La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 22. Céfiro
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22. Céfiro

L a criatura alzó su brazo y abrió su palma en el aire. Las garras felinas de sus dedos despidieron un pequeño destello antes de precipitarse sobre la niña de cabellos de fuego. La davense, instintivamente, se cubrió la cabeza con sus antebrazos.

Farco se abalanzó de un salto hacia Kayli, envolviéndola con un abrazo en su aterrizaje, usando su propio cuerpo como escudo.

Los Hiniur saltaron sobre el comandante, asestando cuchilladas que impactaron en el jaspe que le envolvía.

Farco siguió abrazando a la pequeña, tratando de abarcar todo el espacio posible, procurando no dejar ningún recoveco por cubrir y por el que pudiesen alcanzarla.

Un haz de luz recorrió la silueta de Farco, cubriéndola con un destello blanquecino cuando las garras lograron quebrar su coraza y alcanzar su espalda.

Uno tras otro, los Hiniur atacaron al comandante, pero este no dejó de proteger a Kayli pese a la insistencia de los semejantes de Yavan por alcanzarla.

Un silbido de esperanza surcó el aire de pronto hasta atravesar el cráneo de uno de los Hiniur, que se desplomó en el suelo sin vida.

Tras el impacto, Horos y Naila se abalanzaron sobre las criaturas que rodeaban al comandante, asestando poderosas cuchilladas al aterrizar, luchando por liberar a Farco de aquellas oscuras bestias que le aprisionaban.

Rápidamente, Ilma extrajo una segunda flecha de su carcaj, la ajustó sobre la cuerda del arco y apuntó hacia un segundo Hiniur. Con una precisión milimétrica, disparó, atravesando el torso del monstruo, poniendo fin a su existencia.

Kayli chillaba angustiada bajo el comandante. Farco no se movía mientras seguía soportando todas y cada una de las garras que aterrizaban sobre él.

—¡Trata de levantarte! —gritó Ilma a la vez que alzaba su arco y apuntaba a las bestias—. Nosotros te cubrimos.

—No… puedo —murmuró Farco con dificultad.

La reina disparó una tercera flecha que derribó a otro de los Hiniur.

—Acabarán contigo antes de que yo pueda deshacerme de todos ellos —indicó la reina colocando una nueva flecha sobre la cuerda del arco—. Tienes que salir de ahí.

La cuarta flecha surcó el aire, encontrando su destino en la garganta de otro Hiniur que se retorció de dolor en el suelo antes de sucumbir.

Varias de las criaturas escamadas que rodeaban a Farco desviaron su atención hacia Ilma.

Emitiendo un gruñido, la marabunta de Hiniur emprendió una carrera colérica hacia donde ella se encontraba.

Un pequeño grupo de ellos se desvió y se abalanzó sobre los felinos, inmovilizándolos contra el suelo cuando estos trataron de defender a la reina.

A corta distancia no podré con ellos, pensó la davense mientras trataba de ajustar una nueva flecha en el arco. Me alcanzarán.

El grupo de Hiniur saltó sobre la reina.

Ilma dejó de tensar su arco y cerró los ojos, dispuesta a recibir el ataque cuando un repentino aluvión de flechas se precipitó desde las copas de los árboles; tres desde la izquierda y las otras tres desde la derecha.

Cada uno de los proyectiles se clavó en un cráneo enemigo, empalándolo en el suelo.

Ilma alzó la vista y sus ojos se encontraron con dos siluetas que colgaban como murciélagos sobre las ramas de los árboles, y que apuntaban con sus arcos hacia los Hiniur que yacían sin vida ahora frente a ella.

Las dos figuras se sostenían sobre las ramas entrelazando sus piernas.

Una de ellas cubría la parte inferior de su rostro con una tela negra, mientras que la otra estaba envuelta en una capa grisácea que se precipitaba hacia abajo como un péndulo.

Casi de inmediato, otras dos sombras descendieron desde los árboles tras Ilma, deslizándose por los troncos como si fueran de hielo.

Una de las siluetas, de imponente constitución, lucía una densa trenza que recogía su melena y que oscilaba como una bandera en su descenso.

La otra silueta, de menor estatura, tenía una coleta alta sobre su cabeza cuyos mechones se mecían al son del viento.

Mientras se deslizaban a lo largo de los troncos, las sombras dispararon flechas que arrebataron la vida de los Hiniur que se abalanzaban sobre Naila y Horos.

Ilma observó cómo cada uno de los nuevos atacantes llevaba atado a su tobillo una liana que se extendía desde el árbol.

Las dos nuevas sombras continuaron su descenso proyectando más de aquellas letales saetas que, una tras otra, colocaban con suma rapidez sobre su arco.

Mientras tanto, las dos primeras sombras, que aún permanecían tendidas boca abajo desde las ramas, iban disparando flechas rematando a los Hiniur que osaban sobrevivir al impacto.

Cuando estuvieron a punto de pisar tierra firme, los nuevos arqueros extrajeron un perno oculto entre sus ropajes. El proyectil era más delgado que los disparados hasta ahora, pero su apariencia era más aerodinámica, con un hilo transparente y afilado atado en su parte posterior.

Nada más tocar el suelo con la punta de sus pies, los arqueros liberaron las flechas hacia el lado opuesto. Los proyectiles cortaron el aire, entrecruzándose en su trayectoria, extendiendo el hilo atado a sus culatas y envolviendo con ellos al grupo de Hiniur.

