20. Engendro
N o… no puede ser —murmuró, pálido—. Eso no será lo que parece, ¿verdad, Cincela?
Ella estaba encorvada, apoyando una mano contra la pared, intentando encontrar así su punto de equilibrio. Con la mano contraria acunaba su vientre, aliviando el peso que cargaba.
—¿Y qué es lo que parece, Verso? —escupió una nueva mancha viscosa que impactó contra el suelo—. Explícamelo maldita sea, porque no sé qué parece.
Con pasos sosegados, Cincela se dirigió hacia la comodidad de su cama. Cada paso le exigía un esfuerzo mayor que el anterior. Algunos hilos de viscosidad quedaron en sus labios, vibrando con cada nuevo jadeo. Otros, se deslizaron por sus comisuras, impactando contra la blusa.
—Parece… —Verso caviló sus palabras antes de hablar. Temblaba—. Parece que…
Cincela se volteó hacia él, su cabello dorado acarició su rostro. Los mechones frontales se bifurcaron en dos, revelando su ojo carmesí, que lo miró con un halo siniestro más intenso del habitual.
—¿Que estoy gestando a uno de ellos? —dijo, acabando la frase—. Es eso lo que parece, ¿verdad? ¿Es eso lo que ibas a decir?
—Bu-bu-bueno… no es así como yo lo hubiese dicho pero…
—¿Pero qué? —sus colmillos se extendieron más allá de su boca, curvándose al sobrepasar el mentón—. ¿Pero qué, Verso? ¿Podrías acabar una maldita frase por una vez en tu miserable vida?
El aprendiz dio un par de pasos en su dirección. Se detuvo cuando Cincela se mordió la manga de su blusa ahogando allí sus gritos de agonía, silenciándolos, tratando de no alertar a los guardias.
Las lágrimas surcaron las mejillas del aprendiz.
—¡Pero no lo entiendo Cincela! —elevó su tono—. Se detuvo la germinación, se te aplicó el Éfir y se hizo lo que Álvar dijo. No deberías estar… —calló unos segundos—. Engendrando a uno de ellos.
La lenovense se irguió dificultosamente, con la respiración entrecortada, como quien acaba de emprender una carrera.
—¿No debería? —Cincela soltó una carcajada.
Su tono era el de un monstruo, y sus colmillos brillaron a la escasa luz que se colaba en la habitación—.
O quizás sí. Quizás siempre fui uno de ellos.
Quizás debería acostumbrarme a esta nueva forma.
A esta nueva yo. Quizás, mi destino siempre ha sido este, Verso —alzó su mano, observando cómo, poco a poco, las yemas de sus dedos se tornaban negras—.
Sí, eso es. Debo aceptar mi nueva yo. Dejarme llevar por su poder.
Quizás así no sienta este dolor. Quizás este sufrimiento se intensifica cuanto más trato de contenerlo —acarició su abdomen con una ternura poco habitual en ella—.
Él solo quiere salir. Ver el mundo y conocerlo, como cualquier otro niño.
Es mi bebé. Mi pequeño ¿Cómo mamá no se ha dado cuenta antes, mi amor?
La tripa de Cincela palpitó con fuerza como respondiendo a su voz. Verso cerró su puño, nuevas lágrimas silenciosas acariciaron sus mejillas mientras observaba impotente la aberración en la que se había convertido aquella chica que alguna vez le suscitó ese mariposeo que tanto echaba en falta.
—Se está apoderando de ti —afirmó con un deje de tristeza en su voz—.
No eres tú quien habla, el mal está llegando a tu alma —las manos de Verso temblaron incontrolablemente—.
No, esta no eres tú. Esta no es Cincela —ladeó la cabeza con ímpetu—.
A cada día que pasa, esa… cosa te absorbe un poco más —se llevó la mano al pelo, arrugando su flequillo con desespero—.
¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¿Cómo he dejado que algo así te pasara?
¿Qué clase de consejero soy? ¿Qué clase de amigo soy?
Cincela volvió a encogerse asestando un contundente golpe a la pared, silenciando nuevamente sus gritos sobre la tela de su manga.
—¡Quema! —volvió a ahogar un grito en su blusa—. ¡Cállate! ¡Cállate ya! —las puntas de sus dedos, ahora negras y afiladas, penetraron levemente contra su vientre, rasgándolo. Delgados hilos de sangre oscura brotaron de las heridas—. ¡No te soporto! ¡No te aguanto más! ¡Cállate!
