22. Céfiro #2
—Es Vett Patas de Lince —corrigió la davense de cabellos verdes—. Y, como sigas así, a ti te conocerán como Kúdar Cara de Culo, porque eso es lo que pienso hacer, poner tu cara en tu culo de un puñetazo.
Kayli estalló en risas mientras Ilma rodaba los ojos con un suspiro.
—Ellos, aunque a veces no lo parezca, son la élite de Davá —explicó—.
Mis mejores combatientes, al mando de la dirección de los grupos de guardabosques del reino.
Grandes consejeros y leales guerreros. Sin ellos, yo nunca habría sido la reina que alguna vez fui, ni Davá habría sido el grandioso reino que fue antaño.
—He oído hablar de vosotros —respondió el comandante—.
Vuestras hazañas galopan de boca en boca por todo el reino.
Los guardabosques de Davá; el selecto grupo de davenses que, a pesar de ser pocos, consiguen ahuyentar a cualquier enemigo que se atreva a amenazar vuestro reino.
Sabéis que, si quisierais, podríais uniros a las filas de Capital.
Estoy seguro de que os ascenderían a comandante en poco tiempo.
Ilma fulminó con la mirada a Farco.
—Estaba bromeando —confesó el comandante—. Es un honor conoceros en persona.
—El honor es mutuo, comandante —respondió Zalka asintiendo.
—Farco, por favor —aclaró—. Llamadme Farco.
—Me alegra veros de nuevo —intervino Ilma dirigiéndose al líder de los guardabosques—. ¿Dónde habéis estado todo este tiempo? ¿Qué ocurrió tras vuestra huida del reino?
Káman dio un paso hacia la reina.
—Abandonamos Davá junto a los pocos davenses que quedaron con vida durante la invasión, tal y como vos ordenasteis —explicó.
—En nuestra huida —prosiguió Zalka—, algunos perecieron entre la agonía de las llamas y los colmillos de los Hiniur.
Unos quince davenses, incluyéndonos a nosotros, logramos abandonar los dominios del reino y escapar.
Hemos sobrevivido moviéndonos ocultos entre las sombras, evitando las zonas en las que existían posibilidades de encontrarnos con alguna emboscada repentina.
—Vett y yo logramos escapar con una veintena de davenses —declaró Kúdar cruzando sus velludos brazos sobre su pecho—. Sin embargo, tomamos rumbo hacia el oeste. No fue hasta pasados unos días que nos volvimos a encontrar con Káman y Zalka.
—Imaginaos, majestad —intervino Vett extrayendo el cuchillo incrustado en el tronco que previamente había lanzado—. Nueve largos días a cargo de un grupo de davenses hambrientos y muertos de miedo, y del mamut de Kúdar, que engulle como cuatro veces lo de una persona normal.
Kúdar fulminó con su ojo a Vett. Ella le respondió con una mirada igual de desafiante.
—En total, son poco más de treinta davenses los que nos acompañan, majestad —intervino Káman—. Lamentablemente, muchos perdieron la vida durante su huida y otros tantos se dispersaron aterrados, por lo que desconocemos su paradero actual.
—¿Dónde están los davenses que van con vosotros? —preguntó Ilma.
—En una pequeña cueva no muy lejos de aquí —aseguró Zalka—. Están todos a salvo.
—Bien —dijo la reina—. Mostradme el camino hasta ellos.
—¿Cómo sabíais que estábamos aquí? —intervino Farco de pronto frotándose las arrugas de su cabeza desnuda—. Y, sobre todo, ¿cómo sabíais que necesitábamos ayuda?
—Por el olfato —respondió Vett, inflando su pecho, orgullosa—. Percibimos el olor de Ilma en el aire. Sabíamos que estaba cerca.
—¿El… olfato? —preguntó Farco, incrédulo.
—Y el sonido de las pisadas —añadió Zalka, ocultando su rostro de nuevo con la caperuza—. Las pisadas de alguien que sufre un ataque son nerviosas e irregulares. La tierra vibra agitada y las hojas se mecen más violentas. Con los tiempos que corren, intuimos que debía tratarse de un ataque Hiniur.
Farco miró asombrado a los guardabosques.
—No por nada sois los mejores hombres al servicio de Davá —señaló el comandante—. Necesitamos, ahora más que nunca, gente tan diestra como vosotros en la guerra que se avecina.
—¿Qué guerra? —preguntó Kúdar dirigiendo sus ojos de miel hacia su reina.
Con un leve carraspeo, Ilma se aclaró la garganta antes de hablar.
—Mis fieles guardabosques, como sabéis, nuestro hogar ha sido devastado.
Todo lo que alguna vez fue, ha sido reducido a cenizas y muerte.
Pero los cuatro reinos nos hemos reunido y hemos tomado una decisión: seguir la voluntad de Álvar.
