25. Desolación
L os últimos rayos del crepúsculo teñían el cielo de tonos cálidos que contrastaban poderosamente con los prados blanquecinos de Brevodia.
La nieve allí era más espesa, su grosor ascendía hasta casi cubrirles las rodillas.
Zékiel, que parecía no verse afectado por la adversidad, encabezaba la marcha apartando la nieve a su paso, creando un sendero improvisado que el resto de sus compañeros seguían.
De pronto, detuvo sus pasos y alzó la mirada.
Ante él se desplegaba una gran colina nevada que recorrió con la mirada hasta que posó su vista en la cima.
Allí pudo percatarse de cómo se congregaban un conjunto de casas rústicas construidas a partir de acero y pieles aglomeradas alrededor de la Gran Llama Azul.
—Una vez más, tenía razón —admitió Adami rígido por el frío—. Las heladas brevodianas rejuvenecen hasta a un muerto. No puedo ni pestañear… Ideal para estirar mis arrugas.
Yskar, que caminaba junto a él, soltó una risotada.
—Pero, si sigues gruñendo como un anciano, jamás podrás disimular tu edad, por más que te deshagas de tus arrugas —puntualizó con tono jocoso.
—¿Quién se ha quejado? —preguntó Adami retirándose los cristales de hielo que se formaban en su barba desaliñada—. Para mí es todo un placer morir de hipotermia junto a vosotros.
Yskar soltó otra carcajada, más sonora que la anterior.
—Vamos comandante, deja de quejarte y sigamos. Pisamos ya Vanu, Brevodia está justo en la cima de la colina —el rey le dio un codazo cariñoso al anciano—. Hoy dormiremos en casa.
—El próximo reino que invadirán será Brevodia, ¿cierto? —intervino Zékiel, llevando su mano al mango de su arma sin apartar la vista de la cima azucarada.
—Eso es lo que asegura la comandante Jedena —respondió Yskar arqueando una ceja—. Brevodia es el siguiente.
—Entonces, Grifford nos espera ahí arriba —la sonrisa irónica de Zékiel denotaba su ansia de muerte—. Espero que los rumores sean ciertos y sea tan poderoso como aseguran, quizás él pueda darme un combate digno por fin.
—Espero que no, mi impulsivo amigo —contestó Adami, retirándose ahora los copos de nieve que se acumulaban en las oquedades de su armadura—.
Llamadme loco, pero yo quisiera entrar en calor primero y descansar del viaje.
También quisiera llevarme algo a la boca tranquilamente…
¿Habéis asistido alguna vez a una cena brevodiana?
—los presentes se miraron confusos entre si—.
Y después quisiera reposar esa ingente cantidad de comida y dormir plácidamente sin Hiniur ni emisarios de por medio.
Luego, ya puede venir Grifford y quitarnos la vida si lo desea.
Y si eso pasa, tratad de no hacer mucho ruido, soy de esos a los que, una vez se despiertan, les cuesta horrores volver a conciliar el sueño.
¿Conocéis esa sensación de estar orinándose y cuestionar la capacidad de almacenaje de la vejiga por no abandonar la comodidad de la cama?
Porque claro, como salga de la cama, ya no soy capaz de volverme a dormir y…
Zékiel interrumpió al comandante cuando desenvainó el mangual y asestó un poderoso barrido sobre la nieve que se apilaba frente a él.
—Yo puedo ofrecerle el postre.
—P-p-perdonad —dijo Kerin jadeando, atravesando la masa de soldados que lo separaban de sus compañeros, hasta alcanarlos—. N-n-no volverá a ocurrir.
—No te despegues del grupo, chico —advirtió Yskar—. La nieve borra huellas y desvanece caminos, es fácil perderse en ella.
—Y si a eso le sumas tu pelo azul, cualquiera te distingue, muchacho —añadió Adami.
Kerin hundió su boca entre los pliegues de su bufanda negra, guardando silencio y tratando de disimular su vergüenza.