Cincela se llevó ahora la mano hacia su costado. Se palpó la cadera hasta notar la funda de cuero donde guardaba su faca. La desenvainó, el filo brilló. Los ojos de Verso se abrieron como lunas al reconocer el arma.
—Quema… Quema… —susurró, arrugándose en una mueca de dolor mientras dirigía el filo de la faca hacia su tripa—. Ya… no me molestarás más.
Verso corrió hacia ella, abalanzándose contra la mano que empuñaba el arma. La Hiniur frunció el ceño ante la reacción del clérigo. Verso pudo apreciar una mirada repleta de ira, pero cuyo interior reflejaba la aflicción que soportaba en sus entrañas.
—¡No! —gritó él, sosteniendo con ambas manos el brazo oscuro de Cincela—. ¡No lo hagas!
—¡Suéltame, imbécil! —Cincela tiraba con fuerza, tratando de deshacerse del aprendiz—. Voy a acabar con esto aquí y ahora.
—¡Perderás la vida tú también! Y no puedes hacer eso —a pesar de la fuerza de los zarandeos que ejercía Cincela, Verso no soltó el brazo en ningún momento—. Te necesitamos. Te necesito. ¿Qué pensará tu padre? ¿Qué pensaría Azhna?
Cincela detuvo su forcejeo de pronto. La faca cayó de su mano, impactando contra el suelo. Verso se separó de ella.
Azhna… susurró. Abuelo Azhna…
Las venas que descendían hacia el vientre dejaron de palpitar, ocultándose bajo su piel.
Los colmillos de Cincela se retractaron, adoptando su tamaño natural.
El tono de su voz comenzó a afinarse, adquiriendo el tono angelical que solía tener.
Su piel oscura se fue desvaneciendo hasta teñirse de la claridad habitual.
—¿En qué estaba pensando? —se sentó en la cama, con su mirada posada en el infinito—. Verso, perdóname. Yo… no entiendo…
Él jadeaba entrecortadamente, con su mirada clavada a su vez en Cincela. Su flequillo estaba desbaratado y húmedo por el sudor del esfuerzo.
—Pídeme adentrarme en un bosque del que no se pueda salir —su voz sonó ligeramente quebrada—.
Pídeme que abandone mi hogar, que me enfrente a una profecía que amenaza con extinguirnos.
Incluso que no me acerque a ti nunca más —dejó pasar unos segundos de silencio—.
Pero no me pidas presenciar tu muerte —se limpió la humedad de sus ojos con la manga de su túnica—. Eso jamás lo soportaría.
—Yo… —Cincela no daba crédito a lo que acababa de pasar—. Esta cosa se apodera de mí, Verso —su voz sonaba dulce de nuevo, calmada y relajada—. La comandante tiene razón, soy peligrosa. Si esta cosa me domina por completo, no sé de qué sería capaz.
—Para empezar, no deberías tener esa cosa ahí.
—Pero la tengo, Verso —los ojos de Cincela se humedecieron mientras rozaba con sus dedos las escamas de su cuello—. Ni con todo se ha podido paliar el efecto de la germinación. Grifford ha ganado, ha conseguido lo que quería. No podemos pararlo, la profecía se cumplirá.
El aprendiz se sentó en la cama junto a ella. Acercó su mano hacia la blusa de Cincela que se arrugaba mostrando su tripa. Tiró de ella hacia abajo, acomodándosela, ocultando el vientre al mundo.
—¿Desde cuándo llevas soportando esto? ¿Por qué no nos lo dijiste antes?
—Conoces a mi padre —Cincela se secó la humedad de sus ojos con el dorso de la mano—. Él no lo entendería.
El aprendiz sopesó su respuesta antes de hablar. En su mente se agolparon un sinfín de preguntas.
¿Cómo había logrado Grifford germinar a Cincela? ¿Y qué hay del Éfir suministrado? ¿Era Cincela ya uno de ellos? ¿Es demasiado tarde?
Sin embargo, el afecto que Verso sentía por la joven le obligó a morderse la lengua y a ahogar su curiosidad.
Insistir en preguntas que ni ella sabía responder solo contribuiría a generar una preocupación innecesaria, y aquel no era el momento oportuno para formularlas.
Sabía que aquello que Cincela necesitaba en ese instante era la ayuda de su amigo, nada más.
Quizás algún comentario tonto de aquellos que solían provocarle una sonrisa la ayudarían a olvidar.
