19. Discordia
L as pisadas se sentían cada vez más cercanas. La celda parecía temblar con cada nuevo paso que daba. De pronto, reinó el silencio.
Alina abrió su bolsa de cuero e introdujo su mano en el interior, preparándose para un ataque inminente. Azava mantenía su ballesta apuntando hacia el cristal, el haz de luz de sus párpados desafió la luz rojiza que emanaba de los fulgiópalos circundantes.
Por un momento, solo se escuchó la respiración acelerada de Korvin y el tintineo de las gotas que impactaban contra el suelo.
Tras aquellos segundos de tensión, una cabeza escamada emergió desde la esquina superior del marco del cristal.
Sus ojos carmesíes destellaban con una intensidad tal que lograron eclipsar la luz procedente de los fulgiópalos.
Al entreabrir sus fauces, reveló unos colmillos que parecían esculpidos por el mismo Yavan.
Cuernos aguzados adornaban el contorno de su cabeza, unidos por una membrana casi transparente.
La criatura mantuvo su mirada fija en las comandantes hasta que, segundos después, volvió a ocultarse entre las sombras del pasillo.
—Korvin —susurró Alina—. ¿Qué clase de kyano era ese?
—No es un lagarto, hermana —intervino Azava intensificando la luz que bañaba sus ojos—. Eso era un Hiniur.
—¡Hiniur! ¿Aquí? —exclamó Korvin tembloroso—. ¡Imposible! nunca ha habido en la isla.
—Ahora sí —respondió Azava con firmeza—. Reconocería esos patrones caloríficos en cualquier parte.
Un puño de gran tamaño golpeó el cristal, agrietándolo en un centenar de ríos que surcaron el vidrio.
Korvin y las dos comandantes dieron un paso atrás instintivamente.
Tras el puño, la cabeza de aquel Hiniur apareció nuevamente, su hálito putrefacto empañó el cristal cuando pareció, por un momento, que sonreía.
Su puño volvió a impactar contra el vidrio, resquebrajando el cristal en infinidad de surcos que ocultaron lo que había detrás.
—Hermana, ¿crees que podrías inmovilizarlo? —preguntó Azava, apuntando hacia el cristal.
—No sé si podré con un Hiniur de tal tamaño —confesó, extrayendo de su bolsa varias agujas que colocó entre sus dedos—. Pero lo intentaré. ¿Cuáles son sus puntos más calientes?
La luz de Azava pareció intensificarse más.
—La zona del corazón y la cabeza, como cualquier Hiniur común.
—Bien, creo que podré hacerlo.
Azava giró su cabeza levemente hacia el kyano, asegurándose de que su voz llegaba a sus oídos.
—Lagarto, ¿qué tal se te da correr?
—¿Co-co-correr? —tartamudeó—. No, no, no. Esto está mal. No debería morir así, no debería abandonar el mundo con sufrimiento. He esperado tantos años para una muerte en paz…
—Cállate y escucha —le interrumpió Azava—. Vas a correr, vamos a salir de aquí vivos. No te despegues de mí. ¿De acuerdo?
—Pero el Hiniur…
—¿DE ACUERDO?
Korvin asintió repetidas veces. El puño volvió a impactar una vez más, cortando la conversación e inundando la celda con infinidad de cristales.
Sin duda era el Hiniur más alto y corpulento que jamás habían visto.
Los cuernos que circundaban su cabeza estaban plegados tras ella.
Sus ojos de sangre se posaron en Azava, quien daba pasos hacia atrás, incitando a la bestia a adentrarse todavía más en la habitación con un gesto de sus dedos.
—Vamos chiquitín, sígueme —dijo la comandante manteniendo sus ojos de luz clavados en la bestia.
El Hiniur se aferró al marco de la entrada para ayudarse a acceder al interior, clavándose los cristales que aún quedaban adheridos al hueco, y que pareció no sentirlo.
—Un poco más —susurró Azava mientras retrocedía progresivamente—. Eso es… un poco más.
La inmensidad del cuerpo del Hiniur inundó la celda, con cuernos plegados y sus ojos clavados en la comandante. Un gruñido vibrante y gutural resonó desde su garganta, como el de un león hambriento que logra dar caza a su presa por fin.
—¡AHORA!
De uno de los lados, entre la penumbra, Alina saltó hacia el gigante, incrustándole una de sus agujas en un punto concreto del cuello.
