29. Repercusión #2
Se incorporó de golpe, buscando con ojos somnolientos entre sus pertenencias hasta encontrar su odre de agua. Bebió un largo trago, derramando algo del líquido por la comisura de sus labios. Luego tomó aire y se mojó la palma de la mano, llevándola a la nuca para humedecerla.
Tan solo pretendías enseñarme una valiosa lección aquel día pensó, sumido todavía en sus recuerdos.
—Y yo… no te entendí —susurró ahora en voz alta como si su padre, de alguna manera, pudiese escucharle—.
Ahora lo hago. Mis acciones tienen consecuencias.
Matar a un osezno indefenso para, momentos después, ejecutar a su madre…
¿Qué clase de monstruo soy? Trataste de decírmelo, padre, y no te entendí.
Pasaron los años y ¿qué hice al respecto?
Lucir la piel de un oso sobre mis hombros como el más alto símbolo de poder en Brevodia —miró la capa de Rey brevodiano que colgaba sobre un saliente en la roca—.
¿Qué clase de credibilidad tengo? Me ausenté de Brevodia cuando más me necesitaban y, mientras mi pueblo era arrasado, yo volvía con nuevas órdenes.
Órdenes que implican arriesgar sus vidas otra vez —suspiró—. ¿En qué me he convertido?
Se levantó del montón de hojas. Una a una, fue colocándose las piezas de acero celeste.
La lanza se apoyaba sobre la pared y justo a su lado, la capa de líder.
Yskar la miró durante unos segundos, la imagen del osezno volvió a su mente.
Ladeó su cabeza con ímpetu, tratando de olvidar aquel recuerdo.
De pronto, sus ojos se abrieron de par en par, dedicándole una última mirada gélida a aquel atuendo.
La capa que durante tantos años había creído que infundía respeto a quienes la contemplaban, ahora no le suscitaba más que vergüenza.
Lucirla no mostraba más que una de las peores caras de la humanidad: matar por mero placer.
Con un movimiento rápido, envainó la lanza, sosteniéndola con firmeza por el mástil. La elevó hacia el cielo y dejó caer el filo sobre la prenda. El sonido de la piel cortó el silencio cuando el filo celeste desgarró el pelaje en dos mitades.
A partir de hoy, haré caso a tus palabras, padre.
Suspiró y abandonó la cueva. Yskar tuvo que parpadear varias veces a su salida pues, para su sorpresa, todo el pueblo brevodiano se reunía formando un semicírculo frente a él.
Las mujeres y niños, los ancianos, los jóvenes enlatados en sus armaduras, Íkaro a lomos de Beti, junto a otros brevodianos veteranos más, que cabalgaban en sus respectivos osos.
Todos aguardaban ante la caverna de su líder.
Zékiel, Kerin y Adami se situaban frente al grupo, observando la perplejidad que reflejaba Yskar.
—Te esperábamos, majestad —dijo Íkaro, reverenciándose ante su rey.
El resto de los presentes hincaron la rodilla en la nieve, incluso los muchachos que osaron desafiarle la noche anterior y que ahora presentaban varias contusiones en el rostro.
—Pero… yo no… —titubeó Yskar.
—No queremos huir más, majestad —aseguró alguien entre la multitud—. Mis hijos merecen una vida mejor.
—¡Recuperemos lo que es nuestro! —gritó otra voz.
—¡Somos Brevodia! —añadió alguien más—. Estamos hechos de acero y hielo. ¡Nada puede quebrarnos!
El semblante de Yskar se debatía entre la emoción y la euforia. No dejó que las lágrimas entorpecieran aquel momento y, sosteniendo el mango de su arma, la alzó hacia el cielo.
—Mis valientes, estoy orgulloso de vuestra determinación. Prometo no fallaros otra vez —Yskar se giró levemente mirando sus hombros, allá donde tendría que oscilar la capa de piel—. A partir de hoy, seré el rey que merecéis.
Los alaridos de victoria inundaron el ambiente.
La euforia entre los presentes era casi palpable cuando los brevodianos comenzaron la marcha, dejando sus huellas y su vida marginal atrás.
Yskar encabezaba el grupo junto a los comandantes, seguidos por los ciudadanos de Nueva Brevodia y, custodiando la retaguardia, Íkaro y los demás jinetes a lomos de sus monturas.
Pero algo calló el bullicio de voces y felicidad de pronto. Todos se detuvieron cuando notaron el suelo bajo sus pies tambalearse. Las miradas se intercambiaban con terror. Los jinetes desenvainaron sus lanzas al unísono, escrutando el entorno en busca del origen.
—Hiniur…
Un nuevo temblor sacudió la tierra con más fuerza que antes.
Algunos brevodianos cayeron debido a las violentas sacudidas del suelo.
Del interior de una de las cuevas emergió un ser de dimensiones titánicas.
Su lomo acariciaba las rocas que formaban la parte alta de la entrada, que quebró a su salida.
Cada paso que daba hacia los brevodianos era un nuevo temblor.
Su pelaje negro contrastaba con la nieve que les rodeaba, salvo por la línea de pelaje blanco que adornaba su rostro y que le otorgaba aquel aspecto atigrado.
La piel de su cara colgaba, y el pelo de la misma rozaba el suelo que pisaba. Sus ojos eran diminutos en comparación, ocultos entre el pelaje de su rostro.
—¡Es Ylvan!
El oso avanzó hasta alcanzar a los brevodianos.
A su llegada, estos se apartaron dándole paso, temiendo ser aplastados.
El animal de pelaje nocturno se detuvo ante Yskar y lo miró desde las alturas.
El rey se giró hacia su derecha en busca de Adami, esperando que pudiera explicarle lo que ocurría, pero el comandante tan solo se encogió de hombros.
Ylvan emitió un leve gruñido para, seguidamente, descender su pesado cuello hasta que sus ojos quedaron a la altura de los del brevodiano.
Yskar, aún sin saber muy bien cómo actuar, acarició su pelaje.
La bestia entonces contrajo sus cuatro patas, descendiendo hacia el suelo, hasta que su tripa tocó el suelo.
Yskar frunció el ceño y, siguiendo su instinto, ascendió por la pata delantera de Ylvan, agarrándose del pelaje para impulsarse, hasta sentarse en los lomos del oso negro.
Ylvan estiró entonces sus patas, levantándose nuevamente de la nieve. El rey se inclinó, acariciando el pelaje del costado del animal. Volvió a erguirse, mirando al pueblo brevodiano que lo observaba desde el suelo.
—¡Brevodianos! —gritó desde las alturas—. ¡Hay esperanza! Pongamos rumbo a Capital. Rumbo a un mañana mejor.
Los brevodianos lo siguieron con un grito de guerra que pareció mecer la poca vegetación que allí crecía.
La tierra tembló de nuevo, las aves que descansaban sobre los escasos árboles alzaron el vuelo cuando Ylvan asestó un bramido más enérgico y poderoso que cualquiera que hubiese emitido antes y emprendió la marcha montaña abajo.
Allí, montado a los lomos de su recién hallado compañero, la escena del osezno volvió a los pensamientos de Yskar, y este miró al firmamento.
Ahora entiendo, pensó. Portar el emblema del oso no es lucir una capa con sus pieles. El emblema del oso no implica cazarlos, sino convivir con ellos. ¿Es eso lo que tratabas de decirme padre?
Yskar cerró sus ojos.
Mis acciones hoy, tienen su eco en el futuro.