La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 31. Concilio
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31. Concilio

A quella mañana Cincela se despertó antes de lo previsto. Solía pasarle cuando algún acontecimiento importante iba a tener lugar. Ese día, no solo se decidiría el futuro de la humanidad, sino, además, el suyo propio.

Desde la ventana de su habitación pudo discernir los semblantes de preocupación de los soldados que deambulaban por La Arena.

En lugar de dedicarse a sus habituales entrenamientos, aquel día se aglomeraban formando pequeños grupos.

Algunos conversaban entre cuchicheos, evitando algún oído curioso que pudiese acechar desde las sombras.

Otros caminaban de un lado a otro nerviosos, arrastrando los pies y levantando una nube de polvo.

Era innegable; algo importante estaba a punto de suceder aquel día.

De pronto, la puerta metálica tras ella sonó cuando los guardias comenzaron a accionar los cerrojos.

Cincela se acomodó la blusa, tratando de ocultar el vientre que parecía sobresalir un poco más que ayer.

De entre la penumbra del pasillo emergió la silueta de una mujer corpulenta que le devolvía la mirada y cuya sonrisa hogareña la tranquilizó al instante.

—Tan solo quería comprobar por mí misma como te sentías antes de afrontar lo que acontecerá hoy —explicó la mujer a medida que la puerta se cerraba.

Cincela, una vez logró extender su blusa por completo, se incorporó hacia la invitada.

La silueta de la comandante pareció llenar la sala con su presencia, algo a lo que contribuía la envergadura de su espalda y sus fornidos brazos.

Una tímida trenza se asomó de entre sus cabellos, meciéndose de lado a lado con cada nuevo paso que daba.

Cincela no contestó, tratando de dedicarle su mejor sonrisa. Pero no fue suficiente para convencer a la comandante.

Kaselea entonces se acercó a la joven de cabellos de oro y, con una delicadeza impropia para sus gruesas manos, apartó los mechones que caían sobre su rostro, revelando la oscura marca de su ojo carmesí.

Ajena al rechazo que pudiese ocasionar la mancha, se inclinó hacia Cincela dándole un suave beso sobre la misma.

—Estás preciosa, querida —aseguró, mientras recolocaba de nuevo los mechones de la lenovense.

Cincela suspiró mirando al suelo, pensando en su respuesta.

—Oh, vamos. ¿A qué viene esa cara? —prosiguió la comandante, sentándose junto a ella—. Cuéntaselo a la tía Kassi.

—Ser el centro de atención me ha puesto nerviosa siempre —respondió Cincela casi de inmediato—. Me incomoda tener tantos ojos sobre mí. Sobre todo…

—Los de Jedena, ¿verdad?

Cincela asintió.

—Algo me dice que permaneceré encerrada haga lo que haga y diga lo que diga —se atrevió a levantar la cabeza para mirar a Kaselea directamente—. Jedena tiene siempre la última palabra.

—Por supuesto que lo hará, si sigues con esa actitud derrotista estoy segura de que lo hará. ¡Mírate! Si ya te has dado por vencida incluso antes de empezar la reunión.

Cincela levantó el cabello que ocultaba su ojo carmesí.

—Esto… —puntualizó, llamando la atención de la comandante—. Esto es motivo suficiente para permanecer encerrada aquí. Soy un monstruo y no tengo argumento para contradecir esa verdad.

Kaselea parpadeó varias veces antes de contestar.

—Eso es porque no me has visto recién levantada. Sin maquillaje, sin polvos y sin colorete. Te lo aseguro preciosa, eso sí es un monstruo de verdad.

Cincela soltó una pequeña risa, pero su semblante volvió a sumergirse en la seriedad habitual.

—No es solo el ojo.

—¿Entonces?

Cincela volvió a descender su mirada, dejando que el silencio reinara en el ambiente.

—A ojos de Jedena, soy una niña que juega a ser Capitana de Lenov. No tendrá en cuenta aquello que tenga que decirle.

—Así que eso es lo que te pasa… —asintió Kaselea, fingiendo una falsa comprensión—.

¿Sabes? Te mentiría si te dijera que nunca me he sentido así también.

Cuando me nombraron a cargo de las minas de jaspe negro, yo rondaba la treintena.

¿Cómo crees que se tomaron eso los trabajadores?

Una joven sin experiencia, dando órdenes e instruyendo a hombres que habían trabajado toda su vida en aquel agujero.

¿Crees que no sentí ese miedo que sientes tú ahora?

¿Crees que no temí no ser escuchada? ¡Y más estando a cargo de algo como las minas de jaspe de Capital!

¿Sabes la responsabilidad que ello conllevaba?

—Pero te hicieron caso por fin.

Kaselea frunció el ceño.

—¡Por supuesto que me lo hicieron! —dijo, apretando sus poderosos puños que recordaron a martillos—.

Por la cuenta que les trae. Entre tú y yo, preciosa: el más corpulento de ellos, me llegaba a la altura del pecho —Kaselea soltó una carcajada—.

El que no me hacía caso, tortazo y a seguir picando piedra.

Cincela, imbuida por el buen humor que desprendía la comandante, se atrevió a reír.

—¿Y sabes cual es el secreto, preciosa? ¿Sabes porque me hicieron caso por fin?

