27. Redención #2
El anciano se giró entonces hacia Zékiel, esperando conseguir su atención y solicitar su ayuda.
Sin embargo, un grupo de cuatro Hiniur rodeaban al comandante de torso desnudo en aquel momento mientras él, con una sonrisa evidente, remataba a un quinto que yacía sin vida entre sus brazos.
Adami pudo observar cómo, lejos de dejarse vencer por el cansancio, Zékiel despojaba los cuernos del Hiniur sin vida con sus manos desnudas y los usaba como armas arrojadizas hacia los nuevos atacantes que pretendían abalanzarse.
Sin poder contar con la fuerza de Zékiel, el anciano volvió entonces su mirada hacia Kerin percatándose de cómo tres Hiniur más se precipitaban sobre él.
—¡Muchacho, sal de ahí! —volvió a decir Adami.
Aun siendo incapaz de volver a hacer contacto con el agua de sus cantimploras, Kerin volvió a emplear su Bendición.
Debido al miedo que sentía, el sudor impregnaba ahora todo su cuerpo.
El haz de luz recorrió entonces la totalidad de su torso, cubriendo brazos, espalda y tórax.
De cada poro por el que emanaba sudor, se formó una estalactita tan afilada como letal, que apuntó al cielo y que empaló al grupo de Hiniur que le apresaban.
Yskar observó como Kerin se encontraba acurrucado en el suelo, temblando, con sus ropajes algo dañados por las agujas de hielo que habían sobresalido de su cuerpo.
Justo encima de él, el grupo de Hiniur asestaba sus últimas sacudidas de vida, empalados en posturas imposibles mientras los aguijones de hielo atravesaban sus cuerpos.
Adami corrió hacia Kerin. A su llegada, haciendo uso de su espada, rompió las dagas de hielo que brotaban del cuerpo del comandante, liberándole del peso.
Cuando los Hiniur cayeron al suelo, Kerin pudo levantarse por fin.
—¿Estás bien muchacho? —preguntó el anciano.
—S-S-Sí —murmuró. Su armadura presentaba diversos agujeros en su superficie—. Creo que sí.
Adami asintió repetidas veces.
—Sabía que no me equivocaba contigo cuando te elegí para esta misión —confesó—. Tienes la Bendición anatómica más poderosa que este anciano ha podido presenciar jamás.
Las palabras del comandante se vieron interrumpidas por un gruñido gutural proveniente del final del desfiladero. Se volteó. Hasta seis Hiniur más emergieron de entre la niebla y se dirigieron hacia ellos.
Se giró hacia Yskar que, sin desistir en su tarea, mantenía la distancia con otro grupo que pretendía descender desde la pared rocosa.
Al otro lado, un exhausto Zékiel partía la mandíbula de uno de los Hiniur en dos usando sus manos, pero tras él, otro numeroso grupo de criaturas escamadas se aproximaban.
Adami sostuvo su espada, apuntando hacia los Hiniur que se acercaban frente a él. Kerin introdujo sus manos en el agua de sus recipientes de cuero.
—Son demasiados…
Una nueva silueta emergió tras los Hiniur, eclipsando la poca luz que bañaba Vanu aquel día. Una sombra más corpulenta que el resto, más velluda y más intimidante.
—Y ahí tenemos a mamá Hiniur —indicó Adami usando una de sus manos como visera, tratando de diferenciar el aspecto de la nueva criatura—. Y parece molesta.
La nueva silueta avanzó por el desfiladero hacia los comandantes. Sus pisadas emitían pequeñas vibraciones en el suelo. Su pelaje era mucho más abundante que el del resto de Hiniur, sus patas tan firmes como columnas y sus garras afiladas como espadas.
Los Hiniur que se dirigían hacia Adami se detuvieron y se tornaron hacia la nueva sombra que avanzaba tras ellos.
De entre la niebla emergió una cabeza de pelaje pardo cuyos mechones delineaban sus mejillas hasta acariciar el suelo.
Su hocico se arrugaba furioso, mostrando el bosque de colmillos que adornaban sus fauces.
