30. Nostalgia
L lovía.
Una lluvia torrencial impactaba inmisericorde sobre la ventana de la habitación.
Tal y como ya se había vuelto costumbre, Cincela contaba los días hasta poder salir de aquel lugar.
Acariciaba su cada vez más inflado vientre, mientras miraba su propio reflejo a través de la ventana, un reflejo que mostraba el rostro de una muchacha que distaba mucho de la Cincela que solía ser.
El reflejo de un ojo de fuego que la acechaba día tras día. Noche tras noche.
Aquella mañana pensó en Azhna más de lo habitual. Desde pequeña siempre le habían gustado aquellos días de lluvia. Días en los que era imposible salir fuera y Azhna encendía aquel fuego en la chimenea, dispuesto a pasar el resto de la tarde narrando sus historias.
Quizás por eso Cincela odiaba ahora aquellos días de lluvia. Días en los que sus emociones estaban a flor de piel y la invadían, recordándole la felicidad de tiempos mejores.
¿Cómo ha cambiado todo tan rápido?
A veces parecía poder escuchar la voz de su abuelo llamándola en la lejanía. Pero al voltearse, jamás estaba ahí.
Cincela, mi pequeña, ¿dónde te habías metido? Recordó decirle.
A veces parecía también poder percibir su olor, aquella dulce fragancia a té y ropa limpia.
Le vino a la mente la imagen de la chimenea, el olor a castañas y leña quemada que se esparcía por el interior de la casa.
Miró entonces sus manos, imaginándose como las palmas arrugadas de Azhna acariciaban la suavidad de las suyas mientras narraba sus historias.
Sus historias…
Recordó, de pronto, una de las últimas conversaciones que tuvieron.
Aquella vez que le entregó a Segadora y que soñaron juntos con atravesar el Bosque Aurora y ver el mundo.
Abuelo y nieta, espada en mano, codo con codo, haciendo frente a las oleadas de Hiniur frente al reino.
Adentrándose en el Bosque al que todos pueden entrar, pero jamás abandonar.
Pero ellos lo conseguirían. ¿Cómo no iban a hacerlo?
Estaba con su abuelo, nada salía mal cuando estaba con él. Nunca.
Se visualizó, por un momento, tendida en la fresca hierba junto a Azhna. Ambos reirían a carcajadas, ajenos a cualquier problema. Ajenos al mundo. Ajenos a todo.
—Al final, he podido atravesar el Bosque Aurora, tal y como prometimos hacer —murmuró Cincela para sí, con una sonrisa amarga en su rostro—. Aunque no de la manera que imaginábamos.
Fuera, La Arena estaba encharcada. Ni los valientes miembros de los escuadrones se atrevieron a entrenar bajo aquel torrente de agua.
Cincela se giró hacia la entrada. Suspiró.
Desde su posición, a través de la pequeña ventana de la puerta, pudo distinguir las cabezas de los dos guardias que la custodiaban.
Inmutables y firmes, permanecían a cada lado del acceso de acero.
Su vientre se revolvió de pronto, obligándola a contraer su rostro en una mueca de dolor.
Introdujo su mano en el interior de su blusa y palpó las telas que circundaban su tripa.
Tiró del nudo con rabia, comprimiendo todavía más el vientre, silenciando los golpes que el monstruo ocasionaba en su interior.
Cuando el dolor y la ligera quemazón cesaron, Cincela, sin poder disimular su ira, volvió a posar su mirada en la ventana y, como antes, los recuerdos de Azhna la volvieron a invadir.
“Blandiré Segadora y me encargaré de que tu nombre siga figurando en la historia del mundo”, recordó decirle a su abuelo.
Con esa frase en la mente volvió a centrar su atención en su reflejo. Apartó los cabellos dorados que se precipitaban sobre su rostro para contemplar la marca que lo ensuciaba. La marca que la perseguía. La razón por la que estaba allí aislada.
—¿A quién pretendo engañar? —dijo en un susurro—. Ya no soy la Capitana que le prometí ser. Esa Cincela murió hace tiempo. Ahora soy… —dejó su pelo caer de nuevo, ocultando parcialmente el ojo carmesí que la observaba desde el otro lado del cristal—. Uno de ellos.
Se alejó de la ventana y se dirigió a la cama. Se tumbó sobre la colcha, aún sin hacer, y miró al techo. Un profundo suspiro se escapó de sus labios mientras notaba como sus ojos parecían humedecerse.