Zékiel asestó un nuevo ataque con su arma, apartando la nieve y abriendo camino colina arriba.
—¡Escuadrón Catorce! —gritó. Sus hombres, a lo lejos, percibieron sus bramidos—. Sigamos hacia Brevodia.
La pendiente resultó ser más dura de lo que esperaban.
Con la ayuda de Zékiel y algún que otro descanso para tomar aliento durante el ascenso, por fin pisaron el reino de hielo.
Una vez allí, y para su sorpresa, nadie acudió a recibirles como era costumbre.
Yskar, junto a los capitenses, permaneció inmóvil ante lo que sus ojos le mostraron a su llegada.
El paraje era desolador, muy diferente a lo que Brevodia alguna vez fue.
Los dos colmillos que formaban la entrada del reino se hallaban derruidos.
La empalizada que abrazaba el reino y que durante tantos años había defendido a sus habitantes, se amontonaba en un mar de astillas de hierro esparcidos por el suelo de hielo.
Sin pronunciar palabra, los comandantes y los miembros de los escuadrones se adentraron en las fauces de Brevodia.
La nieve allí se teñía de rojo. Las pieles que colgaban sobre las fachadas de los hogares de acero estaban desgarradas.
La Gran Llama Azul bailaba con poderío en su centro mientras cuerpos, tanto humanos como Hiniur, yacían en su interior calcinados.
La mirada incrédula de Yskar se posó en las huellas que se dibujaban sobre la piel de la nieve.
Huellas de garras, alguna de ellas untadas en sangre, que se desplegaban por la planicie.
Pero, entre ellas, el líder brevodiano pudo divisar otras marcas que le resultaron familiares.
Huellas humanas que danzaban al son de las garras que las perseguían.
Marcas que latían de temor y que parecían huir de la propia muerte.
Yskar se adentró un poco más en el reino, siguiendo los vestigios que se dibujaban sobre la superficie.
Allí donde las huellas humanas y las de Hiniur convergían, halló la cara más cruda de la guerra.
El cuerpo de una madre yacía en el suelo.
Su mirada, que alguna vez desprendió amor y ternura, ahora se posaba en el infinito, reflejando la angustia que debió haber vivido momentos antes de perder la vida.
Sobre sus brazos desnudos sostenía a su recién nacido que, aun con el rostro desfigurado, podía apreciarse la chispa de inocencia que alguna vez desprendió su mirada.
Todos asimilaban lo allí acontecido sin pronunciar palabra. Zékiel apartaba los escombros de acero de entre el suelo en busca de supervivientes. Kerin no se movía, atónito ante la escena.
—Yskar —llamó Adami con una seriedad impropia de él—. Puede que quieras ver esto.
El rey se tornó hacia el comandante con un rostro que se debatía entre la furia y la tristeza.
Mezclados con la nieve y la luz del atardecer, observó los cuerpos de cinco hombres.
Los destellos de sus picos quebrados y sus lingotes de extracción partidos contaban por sí solos la barbarie que allí habían vivido.
El corazón del rey dio un vuelco. Los recolectores de Brevodia, aquellos hombres que otorgaron al reino la grandeza que ostentaba, yacían sin vida en el suelo. Yskar caminó entre sus cuerpos, entre sus labios que ya no sonreían, entre sus miradas que ya no veían.
Se detuvo de pronto, arrodillándose frente a ellos. Uno a uno, fue apartando la nieve que cubría sus rostros.
—Íkaro no está.
—Mi más sincero pésame, majestad —dijo Adami, cabizbajo—. Comparto tu dolor.
—Íkaro no está entre los cadáveres —repitió Yskar observando los cuerpos inertes frente a él—. ¿Puede que…?
El brevodiano se levantó del suelo con cierta urgencia, clavando su mirada en el comandante.
—¿Lograran escapar? —terminó Adami la frase—. De ser así, ¿dónde habrán ido?
