29. Repercusión
L a luna llenó el firmamento con su resplandor. El cielo lloraba pequeños copos de nieve que bailaban a través de la noche y se deshacían al impactar contra el suelo. Las estrellas palpitaban su luz, iluminando Nueva Brevodia una noche más.
La hoguera que crepitaba en el centro del risco resguardaba a los brevodianos del frío mientras ingerían el poco alimento que habían sido capaces de adquirir.
Bayas, frutos secos y alguna pieza de fruta era lo único que sus estómagos conocerían, muy diferente de los banquetes que solían disfrutar cuando gozaban de tiempos de paz.
Los brevodianos se congregaban cerca del fuego mientras que, tras ellos, los osos se recostaban sin parecer inmutarse ante las bajas temperaturas.
Entre ellos destacaba Beti, cuyo cuerpo de pelaje marrón bailaba al viento, manchado por los copos de nieve que golpeaban su lomo.
Los osos que dormían, lo hacían a su alrededor, aprovechando el calor corporal que ésta desprendía.
Sentado frente a la fogata, Adami conversaba junto a Íkaro y Kerin.
Zékiel, como cada noche, se había apartado ligeramente del grupo, acostado sobre el suelo nevado aun con su torso desnudo, usando sus manos como almohada.
Yskar miraba pensativo el baile que las llamas de la hoguera ofrecían ante él.
Tras engullir un último puñado de nueces, Yskar se levantó. El bullicio cesó, y los brevodianos se tornaron hacia su rey, atentos. El crujido de la leña bajo el fuego pareció sonar más fuerte.
—¡Brevodianos! —gritó, llamando la atención de todos—.
Hermanos de sangre, custodios de la nieve y señores de las montañas.
Mi ausencia se prolongó más tiempo del esperado y quizás pareciera que he descuidado mis funciones como rey y líder de estas tierras —Yskar hizo una pausa, barriendo a su público con la mirada—.
No más lejos de la realidad, pues el mundo sufre un mal que nos involucra a todos.
No importa nuestra procedencia —extendió su brazo, apuntando hacia Adami y Kerin—.
Ya bien sean de Capital —apuntó ahora a Íkaro—, Brevodiano, o cualquiera que sea el reino que le vio nacer, el mal amenaza a todos por igual —hizo otra pausa, mientras las llamas de la hoguera enmarcaban su rostro—.
Tres son los reinos que han sufrido de sus ataques.
Brevodia no es más que un recuerdo ahora, una planicie nevada conformada por astillas de acero oxidado y cadáveres.
No tuvieron mejor suerte nuestros vecinos davenses, pues el fuego ha erradicado aquello cuanto conocíamos de sus verdes valles.
Y no hablemos de Lenov, el origen de este mal y actual fortaleza de su líder: Grifford.
Se escucharon sonidos de sorpresa entre los brevodianos, un murmullo que volvió a brotar entre la multitud mientras ojos incrédulos se posaban sobre su líder. Yskar dejó pasar unos minutos para que los presentes pudiesen asimilar sus palabras.
—Y por si todo ello no fuera suficiente, mis queridos amigos de hielo —intervino Adami, abandonando la calidez del fuego, aproximándose a Yskar hasta situarse junto a él—, mientras hablamos, Grifford se vuelve más poderoso y los Hiniur evolucionan en versiones mucho más mortíferas.
¿Qué va a contaros este viejo que no sepáis?
Vosotros mismos lo habéis sufrido en vuestras carnes.
Los Hiniur que atacaron Brevodia no son los que estáis acostumbrados a ver.
—Y es por eso —tomó la palabra Yskar—, que los cuatro reinos nos hemos reunido por fin en Capital. Los que aún tengamos el privilegio de vivir, enfrentaremos a Grifford y erradicaremos el mal de este mundo.
Los aplausos de los hombres y mujeres, vestidos con pieles animales y acero celeste, rompieron el silencio nocturno. Yskar esperó pacientemente a que cesaran, pero una voz entre el público los interrumpió antes de tiempo.
—No podemos luchar contra la palabra de Gheva —se atrevió a decir uno de los brevodianos—. La profecía se está cumpliendo; no podemos combatir algo que ya está escrito.
El murmullo pronto se extendió entre los presentes, incitado por las palabras de su compatriota, reflejando su desacuerdo con la decisión de Yskar.
—Cobardes —vomitó Zékiel con desdén, sin levantarse de la nieve desde el lado izquierdo de la fogata—. Moriréis igual, lo intentéis o no.
Varias miradas desconcertadas se posaron sobre el comandante del Catorce, frunciendo el ceño ante su actitud despectiva.
—Lo que mi primitivo amigo quiere decir —intervino Adami, tratando de calmar los ánimos—, es que no tenemos alternativa. La guerra es inevitable, queramos o no.
—Dos opciones tenemos —Yskar tomó de nuevo la palabra—: permitir que el mal nos arrebate lo poco que queda de nosotros, o tratar de reescribir nuestro futuro.
Un joven que rondaba los veinte años de edad se levantó. Su pelo era largo y lacio, su tez blanca y fría como la nieve que los rodeaba. Su armadura de acero celeste no tenía marcas de guerra ni presentaba desgaste, claro indicador de su inexperiencia con la lanza y el campo de batalla.
