26. Anhelo #2
Yskar frunció el ceño y, a continuación, ladeo la cabeza.
—El hombre que arruinó mi vida —hizo una pausa antes de continuar, apretando sus puños—. Galen el Sin-Sangre. Para unos, el mayor delincuente que Capital ha conocido. Para mí, el hombre al que tuve que llamar “padre”.
Kerin se ocultó tras los pliegues de su bufanda, tratando de mantenerse al margen de la conversación. Adami ladeaba la cabeza con cada nueva pregunta que formulaba Yskar.
—Para ser considerado el mayor delincuente de Capital, ha debido de cometer auténticas atrocidades —puntualizó el rey, tratando de saber más.
Zékiel alzó su cabeza. Sus mechones se abrieron en canal a medida que ascendía, revelando su mirada por completo.
—Durante toda su vida, Galen se dedicó a delinquir.
Se lo conocía por robar en los puestos mercantiles, amenazando a los vendedores a punta de espada.
Fornicaba con la mujer que se le antojaba, quisiera ella o no.
Ese cerdo malnacido solo se movía por sus vicios —Zékiel inclinó la cabeza, volviendo a cubrir su rostro con su melena—.
Mató a mis tres hermanos y, junto con ellos, a mi madre.
Fue solo entonces cuando la guardia real se atrevió a intervenir y lo apresaron, condenándolo a morir bajo el subsuelo, como la alimaña que es —Zékiel calló unos segundos, dejándoles asimilar la crudeza de su pasado—.
Sin lugar a donde ir, me vi obligado a deambular por los bajos fondos de Capital.
Sobreviví consiguiendo lo poco que podía, porque incluso la gente de los suburbios temía que tuviera algo en común con ese hijo de puta.
—Te has debido de sentir muy solo —se atrevió a decir Yskar—. ¿Es eso lo que te ocurre? ¿Es eso lo que te aflige?
—Soledad…—dijo Zékiel, dedicándole la más irónica de las sonrisas—. A pesar de mi pasado, de mis raíces y de cargar con mi apellido, nunca he sufrido de soledad porque hubo alguien que sí se atrevió a estar conmigo.
Yskar lo miró con más atención, expectante ante la respuesta.
—Tretton.
—¿El comandante del Once? —preguntó Yskar alzando una ceja—. Eso sí que no me lo esperaba, siempre que os he visto juntos estabais peleándoos o a punto de hacerlo.
Zékiel asintió con contundencia.
—Ese malnacido y yo hemos sido rivales siempre —su voz grave resonó de nuevo por la caverna—.
Al igual que yo, él también fue un niño criado en las calles de Capital.
El muy imbécil había escuchado los rumores que circulaban sobre mí.
Rumores acerca de un niño capaz de dejar inconsciente a cualquiera que se le acercase —Zékiel lanzó una risa de desprecio—.
No importaba si era grande, fuerte o me superaban en número; yo siempre salía ganando y eso a Tretton le hería donde más le duele: en su orgullo —infló su pecho fruto del orgullo que sentía—.
Tretton era el líder de todos los grupos de niños que vivíamos en los bajos fondos.
Yo era una amenaza para él y su reinado de ratas enclenques y el muy idiota me desafió —esbozó una sonrisa socarrona—.
Entre él y yo nunca ha habido un vencedor.
O nos separaba algún capullo que caminaba cerca o acabábamos los dos inconscientes.
Me tenía tanto cariño que solía enviarme a los nuevos niños que deseaban unirse a sus filas para cribarlos; quien aguantara dos de mis golpes, entraba. Nadie lo consiguió.
Yskar gesticuló una mueca de confusión.
—No me refería a ese tipo de compañía, comandante —puntualizó el brevodiano—. Me refería más bien a… una familia.
—Tretton es la única familia que necesitaba —respondió Zékiel casi al instante—. Alguien a la altura de mi fuerza, alguien capaz de darme un combate digno y no caer inconsciente de un soplo —escupió en el suelo—. No necesito nada más.
—Y aún a día de hoy seguís sin saber convivir juntos y, sin embargo, no podéis vivir el uno sin el otro —intervino Adami desde el otro lado de la caverna—.
Vuestro ego os exige tener un rival tan poderoso como vosotros mismos con el que mediros y seguir haciéndoos más fuertes.
Aunque irónico, uno no puede ser sin el otro.
A eso, mi querido amigo grandullón, se le llama amor.
El rostro de Zékiel se contrajo hasta su límite, manifestando la clara furia que le suscitaron las palabras del anciano.