Sobre su lomo, la silueta de un hombre se alzaba poderosa entre la niebla, balanceándose de lado a lado con cada nuevo paso que daba la bestia que cabalgaba.
—¡Corred! —grito Yskar desde algún lugar del desfiladero—. ¡Es un oso montés!
Un rugido sonó desde lo más profundo de las fauces del animal, dando inicio así a una carrera desenfrenada hacia los comandantes. Sus pasos eran tan torpes como poderosos y el pelaje de su cuerpo bailó al son del viento.
Adami apuntó con su espada hacia aquel coloso, Kerin humedeció sus dedos en el agua de sus cantimploras.
El oso columpió su cabeza, apresando a uno de los Hiniur con sus dientes, y ejerciendo presión hasta partirlo por la mitad.
Cuando se alzó sobre sus dos patas traseras su tamaño recordó al de un árbol milenario.
Un zarpazo catapultó a tres Hiniur precipicio abajo, a través de la niebla del abismo hasta encontrar su final en el aterrizaje.
De entre el pelaje del mamífero, Yskar reparó en la sombra que parecía cabalgarlo. Su melena era larga y brillante, dejando su dorso al descubierto, revelando una espalda tan ancha como la de Zékiel.
Con una fiereza impropia de un hombre, la silueta abandonó el lomo del oso, abalanzándose sobre los Hiniur restantes y perforar sus cráneos con el filo celeste de la lanza que empuñaba.
El oso que le acompañaba, se deshacía del resto de enemigos con relativa facilidad, arrebatándoles la vida con los brutales barridos que protagonizaron sus zarpas.
En la parte contraria del desfiladero, donde Zékiel seguía peleando, aparecieron más osos, pero a diferencia del primero, estos no gozaban de un tamaño titánico.
Sus pelajes eran tan distintos como colores hay en las montañas.
Algunos eran pardos, otros de un beige claro que recordaba a los yermos de Yombeka.
También había algunos de pelajes anaranjados y otros de un blanco apagado.
En sus lomos, se vislumbraban más hombres con lanzas. Con un grito al unisonó, los jinetes cabalgaron hacia los comandantes en una carrera frenética, clavando el filo de sus armas en los Hiniur que se interponían en su camino.
Zékiel se levantó dificultosamente del suelo, con su dorso ensangrentado, sosteniendo su mangual en busca de una nueva víctima mientras su sonrisa parecía ensancharse todavía más. Hacía tiempo que no disfrutaba de un combate que estuviese a su altura.
El oso de mayor tamaño, mientras tanto, miraba impasible.
El vaho de su aliento ocultaba parcialmente su rostro con cada jadeo y sus colmillos goteaban la sangre de su última víctima.
Pocos fueron los que se aventuraron a hacerle frente pues, aunque parecía agotado, él continuaba cargando contra ellos, arrebatándoles la vida con una facilidad pasmosa.
Las escasas monstruosidades que habían osado sobrevivir, prefirieron encontrar su final arrojándose por el barranco, pues el impacto sobre la roca desnuda parecía menos doloroso que morir bajo el yugo de aquellos colmillos.
Una vez la amenaza Hiniur cesó, el hombre que montaba a lomos del oso colosal se aproximó a los visitantes.
Su melena castaña bailaba al viento, adornada con los copos de nieve que impactaban sobre ella.
Alrededor de su cuello lucía un colgante confeccionado a partir de colmillos de algún animal que no supieron identificar.
Su vestimenta, sin duda, era lo más peculiar.
Partes de su cuerpo estaban cubiertas por pieles pardas de diferentes animales, otras revestidas con placas de acero celeste, y otras estaban al descubierto a merced del frío y la nieve.
El jinete se detuvo a escasos metros de Adami y Kerin, clavando sus ojos aceituna en ellos.
Su constitución y altura competía con la de Zékiel, siendo de los hombres más corpulentos de entre todos sus acompañantes.
Kerin se humedeció los dedos en el agua, nuevas agujas de hielo emergieron de entre sus yemas.
Pero la mano de Yskar se posó sobre su hombro, deteniendo así la Bendición.