23. Estigma
L a luna los sorprendió de pronto. Su luz irradiaba un brillo mágico aquella noche, bañando con su resplandor la tierra bajo sus pies como la luz de un faro que guía el barco hacia la costa.
A lo lejos, la hierba parecía más verde y alta y ascendía abrazando una serie de pequeñas colinas que curvaban la superficie. No había árboles, ni tampoco indicio de mano humana. Allí tan solo los recibió una planicie que parecía estar sumida bajo una eterna primavera.
—Ya casi hemos llegado, majestad —advirtió Káman—. La cueva se encuentra cerca de la entrada del Valle Armonía.
—Me sorprende que hayáis sobrevivido aquí —indicó Ilma escrutando el entorno—. No hay árboles por los que desplazaros ni arbustos en los que ocultaros.
A pesar de la tela que ocultaba el rostro de Káman, Ilma pudo discernir por la expresión de sus ojos que estaba sonriendo.
—A veces, el mejor escondite es el más evidente.
El cántico de los grillos y el brillo de las luciérnagas acompañaron a los davenses a través de las colinas del valle.
El camino de tierra seguía hacia arriba, arqueándose a medida que recorrían las caderas de la ladera.
Margaritas y amapolas adornaban cada lado del sendero acompañados por el sonido de un pequeño riachuelo que resonaba en la lejanía.
—Por aquí, mi señora —indicó Kúdar Piel de Roble situándose frente a la falda de la siguiente colina.
El corpulento guardabosques se inclinó de pronto, hundiendo sus dedos en la tierra que revestía la fachada del montículo.
Tras unos segundos de esfuerzo, venció la resistencia de la colina y logró retirar una porción de la tierra, revelando así una pequeña caverna que penetraba hacia el interior.
Dos antorchas, colocadas a ambos lados de la entrada, arrojaban su luz sobre aquel refugio de raíces y humedad.
—Entrad rápido, podrían vernos —advirtió Zalka tomando una de las antorchas y adentrándose hacia el interior.
Todos siguieron a la guardabosques de largos cabellos y caperuza gris. Kúdar fue el último en adentrarse en las fauces de la oquedad, colocando la porción de tierra nuevamente en su lugar, sellando así el refugio.
¿Son ellos? resonó por la cueva ¿Ya han vuelto?
—No temáis mis valientes —la voz de Ilma se sobrepuso a las voces de los davenses—. Estáis a salvo ahora.
Zalka aproximó la llama de la antorcha hacia Ilma, iluminándole el rostro. Los davenses allí congregados observaron con expectación mientras su reina se retiraba la caperuza revelando su semblante.
—¡Es Ilma! —exclamó alguien desde la penumbra.
—¡Nuestra reina ha vuelto de entre las sombras!
—¡Estamos salvados!
Ilma escrutó el entorno. Alguien prendió el fuego central, disipando la penumbra.
Un grupo de davenses se apelotonaba en el suelo, cubiertos con sus capas grises y rostros imbuidos en felicidad.
Pudo ver jóvenes cuyos brazos denotaban la escasez de comida que habían sufrido durante días.
Mujeres que sostenían entre sus brazos a recién nacidos, obligadas a dar a la luz entre la humedad y la tierra de aquel lugar.
Había una pareja de ancianos, quienes, ajenos a las adversidades, se abrazaban con el amor del primer día.
Había niños también que, utilizando palos y piedras, dibujaban líneas en la pared de tierra, ilustrando el anhelo de un reino que fue próspero alguna vez.
—Hoy me presento ante vosotros, no como una reina, sino como una ciudadana más del reino que algún día fue —dijo Ilma apagando el pequeño cuchicheo de voces—.
Hoy, nuestro pueblo se tambalea. Nos han arrebatado nuestra tierra, nuestro hogar.
Han destruido todo cuanto algún día forjamos y amamos.