—Tonterías —afirmó, apretando su mandíbula—. Tretton es imbécil. Y yo no aguanto a los imbéciles.
—No te enfurezcas, comandante —intervino Yskar, deteniendo la posible riña que empezaba a surgir—.
Vuestra historia es formidable. Me asombra que hayáis mantenido esa rivalidad hasta el día de hoy, incluso hasta el punto de que tú, aun sin Bendición, hayas conseguido el puesto de comandante de Capital solo para seguir midiendo tus fuerzas con Tretton.
¿Cómo conseguiste convencer a Álvar? Hasta donde yo sé, solo llegan a comandantes aquellos que ostentan una Bendición.
El rostro de Zékiel se relajó un poco antes de responder.
—Con el tiempo, la estúpida Bendición de Tretton despertó.
Solo por eso consiguió ser comandante —aseguró, centrando su atención de nuevo en el brevodiano—.
Pero a Álvar llegaron rumores sobre mí. Sobre un chico en los bajos fondos que, sin Bendición, era capaz de hacer frente a su recién llegado.
Por eso, Álvar me ofreció un puesto como comandante a mí también —esbozó media sonrisa—.
Y eso hirió el ego de Tretton más si cabe.
—No quisiera posicionarme entre Tretton y tú —intervino Yskar—, pero, si eres capaz de abrir un agujero sobre la pared de la montaña usando solo tus manos, no quiero imaginar de qué serías capaz con una Bendición.
—No necesito de esas payasadas —espetó Zékiel, escupiendo de nuevo en el suelo.
—Bueno, ¿quién sabe? Quizás llegue el día en que Gheva se dé cuenta de lo simpaticón que eres y te otorgue una —intervino Adami con aire irónico.
Yskar miró al anciano con ojos como lunas ante la sola idea de que una persona como Zékiel pudiese gozar de un poder tal algún día.
—¿Qué necesitaría pasar para que eso ocurriese? —preguntó el brevodiano, manteniendo el asombro evidente en su rostro.
Zékiel soltó una carcajada.
—Gheva tendría que dejar de odiarme —sentenció, inclinándose hacia delante para apoyar sus antebrazos sobre las piernas—. Y eso es algo que no va a suceder nunca, porque no pienso dejar de ser quien soy.
El corpulento comandante buscó a su alrededor hasta dar con una pequeña piedra entre el suelo. Dirigió sus ojos hacia el techo de la caverna, allí donde debería estar el firmamento, y lanzó la roca con toda su fuerza, mirando con una sonrisa las grietas que provocó el impacto.
—¿Me oyes, Gheva? —gritó—. ¡Deberás descender de las estrellas y quitarme la vida tu misma si pretendes doblegarme!
—Ta-ta-tampoco es necesario perturbar lo divino —añadió Kerin con canguelo—. Mañana debemos atravesar las Montañas Tortuosas y necesitamos toda su ayuda.
—No te creas todo lo que te dicen —respondió Zékiel, clavando su mirada en el comandante de pelo azulado—. Gheva solo ayuda a los que le interesa. Los errores en su creación, bien sea un bicho raro de pelo azul como tú o el hijo de un asesino como yo, no merecemos su atención.
El ceño de Yskar adquirió un grado más de confusión.
—Gheva ama por igual a todas y cada una de sus creaciones, comandante.
—¿No te has enterado todavía? —respondió Zékiel con tono despectivo—. Galen es un asesino. Un error de su creación. Quiera o no, tengo parte de él. Para Gheva, no existo.
—Eso tiene solución —añadió Yskar—. Tan solo tienes que conseguir su perdón.
—No mendigo el perdón de nadie.
—No tienes que mendigarlo, tan solo debes demostrarle que no eres como tu padre.
La repentina carcajada de Zékiel inundó la cueva.
—No tengo que demostrarle nada a nadie —dijo—. Si La Creadora quiere corregir su error, que me quite la vida.
—Ese día tendrá que esperar —interrumpió Adami—. Te necesitaremos mañana para retirar las rocas que sellan la entrada ¿recuerdas? No pretenderás que este viejo saco de huesos levante semejante peso.
Zékiel miró a Adami con complicidad y asintió.
—Entonces, a partir de mañana, cuando quiera.
—Eso me gusta más —dijo Adami mientras se acomodaba entre las rocas del suelo—. Y dicho lo cual, será mejor que duerma. Vosotros deberíais dejaros de tanta palabrería y hacer lo mismo. Quizás hoy sea la última vez que podamos dormir en paz en varios días.