Cuando apoyaron la totalidad del pie en el suelo, las lianas de sus tobillos se tensaron.

Las ramas que las sostenían cedieron y los catapultaron hacia las copas de nuevo.

A medida que ascendían, el hilo de las flechas que aún sostenían con sus manos se elevó con ellos, tensándose y dibujando la forma de una gran cruz sobre el grupo de Hiniur.

El fino hilo se deslizó a través de los cuellos de las bestias que, tras unos segundos, cortó como la más suave de las mantequillas.

Con una coreografía perfecta, los cuerpos cayeron al suelo y sus cabezas rodaron, manchando la hierba con su sangre.

El haz de luz que rodeaba el cuerpo de Farco se desvaneció, dejando al comandante exhausto sobre el suelo junto a Kayli, quien todavía respiraba aceleradamente cubriéndose la cabeza con los brazos.

—Ya ha pasado todo, pequeña —pudo decir el comandante débilmente.

Los enigmáticos tiradores descendieron desde las alturas, aterrizando junto a Farco y Kayli, dejando tras de sí un rastro de hojas en su caída.

El comandante, aún exhausto, giró rápidamente su cabeza, intentando identificar a aquellos hábiles guerreros cuyos ropajes, diseñados para facilitar su movilidad, los camuflaban perfectamente en el bosque.

A sus espaldas cargaban arcos de grandes dimensiones, pero más estrechos y ligeros de los que acostumbraban a fabricar en Capital.

Uno de ellos era un joven de cabellos pardos.

A su lado, una figura femenina caminaba con un ligero contoneo, con una capa gris que ondeaba tras ella y cuya caperuza ensombrecía su rostro.

De su interior se precipitaba una larga melena de pelo otoñal que se extendía hasta rozar su cadera.

Los otros dos arqueros se quedaron atrás.

Los tiradores avanzaron hacia Farco hasta colocarse frente a él. Kayli, en busca de protección, se aferró al comandante con un abrazo. La joven que ocultaba su rostro con la caperuza se arrodilló hasta quedar a la misma altura que la niña.

—¿Te han hecho daño? —preguntó mientras se retiraba la tela que ocultaba su rostro.

Farco alejó a Kayli de la mujer encapuchada, desconfiado.

—¿Quiénes sois?

—Enemigos desde luego que no, comandante —indicó la voz de Ilma desde atrás de los nuevos visitantes.

Los jóvenes arqueros se giraron y respondieron a Ilma con una pronunciada reverencia. La reina se acercó al grupo, acompañada por los otros dos tiradores y sus fieles felinos que caminaban tras ella.

—¿Ves? te lo dije, estaba segura de que era ella. Su aroma es inconfundible —declaró la joven de menor estatura, con su cabello esmeralda brillando con cada paso—. Estás mayor y tu olfato ya no es el mismo, deberías aceptarlo de una puñetera vez.

El hombre de gran constitución que caminaba a su lado acariciaba la cabeza de Horos mientras avanzaba.

—Tienes razón, discúlpame —reconoció, sin apartar su único ojo del felino de pelaje azabache—. Mi olfato ha debido obstruirse por la exposición constante a ese aroma fétido tan característico tuyo.

—¿Cómo dices? —bramó la chica, cerrando su puño con fuerza.

Horos se interpuso entre ambos y Naila mordió la capa de la chica evitando que el puñetazo no aterrizara en su compañero.

—Me alegra veros con vida, majestad —dijo la joven de la capa gris, ignorando a sus compañeros.

—Es mutuo Zalka, aunque nunca tuve dudas de que nos volviésemos a ver —respondió Ilma—. ¿Hay más supervivientes?

—Nos acompaña un pequeño grupo de davenses —respondió el chico que ocultaba sus labios tras la tela negra—. Pero muchos han perecido en el camino.

El comandante se alzó del suelo por fin, sacudiéndose la tierra que manchaba su armadura.

—Esas Bendiciones que utilizáis tienen una gran desventaja, comandante —bromeó Ilma dirigiéndose a Farco—. Aunque debo reconocer que te has recuperado antes de lo que esperaba.

—De nada, majestad —respondió Farco, dedicándole una irónica reverencia.

Ilma sonrió.

—Gracias por tu valía hoy, Farco —empleó un tono serio de nuevo—. De no ser por ella, quizás nuestro grupo sería más reducido ahora.

Farco acarició la cabeza de Kayli y asintió.

—Simplemente cumplía con mi deber. Pero, dejando los cumplidos a un lado, me gustaría conocer los nombres de los héroes que hoy nos han salvado. El mérito aquí es de ellos.

El chico con el rostro cubierto dio un paso al frente.

—Yo soy Káman, señor —se presentó—. Káman Aullido Lunar. Ella es Zalka, mi hermana y mi más fiel compañera de viaje.

—Un placer —al hacer una reverencia, la melena de la mujer se precipitó como una cascada ante su rostro.

—Yo soy Kúdar, Piel de Roble —dijo el davense del parche en el ojo—. Y ella es Vett, nuestra mascota.

Un pequeño cuchillo cortó el aire por delante de Kúdar, rozando suavemente su nariz antes de impactar contra el tronco que había a su lado.