—preguntó Kaselea sin esperar respuesta—.

Por la confianza que tenía en mí misma. Visualízate, querida.

Visualízate por un momento plantándole cara a Jedena, rebatiendo toda acusación que pueda lanzar sobre ti.

Visualízate ganadora, pues aquello que proyectas es lo que atraes.

Cincela cerró sus ojos, recreando la escena que Kaselea narraba.

—Imagínate vencedora —prosiguió—. Tienes que imaginártelo como… ¡Un jardín! Eso es, un bello y amplio jardín. Cultívalo querida, mantenlo siempre fresco y cuidado y verás que las plantas que allí crezcan alcanzarán alturas que nunca habías imaginado.

La lenovense suspiró abriendo lentamente sus parpados.

—Lo intentaré, Kaselea pero…

—Y deja de llamarme así, que parece que sea la primera vez que nos conocemos —interrumpió la comandante dándole un codazo cariñoso a Cincela—. Llámame Kassi.

—Kassi yo… entiendo lo que tratas de decirme, pero no sé si será suficiente. No se si tengo la confianza suficiente para enfrentarme a tantas miradas, especialmente a la de Jedena.

Kaselea se quedó muda durante unos segundos antes de responder.

—Por eso estoy aquí hoy, preciosa, para darte ese empujoncito de confianza que necesitas.

Cincela frunció el ceño mientras la comandante escarbaba entre sus pertenencias hasta extraer un estuche de madera.

—¿Qué es?

Kaselea abrió la tapa mostrando su contenido.

Una colección de brochas reposaba en uno de los extremos, dispuestas horizontalmente, junto a una paleta de diversos colores.

En la cara opuesta del estuche, el reflejo de Cincela capturó su atención cuando se percató del diminuto espejo que yacía en aquel espacio.

—¿Maquillaje? —preguntó, mirando a la comandante aun con su ceño fruncido.

—No, querida —aclaró ella, sosteniendo una de las brochas—. MI maquillaje. Voy a darte esa confianza que necesitas hoy. Ya verás, Jedena no se atreverá ni siquiera a mirarte.

—¿Estás segura? —preguntó la joven, sintiéndose algo incomoda—. Nunca me he maquillado, no creo que sepa lucirlo como lo haces tú, Kassi.

La comandante, ignorando la plegaria de Cincela, impregnó las cerdas del utensilio de un tono rosado. Sus dedos callosos acariciaron el mentón de Cincela, elevándolo levemente. Movió la brocha unos centímetros más cerca de la joven y, de repente, se detuvo.

—¿Sigues guardando la armadura que te entregué? —preguntó—. ¿O también te han privado de ella?

—Allí —indicó la lenovense, apuntando con su cabeza hacia el armario empotrado—. Allí la guardo.

Kaselea emitió una pequeña risa traviesa mientras untaba la brocha con más color.

—¡No van a creer lo que verán cuándo aparezcas en la sala! —aseguró, contrayendo las cicatrices de su rostro con su sonrisa—. Voy a hacer de ti toda una Capitana de Lenov.

La robusta puerta de la sala de reuniones se abrió un día más.

Como cada reunión, la sala estaba impoluta: la cristalera frontal reflejaba el habitáculo como un espejo, los escudos y armaduras decorativas habían sido barnizadas con algún tipo de aceite y los muebles de alrededor no tenían ni una sola mota de polvo.

Pero, aquel día, no era como otro cualquiera.

La primera en acceder a su interior fue Jedena.

Tridente en mano, atravesó altiva la sala mientras la crin plateada de su yelmo acariciaba sus hombros y se mecía de lado a lado con cada paso.

Le siguieron el resto de comandantes, que accedieron ocupando sus lugares correspondientes alrededor de la mesa.

Se había dispuesto otra mesa colindante a la central, cuyos asientos estaban destinados a todas aquellas personas ajenas a Capital.

—¿Dónde has dejado a la niña? —murmuró Yskar tomando asiento en la pequeña mesa, su armadura celeste resonó con su movimiento.

Ilma lo observó desde la oscuridad que le brindaba su caperuza gris.

—He dejado a mis guardabosques a su cuidado —explicó—. Creo haberles escuchado decir que pasarían la mañana en los establos. Kayli ha insistido en ir a dar de comer a tus osos.

—¿Estarán bien? —susurró Yskar mientras el barullo provocado por los comandantes se intensificaba—. Ylvan y Beti son tan dóciles como torpes, les cuesta controlar sus dimensiones. Quizás Kayli es un poco pequeña para…

—Como buena davense —interrumpió Ilma—, Kayli goza de una gran afinidad hacia los animales —clavó su mirada en Yskar, y los mechones de su flequillo cayeron sobre sus ojos salvajes—. Estarán bien.

El siguiente en acceder a la sala fue Ramis.

Su armadura lenovense no pasó desapercibida para los presentes.

Entre tanto negro, el resplandor perlado y los tonos dorados que adornaban su coraza parecieron iluminar la habitación.

Junto a él, Verso caminaba acelerado, tratando de seguir los pasos del Capitán, procurando no pisar la tela de la capa dorada que ondeaba tras él.

—No te preocupes por eso, Verso —le dijo el Capitán sin aminorar su ritmo—. Me lo ha pedido por favor.