27. Redención
A quella mañana nevaba. Los copos de nieve impactaban con más fuerza a medida que Yskar y los comandantes se internaban más en las Montañas Tortuosas. Habían pasado horas desde que abandonaron su refugio sabiendo que, quizás, sería la última vez que dormirían bajo un techo en días.
Ahora transitaban pendientes tan resbaladizas como inclinadas y por senderos improvisados que se estrechaban cuanto más se adentraban en ellos. Un hambriento abismo se abría bajo sus pies, profundo e inmisericorde, esperando engullir a aquel que no cuidase sus pasos lo suficiente.
Zékiel se detuvo de pronto.
—Por aquí ya hemos pasado —aseguró. Pese a lucir su espalda al desnudo parecía no sufrir por el frío.
—Eso habría que consultarlo con el señor de las nieves —propuso Adami, girándose hacia Yskar, que caminaba justo tras él—. ¿Qué opinión os merece a vos, señor de las nieves? ¿Deberíamos volver? ¿O quizás continuar por este camino, señor de las nieves?
—Los caminos de Las Montañas son enrevesados, pero todos conducen a Davá —sentenció el rey, su rostro estaba moteado por la llovizna—. Puede que tardemos horas, días o semanas. Eso depende de la suerte que tengamos con el camino que escojamos.
Zékiel emitió un gruñido y retomó la marcha. Si algo odiaba el comandante del Catorce era dejar su destino en manos del azar, y aquello era precisamente lo que Yskar parecía insinuar.
El grupo continuó su ascenso durante unas horas más.
El camino parecía estrecharse cuanto más se acercaban a la cima, obligándolos, poco a poco, a ceñirse a la pared de la montaña.
Las ráfagas de viento helado dificultaban escuchar con claridad, pero para alguien como Yskar, criado entre el hielo y la roca, no pasó desapercibida la repentina ausencia de Kerin.
—Comandante, no te quedes atrás —gritó, venciendo los silbidos del viento—. La tormenta de nieve se precipita con más fuerza en la cima; si te quedas atrás puede que te perdamos.
Pero Kerin estaba paralizado en la retaguardia, incapaz de dominar el temblor de sus piernas, con su rostro pálido orientado hacia la parte alta de la montaña.
—¡Es solo un poco de altura muchacho! —lo animó Adami—. Si nos caemos no moriremos, Yskar y yo tenemos amigos bajo la montaña muy hospitalarios que no dudarán en ofrecernos la comodidad de su hogar hasta el fin de nuestros días. ¿Verdad, majestad?
El tembloroso dedo índice de Kerin se alzó con dificultad, señalando la parte alta de la pared montañosa.
—A-a-arriba.
Guiados por las palabras del comandante de pelo marino, Yskar, Adami y Zékiel miraron hacia la cima de la pared.
Unos ojos carmesí se percibían entre la llovizna.
La silueta oscura iba cobrando forma a medida que avanzaba desde la densidad de la niebla.
Sus pasos resonaron al clavarse sobre la nieve mientras se iba aproximando a ellos.
—También han conseguido llegar aquí —Yskar desenvainó su lanza de hoja celeste—. Hasta al mismo confín del mundo.
El Hiniur descendió apoyándose sobre los pliegues de la roca. A medida que abandonaba la niebla y su silueta iba siendo más visible, Yskar pudo percatarse de que aquella bestia no era como las que solían enfrentar antaño.
Su pelaje albino se extendía a lo largo de su lomo hasta revestir su cola.
Sus escamas bailaban entre los tonos azul cristalino y blanco perla, otorgándole una invisibilidad casi total entre la nieve que les rodeaba.
Como sus escamas, sus astas también eran del color del hielo, cuernos que se retorcían sobre sí mismos y cuyas puntas convergían mirando hacia las estrellas.
—Preparaos —advirtió el brevodiano, sosteniendo su lanza con ambas manos—. Estos parecen peligrosos.
Casi al instante, la sombra de Zékiel le sobrepasó por el lado en una carrera frenética hacia la pared rocosa.
El Hiniur arrugó su hocico en una mueca de furia observando desde la altura como el comandante de torso desnudo se aproximaba a él.
De un salto, Zékiel se impulsó hacia la pared, agarrándose a cualquier pliegue entre las rocas, quedándose ahí clavado.
Sin mucha dificultad, el comandante comenzó a servirse de los salientes rocosos para trepar y ascender hasta alcanzar a la bestia.
El Hiniur, cansado de esperar, descendió hacia él mostrando amenazante sus colmillos.
Sin embargo, el avance de la bestia se detuvo abruptamente cuando una mano se estrelló contra su rostro con tal fuerza que el sonido de la colisión resonó por las montañas.
La mano callosa y áspera, cubierta de grueso vello y surcos de tinta, se contrajo al impactar, deformando el rostro del monstruo.
Las falanges de la mano de Zékiel se adhirieron entonces a cualquier pliegue y arruga en la cara de su presa, incrustándose incluso en las cuencas de sus ojos de fuego.
Cuando Zékiel consideró que sostenía al monstruo con la suficiente firmeza, columpió su brazo, despegando al Hiniur de la montaña. Como si de un muñeco de trapo se tratase, el cuerpo albino de la bestia surcó el aire y cayó hasta perderse entre la niebla del abismo.
