La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 27. Redención #3
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27. Redención #3

El rey se adelantó a los comandantes y avanzó hasta situarse frente al hombre que se postraba ante él, con el oso que le acompañaba gruñendo a medida que Yskar daba un nuevo paso en su dirección.

Tanto el monarca como el visitante se miraron sin decir palabra alguna.

El viento silbaba, la nieve goteaba sobre sus rostros pero sus miradas siguieron sumidas en aquel duelo varios segundos más.

—Creía que jamás tomarías una lanza y pisarías un campo de batalla —dijo Yskar, manteniendo sus pupilas fijas sin pestañear.

—Y yo creía que tu ausencia tan solo sería de días —contestó el hombre.

Volvió a reinar el silencio durante unos segundos.

—Estás más gordo —añadió Yskar nuevamente.

—Desayuno un bisonte todos los días —respondió el extraño jinete, con su semblante serio—. No he perdido esa costumbre.

Poco a poco, las comisuras de Yskar se arrugaron, mostrando una pequeña sonrisa hasta que, por fin, abrió sus brazos en cruz.

El hombre dejó al rey en esa postura durante un rato largo hasta que sus ojos no pudieron contener más la emoción.

Entonces avanzó rápidamente hacia Yskar y lo abrazó con tanta fuerza que lo despegó del suelo dando vueltas sobre sí mismo.

—¡Vale, vale ya, Íkaro! —pidió Yskar. Sus carcajadas resonaron en la nieve, mientras sus piernas se movían como una bandera en el aire—. ¡Bájame ya!

Íkaro obedeció, devolviendo a Yskar de vuelta a tierra firme.

—Pe… pensé que jamás volvería a verte —Íkaro se llevó su poderoso antebrazo hacia sus ojos, secándose las lágrimas—.

Pensábamos que llegó tu fin en Davá. Llegaron rumores sobre el mal que había destruido el reino y pensábamos que…

—descendió su cabeza, y un sollozo escapó de sus labios—. Pensábamos que…

—Pero no ha pasado, amigo mío, ahora estoy en casa —Yskar apoyó su mano sobre el robusto hombro de Íkaro—. Ahora, por fin, estoy de vuelta.

—Puede que cada día la edad estropee un poco más mi cutis, pero, ¿hasta el punto de que no me reconozcas?

—protestó Adami, poniendo sus brazos en jarra—.

Y yo que había aceptado esta misión con la esperanza de que el frío estirase mis arrugas y lograse disimular mi vejez…

Pero nada, ya veo que a ojos de otros, debo parecer una uva pasa.

—¡Comandante! —Íkaro dio varios pasos hacia Adami, abriendo sus brazos en su carrera.

Lo barrió con su abrazo, despegándolo del suelo y dando varias vueltas sobre sí mismo. Las raquíticas piernas de Adami vibraron con ímpetu, pareciendo salir disparadas en cualquier momento.

—¡Me alegro tanto de verte! —bramó el brevodiano, con sus ojos aún húmedos mientras depositaba a Adami de nuevo en la nieve.

El capitense se llevó la mano a la cabeza, recomponiéndose del zarandeo.

—Debes aprender a controlar tus emociones, mi querido amigo engulle-bisontes —señaló—. Esos meneos pueden ser mortales para un anciano como yo.

Íkaro soltó una carcajada.

—No has perdido tu sentido del humor, comandante.

—¡Por favor! —contestó Adami llevándose una mano al pecho, ofendido—. Teniendo en cuenta que cada vez que uso mi Bendición, envejezco un poco más, si encima me quitas esta simpatía que desprendo, ya nada podría hacer en el amor.

El comandante del Cuatro interrumpió a Adami cuando se acercó a ellos.

—Yo soy Kerin —se presentó, dando un pequeño paso atrás por miedo a recibir uno de aquellos abrazos.

—Es un placer, comandante.

—Y aquel de allá, que tanto se parece a ti, es Zékiel —indicó Adami, señalándolo con su dedo índice—. Haríais buena pareja vosotros dos, uno comiendo bisontes y el otro arrancando rocas de la fachada de la montaña en busca de cuevas.

Tanto Yskar como Íkaro estallaron en risas. Zékiel, aún desconfiado, se acercó al grupo impulsado por las carcajadas de sus compañeros, molesto.

—¿Os reis de mí? —bufó, con la mirada desafiante mientras cerraba sus puños.

—¡Oh, no, por favor! Nunca haríamos algo así —explicó Adami, calmando la furia de su compañero.

Zékiel respondió con un gruñido.

—Un gusto conoceros a todos —dijo Íkaro cuando los comandantes se reunieron a su alrededor—. Hay mucho de lo que hablar y compartir, pero no aquí, estos senderos ya no son seguros —clavó sus ojos en Yskar, como pidiéndole permiso—. En Nueva Brevodia podremos hablar tranquilos.

El rey arqueó una ceja.

—¿Nueva Brevodia?

—Es una larga historia, majestad. Te lo explicaré todo de camino —Íkaro se llevó dos dedos a la boca, y su silbido se propagó por el valle—. ¡Beti!

La osa titánica se alzó del suelo con un gruñido perezoso, caminando con pasos sosegados sobre la nieve.

—Subid, ella os llevará.

La osa emitió un leve bostezo, abriendo sus fauces hasta su límite. Los comandantes e Yskar accedieron y ascendieron por el costado de Beti hasta sentarse sobre su cálido pelaje otoñal.

Una vez acomodado, Yskar notó, de pronto, como algo le acarició la espalda. Sus ojos se posaron en la nueva prenda que Íkaro colocaba sobre sus hombros. Una prenda que le resultó terriblemente familiar.

—Íkaro, no es necesario…

—La capa es tuya, majestad —repuso él tras acabar de colocársela—. Tan solo te la estaba guardando, ¿recuerdas? Pero ahora ya no. Ahora nuestro líder vuelve a estar entre nosotros —sonrió—. Hoy Brevodia vuelve a ser feliz.