Yskar frunció el ceño, reflexionando una respuesta. De pronto, alzó su cabeza, apoyando su mano sobre el hombro de Adami mientras sus ojos se posaban en el horizonte, más allá de Brevodia. El comandante miró en aquella dirección y palideció.
—¿No insinuaras que…?
—¿Dónde si no, comandante? Sus senderos son difíciles de transitar hasta para los Hiniur. Además, como bien sabemos, la montaña guarda Éfir en su interior. No se me ocurre un lugar más seguro.
—Eso suponiendo que hayan huido. No lo sabemos Yskar y adentrarse en las montañas sin una buena razón —Adami se tornó al notar que Yskar ya no estaba a su lado—. ¡Eh! ¿Dónde crees que vas?
Con paso acelerado, el brevodiano comenzó a avanzar por el sendero nevado que conducía al norte.
Se detuvo de pronto y se escabullo entre los abetos colindantes al camino.
Escarbó con ímpetu la superficie de nieve.
Volvió a levantarse, dirigiéndose al lado opuesto del sendero y nuevamente, excavó la nieve con urgencia.
—Para que luego digan que solo es a mí a quien afecta la edad, que solo yo hago sinsentidos —comentó Adami mientras observaba el comportamiento extraño de Yskar.
—Hay supervivientes, comandante —aseguró el rey, mostrando una repentina sonrisa—.
Íkaro era uno de mis mejores recolectores.
Sabe cómo actuar ante situaciones límite como estas.
Una de las normas que recoge nuestro Código es dejar un rastro en la nieve para evitar perderse cuando arrecia una ventisca.
Yskar extrajo un objeto de entre el arbusto. Un colgante que exponía orgulloso varios colmillos de bestias salvajes.
—He aquí la prueba —manifestó alzando el objeto entre sus dedos—. Este es su colgante. Íkaro sigue vivo y seguramente huyó del reino con más brevodianos.
—Yskar, no pretenderás aventurarte al norte, ¿verdad? No otra vez…
—Si hay alguna posibilidad de encontrar a los míos, voy a aferrarme a ella. Cueste lo que cueste y pase lo que pase. No te pediré que me sigas, amigo mío, pues esto es algo que yo debo hacer. Como rey. Como ciudadano de Brevodia.
—¿Y pretendes dirigirte a las Montañas Tortuosas aun sabiendo lo que pasamos allí? —Adami se repeinaba sus gruesas cejas encanecidas con dos dedos, pensativo—. No creo que nuestros amigos monoculares nos reciban con tanta hospitalidad como la otra vez. No después de robarles el Éfir.
—¿Y qué otra opción tengo, comandante?
La obligación que sentía Yskar de entregarse por y para su pueblo, a cualquier costo, era el legado que su padre le había dejado. Ese nivel de exigencia hacia su gente era algo que el brevodiano no podía evitar y Adami sabía que ese día, en aquel lugar, no conseguiría convencerle de lo contrario.
—Me arrastras hasta el confín del mundo donde una nevada puede helarte el alma, un precipicio puede arrebatarte la vida entre sus fauces o unos seres ancestrales de un solo ojo pueden encerrarte bajo las montañas, ¿y pretendes ir tú solo?
—Adami apoyó su mano arrugada sobre Yskar—.
No, amigo mío, no es así cómo funcionan las cosas.
Ya que me has arrastrado hasta aquí, no quieras acaparar toda la diversión.
Te toca aguantar a este vejestorio en otra incursión más hacia las montañas.
Yskar clavó su mirada en la de su amigo. Aunque trataba de ocultarlo, el brillo en sus ojos era evidente.
—Comandante…
Adami alzó su dedo índice, apoyándolo sobre los labios de Yskar, sin permitirle seguir la frase.
—Espero que tus siguientes palabras no tengan algo que ver con que estoy muy viejo para esto o que un anciano como yo no va a poder soportar la furia de las montañas de nuevo. Al principio me reía, pero has abusado mucho de la broma, majestad. Ha perdido su gracia.