Zékiel dio un pequeño salto desde la pared, aterrizando nuevamente sobre el desfiladero junto a los demás. Yskar permaneció inmóvil ante la brutalidad del comandante. Adami, sonriente, envainó nuevamente su espada.
—En efecto, comandante —dijo Yskar—. No precisas de Bendición alguna.
—No hay compañía más segura que Zékiel para una expedición en las Montañas Tortuosas —indicó Adami, sacudiéndose la nieve que salpicaba su coraza—.
Si no encontramos el camino, derribará la pared en busca de uno.
Si recibimos un ataque, acabará con la amenaza de una bofetada. Él es así, un hombre de recursos.
—Más —tronó Zékiel, mirando en todas direcciones—. Quiero más.
Como si las Montañas hubiesen escuchado los deseos de Zékiel, una repentina hilera de ojos carmesí apareció al final del estrecho. Yskar, movido por su intuición, se giró para comprobar como más ojos como aquellos se acercaban también desde su retaguardia.
—Me da a mí que vamos a tener una mañana de lo más entretenida —añadió Adami.
Un nuevo rugido sonó desde lo alto de la pared. Yskar levantó su mirada. Más ojos se aproximaban, descendiendo por los escarpes de la montaña hacia ellos.
—E-E-Estamos rodeados.
Adami suspiró.
—Que bonitos recuerdos me trae esta situación, ¿a ti no, Yskar?
Nosotros, la nieve y la montaña, con un abismo que amenaza con engullirnos y rodeados de Hiniur que tratarán de matarnos —Adami se llevó dos de sus dedos a sus lagrimales, reteniendo las lágrimas que amenazaban con derramarse—. Como pasa el tiempo.
—Prepárate, abuelo —le aconsejó Yskar—. Esta vez no creo que tengamos la misma suerte.
El Hiniur frente a Zékiel emprendió una carrera hacia él, aumentando su velocidad a medida que recorría el desfiladero, ajeno al precipicio que se abría bajo sus patas albinas.
Con una sonrisa complaciente y un fuerte alarido, Zékiel corrió hacia el monstruo, con su cuerpo ligeramente inclinado hacia delante.
Colisionaron; las escamas del Hiniur se agrietaron al impactar contra el fornido hombro del comandante cuya redondez y dureza recordaba a la bala de un cañón.
Aprovechando el aturdimiento del impacto, Zékiel cerró sus brazos, abrazando al Hiniur por el lomo, aprisionándolo hasta asfixiarlo.
Más Hiniur descendieron desde la pared, amenazando con precipitarse hacia los hombres. Yskar dirigió su lanza hacia las bestias zarandeando el mástil para tratar de mantener las distancias y evitar así que saltaran sobre ellos.
En la retaguardia, Kerin observaba como un Hiniur se acercaba a él.
Sus garras, a diferencia de los Hiniur normales, eran más anchas, lo que evitaba su hundimiento en la nieve.
Kerin dio un paso hacia atrás instintivamente, deteniéndose al notar la presencia de tres monstruosidades más que le acechaban desde la altura.
Luchando contra el tembleque de su cuerpo, llevó sus manos a los recipientes de cuero que colgaban a cada lado de su cadera.
Retiró las tapas de cada uno y hundió las yemas de sus dedos en el agua que contenían.
Extrajo las manos lo más rápido posible, dejándolas tendidas a sus costados.
Desde la punta de cada uno de sus dedos, ahora mojados, se precipitaba un continuo goteo que moteó la nieve a sus pies.
Un haz de luz cubrió sus yemas. El hilo de agua que goteaba desde sus falanges fue congelándose poco a poco hasta que, de sus puntas, se formaron afiladas y finas estalactitas como garras de hielo.
El Hiniur frente al comandante de cabellos marinos corrió hacia él.
Kerin, aprovechando el rango de sus recién formados aguijones de hielo, asestó nerviosas cuchilladas al aire tratando de intimidar a la criatura.
Pero esta siguió aproximándose hacia el comandante con firmeza, no dejándose amedrentar por los ataques fútiles del joven.
Al alcanzar la suficiente distancia, el Hiniur saltó hacia Kerin.
Las agujas de hielo se interpusieron en su camino, clavándose en su piel escamada con relativa facilidad, atravesándole la garganta y el rostro de extremo a extremo.
Tras el impacto, las estalactitas de sus dedos se quebraron, partiéndose en dos mitades.
Los Hiniur que descendían de la pared, aprovechando la distracción, saltaron sobre el comandante.
Kerin, indefenso, recibió el golpe, cayendo al suelo cuando los tres engendros aterrizaron sobre él.
Tras ellos, dos más saltaron desde las alturas, impactando contra los Hiniur que ya se apilaban sobre el joven cuerpo del comandante.
Yskar clavó sus ojos donde Kerin debía estar, comprobando como una manada de Hiniur albinos se precipitaban sobre él, aprisionándolo bajo sus cuerpos.
—¡Comandante! —gritó, tratando de acudir en su ayuda, pero los Hiniur que lo rodeaban no le dejaron moverse.
Adami se giró movido por los gritos de Yskar, observando también la escena.
—¡Muchacho!