Han intentado borrar nuestra existencia con fuego, calcinándonos hasta nuestro último hálito de vida —Ilma detuvo su discurso brevemente antes de seguir—.
Pero no lo han conseguido. Sois la resistencia de Davá, el orgullo de nuestro pueblo.
Sois la esperanza de los que hoy nos iluminan desde el firmamento y se sientan junto a Gheva, condenados a observar desde las estrellas como volvemos a resurgir —barrió con su mirada a los presentes, asegurándose de que captaba la atención de todos—.
Mañana abandonaremos la oscuridad de esta cueva y partiremos hacia Capital.
Mañana empezará nuestra nueva era. Una era en la que Davá renacerá de la tierra y brotará con más fuerza de la que sus árboles jamás hayan visto —calló unos segundos, contemplando los rostros de los davenses que la escuchaban—. ¡Por Davá!
—¡Por Davá!
—¡Por la reina!
Los davenses gritaron al unísono, seguido por aplausos y los rugidos de Naila y Horos, que sonaron por encima del resto de vítores. Tras la eufórica bienvenida, los davenses fueron aproximándose a la reina para mostrarle su agradecimiento por su regreso.
La noche alcanzó sus horas más oscuras. Algunos davenses ya dormían, otros aún conversaban entre susurros, alimentando el pequeño bullicio de voces.
Ilma se recostaba sobre la pared terrosa junto a sus dos leales felinos, que dormían a su vera.
Los guardabosques se sentaron formando un círculo junto a la reina.
Todos salvo Vett, quien se sentó junto a Kayli, apartada del resto.
—Entonces, ¿dices que Capital no tiene árboles por los que desplazarse? —preguntó la guardabosques, mientras se retiraba la tierra que se incrustaba en la suela de sus botas.
—Allí caminan por el suelo —explicó Kayli pensativa, estirando uno de sus mechones bermellón—. No he visto a nadie por los árboles.
—Vaya, me va a resultar complicado acostumbrarme.
—¡Es muy fácil! Yo te enseñaré —la pequeña avanzó con su pierna derecha hacia delante—. Primero un pasito —adelantó entonces su pierna izquierda, hasta que ambas quedaron unidas por los tobillos—. Y después otro pasito. ¿Has visto?
—Haces que parezca fácil —dijo Vett siguiéndole el juego. Se levantó bruscamente dando un paso hacia delante imitando a Kayli. Su caperuza se deslizó hacia abajo en su movimiento—. ¿Así?
Kayli no respondió, miró fijamente el pelo de la davense durante unos segundos. Vett, al percatarse, volvió a sentarse de golpe, ocultando nuevamente su cabello esmeralda con la capucha davense.
—Tu pelo es…
Vett desvió la mirada, su rostro se sumió en vergüenza. Apretó su mandíbula, consciente de que, si aquella observación hubiese venido de alguien diferente, sus hojas afiladas ya ejercerían presión sobre la piel del valiente.
—Los cromógenos, tan infrecuentes como peculiares —explicó Farco, mientras se aproximaba a las davenses y tomaba asiento junto a Kayli—. Aquellos nacidos con cabellos de una pigmentación diferente a la común.
—Estamos malditos —intervino Vett, abarcando con la caperuza todo el cabello que le fue posible—. A la gente no le gusta lo diferente.
—Es curioso que te definas como “maldita”, ya que…
—No me defino yo —interrumpió la guardabosque, mirando a Farco desde la oscuridad de su prenda—. La gente se ha referido a mí de esa manera siempre.
Farco sonrió.
—Esa gente denota su incultura con ese tipo de comentarios.
Llámame exagerado, pero me resulta curioso que los cromógenos soláis tener los colores de los Vastali.
En Capital, tenemos un comandante que también nació cromógeno, de un celeste tan brillante como el mar; posee el mismo color que los cabellos de Arothia, la Vastali mensajera.
—No conozco la religión y tampoco me importa saber lo que tengas que decir.
