La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 31. Concilio #2
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31. Concilio #2

—Pero me sigue pareciendo un poco extraño —respondió el clérigo con un deje de desilusión en su voz—. Como consejero suyo que soy, debería haber sido yo quien acompañase a Cincela hasta aquí. Y más en un día como hoy.

Ramis miró a Verso y sus cejas se contrajeron, arrugando su entrecejo.

Un tembleque recorrió la espalda del joven al notar la mirada marina sobre él.

Sacudió levemente su cuerpo tratando de aliviar aquella autoridad que irradiaba el Capitán, y la túnica grisácea que antaño lució blanca e impoluta se zarandeó con él.

—¿Qué te he dicho acerca de cortejar a mi hija?

—Di-disculpe, Capitán —balbuceó Verso levantando las palmas de sus manos en gesto de rendición—. No era mi intención cortejarla, ni nada por el estilo, Señor. Tampoco quisiera que pensara que soy un baboso o un empalagoso. Quizás no me he explicado bien, yo tan solo quería decir que…

Ramis rodeó los hombros de Verso con su brazo, acercándolo hacia él con una sonrisa.

—Está bien, clérigo enamoradizo —dijo con tono juguetón.

—Está… ¿bien? —titubeó Verso al ver aquella reacción por parte de Ramis. Era la primera vez que le dedicaba un gesto cariñoso.

—Como te decía, la comandante Kaselea me lo ha pedido por favor, casi rogándomelo —aclaró—. Me ha dicho que quería darle algo especial, desconozco el qué. Pero me ha asegurado que le brindará la confianza que mi hija necesitará hoy.

Verso suspiró, haciéndose a la idea de que no vería a Cincela antes de la reunión.

—¡Pero mira quién se ha dignado a venir por aquí! —exclamó Yskar acercándose a los lenovenses.

—Disculpad la demora, majestad —respondió Ramis inclinando su cabeza ligeramente—. Aquí nuestro amigo el clérigo ha permanecido en el baño veinte largos minutos hasta que ha decidido salir.

—Es que estoy nervioso por lo de hoy —aclaró Verso, rascándose la parte trasera de su cabeza—. Y cuando estoy nervioso, no me sale el pipí.

Yskar miró a Ramis, su rostro se arrugó, tratando de contener la risa.

El Capitán sostuvo la mirada de Yskar, haciendo esfuerzos por disimular él también la risa que amenazaba con salir de su garganta.

Tras unos segundos de silencio, las voces varoniles de ambos hombres resonaron cuando, sin poderlo contener más, carcajearon.

—¿Qué? —pregunto Verso. Su rostro adquirió el color del tomate—. Es la verdad.

—Y no lo niego, pequeño aprendiz —subrayó Yskar, aún riéndose—. No lo niego. Venid, tomad asiento, la reunión empezará en breve.

Los lenovenses se aproximaron, junto al brevodiano, a la mesa donde Ilma les esperaba de pie.

Naila apareció detrás de la davense, acompañándola para recibir a los recién llegados.

Horos, tumbado en el suelo, emitió un amplio bostezo antes de volver a apoyar su cabeza sobre sus patas delanteras y continuar con su placentera siesta.

—Lo noto rebosante de felicidad, Capitán —comentó Ilma a su llegada.

—¿Y cómo no estarlo, majestad? —respondió Ramis—. Hoy resolveremos este malentendido y mi hija volverá a ser libre de nuevo.

Ilma suspiró.

—Ojalá así sea, Capitán.

Shaila fue la última integrante en entrar en la sala, seguida por sus más fieles sirvientes: Krib y Bronk.

Korvin, en un intento por huir de la fiera mirada de su líder, prefirió sentarse junto a Alina y Azava, quienes gustosamente le ofrecieron aquel cobijo.

La Kyana caminó sirviéndose de su báculo oxidado, con sus aletas rosadas ondulando tras ella al ritmo de su andar.

