La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 24. Miasma
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24. Miasma

L a alfombra que se extendía frente a ella marcaba el camino hacia el trono como un sendero de fuego. La luz de las antorchas circundantes titilaba débil, como si también ellas sufriesen el pavor que infundían las criaturas que, junto a la figura femenina, avanzaban por el pasadizo.

Regina caminaba con paso firme. Sus alas umbrías estaban plegadas a su alrededor, envolviendo su cuerpo como un abrigo.

Su cornamenta se retorcía hacia atrás, siguiendo la forma de la cabeza, curvándose ligeramente en sus picos.

Sus ojos carmesí permanecían fijos al frente, observando con impaciencia el trono que descansaba más adelante.

Junto a ella, dos monstruosidades cuadrúpedas de enormes dimensiones agrietaban el suelo a cada nuevo paso que daban. Dos criaturas muy diferentes a los Hiniur que hasta ahora había creado; concebidos a partir del más puro rencor y nacidos bajo la más absoluta oscuridad.

Regina se detuvo al alcanzar los pies del trono y, con ella, las dos monstruosidades que la acompañaban, una a cada lado.

Desplegó sus alas ocasionando una pequeña ráfaga que levantó una ligera capa de polvo.

Un mar de venas azuladas surcaba el interior de las mismas y se propagaban por su cuerpo, intrincándose entre las escamas de su piel.

La que una vez fue reina alzó la cabeza, posando sus ojos en la placenta putrefacta que colgaba desde la parte alta del trono, como esperando una respuesta.

La bolsa membranosa se sostenía en el aire por unos hilos negruzcos que recordaban a la tela de araña, recubierta por una mucosidad pegajosa que emanaba un hedor a descomposición.

—Mi amor, despierta, hay algo que quisiera mostrarte —Regina suspiró resignada al no recibir respuesta—. He refinado mis habilidades y deseo obtener tu aprobación para con mis dos nuevas creaciones.

Guiado por su voz, el tejido de la esfera comenzó a zarandearse.

Desde el interior de la placenta colgante emergieron de pronto unas garras que perforaron las paredes de la misma.

Descendieron desgarrando el tejido sin demasiado esfuerzo y, como una cascada, el flujo que contenía en su interior se precipitó hacia el suelo.

Un líquido viscoso, gelatinoso y putrefacto inundó lo que antaño fue el trono de Lenov.

Del fluido que vomitó la bolsa pelicular emergió una silueta humanoide. Sus escamas negras brillaban con reflejos morados, su cabellera húmeda se adhería a su rostro y sus astas se retorcían hacia delante apuntando a quien se había atrevido a perturbar su descanso.

Regina dio varios pasos en dirección a Grifford mientras este trataba de retirar aquel liquido gomoso que salpicaba su piel.

—Amor mío, siento interrumpir tu gestación, pero hay algo que quisiera que vieses.

La sala estaba sumida en un silencio absoluto, roto solo por el eco de las pisadas del emisario mientras se acercaba a su esposa.

Se detuvo a unos centímetros de ella y, antes de que pudiera decir una palabra, un fuerte estruendo resonó en el aire.

El sonido ocasionado por el bofetón que le propició Grifford se propagó por la sala.

Regina, con su semblante enrojecido y su ego herido, decidió guardar silencio.

Mientras se recuperaba, se frotaba la mejilla tratando de aliviar la picazón.

—Querida mía, ¿cuántas veces he de decirte que no interrumpas mi gestación con tus necedades?

—Grifford chasqueó la lengua al mismo tiempo que ladeó la cabeza—.

¿No te das cuenta? Nuestra victoria depende de ello.

Una vez alcance todo mi potencial, no habrá ser en este mundo que pueda detenerme.

Y estoy tan cerca de conseguirlo… —una sonrisa enfermiza se dibujó en el semblante del emisario—. Pronto lograremos nuestro cometido.

—Tienes razón, querido —admitió ella, aún recomponiéndose del impacto—. Ha sido una mala idea, será mejor… será mejor que me retire.

El rey sujetó la muñeca de Regina con fuerza, rodeándola con sus dedos larguiruchos y afilados.

—No, querida mía, no te marches ahora. Muéstrame lo que tengas que mostrarme —llevó su mano contraria hacia la mandíbula de Regina, apretándola con fuerza y obligándola a mirarle a los ojos—. Pero no vuelvas a molestarme por tus estupideces.

La soltó con un ligero empujón. Ella movió su mandíbula de lado a lado, tratando de recobrar la movilidad.

—Acércate, pequeño —ordenó Regina mostrando su perfil, aún dolorido, a la criatura que se erguía a su derecha.

La bestia de cuatro patas avanzó hacia la voz de su dueña.

Si por algo destacaba su cuerpo, era por la robustez que presentaba.

Su lomo se curvaba ligeramente hacia delante, dándole un porte tan majestuoso como elegante.

Sus escamas, de un azul verdoso, emitían un brillo eléctrico que parecía concentrarse en el pelaje albino que recorría su espalda, como si, de alguna manera, estuviese acumulando ahí la electricidad estática de la sala.

