La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 28. Lar
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28. Lar

B eti encabezaba la marcha a través de los senderos que atravesaban Las Montañas Tortuosas.

Su gran tamaño servía de parapeto ante las poderosas ráfagas de viento gélido que arreciaban, facilitando la marcha de los brevodianos que la seguían.

Íkaro, desde la robusta cabeza del animal, observaba el horizonte.

Yskar y los comandantes iban sentados en el lomo tras él.

—¿Dónde nos dirigimos exactamente, Íkaro? —preguntó Yskar al ver que el sendero se cortaba más adelante—. No hay camino.

Beti se detuvo de pronto, y sus ojos se fijaron en la imponente pared de montaña que se alzaba ante ella.

De pronto, posó una de sus patas sobre uno de los salientes rocosos y, sin mucha dificultad, se impulsó hacia arriba.

Tan pronto subió, apoyó su pata contraria en otro pliegue, ascendiendo así por la superficie escarpada.

—Vivimos en la cima de las montañas, majestad —explicó Íkaro, sosteniendo con fuerza el pelaje de la osa para resistir los bruscos vaivenes provocados por su andar—. Es el lugar más seguro de toda Brevodia ahora.

—Tienes mucho que explicarme, amigo mío.

Huir hacia las Montañas Tortuosas y asentaros aquí es algo que solo podría haberse llevado a cabo con un buen líder al mando —Yskar sonrió, y su capa de pelaje marrón ondeó tras él—.

Sabía que dejaba Brevodia en buenas manos cuando te cedí el puesto de líder.

Íkaro se giró hacia Yskar, quien se movía como un péndulo debido al balanceo que provocaba el movimiento de Beti al caminar.

—No tuvimos alternativa, majestad —relató—.

No todos se atrevieron a seguirme hacia Las Montañas y optaron por defender Brevodia, aunque ello les costase la vida —Íkaro volvió la mirada al frente—.

Los pocos que sobrevivimos, descubrimos un conjunto de cuevas y cavernas en las cimas de Las Montañas Tortuosas, donde decidimos resguardarnos.

Para nuestra sorpresa, allí nos encontramos con una manada de osos monteses que, como nosotros, también buscaban cobijo.

Entre ellos, había dos que destacaban por su tamaño y pelaje —Íkaro se inclinó, acariciando una de las mejillas de la osa—. Beti, a la que ya conocéis, e Ylvan.

Íkaro se levantó sobre la cabeza de la osa, cerciorándose de que el resto de Brevodianos permanecían tras él. Tan pronto lo comprobó, volvió a sentarse dirigiendo su mirada al frente.

—Para nuestra sorpresa, los osos no pretendían atacarnos —prosiguió—. Tan solo querían resguardarse de los Hiniur porque, como nosotros, sus hogares también fueron masacrados. Desde entonces, les protegemos y ellos nos ayudan a desplazarnos a través de los escarpes de las montañas.

—Supiste decidir sabiamente —dijo Yskar con una sonrisa orgullosa—. Además, los osos son animales corpulentos, y más si se trata de los monteses. Su carne os habrá abastecido…

Beti se detuvo, girando su cabeza hacia Yskar mostrándole el perfil, mirándolo de reojo. Íkaro se inclinó para acariciar el pelaje de sus mejillas y susurrarle algo al oído que la calmó. Tras ahogar su enfado en varios gruñidos, la osa volvió a emprender la marcha.

—No nos los comemos, majestad —explicó el recolector, incorporándose nuevamente—. Ellos forman parte de Nueva Brevodia también. Son tan brevodianos como lo podamos ser tu o yo.

El rey frunció el ceño, apartando su mirada hacia un lado, reflexionando sobre las palabras de su fiel compañero.

Como han cambiado las cosas desde que no estoy pensó Yskar para sí, observando a Íkaro desde la retaguardia con un brillo evidente en sus ojos. Eres un gran líder, amigo mío.

La osa finalmente alcanzó la cima de la montaña.

Ante ellos se extendía un vasto risco de tierra y nieve que abrazaba una planicie rodeada de altos acantilados de piedra, cuyas paredes estaban adornadas con innumerables cuevas y grutas que se adentraban en la montaña misma.

En aquel bosque de cavernas, Yskar reparó en lo amplias que eran sus entradas, imaginando, por un momento, que eran gigantes y aquellas eran sus bocas abriéndose en un bostezo.