—Vaya, vaya —comentó Farco, frotándose el mentón—. Entonces tampoco te interesará saber que tú posees el color verde de Aelireth.
Vett miró hacia otro lado, fingiendo desinterés.
—Si no sabría ni repetir su nombre, ¿cómo me va a interesar saber quién es esa? —mantuvo su mirada alejada del comandante—. ¿Quién es? ¿La Vastali encargada de limpiar granjas?
—Ella vigila la vida en la tierra —aclaró Farco, retirando las cadenas que sostenían su coraza de jaspe, y se acomodaba junto a las davenses—.
Es la representación de lo femenino, protectora de la naturaleza y divulgadora de la curación.
Para alguien que se desplaza por los árboles y pasa gran parte de sus días entre lianas y arbustos, es una elección bastante acertada.
Vett miró al comandante. Quiso saber más, pero las imágenes de su pasado comenzaron a colapsar su mente, silenciándola.
Mirad a esa chica, ¡parece un loro!
Un error de Gheva… ¡Su cabello se quedó a medio hacer!
¡Apartaos de ella! No sabemos si es contagioso.
—Estoy maldita y punto —sentenció tras permanecer unos segundos entre sus recuerdos—. La gente se ha encargado de recordármelo desde que era niña.
—¿Y eso le da la suficiente credibilidad para ser cierto? —respondió Farco—. La gente teme lo diferente, y tiende a señalarlo y despreciarlo por miedo.
—¿Qué sabrás tú de ser diferente? —la mirada de Vett reflejaba ira.
Farco arqueó una ceja y se aproximó a la guardabosque. La llama del fuego central iluminó su rostro, mostrando la mancha de nacimiento que ensuciaba casi la totalidad de su cabeza alopécica.
—Sé muy bien de qué hablo —aseguró—. Sé el miedo que siente la gente por lo diferente.
Sé lo que es que ningún niño quiera hablar contigo, que tu mera presencia les genere desprecio.
Que te apedreen, te insulten, te aten de manos y te tiren al río —Farco mantuvo su mirada en Vett durante unos segundos más—. Lo sé muy bien.
La davense permaneció callada, observando al comandante a través de la oscuridad que le ofrecía la capucha.
Su rostro abandonó su mueca de ira para mostrar pesar.
Kayli, impotente ante la situación que había provocado, se acercó a Vett con los brazos abiertos en cruz acercándose poco a poco en busca de un abrazo.
—¿Me perdonas?
Vett la miró durante unos segundos esforzándose por mantener su semblante serio, pero la ternura que emanaba de la pequeña la obligó a sonreír.
—¿Eso es un sí? —quiso saber Kayli, con los ojos vidriosos y aún con sus brazos abiertos.
Vett permaneció seria unos segundos más hasta que, por fin, le correspondió el abrazo a la davense de pecas anaranjadas.
—Anda pequeña, ve con la tía Ilma a descansar un poco —dijo Farco cuando las davenses deshicieron su envoltura—. Ya es tarde.
Kayli asintió y, obedeciendo la petición del comandante, se alejó de ellos. Una vez junto a Ilma, se tumbó a su lado utilizando el lomo de Horos como almohada.
—Ha sido duro, ¿verdad? —preguntó Farco, retomando la conversación con Vett.
—Sí —confesó ella—. A ti parece que te ha ido mejor que a mí.
—¿Eso crees?
—Mírate, eres un comandante de Capital. Alguien importante. La gente te admira y obedece —Vett extrajo uno de sus mechones desde el interior de su caperuza—. Alguien como yo no podría conseguir algo así.
Farco se recostó sobre la pared y cerró sus ojos mientras cavilaba una respuesta.
—Si mis fuentes no mienten, tengo entendido que solo unos pocos logran acceder al cuerpo de guardabosques de Davá —aventuró, abriendo uno de sus ojos para comprobar la reacción de Vett—. ¿No te convierte eso en alguien a quien admirar y seguir?