Yskar ladeó la cabeza con una sonrisa. ¿Cómo era posible que aquel anciano comandante estuviera dispuesto a acompañarlo de nuevo en esa travesía?
Aunque no solía abrir su corazón de esa manera, y posiblemente nunca lo admitiría, la verdad era que Yskar hacía tiempo que consideraba a Adami como a un brevodiano más.
Como a una más de la familia. Como a su propio hermano.
—¡Kerin, Zékiel! —gritó el anciano, asegurándose de que los oídos de sus compañeros percibían sus palabras—.
Nos dirigimos a Las Montañas Tortuosas. Los posibles supervivientes se han refugiado allí.
Decidles a vuestros hombres que regresen a Capital, las montañas no podrán abarcarnos a todos.
Sus cuevas son escasas y su comida muy limitada.
Que vuelvan a Capital e informen de lo que aquí hemos visto.
Ambos comandantes fruncieron el ceño, sin dar crédito a la repentina decisión de Adami.
—Bueno, siempre y cuando no queráis acompañarnos a Las Montañas vosotros también, claro.
Pero tened claro que no va a ser un paseo tranquilo.
Nos enfrentaremos al temporal que allí arrecia y, posiblemente, a alguna emboscada repentina de Hiniur y vete tú a saber que…
—Adami se fijó en Zékiel, asegurándose de que captaba su atención—.
No es una excursión para cualquiera, solo los hombres más fuertes…
Zékiel, sintiendo su orgullo herido, se tornó hacia sus hombres casi de inmediato.
—¡Ya lo habéis oído, soldados! —gritó, interrumpiendo a Adami—. ¡Volved a Capital!
—Pero… pero señor —se atrevió a decir uno de los soldados que lideraba Zékiel.
—¡Largo de aquí!
Con un murmullo evidente y una queja en sus labios, tanto los miembros del escuadrón de Zékiel como el de Kerin avanzaron hacia el Este, rumbo a Capital.
Los tres comandantes e Yskar permanecieron firmes en el sendero observando cómo, poco a poco, los soldados iban adentrándose entre la neblina y la llovizna que arreciaba a lo lejos hasta perderlos de vista.
—Es-es-espero que estemos tomando la decisión correcta —se atrevió a decir Kerin.
—¡La mejor! —respondió Adami—. Créeme, chico, ya tendremos dificultades para buscar cobijo y abastecimiento para nosotros cuatro allí.
Alimentar las bocas de dos escuadrones enteros sería tarea imposible, salvo que nos decantemos por el canibalismo, cosa que no creo que os haga mucha gracia —se frotó la cabeza, pensativo, despeinando su pelo humedecido—. ¿O sí?
—¿Esta Grifford allí? —preguntó Zékiel de inmediato.
—No creo que tengamos esa fortuna hoy —respondió Adami apagando las ansias de su compañero.
Zékiel, enfurecido, asestó un contundente golpe con su mangual. El montículo de nieve que se apilaba en el camino salió catapultado.
—Sin embargo —prosiguió el anciano—, puede que nos encontremos a los Hiniur que atacaron Brevodia. No creo que estén muy lejos de aquí.
—¿Los en-en-encontraremos en las Montañas Tortuosas?
—intervino Kerin con un temblor en su voz, ocultando su rostro entre los pliegues de la bufanda—.
Los Hiniur que han atacado Brevodia no parecen ser comunes.
Había arañazos que incluso han logrado desgarrar el acero brevodiano, los visteis vosotros también, ¿verdad?
Marcas profundas y tan anchas como columnas.
¿No sería mejor acompañar a nuestros soldados hasta Capital e informar todos juntos de lo ocurrido? Esta misión no parece ser muy segura.
—Camina mocoso o los perderemos de vista —bramó Zékiel, mientras emprendía la marcha tras Yskar y Adami, que caminaban varios metros más adelante.
—¡E-E-Esperad!