Se detuvo cuando un anciano de barba desaliñada, enlatado en jaspe negro, se aproximó a ella.

—Por aquí, señora —indicó Adami, acomodando un pequeño taburete más en la mesa.

Shaila se quedó inmóvil mirando al comandante, con sus branquias inflándose ligeramente. Inspiró aire para, seguidamente, expulsarlo lentamente tratando de contener la molestia.

—¿Me tomas por imbécil?

Adami se volvió hacia atrás, creyendo que la mujer de aletas rosadas se dirigía a otra persona.

—¿Me hablas a mí? —preguntó, señalándose a sí mismo.

—¡Bronk!

El sirviente kyano se acercó lo más rápido posible hacia su líder.

—¿Ha solicitado mi presencia, mi señora?

—Dile a este vejestorio lo que ocurre con aquellos que me toman por imbécil —ordenó—. Hazle saber que puede meterse el orinal que me ofrece entre sus partes nobles.

Adami alzó el taburete, rotándolo, examinándolo con detenimiento.

—¿Orinal? —el comandante dejó el taburete de nuevo en el suelo y se frotó la barbilla, pensativo—.

No sé de dónde venís, ni las cosas que allí acostumbráis a hacer.

Tampoco sé si hacéis vuestras necesidades sobre taburetes o no pero, si eso es lo que incomoda a mi señora sirena, puedo ofreceros, con mucho gusto, mi propio asiento.

Tal era el bullicio en la sala que el sonido de la gran silla de madera que Adami arrastró hasta Shaila pasó desapercibido.

Shaila analizó aquel sillón cuando el comandante lo colocó ante sus ojos. Era de madera negra, con laureles plateados tallados en la misma. El forro del respaldo y el asiento estaban tapizados por una tela plateada que le daban un matiz elegante que no le disgustó.

—¡Bronk!

—¿Sí, mi señora?

—Comprueba si la silla es digna de mis reales glúteos —ordenó, apuntando hacia el asiento—. No quisiera contraer alguna enfermedad por sentarme en un nido de bacterias terrestres.

Bronk palpó el sillón con ambas manos. La madera no tenía ni una mota de polvo, el forro plateado parecía brillar por sí mismo.

—Está impoluta, mi señora.

Tras unos segundos, y con algo de duda en sus ojos, Shaila avanzó hacia el que sería su nuevo sillón durante la reunión.

—Aparta, idiota —le espetó a Bronk, empujándolo con su báculo.

—Disculpe, mi señora— respondió el kyano de aletas moradas con una reverencia—. Sois benevolente conmigo, mi señora.

Shaila se mantuvo de pie frente al sillón, tal y como hacían el resto de comandantes. Krib se colocó tras el respaldo de la misma, con sus brazos cruzados tras él y su aleta rojiza estirada hacia el cielo.

Adami, que había contemplado la escena, agarró el taburete y se dirigió hacia el lugar que le correspondía alrededor de la mesa central, arqueando una de sus cejas mientras trataba de entender aquel mal humor que desprendía la kyana.

—¿Será que apesto? —murmuró el comandante a su llegada, alzando sus brazos, hundiendo su nariz en las axilas.

Cuando todos ocuparon sus asientos y el barullo hizo imposible mantener cualquier conversación, Jedena golpeó el suelo varias veces con la culata de su tridente.

El alboroto cesó de inmediato, dando paso a un silencio solemne que precedería a la reunión.

Todos los ojos se centraron en la comandante del Diez, cuya mirada serpentina recorrió la sala.

—Agradezco vuestra atención —empezó, apoyando su yelmo sobre la mesa frente a ella—.

Comandantes de Capital, reyes, reinas y líderes de las tierras que conforman nuestro mundo; hoy es un día importante.

El más importante de todos —dejó pasar unos segundos, disfrutando de la autoridad que infundía—.

Hoy determinaremos nuestro futuro y el de las generaciones venideras.

Aquí y ahora, decidiremos como enfrentaremos a Grifford y su tiranía para siempre.