Llovía con más fuerza ahora, como si el cielo derramase las lágrimas que Cincela trataba de contener. ¿Tendrán razón los habitantes de Capital? ¿Realmente he perdido toda mi humanidad? ¿Soy realmente uno de ellos? Abuelo… ¿Qué harías tú en mi lugar?
De pronto, un sonido metálico la extrajo de sus recuerdos. Los soldados comenzaron a accionar los diferentes cerrojos que sellaban la puerta desde fuera. Las bisagras chirriaron cuando la placa de acero se abrió. Cincela se incorporó, frotándose los ojos, retirando el exceso de humedad en ellos.
—Así está bien —dijo el Capitán hacia los soldados antes de adentrarse en la habitación.
Ramis le dedicó una sonrisa a su hija. Ella, sin embargo, pudo percibir el deje de amargura oculto en su intento de sinceridad.
La puerta se cerró tras él, inundando la habitación, una vez más, con aquel estruendo metálico.
—¿Cómo has amanecido hoy, hija mía?
—Mejor que otros días, papá —repuso ella, acomodándose la blusa, tratando de ocultar lo que guardaba bajo las telas.
Ramis se aproximó a la cama y se sentó en el borde, justo al lado de Cincela. Clavó sus pupilas azuladas en sus ojos con una mirada que parecía ver mucho más allá.
—Has estado llorando, ¿verdad?
—No —mintió ella, girando su cara, tratando de ocultar lo evidente—. ¿Por qué lo preguntas?
El rostro de Ramis abandonó aquella felicidad fingida que había tratado de mantener desde que entró por la puerta como si, de pronto, se hubiese dado cuenta qué era aquello que entristecía a su hija.
El Capitán dejó caer su cabeza hacia delante, y los mechones en forma de M que componían su flequillo colgaron frente a él.
Por alguna razón que Cincela no supo explicar, aquello la quebró.
Ocultó su cara entre sus manos y ahogó libremente su llanto en ellas.
Ramis, aun cabizbajo, rodeó a su hija con uno de sus brazos y la aproximó hacia su hombro.
Cincela despegó entonces las manos de su rostro para acomodarse entre el pecho y el hombro de su progenitor.
Allí, sus lágrimas siguieron brotando hasta humedecer la blusa blanca que vestía su padre por debajo de su coraza perlada.
Ramis, ligeramente emocionado, acercó sus labios a la frente de su hija y le regaló el más tierno de los besos. Un beso que bastó para reconfortarla.
Se despegaron y dejaron pasar unos segundos de silencio, únicamente entorpecido por el sonido de Cincela al sorber, tratando de recuperar la compostura.
—Aunque no lo creas —dijo Ramis por fin—, no he venido para esto hoy.
Cincela, algo recuperada, lo miró a los ojos.
—De hecho, venía para comunicarte una buena noticia.
—¿De qué se trata? —preguntó ella con la voz algo tomada.
Ramis, algo más sonriente, alargó el momento de espera unos segundos más.
—Hoy han regresado al reino los comandantes y los reyes que partieron de Capital.
Mañana no habrá reunión, pues algunos de los que han vuelto acaban de enterarse de la muerte de Álvar y precisan de un día de luto —calló durante unos segundos antes de proseguir—.
Pero dentro de dos ocasos se celebrará una gran reunión en la que participaremos todos.
—¿Todos? —preguntó Cincela.
Ramis asintió.
—Han vuelto más de los que partieron del reino —respondió el Capitán—. Incluso me ha parecido ver al rey Yskar dar de comer a un oso negro sobre el que montaba.
—¿Un oso negro? —los ojos de Cincela se abrieron en su totalidad.
—Y también había una mujer con aletas que no paraba de quejarse de la suciedad del reino —añadió—. Pero no seamos impacientes, los conoceremos a todos en la próxima reunión.
Cincela frunció el ceño hasta su límite.
—¿Conoceremos? —preguntó—. ¿Quieres decir que iré yo también?
Ramis se volteó hacia su hija dedicándole, por primera vez desde que había entrado en la habitación, una sonrisa de verdad.
—Claro que lo harás —aseguró—, puesto que uno de los puntos a discutir en dicha reunión —calló unos segundos, clavando sus dos zafiros en Cincela— es tu libertad.