26. Anhelo
A bandonar el hogar de los brevodianos no les supuso mayor contratiempo.
El sendero que ahora transitaban era acompañado por los últimos rayos dorados del atardecer.
A su izquierda, una imponente pared montañosa se erigía, creciendo en tamaño a medida que se acercaban a la entrada de las Montañas Tortuosas.
Conforme avanzaban por el Valle Vanu hacia el norte, la nieve se volvía más escasa. Las flores silvestres emergían de entre el hielo que las oprimía y el frío, de pronto, no se sentía tan crudo.
—Qui-qui-quizás deberíamos buscar algún lugar donde resguardarnos —propuso Kerin escrutando el entorno nervioso—. La noche caerá dentro de poco. ¿Por qué no seguimos mañana?
—El chico tiene razón, Yskar —admitió Adami casi al instante. Los pelos de su barba estaban salpicados por infinidad de copos de nieve—. Sé de buena mano que las temperaturas bajan todavía más durante la noche y, créeme, no queréis cargar con un bloque de hielo con mi peso.
—Hay que ver siempre el lado positivo, comandante —puntualizó Yskar, empleando un tono irónico—. Quizás congelado no hables tanto y podamos disfrutar de unas horas de silencio.
Adami arqueó una ceja.
—Veo que no habéis perdido vuestro sentido del humor pese a todo, majestad. Fíjese lo mucho que nos estamos riendo todos aquí ahora con lo que decís. No os contengáis chicos, reíros a gusto.
Yskar soltó una risotada.
—Tampoco te contengas tú, comandante —repuso el brevodiano—. Sé que estás deseoso por hacerlo.
—Me la guardo para después —indicó Adami, su semblante lucía una seriedad impropia de él—. Pero por dentro estoy riéndome muy alto, créame.
—Si-si-siento interrumpir este momento y sonar repetitivo —intervino Kerin de pronto estirando su bufanda negra hasta cubrir sus labios cuando notó todas las miradas sobre él—.
Pe-pe-pero realmente creo que deberíamos empezar a buscar refugio.
La noche nos alcanzará y no podremos hacer nada ante una helada, y entonces seremos un blanco fácil para las bestias de la noche, y entonces nos atacaran y moriremos, y entonces…
—Kerin palideció, sus ojos se abrieron como lunas y su coraza de jaspe se inflaba al son de su respiración agitada—. Y entonces…
—Calma, calma, chico —Adami se acercó a él, rodeándolo con su lánguido brazo—. Hay que ser precavido, no te diré que no, pues el miedo es nuestro mecanismo de defensa para la supervivencia. Pero otra cosa es que veas la muerte acechar a cada paso que damos.
Zékiel ensanchó las fosas nasales y emitió un bufido de resignación, similar al de un búfalo.
—¿Quién ha invitado a este? —espetó, colocándose frente a Kerin, ensombreciéndolo cuando su espalda eclipsó los rayos de sol que bañaban su rostro—. ¿Eres un comandante de Capital o un puto gusano?
Adami se interpuso entre ambos, apoyando sus manos en los pectorales esculpidos de Zékiel, tratando de aumentar las distancias entre los dos.
—Vamos, vamos, grandullón, no deberías…
—Así es como te voy a llamar a partir de ahora —siguió diciendo Zékiel, pese a los intentos fútiles de Adami por cesar su comportamiento—. Gusano llorón.
Kerin estiró su bufanda hasta cubrir su rostro, evitando que Zékiel observase las lágrimas que derramaba. Yskar, perplejo ante la situación, desenvainó su lanza, interponiéndola entre los capitenses, para cesar la discusión que empezaba a formarse.
—Callaros de una vez.
La mirada salvaje del brevodiano se posó en Zékiel que, tras escupir en el suelo, ahogando ahí su resignación, se dio media vuelta y continuó la marcha. Kerin dobló en varios pliegues la prenda, exponiendo su cara al frío cuando ya no notó la presencia del comandante de torso entintado.
—Busquemos un refugio, Kerin lleva razón —continuó diciendo el brevodiano—. Si arrecia una ventisca, nadie sobrevivirá.
—Y más vale que nos demos prisa —intervino Adami escrutando el paraje desolador de alrededor—. Entre estos escarpes de roca y la nieve, no va a ser fácil encontrar un lugar donde pasar la noche.
Zékiel, que ya se había adelantado al resto, proyectó un grito que sobresaltó al grupo.
Seguidamente, empleando únicamente sus manos desnudas, comenzó a tirar de una roca que descansaba sobre la fachada de la montaña.
Tras unos segundos de esfuerzo y algún gruñido que escapó de sus labios, la roca cedió y se desplazó hacia un lado, levantando tierra y esparciendo la poca nieve que se extendía por el suelo.
Tras la roca, una pequeña cueva se abrió ante ellos.
—Casa —indicó Zékiel con su tono rudo característico a medida que se adentraba en el hueco recién hallado.
Yskar intercambió miradas con Adami, cuyo ceño se arrugaba tanto como el de él.
—Tan eficaz como siempre —añadió el anciano, saliendo de su asombro—. Sabía que el grandullón nos vendría bien en algún momento.
Adami accedió a través de la penumbra de la oquedad, seguido por Kerin, cuyos ojos temblorosos inspeccionaban la cueva a cada nuevo paso que daba. Tras una última mirada de desconfianza hacia el exterior, Yskar siguió a los comandantes.