—Ven —ordenó Regina, dirigiendo ahora su mirada hacia su lado izquierdo—. Ven con mamá tú también.

La otra monstruosidad que acompañaba a la reina avanzó hacia su posición.

Su cuerpo también se erguía ligeramente hacia delante, dotándolo de un porte imponente y señorial.

A medida que avanzaba y se acercaba a la luz de las antorchas, su silueta fue definiéndose.

Las escamas que le recubrían gozaban de un tono negruzco tal que lograba mimetizarse casi al completo con la penumbra de la sala.

Sus alas no se componían de carne y membranas, sino de un manto de oscuridad del cual emanaba una niebla tan densa que lograba ocultar gran parte de su cuerpo.

Las plegaba elegantemente alrededor de su cuerpo en un abrazo, como vistiendo una capa de sombras, dejando un rastro de neblina negra a su paso.

—Ah, mis bebés —dijo Regina, acariciando los costados de cada una de las bestias—.

La más alta cúspide evolutiva de los semejantes a Yavan.

Hiniur supra evolucionados, dotados con capacidades casi divinas, capaces de aniquilar a cualquiera.

Déjame mostrarme, mi amor. Déjame mostrarte de qué son capaces.

Tras cavilar su respuesta durante unos segundos, Grifford se acomodó sobre el trono desde el cual había gobernado tantos años. Cruzó las piernas y dejó caer su peso sobre uno de los reposabrazos, acomodándose.

—Que sea rápido —exigió, dejando escapar un suspiro.

Regina se volteó para mirar a la criatura que se alzaba imponente a su derecha. Asintió, invitándola así a exhibir todo su potencial.

Fue entonces cuando la bestia de escamas verdosas emitió un chirrido que estremeció los cimientos del castillo.

Mientras sus alaridos adquirían mayor sonoridad, descargas eléctricas brotaron a su alrededor para arremeter contra su cuerpo.

A medida que más rayos impactaban contra sus escamas, la larga melena blanquecina que pendía de su lomo como una cortina fue irguiéndose hacia el cielo, erizándose cuanta más carga eléctrica acumulaba.

Cuando su crin no pudo crecer más ni su cuerpo pudo almacenar más carga, los rayos cesaron, dando paso a un leve chisporroteo intermitente que acariciaba su lomo.

Los espacios entre sus escamas ahora emitían un fulgor azulado fruto de la electricidad que contenían, otorgando al Hiniur un brillo verde chillón que deslumbró, por un momento, a los emisarios.

La bestia pareció esbozar una sonrisa antes de lanzar otro alarido ensordecedor. Su rugido abandonó su garganta una vez más y de su cuerpo brotaron infinidad de hilos de electricidad azulada que chocaron contra todo a su alrededor, agrietando la superficie allí donde impactaban.

Los objetos que adornaban la sala, impulsados por la fuerza magnética que irradiaba la criatura, salieron disparados hasta estrellarse contra las paredes.

Las estanterías, escudos de acero, bustos de piedra maciza e incluso las propias baldosas del suelo, salieron catapultadas a través de la sala a una velocidad vertiginosa.

Tras el impacto de casi la totalidad de los objetos que decoraban la habitación, reinó el más pesado de los silencios, únicamente interrumpido por el chasquido eléctrico de algún rayo que aún emanaba del Hiniur.

—Es un Helex —explicó Regina, iluminada de forma intermitente por los rayos que brotaban desde el torso de la criatura—.

Una variante Hiniur supra evolucionada capaz de absorber la electricidad estática del entorno y alterar el magnetismo, permitiéndole atraer o repeler los objetos que le rodean a su antojo —una sonrisa cargada de orgullo emergió en su rostro—.

¡Oh! Y por si fuera poco, si un mortal tuviese la desgracia de recibir un impacto directo de uno de los rayos que brotan de su cuerpo, colapsaría su sistema nervioso y moriría en cuestión de segundos.

—Vaya, vaya, vaya… —masculló Grifford, acomodándose ahora sobre el reposabrazos contrario—. Debo confesar que te has superado, querida —alzó su mano apuntando con una de sus garras a la otra monstruosidad que la acompañaba—. ¿Y el otro bicho? ¿De qué es capaz?

Regina soltó una risa como si, finalmente, su esposo hubiera formulado la pregunta que tanto ansiaba responder. Miró a su lado izquierdo, captando la atención de la criatura de alas nebulosas. La emisaria asintió con la cabeza, instando a la bestia a exhibir su potencial.

El Hiniur del color de la noche desplegó poco a poco sus inmensas alas.

El tejido membranoso de estas era oscuro y translúcido, con una niebla sombría que emanaba de sus bordes y lo envolvía parcialmente.

Desde el centro de su hocico emergían dos cornamentas que se retorcían imponentes hacia el techo.

Cuando por fin sus alas se extendieron en su totalidad, la bestia dejó escapar un chirrido que desgarró el silencio, provocando que las puntas de sus cuernos comenzaran a emitir un brillo perlado.

Cuanto más sonoro era su chirrido, más se iluminaban sus astas hasta que, de pronto, la membrana traslucida de sus alas adoptó un resplandor que recordó al de la luna.