Los brevodianos tras ellos alcanzaron la cima por fin, abandonando de un salto los lomos de sus monturas y ofreciéndoles algo de comer. Mientras tanto, de las oscuras cuevas circundantes emergieron cabezas curiosas que observaron con atención y cautela a los recién llegados.

¿Es Su Majestad Yskar?

¿Ha vuelto?

¿Está aquí?

Poco a poco, los brevodianos comenzaron a abandonar sus refugios.

La euforia pronto se apoderó de ellos y, llenos de entusiasmo, se acercaron lo más rápido posible para darle una calurosa bienvenida.

Rodearon a Yskar, intercambiando miradas de sorpresa al ver a su rey de vuelta entre ellos.

Sin embargo, lejos de lanzar gritos de júbilo, los habitantes del reino de hielo mantuvieron la compostura y aguardaron a las palabras que Yskar estaba a punto de decir.

—¡Qué alegría volver a veros, mis valientes brevodianos!

—respondió Yskar, reflejando una evidente felicidad mientras los ciudadanos de Brevodia le rodeaban—.

Ni el ataque más feroz puede acabar con vosotros.

Sois un pueblo fuerte, capaz de adaptarse y sobrevivir ante la adversidad.

Estoy muy orgulloso de todos vosotros —la sonrisa de Yskar pareció ampliarse—.

Esta noche, nos reuniremos junto al fuego, como solíamos hacer todas las noches en tiempo de paz, y disfrutaremos de las estrellas como antaño.

Tras las palabras de su rey, todos los allí congregados desenvainaron sus lanzas de filo celeste y asestaron rítmicos golpes contra el suelo.

Alguien de entre la multitud comenzó a balbucear sonidos mientras el resto repetía aquellos cánticos a coro, simulando ser su eco.

Yskar se unió a las voces que inundaron el valle.

—No te asustes, son gente muy peculiar estos brevodianos —susurró Adami cerca del oído de Kerin—. Olvidaba lo cantarines que acostumbran a ser.

El rey calló, las voces de los brevodianos se apagaron con él. Un breve silencio inundó el ambiente de pronto y, tras unos segundos, Yskar rompió la calma.

—Ya no sufriréis más —aseguró, posando su mirada en los diferentes rostros que le circundaban—. ¡Brevodia resurgirá!

Fue entonces cuando los brevodianos liberaron su euforia y lanzaron gritos al aire, enérgicos y poderosos. Mientras los vítores y el bullicio se apoderaban de la escena, Íkaro aprovechó el momento para acercarse a Yskar.

—Majestad, sígueme, hay algo que quisiera mostrarte.

Yskar frunció el ceño y asintió, siguiendo a Íkaro hacia una de las numerosas cuevas que perforaban la superficie montañosa.

Adami y Kerin, movidos por la curiosidad, caminaron tras ellos, mientras Zékiel cerraba el grupo desde la retaguardia.

Los demás brevodianos regresaron a sus ocupaciones, realizando los preparativos para la gran cena que acontecería esa noche.

Al llegar, Íkaro se detuvo frente a la entrada de la cueva más amplia de todas las que salpicaban la montaña.

—Ahora conocerás a Ylvan, el líder de la última manada de osos monteses que aún vive. Él… —Íkaro se detuvo unos segundos antes de seguir—. Está herido. Los Hiniur que les atacaron fueron los mismos que visteis en el desfiladero, majestad.

—Los Hiniur albinos, ¿cierto?

—Así es —respondió Íkaro—. Tras semanas enfrentándolos, hemos descubierto que lo más peligroso de ellos son sus cuernos.

De sus puntas segregan un veneno letal que merma la vitalidad de la víctima poco a poco —calló una vez más, clavando su mirada en la lejana oscuridad de la cueva—.

Ylvan fue herido por ese veneno. Aquí no tenemos medicinas que podamos suministrarle, pero intentamos cuidarle para asegurarle una muerte en paz.

Íkaro se adentró en la estancia; Yskar y los demás le siguieron.

Una antorcha a cada lado de la entrada era la única luz que la caverna albergaba.

Su aura, tenue y débil, apenas iluminaba lo que había en su interior.

Íkaro avanzó hasta posicionarse justo frente a una gran silueta de abundante pelaje negro que se acostaba en el suelo al final de la gruta.

Su tripa se hinchaba y desinflaba con ímpetu cada vez que respiraba, emitiendo un leve quejido en forma de gruñido, tan apagado que era casi imperceptible.

Tras unos segundos presenciando la angustia que vivía el animal, Yskar se aproximó a él.

De todos los osos monteses que había visto en su vida, aquel era, sin duda, el más corpulento.