La caverna no era muy amplia, pero era más acogedora de lo que ninguno habría esperado. El pasillo rocoso que conducía hacia el interior se abría en una cúpula semiesférica cuyas paredes montañosas aislaban del frío mejor de lo esperado.
Aprovechando los últimos rayos de luz que se filtraban por las pequeñas grietas de la pared, el comandante de barba descuidada recogió varias ramas secas esparcidas por el suelo y las apiló en el centro.
—¿N-n-no seremos un blanco fácil para los ojos Hiniur si encendemos una hoguera aquí? —preguntó Kerin observando las intenciones de su compañero.
Adami se detuvo en su tarea para mirar al joven de pelo celeste.
—No te dejes engañar, mi pequeño amigo —dijo—. Aunque ahora disfrutes de un poco de calor temporal, la noche caerá y, si no paliamos el frío, será él quien acabe con nosotros.
—Pero los Hiniur…
Un estruendo interrumpió a Kerin. Zékiel golpeaba el contorno de la pequeña entrada con su mangual. Las piedras que conformaban el marco se derruyeron hasta sellar la entrada por completo.
—Enciende el fuego —su voz ronca se propagó por la caverna.
—Brusco, pero resolutivo —puntualizó Adami—. Solo espero que seas capaz de despejar la entrada cuando partamos mañana. De entre todos los finales que esperaba, morir asfixiado bajo el culo de una montaña no era uno de ellos.
Yskar extrajo pedernal y acero de su bolsa de cuero. Se colocó frente al colchón de ramas secas que había almacenado Adami y comenzó a provocar chispas. Tras varios intentos, el brevodiano por fin logró iluminar la estancia con la llama de una pequeña hoguera.
—Ahora sí que puedo llamar a esto hogar —suspiró Adami, acercando las palmas de las manos hacia la calidez del fuego.
Kerin lo imitó, levantando las manos hacia el calor de la llama.
Yskar se quitó varias piezas de su armadura celeste y las acomodó a un lado.
Mientras lo hacía, notó que Zékiel no tenía intención de unirse al grupo.
Había preferido quedarse en la penumbra de la caverna, alejado del fuego y de sus compañeros.
—Acércate, comandante —invitó Yskar—. Siéntate junto a nosotros. La soledad es el peor enemigo de la mente.
Zékiel abandonó el trance en el que parecía inmerso, girándose levemente hasta mirar de reojo al brevodiano. Su perfil podía apreciarse entre los mechones de grueso pelo que caían sobre su semblante.
—Lo soportaré —aseguró, cortante, mientras volvía su cabeza al frente.
Yskar, con su ceño fruncido, dio unos pasos hacia el comandante de espalda entintada.
—¿Eres así de distante siempre?
—Yskar, no deberías preguntar más —susurró Adami, cuidando de que sus palabras no llegasen a Zékiel—. Cuando Zékiel quiere estar solo, hay que dejarlo solo.
Las arrugas que surcaban la frente del brevodiano se contrajeron un poco más.
—¡No me mires así! —espetó Adami, elevando ligeramente el tono de su susurro—.
Para Zékiel, las noches son momentos en los que su mente le atormenta con recuerdos y pensamientos oscuros que prefiere sufrir en soledad.
Digamos que, cuando la luna brilla, él se pone sensiblón, y eso es algo que nuestro amigo mueve-rocas prefiere no mostrar en público.
Yskar consideró por un momento atender la petición de Adami, pero la pena que sintió al ver a Zékiel alejado del fuego, sin intención de acercarse, le impulsó a desconsiderarla.
—¿Qué te atormenta, comandante? —se atrevió a preguntar proyectando su voz, acercándose un poco más hacia Zékiel.
Él se giró otra vez hacia el rey, mostrando únicamente su perfil, iluminado apenas por el fuego. El rey dio un paso más en su dirección y Zékiel respondió con un gruñido, como el de un animal que trata de ahuyentar a los demás de su presa.
—Está bien, está bien —Yskar retrocedió con un gesto apaciguador—. No más preguntas.
—¿Sabes, majestad? Me he dado cuenta de lo poco que te gusta hacerme caso —susurró Adami cuando Yskar volvió a tomar asiento a su lado—. ¿Es por mi edad?
—Las noches anteriores no he querido molestarle —respondió Yskar, aún con su mirada clavada en la espalda de Zékiel—. Pero esta noche la pasaremos en Vanu, y el frío aquí es mortal. Si se mantiene alejado del fuego…
—Mi pasado —confesó Zékiel desde la lejanía sin voltearse.
Todos miraron hacia el corpulento torso desnudo del comandante, intercambiando miradas entre ellos, dudando de si aquella voz había sido suya o una ilusión provocada por el frío.
—Si algo mantiene a los brevodianos cálidos durante las heladas como la que sufrimos esta noche, es precisamente la hermandad que se respira en Brevodia —explicó Yskar, acercándose cauteloso hacia Zékiel de nuevo—.
Esta noche vosotros sois mis compañeros.
Mis hermanos de hielo. Si algo atormenta a uno de los míos, también yo sufro ese tormento.
Zékiel se volteó por completo y le dedicó al brevodiano una mirada que reflejaba toda la aflicción y la violencia que durante su vida había presenciado.
—Galen —gruñó Zékiel de pronto entre dientes—. ¿Lo conoces?