La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 21. Fronda
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21. Fronda

¿F alta mucho? —preguntó Kayli, deslizando el dorso de su mano por su frente sudorosa—. Tengo sed.

Ilma se tornó hacia Farco, esperando que fuera él quien respondiera a la pequeña davense.

El comandante soltó un suspiro de resignación y se acercó a Horos, quien cargaba a la niña de cabellos bermellón sobre su lomo.

Dirigió su mano enlatada en jaspe hacia el mentón de Kayli y le hizo una mueca cariñosa.

—¿Estas muy cansada, pequeña? —preguntó.

—Muy, muy.

—¿Ves aquel monte a lo lejos? —señaló la gran cadena de montañas que se erguía en la lejanía—. Son las Montañas Tortuosas.

—¿Hasta allí tenemos que ir? —se quejó Kayli entre resoplidos.

Farco soltó una carcajada.

—No exactamente —aclaró, retirándose él también el sudor que perlaba su alopécica frente—. La cueva que buscamos está al oeste de Yombeka, al final de la llanura. Pero si podemos ver las Montañas Tortuosas desde aquí, significa que nos falta muy poco para llegar a nuestro destino.

—¿Y cuánto es muy poco?

El comandante levantó la mirada buscando apoyo en los ojos de Ilma, pero la reina sonreía, esperando ansiosa ver como él le explicaría ahora a Kayli que todavía tendrían que caminar el resto del día para alcanzar su destino.

Un nuevo suspiro se escapó de entre labios de Farco.

—Está bien, está bien —dijo por fin—. Tú ganas, descansaremos.

—¡Bien! —exclamó Kayli, levantando sus brazos al cielo.

—Pero solo un poco, ¿eh?

—¡Sí! —asintió la pequeña—. Solo un poquito de nada.

Farco se resguardó del sol colocando su mano como una visera sobre los ojos.

—Allí, colina abajo. Nos desviaremos un poco para descansar a la sombra de los árboles.

Kayli se tendió sobre el lomo de Horos y acarició el pelaje atigrado de su costado.

—¡Vamos Horos! ¡Corre!

El felino tornó su cuello hasta mirar a la niña y pareció brindarle una sonrisa mientras aceleraba su paso, adelantándose al grupo.

A medida que Horos galopaba colina abajo, el paisaje iba ensanchándose.

La presencia de flores y hierba fresca fue en aumento cuanto más descendían.

Una fina capa de verde cubrió el suelo por completo cuando alcanzaron la falda de la falla.

Horos, aun sin presentar síntomas de agotamiento, detuvo su carrera.

—¿Es aquí? —preguntó Kayli con un brillo en sus ojos.

—Efectivamente —respondió Ilma mientras se aproximaba a ella—. Esto que ves es la entrada del bosque.

Kayli desmontó del felino, acercándose a la sombra de los troncos cercanos a la entrada del bosque.

El lugar lucía desahogado, su escasa vegetación consistía en pequeños arbustos que exhibían bayas y frutos silvestres.

Los pocos árboles que allí se alzaban presentaban frondosas copas que ofrecían una agradable sombra bajo su cobijo.

—Espera, Kayli —la llamó Ilma, deteniendo su carrera—. No entres todavía, no sabemos si es seguro.

La reina alzó la mano dirigiendo su dedo índice hacia el firmamento. Tras unos segundos envueltos por los sonidos del bosque, un pequeño jilguero salió despedido de la copa de un árbol cercano. El pajarillo surfeó el cielo hacia Ilma hasta posarse en la falange de su dedo.

La reina acercó con suavidad al pequeño pájaro de alas doradas y cabeza bermeja hacia la gema de su corona y lo mantuvo allí durante varios segundos, piel contra plumas, mientras permanecían con los ojos cerrados dejando que la conexión entre ambos fluyese.

La suave brisa acarició sus cabellos. El silencio que inundaba el bosque y la paz que parecía estar sintiendo el jilguero al entrar en contacto con Ilma otorgaron a aquel momento un aura especial.

Poco a poco la reina abrió los ojos, y con ella, el pequeño pajarillo, que la observó a medida que sus frentes se despegaban.

—Gracias por tu consejo, pequeña hija del viento —susurró la davense impulsando su mano hacia el cielo, dejando que el ave retomase el vuelo.

—No por nada te conocen como “aquella que susurra a los bosques”—comentó Farco, abandonando su asombro—. Siempre he pensado que tu habilidad debe tratarse de algún tipo de Bendición —el comandante soltó una pequeña risotada—. ¿Estás completamente segura de no tener descendencia capitense?

Ilma rodó sus ojos, como desoyendo el comentario de su compañero.

—Me ha asegurado haber visto pequeños grupos de Hiniur por los alrededores estos días —explicó la reina—. Pero nunca dentro del bosque. Podemos adentrarnos y darnos un respiro.

—¡Todo el mundo a descansar! —exclamó Kayli mientras emprendía una carrera hacia la espesura.

Farco, Ilma y los dos felinos la siguieron.

—Quizás no va a ser mala idea esto de desviarnos —dijo Ilma, retirándose la caperuza grisácea que cubría su cabeza—. Los arbustos están repletos de bayas. Por primera vez en días, saciaremos nuestro apetito como es debido.

Farco se giró hacia ella con el ceño fruncido. Los rayos de sol que lograban colarse a través de las copas de los árboles iluminaron la marca de nacimiento que se extendía por su cabeza pelada.