La llama de las antorchas se extinguió, la escasa luz solar que lograba colarse por las vidrieras menguó, e incluso el fulgor carmesí de los ojos de Grifford pareció adquirir un grado menos de intensidad.

Todo aquello que desprendía luz se apagó para concentrarse en las alas del Hiniur.

Cuando sus alas ya no pudieron absorber más luz, la niebla oscura que brotaba de sus extremidades empezó a intensificarse, ocultando a la monstruosidad por completo y sumiendo la sala bajo un manto de oscuridad total.

Grifford soltó una carcajada.

—Interesante cuanto menos.

—Maggom —explicó Regina inflando su pecho de aire, sin poder ocultar el orgullo que sentía—. Otra variante Hiniur supra evolucionada, capaz de absorber la luz circundante sumiendo su entorno en oscuridad, para arremeter contra sus víctimas desde las sombras sin ser visto.

El sonido de unos aplausos interrumpió a Regina. Eran aplausos pesados y entrecortados cargados de sarcasmo y burla. Cuando Grifford cesó su palmoteo, abandonó la comodidad del trono para acercarse hacia su esposa.

—Te has superado, querida, he de admitirlo —una sonrisa fría se formó en sus labios mientras hablaba—. Tu facultad como emisaria es sorprendente, pero… —alzó ambos brazos apuntando con las palmas de sus manos hacia el Helex—, ¿es suficiente?

El Helex, de pronto, quedó paralizado al notar el poder del emisario.

Poco a poco, el rey cerró sus manos en un puño, ensanchando su sonrisa mientras contraía cada dedo.

A medida que lo hacía, la criatura se retorcía de dolor.

La sangre del Helex abandonó su cuerpo desde sus lagrimales, atravesando el aire hasta las palmas de Grifford, donde se acumuló formando una esfera rojiza que flotó sobre sus dedos.

Cuando la última gota abandonó su cuerpo, la criatura se derrumbó en el suelo sin vida.

Sus ojos dejaron de emitir el resplandor rojizo, su piel pendía flácida sobre la superficie de piedra y sus escamas perdieron el brillo verdoso que solía embellecerlas.

El Maggom, testigo de la escena, retrocedió instintivamente alejándose del emisario.

Grifford agitó entonces sus manos, y el flujo escarlata que flotaba sobre sus palmas se meció con ellas.

La sangre se deshizo entonces en infinidad de hilos que revolotearon alrededor del cuerpo del emisario, serpenteando a su alrededor.

Pasados unos segundos, dejó caer sus manos a cada uno de sus costados, junto con el flujo escarlata que se desplomó contra el suelo, revistiéndolo de rojo.

Sin mediar palabra, el que alguna vez fue rey de Lenov se dio media vuelta, ascendiendo nuevamente por las escaleras que conducían al altar para acomodarse en sus aposentos.

—Tal y como temía, no es suficiente, querida —espetó, adoptando su habitual postura desinteresada sobre el trono—. Debes desarrollar tu facultad un poco más si pretendes erradicar a la humanidad con ella.

Con ojos incrédulos, Regina se acercó hacia el cuerpo del Helex que yacía inerte ante ella.

Su piel, ahora flácida, se extendía a ras del suelo.

La crin blanquecina que momentos antes se erguía poderosa hacia el cielo, no era más que un tapiz apagado ahora.

La emisaria se arrodilló frente a él, sus ojos se humedecieron a medida que asimilaba lo acontecido.

—Oh, vamos querida, no seas tan dramática —se burló Grifford, manteniendo su postura apática—. Seguro que darás con una versión del… ¿Helex, decías que era? mucho más capaz.

—Siento… —Regina sorbió la mucosidad producida por su llanto—. Siento no haberte servido como corresponde, mi amor —se levantó de golpe—. Deja que te muestre el resto de mis creaciones, seguro que alguna hará honor al poder que ostentas.

Grifford volteó los ojos y un pequeño quejido salió de sus labios.

—Quiero mostrarte el Klotoross —prosiguió Regina—.

Capaz de acumular calor en su cola mediante la fricción al arrastrarla por el suelo, para luego liberarlo en forma de llamas.

Fue capaz de arrasar con el reino de Davá.

¡O mejor! Podría mostrarte el Tírramo, cuyo poder altera las ondas terrestres, provocando catástrofes naturales para que, cuando los humanos…

—Querida —interrumpió él, alzando su dedo índice en alto—.

Deberías centrar tus energías en tu gestación y dejar de lado estas trivialidades que no conducen a nada.

Cuando alcances tu forma perfecta, serás capaz de engendrar al Hiniur más completo jamás visto, enorgulleciendo así al Supremo.

Recuerda que él te ha concedido el don de crear vida a partir de la muerte y, cuando llegue el momento de enfrentarnos a los humanos, serás tú quien nos provea del ejército necesario para combatirlos —Grifford esbozó una sonrisa—.

Tú encárgate de perfeccionar tu facultad de dar vida a más Hiniur, mientras que yo seguiré perfeccionando la mía para abastecerte de cuantos cadáveres necesites.