Lucharemos por nuestra libertad. Lucharemos por la libertad de la humanidad, tras haber vivido constantemente bajo el peso del miedo que nos transmiten los párrafos de la profecía.
Nos enfrentaremos a Grifford y a todos sus viles vasallos que se atrevan a interponerse.
Capital está reclutando a todos aquellos dispuestos a empuñar un arma, y me gustaría contar con vuestra destreza y valentía en esta causa.
—No lo dude, majestad—respondió Zalka casi de inmediato—. No solo lucharé como guardabosques a vuestro servicio y el de Davá, sino como parte de este mundo y parte de la humanidad.
—Cuente con este viejo tuerto, majestad —intervino Kúdar, dando un paso al frente—. Mi existencia carece de sentido sin un reino que defender. Si vuestra voluntad nos guía hacia la guerra, no dudaré en defenderla, incluso si eso significa despojarme del único ojo que me queda.
Vett se cruzó de brazos, negándose a contestar. Káman, intentó persuadirla dándole un pequeño codazo en el costado.
—¡ Ouch ! —se quejó la joven de cabellos esmeralda—. Está bien, iré. Aunque ello suponga soportar al torpe de Kúdar.
—Cuente con todos nosotros, majestad —sentenció Káman—. Como bien dice Kúdar, nuestra existencia carece de sentido sin un reino que proteger. Si podemos servir a esta noble causa, así lo haremos. De hecho, tenemos información que podría ser crucial y que quisiéramos compartir con usted.
Ilma arrugó su frente.
—¿De qué se trata?
La sonrisa de Káman se intuyó tras la tela negra que cubría sus labios.
—En una de nuestras numerosas incursiones estuvimos cerca de Lenov, frente al que llaman bosque Aurora. Ocultos entre la maleza, pudimos observar cómo su reina, Regina, descendía de los cielos portando varios cadáveres colgados sobre sus brazos.
—¿Cadáveres humanos? —preguntó Farco, tapando los oídos de Kayli.
Káman asintió.
—Eran cuerpos lenovenses, de eso no hay duda, sus ropajes perlados son inconfundibles. Pudimos observar cómo Regina depositaba los cadáveres en el suelo y empezaba a retorcer sus brazos en el aire de forma antinatural mientras pronunciaba algo en otro idioma. Un idioma tétrico y oscuro.
—La lengua de Yavan —aclaró Farco, arrugando la mancha de su frente al contraer sus cejas—. Eso es magia negra.
—Ya están desarrollando sus cualidades de emisario por lo que veo —puntualizó Ilma pensativa—. ¿Qué hizo con ellos luego?
—La piel de los cadáveres se desprendió de su cuerpo, sus músculos se abrieron de par en par y de sus entrañas, emergió un Hiniur —explicó Zalka.
—¿Cómo? —preguntó Farco elevando su voz—. ¿Estás tratando de decirnos que los Hiniur que nos amenazan y nos intentan arrebatar la vida fueron alguna vez personas como nosotros?
Káman asintió.
—Así que esa es la capacidad que posee Regina —puntualizó Ilma, reflexiva—.
Su habilidad como emisario entonces consiste en traer de vuelta a la vida los cuerpos inertes de las personas en forma de Hiniur.
No sé hasta qué punto será capaz de emplear su habilidad a día de hoy, pero si llegara a desplegar todo su potencial, las consecuencias podrían ser catastróficas para la humanidad.
—¿Entonces esa es la razón por la que los Hiniur nunca cesan? —preguntó Farco—. ¿Es por eso por lo que cada vez son más?
Ilma dirigió su atención a Kayli, quien había estado levantando el dedo índice durante un buen rato.
—¿Qué ocurre, pequeña? —preguntó la reina con curiosidad.
Kayli señaló al Hiniur con el pañuelo ocre enroscado alrededor de su cuello y que ahora yacía inerte en el suelo.
—Ese —dijo con un hilo de voz—. Ese es mi papá. Siempre llevaba ese pañuelo en el cuello, nunca se separaba de él.
Todos miraron a la oscura criatura que ahora yacía en el suelo con un perno atravesándole el cráneo de extremo a extremo. El pañuelo que momentos antes lucía amarillo, estaba adornado por pequeñas salpicaduras de sangre provenientes de su herida.
—Ese no es tu papá —explicó Farco mientras le daba un beso en una de las mejillas a la pequeña davense—. Tu papá era un hombre muy bueno y ese es un ser malvado al que jamás debes volver a acercarte.
Kayli asintió, frotándose los ojos con el reverso de su mano para retirarse la humedad que los empañaba.
—Debemos volver a Capital y trasladar esta información —ordenó Ilma alzándose del suelo—. Llevadme hasta los davenses que custodiáis y partamos a Capital todos juntos cuanto antes. La gestación de los emisarios está avanzando a pasos agigantados, no podemos perder más tiempo.