—No tardéis en comer —exigió, acercándose a uno de los troncos cercanos y apoyando contra él los dos escudos que cargaba—. Todavía tenemos camino que recorrer.

—¡Comida! ¡Comida! ¡Comida! —canturreó Kayli emocionada, mientras se aproximaba a uno de los arbustos y arrancaba varias bayas de cuajo.

Horos y Naila se acomodaron junto a Farco quien, tras depositar allí sus dos escudos, decidió tumbarse también bajo el amparo que le ofrecía el bosque.

Ilma se sentó al lado de Kayli mientras ésta devoraba los frutos recién recolectados de dos en dos, metiendo una baya en su boca cuando aún masticaba la anterior.

—Despacio, pequeña —le aconsejó Farco, tumbado desde el otro lado—. Te vas a atragantar.

—¡Rico! —afirmó Kayli, sonriendo hacia el capitense con el contorno de la boca repleto de jugo.

—Pruébalas, Farco —invitó Ilma, extendiendo unos cuantos frutos con la mano—. Están dulces.

—No tengo apetito —confesó él—. Esperaré a que acabéis y emprenderemos la marcha de nuevo. No podemos perder más tiempo.

Kayli curvó su boca manifestando así su desacuerdo con la urgencia que exigía el comandante. Ilma se acercó a ella, regalándole un beso en su mejilla mullida.

—¿Quieres saber un secreto? —susurró cerca del oído de la niña.

La pequeña abrió sus ojos y asintió repetidamente con entusiasmo.

—Come despacio. Cuanto más tiempo te tomes para comer, más tiempo nos quedaremos descansando aquí.

Kayli se cubrió la boca con la mano, tratando de contener su risa traviesa. Tras ello, volvió a abrirla todo lo que pudo, acercándose lentamente la siguiente baya, cuando un desgarrador sonido inundó el bosque, sobresaltándola, y haciendo que dejara caer las bayas al suelo fruto de la sorpresa.

La niña escudriñó su entorno, tratando de descubrir el origen del sonido, pero no encontró nada. El estruendo resonó de nuevo, aún más ensordecedor que antes. La pequeña buscó a Ilma con ojos llenos de temor, y la reina señaló a Farco con su dedo índice.

—¿Está roncando? —preguntó Kayli en un susurro.

Ilma asintió con una sonrisa tan amplia como la que se dibujaba en el semblante de Kayli y que contraía las pequitas anaranjadas que adornaban su nariz.

—Se ha quedado dormido.

—¡Dormir! —exclamó Kayli, recostándose sobre la hierba.

—Shh, no lo despiertes o nos obligará a continuar la marcha.

Kayli puso un dedo sobre sus labios, intentando contener su propio tono de voz al hablar.

—Aprovecha y duérmete tú también —aconsejó Ilma.

La pequeña asintió. Con pies cautelosos, se acercó al tronco donde el comandante ya navegaba a través del mundo de los sueños y se acostó junto a Naila y Horos, buscando refugio en su calor corporal.

Poco a poco, Kayli se dejó seducir por el cansancio que sentía hasta que el sueño acabó por ganarle el pulso a ella también.

Aquella siesta se prolongó más de lo esperado.

Un poderoso atardecer bañó el paraje de tonos otoñales, coloreando las hojas de un rojizo dorado que pareció envolverlas en llamas por un momento.

Ilma y Farco continuaban inmersos en un sueño profundo, incapaces de disimular el agotamiento que los acosaba tras varios días de viaje.

Kayli fue la primera en despertar. Sobresaltada, escrutó su entorno teniendo esa extraña sensación de estar siendo observada, de que algo, en algún lugar entre la penumbra, la acechaba.

Aun sin estar segura de sí se encontraba realmente despierta o si aquello era parte de un sueño, entornó los ojos, tratando de discernir la realidad.

A pesar de tener los parpados a medio abrir pudo distinguir, en el follaje del bosque que la rodeaba, las jugosas bayas que lo adornaban e incluso robustas siluetas que reconoció como los troncos de los árboles.

Pero en aquella oscuridad había algo más.

Algo que se aproximaba hacia ella con ojos de fuego y hambre voraz.

Un semicírculo de pequeñas esferas escarlata, que flotaban en el aire a su alrededor.

Kayli abrió completamente sus ojos, solo para encontrarse con una treintena de Hiniur que avanzaban sigilosos hacia su posición.

El miedo se apoderó de ella, dejándola paralizada y con un ligero tembleque que recorrió su cuerpo. No gritó, no lloró, ni siquiera despertó a sus amigos en busca de ayuda. Permaneció absorta, tratando de asimilar como la muerte se aproximaba hacia ella con patas carbónicas y ojos de ascuas.

Una de aquellas criaturas portaba un pañuelo ocre atado alrededor de su cuello.

Kayli sintió que su corazón daba un vuelco al verlo.

Se levantó del suelo y se acercó a la bestia, atraída por la familiaridad que le suscitaba aquella prenda.

Una de sus torpes pisadas hizo crujir unas ramas en el suelo, que sacaron a Farco de su trance por un momento.

Kayli se detuvo a escasos centímetros del monstruo. Levantó la mirada y una cascada de densa pasta negruzca y maloliente se deslizó por las comisuras de la criatura, empapando a la davense por completo.

—¿Papá? —preguntó Kayli, retirándose la viscosidad de la cara—. ¿Eres tú?