—No —aseguró—. Si estoy en el cuerpo de guardabosques es precisamente para ocultarme del mundo. No porque nadie me admire.
Farco abrió sus ojos en su totalidad.
—Explícate.
Vett dejó escapar un suspiro. Lo poco que Farco pudo observar de su rostro, se limitaba a aquello que las llamas le permitían ver.
—Una vez al año —comenzó a explicar Vett—, todos los davenses que aspiran a pertenecer al cuerpo de guardabosques se someten a unas duras pruebas.
En quince años, solo cuatro lo hemos superado.
Yo soy la última de los cuatro guardabosques actuales que lo ha conseguido —Vett descendió la mirada—.
Una vez entras, debes olvidar tu vida pasada.
Quién eras, de dónde vienes, tus amigos, familiares…
todo. Debes olvidarte de todo. Te ofrecen la oportunidad de vivir otra vida.
Te bautizan con un nuevo nombre, seguido de un apodo acorde a tu habilidad.
En mi caso, fue Patas de Lince —Vett clavó su mirada en el comandante—.
Por eso decidí ser guardabosques e intentarlo año tras año hasta conseguirlo; para olvidar mi vida pasada.
Nada tiene que ver con la admiración ni servir de ejemplo a nadie.
Los guardabosques somos personas que tratan de renacer y olvidar la vida que el destino les tenía preparada.
—¡Eh, tú! ¡El de ahí! —interrumpió Farco de pronto, llamando la atención de un davense próximo a él—. Acércate.
Un hombre, de no más de cuarenta años a juzgar por las canas incipientes que surcaban su pelo descuidado, clavó sus ojos cansados en el capitense y arrastró sus telas grises a su lado.
—¿Sí, señor?
—¿La conoces? —preguntó Farco, señalando con un gesto hacia Vett.
—¿A Patas de Lince? —Una pequeña carcajada brotó de sus labios ante la evidente respuesta—. ¡Por supuesto! Nuestra salvadora y protectora. Davá le estará eternamente agradecida.
—Bien, eso es todo.
El davense, aún manteniendo su ceño fruncido, abandonó el lugar.
—¿A dónde quieres llegar con esto? —preguntó Vett mirando al comandante que parecía ignorarle.
—¡Eh, tú! ¡El de ahí! —volvió a decir Farco a otro de los davenses—. Acércate.
El davense, como el anterior, obedeció y se aproximó.
—¿Sí, mi señor?
—¿Quién es ella? —preguntó señalando con su mentón a la guardabosques.
—Patas de Lince —respondió incrédulo ante la absurdez de la pregunta—. Gracias a ella estamos todos aquí y podremos vivir un día más.
—Bien, eso es todo.
El davense, aun extrañado, volvió a su lugar. Vett ladeaba la cabeza, mientras los mechones que sobresalían de entre los pliegues de la caperuza bailaban al son.
—Sigo sin entender…
—¡Eh, tú!
—Vale, vale, ya lo entiendo —admitió la guardabosques a regañadientes—. Deja de hacer tonterías.
—¿Te das cuenta, entonces? —preguntó el comandante con una sonrisa cómplice—.
Esta gente te sigue, te admira y te obedece.
¿Por qué? Por salvarles la vida, ni más ni menos.
Aun con tu pelo verde, ellos jamás te olvidarán y tu nombre galopará de generación en generación cada vez que cuenten la historia de como una tal Patas de Lince les salvó la vida —Farco se alzó del suelo de pronto—.
Deja de atormentarte por el pasado y empieza a vivir como la Vett del presente —murmuró antes de retirarse a un lado de la caverna, dispuesto a conciliar el sueño.
Vett se quedó sola, en silencio, contemplando como el aura que emanaba del fuego central bañaba su rostro. Sus ojos ocultos bajo la caperuza comenzaron a humedecerse.
La Vett del presente…