—Cierto es —dijo asintiendo—. Conociéndole, saldría de Capital y se adentraría él solo en Lenov en busca de Grifford —Verso se inclinó ligeramente, buscando con la mirada los ojos de Cincela ocultos bajo su cabello.
Ella le miró, extrañada. Él sonrió—. Pero yo no soy él.
Después de todo, aún sigo siendo tu consejero.
Cincela suspiró, aliviada y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—No sé qué haría aquí sin ti —dirigió su mirada hacia las manos, comprobando que ya no lucían escamadas—. Siento todo esto que está pasando.
—Estoy a tu lado, pase lo que pase —dijo al instante—. Estamos juntos en esto.
—En efecto, ahora lo estamos —aseguró Cincela—. Y es lo que más me duele de todo esto.
Verso frunció su ceño ante la firmeza de aquellas palabras.
—¿Qué quieres decir?
—Hay una cosa… que debo pedirte —confesó ella mirando hacia el objeto brillante que descansaba en el suelo—.
Llegado el momento, cuando esta cosa vea la luz, quiero que te la lleves lejos —se levantó de la cama, dirigiéndose hacia donde sus ojos se posaban.
Se inclinó para recoger la faca, que reflejó por un momento su rostro, y se volteó hacia Verso, ofreciéndosela—. Y que te deshagas de ella para siempre.
Verso se echó para atrás de un sobresalto, como huyendo del filo que parecía devolverle la mirada.
—¡Pero Cincela! Sabes que no puedo hacer algo así —un temblor evidente recorrió su cuerpo—. La guerra nunca fue para mí, soy incapaz de quitarle la vida a nadie —él la miró, sus ojos reflejaron el terror que sentía—…No puedo.
—Es la única manera que tenemos de detener la profecía, Verso ¿no te das cuenta? —insistió Cincela, aún con el brazo extendido ofreciendo el arma—. Si queremos salvar a la humanidad, debes deshacerte de esta cosa llegado el momento.
El clérigo posó su mirada en el filo del arma nuevamente, tratando de asimilar aquella comprometida petición.
—Siento someterte a esta carga, pero si queremos tener una posibilidad, todo depende de ti —Cincela hizo una pausa—. Tú serás el salvador de la humanidad.
Verso se alzó de la cama de un salto.
—¿El salvador de la humanidad? —se llevó una mano a la frente, incrédulo—. Cincela, mírame. Soy un mero aprendiz clerical de Lenov, soy inexperto, débil, cobarde… No puedo cargar con ese peso.
—Lamento que las cosas se hayan tornado así, Verso.
Yo tampoco hubiese querido perder mi hogar, o a mis abuelos —se apartó el pelo dorado con una mano, mostrando su marca—.
O cargar con esta maldición que me está matando a cada momento que pasa —volvió a soltar sus cabellos, que le taparon medio rostro—.
Pero las cosas han venido así y no tenemos más remedio que afrontarlas.
Solo voy a pedirte que seas valiente esta vez y, llegado el momento, acabes con todo esto para siempre.
Verso suspiró.
—Por favor.
El aprendiz dejó escapar un suspiro, más profundo que el anterior. Acercó su mano temerosa a la de Cincela hasta sostener el mango del arma.
—Haré… lo que pueda —aseguró, sonando lo más convincente posible, ocultando la faca en el interior de sus ropajes—. Pero no te prometo nada.
Cincela sonrió.
—Podrás hacerlo, estoy segura.
—¡Eh, muchacho! —dijo una voz tras la puerta—. ¡Sal de ahí de inmediato!
Los guardias accionaron la manivela que sellaba la puerta desde el exterior. Al abrir el portón, se adentraron en la habitación como una estampida.
—¡Discúlpenme! Iba a salir ya… tan solo ha sido un momento.
—Ha sido culpa mía —confesó Cincela mirando fijamente los ojos ocultos tras los yelmos—. Ha entrado para darme unas medicinas que han elaborado especialmente para mí, pero ya se marchaba.
Los guardias deshicieron su postura amenazante, adoptando una más relajada.
—Está bien —dijo uno de ellos de pronto—. Pero debes salir ya, joven. Son órdenes de nuestra comandante.
—¡Inmediatamente!
Verso dirigió una última mirada a Cincela antes de que los guardias se colocasen tras él, interponiéndose en su campo de visión. Ella le dirigió una mirada igualmente cómplice. La puerta se cerró.
Confío en ti.