—¡Nueva Brevodia es seguro! —aseguró, mirando a su alrededor en busca de más cómplices que respaldaran su opinión—. Hemos logrado sobrevivir sin muertes estas semanas. Jamás seremos alcanzados por la guerra si permanecemos aquí, en la cima de Las Montañas Tortuosas.
—Deberíamos hablar con Gheva entonces —intervino Adami, posando su mirada juguetona en la del chico—, y comunicarle la gran metedura de pata que tuvo al omitir la línea más importante de la profecía: “Moriréis, todos lo haréis, salvo aquellos que suban a la cima de Las Montañas Tortuosas. A esos les garantizaré salud y felicidad”—Adami miró al cielo—.
¿Cómo se te pasó por alto escribir la frase donde se hablaba de nuestra salvación?
—volvió a mirar al muchacho de armadura brillante—. ¡Vaya despiste tuvo La Creadora!
El chico arqueó una ceja, sin entender del todo lo que trataba de decirle el capitense.
—¡No nos iremos de aquí! —intervino otro muchacho, de la misma edad que el anterior, levantándose también del suelo—. Nos conducís a una muerte segura. ¡Bastante ha sufrido nuestro pueblo!
Un tercer muchacho hizo ademán de levantarse, pero en su recorrido, volvió a sentarse cuando una sombra cubrió a los dos valientes que osaban elevar la voz.
Una sombra proyectada por un hombre que parecía ser tan grande como las cumbres heladas de Brevodia, de abundante pelo y surcos de tinta trazados sobre su cuerpo.
Zékiel agarró a ambos jóvenes por el cuello de la blusa de piel que sobresalía de sus corazas, elevándolos un metro en el aire. Los chicos patalearon aterrados.
—No, hombre, así no —protestó Adami, llevándose la mano a la frente—. Pretendemos hacernos amigos de ellos, Zékiel.
—Brevodia está muerta —bramó el comandante del Catorce, sus velludos antebrazos hinchados mientras desahogaba su furia apretando cada vez más sus manos—.
¿Ya lo habéis olvidado, alimañas? —Zékiel lanzó a los chicos sobre la nieve, ellos esbozaron un quejido al impactar contra el suelo—.
Inútiles —escupió en el suelo—. Si huis, yo mismo os cazaré y os mataré.
Zékiel dedicó una última mirada cargada de ira a los presentes y volvió a alejarse del grupo, recostándose nuevamente sobre el frío. Los brevodianos se giraron hacia Yskar, esperando una explicación, pero el rey fue interrumpido por la mano de Adami cuando se posó sobre su pecho.
—¡No nos miréis así! —pidió el anciano—. Vosotros tenéis osos y nosotros a Zékiel, bien conocéis lo tedioso que resultar amansar un animal salvaje.
Yskar dio un paso al frente, colocándose entre el comandante y los brevodianos, quienes lo observaban con rostros confusos, sin comprender del todo lo que quería decir.
—No os obligaré a acompañarme, pues solo Gheva decide el camino que recorremos cada uno —dijo, su capa de pelaje marrón onduló tras él mientras hablaba—.
Pero quisiera recordar las palabras que un hombre sabio me dijo una vez: “ Tus acciones hoy, tienen su eco en el futuro ”.
Nuestro pueblo no merece ser recordado como el reino que cayó y no tuvo la valía de volverse a levantar.
Después de todo, no lo merece —Yskar hizo una pausa—.
Yo sí lucharé, aunque sea el único brevodiano en el campo de batalla.
Quien quiera alzar el estandarte del oso y la llama conmigo, será bien acogido.
Quien quiera recuperar la antigua Brevodia, será igualmente bienvenido.
Quien quiera reescribir nuestro futuro, también lo será.
Hubo silencio, nadie se atrevió a interrumpir aquel fervor que palpitaban las palabras de su líder.
—Aquellos que estén dispuestos a luchar me acompañarán mañana hacia Capital. Los que decidáis quedaros aquí…—se volteó, dándole la espalda a los brevodianos—. Os deseo una larga y próspera vida en las montañas.
El silencio todavía imperaba el ambiente cuando Yskar abandonó la reunión y se dirigió hacia una de las tantas oquedades que se abrían sobre la fachada de la montaña.
Los brevodianos intercambiaron miradas entre ellos, reflexionando las palabras que su rey les había dedicado antes de abandonar el lugar.
Una vez en el interior de lo que sería su habitación, Yskar se deshizo del acero celeste que adornaba su cuerpo. Se tumbó sobre el montículo de hojas que los brevodianos utilizaban ahora como camas y miró al techo pensativo por última vez antes de que el sueño le ganase el pulso.
La noche transcurrió en calma. Yskar logró conciliar el sueño con relativa facilidad, y fue el sol matutino el que lo devolvió a la realidad al colarse por las grietas de la entrada. Tendido sobre el montón de hojas, miró pensativo el techo rocoso, recordando una frase que se repitió en sus sueños.
Tus acciones hoy, tienen su eco en el futuro murmuró, materializando las palabras de su padre que ahora invadían su mente.