El rey se acuclilló hasta quedar a la altura de los ojos del mamífero, fijándose en el tamaño de su enorme cráneo, tan robusto como ancho.

El pelaje de Ylvan era, en su mayoría, de un tono oscuro, salvo por aquellas partes donde abundaba algún surco de pelo blanco que lo atigraban.

Ese contraste podía apreciarse sobre todo en su rostro, donde una línea blanquecina lo atravesaba desde su frente hasta la punta de su hocico.

Los ojos de Ylvan eran diminutos, ocultos parcialmente por los pliegues de piel y grasa que se formaban al apoyar su cabeza en el suelo.

Con sumo cuidado, Yskar acercó su mano hacia Ylvan hasta que logró apoyarla sobre su frente. El animal abrió sus ojos de pronto, clavando su mirada apagada y débil sobre el brevodiano.

—Cuéntame, ¿qué te han hecho? —murmuró, como si Ylvan pudiese entenderle.

El animal acercó su pata derecha hacia su hocico y lamió aquella zona. Una vez que volvió a apoyar la pata en el suelo, Yskar se inclinó para explorarla, apartando con cuidado el abundante pelaje que ocultaba aquella zona.

—No pinta bien, nada bien —susurró, deteniendo su búsqueda—. Acércate, Íkaro.

El brevodiano obedeció, estirando su cuello hasta observar lo que Yskar le mostraba.

Tres profundas marcas de desgarros laceraban la piel del oso, revelando una carne circundante ennegrecida que desprendía un fuerte hedor a sangre seca.

Íkaro apretó los ojos, como si intentara borrar de su mente la imagen que acababa de presenciar.

—El veneno se extenderá por su cuerpo, majestad y entonces Ylvan…

Como si no prestase atención a su fiel recolector, Yskar escarbó en el interior de su armadura, en un pequeño hueco entre la coraza y la blusa interior.

Este es el último que me queda pensó para sí. Más vale que funcione.

Íkaro frunció el ceño cuando su rey extrajo una flor de pétalos rojos que brillaba con luz propia. El aura se apagó tan rápido como había aparecido cuando Yskar la molió sobre su mano.

—Majestad, ¿eso es lo que creo que es?

—Si esto no puede salvarle, nada lo hará.

Yskar machacó los pétalos hasta convertirlos en una densa pasta rojiza, miró a Ylvan y se acercó a su oído.

—Aguanta amigo, esto te aliviará —susurró, con voz imperceptible para los demás.

La mano de Yskar, impregnada de la pasta, se apoyó contra las heridas del oso y ejerció presión, tal y como vio hacer a Álvar con Cincela tiempo atrás.

Ylvan abrió completamente sus ojos y, emitiendo un sonoro bramido, se levantó movido por la quemazón que sintió.

Comenzó a sacudirse violentamente, tierra y rocas se desprendieron cuando el lomo del animal impactó contra la pared, luchando por liberarse de la presión que ejercía Yskar.

El rey se aferró a la pata del oso, procurando no perder el contacto, pero los zarandeos del animal ganaron aquel duelo e Yskar salió despedido.

Surcó el aire de la caverna, estrellándose violentamente contra la pared de la entrada.

Ylvan entonces volvió a asestar un poderoso bramido que zarandeó los cimientos de la estancia.

Se levantó sobre sus dos patas traseras hasta que su joroba tocó el techo de la caverna, rellenando con su figura el espacio.

Íkaro, Yskar y los demás abandonaron la cueva de un salto, aterrizando sobre la nieve del exterior, que amortiguó la caída.

—Esto no debería haber pasado —dijo Íkaro jadeando, inclinado sobre sus dos piernas, tratando de coger aire—. Ylvan no ha actuado así nunca.

—No es cualquier herida la que sufre —respondió Yskar mirando el interior de la caverna, observando como la colosal silueta de Ylvan volvía a adentrarse en ella—. Hay que dar tiempo al Éfir hasta que haga efecto.

—Yo ya no estoy para estos sobresaltos —se quejó Adami, con su mano apoyada en el corazón.

El único que no parecía sufrir de cansancio era Zékiel, quien se mantenía de pie, meditando acerca de lo que había pasado.

—Si no sana, le matamos —sentenció, con su semblante serio.

Íkaro miró a Yskar, buscando refugio en su mirada, esperando alguna respuesta que contradijera a Zékiel.

—No será necesario llegar a tal extremo, comandante —respondió el rey por fin—. Sanará.