—¿Lo harías conmigo? —dijo finalmente con una chispa de inocencia, como si de pronto hubiera vuelto a ser el niño que alguna vez fue—. Me gusta cuando gestamos los tres juntos.
—Oh, cariño, eso sería maravilloso, pero hay asuntos que requieren mi atención en estos momentos.
—¿Qué asuntos? —quiso saber Tayim—. ¿Qué hay más importante?
Regina sonrió.
—Quería comunicároslo esta noche cuando estuviésemos los tres juntos, pero, ya que me insistes —carraspeó antes de seguir—. Anoche logré desarrollar mi habilidad un grado más.
Tayim se quedó mudo durante unos segundos, asimilando lo que su madre acababa de confesar. Tras interiorizar las palabras de Regina, su hijo corrió hacia ella con la ilusión de un niño que recibe un regalo.
—¿De qué se trata madre? ¡Muéstramelo! ¿Con qué nuevas capacidades te ha dotado el Supremo?
Regina sonrió orgullosa.
—¿Recuerdas mi última creación? —preguntó—. ¿Aquellos Hiniur colosales que creé hace tiempo?
—¡Cómo olvidarlo! —asintió Tayim—. ¿Eres capaz de crear variantes Hiniur más mortíferas ahora? ¿Con más garras? ¿Con colmillos más alargados quizás?
Regina soltó una carcajada.
—No vas mal encaminado, mi pequeño —continuó Regina—.
Aquellos Hiniur colosales, ahora disfrutaran de alas, tan majestuosas y poderosas como las nuestras, mi amor —dijo hinchada de orgullo—.
También soy capaz de otorgarles una fuerza aún más bruta y escamas translúcidas, que los harán resistentes a las armas de los hombres que osen desafiarlos —volvió a mirar a su hijo, notando el brillo en sus ojos—.
Y quisiera poner esta nueva facultad en práctica.
Necesitaremos un ejército poderoso cuando llegue el gran día en el que erradiquemos a la humanidad.
—Te admiro tanto, madre —confesó Tayim—. Tu poder es cada vez más letal.
—Y el tuyo también lo es, mi pequeño —respondió Regina, con su cola retorciéndose tras ella—. Pero debes seguir desarrollándote, pues, con la suficiente gestación, tu facultad alcanzará un poder mayor que del que yo pueda poseer jamás.
Regina se acercó a su hijo dándole un delicado beso sobre su cabeza allí donde dos cuernos de puntas rojizas nacían.
—Está bien, está bien —suspiró profundamente—. Gestaré un poco más, pero cuando lo tengas listo, querré ver tu nuevo ejército.
—Y así será, mi amor —respondió Regina acariciando la escamada mejilla de su hijo—. Ahora ve, y desarrolla el poder que Yavan nos ha concedido.
Tayim batió sus alas y, de un salto, se colocó de cuclillas sobre la cima de la cúpula. Incrustó sus garras oscuras en la piedra de la estructura. Sus alas lo abrazaron, cubriendo su cuerpo hasta apagar la luz del atardecer que bañaba su semblante.
Regina se quedó unos segundos observando a su hijo allí inmóvil y sonrió.
—Un poco más, mi amor —murmuró antes de adentrarse en las fauces del castillo otra vez—. Tan solo un poco más.