Fue entonces cuando el brazo izquierdo de la bestia se paralizó, impactando bruscamente contra el suelo como si estuviese hecho de la roca más maciza.
La mitad de su rostro parecía haber perdido fuerza, pues el lado derecho de sus fauces caía ahora hacia abajo, sin vida, revelando sus colmillos amarillentos.
Aparecieron entonces más semejantes de Yavan tras el monstruo.
Hiniur comunes, de piel escamada del color de la noche, ojos carmesí y aguzadas garras.
Azava accionó su ballesta, abatiendo a todo aquel que se atrevía a entrar en la celda.
Korvin temblaba, ocultándose tras la espalda de la comandante.
—Tenemos que salir ya —ordenó Azava—. No podré retenerlos durante mucho más tiempo.
Con la agilidad de un felino, Alina trepó por el brazo sin vida del engendro.
Alcanzó su hombro, desde donde se impulsó hasta su cabeza, incrustándole una aguja más en el centro de su frente.
El Hiniur se desplomó contra el suelo, agrietando las baldosas en su impacto.
Su cuerpo, rígido y agarrotado, se convulsionaba intermitentemente.
—No durará mucho así —advirtió tras descender del Hiniur de un salto—. Debemos darnos prisa.
Azava se abrió paso al exterior de la celda.
Uno tras otro, iba introduciendo los pernos en su ballesta, perforando a todo aquel que se interponía en su camino.
Atravesaron el pasillo y lograron ascender por las escaleras dejando un rastro de muerte en su avance, hasta que pisaron la sala principal del palacio.
Allí, junto a la entrada, estaban Krib, Bronk y varios guardias de aletas anaranjadas. Shaila se ocultaba tras ellos tapando la herida que sufría en su costado con una mano.
—¡Matadlos a todos! —gritó, sus aletas rosadas abriéndose en su totalidad—. ¡No dejéis ni uno con vida!
—Mi señora, son demasiados —aseguró Bronk, asestando latigazos a todo aquel que pretendía entrar dentro de palacio—. No podremos con ellos. Ya han caído muchos de los nuestros, la isla está repleta de cadáveres.
—¡No digas sandeces! —gritó Shaila—. Accionad los pozos, inundad todo el reino ¡Que sufran la ira de nuestro imperio!
—Pero señora —dijo Bronk, titubeante—. Eso también mataría a los nuestros.
—¡La única vida que importa es la mía! —reprochó Shaila—. ¿O acaso estas negándote a cumplir mis órdenes, maldita rata inmunda! ¡Hazlo! No voy a perder mi vida aquí.
Shaila se irguió de pronto al notar una leve presión tras su cabeza.
—O quizás sí —respondió Azava, apoyando la punta de su ballesta sobre la nuca de la kyana.
—Mi señora, ¡las niñas terrestres! ¡Están ahí! ¡Han escapado!
—Ya lo sé, idiota ¿Acaso crees que no he notado la flecha que me apunta la cabeza?
Bronk se acercó a su líder, queriendo socorrerla.
—Yo que tú no me movería —advirtió Korvin emergiendo tras la espalda de Azava—. Esta terrestre tiene muy malhumor y no dudará en disparar.
—Seguid repeliendo a los Hiniur —ordenó Azava—. Y alejaos de ella.
Los Kyanos bajo las órdenes de la soberana dudaron, aún manteniendo sus ojos en Shaila en busca de su aprobación.
—¿A qué estáis esperando? ¿Queréis que me perforen la cabeza? ¡Haced lo que os dice, maldita sea! —gritó una histérica Shaila.
Tanto Bronk como Krib salieron al exterior del palacio junto a los guardias, repeliendo a los Hiniur que trataban de adentrarse en las fauces del reino.
—Vaya, vaya, hoy debo estar de buen humor —se burló Azava imitando el tono de voz de Shaila—. Porque estoy dispuesta a concederte el privilegio de unas últimas palabras —la comandante ahondó el perno un grado más sobre la nuca de la líder kyana—. ¿Y bien?
Shaila soltó una carcajada que cortó en seco al notar el dolor de la herida que sufría en su costado.
—Vaya, vaya, vaya. Que niñas tan problemáticas —dijo, volteándose levemente, para mostrar su perfil a la comandante —.
Adelante, dispara. Acaba conmigo si es lo que deseas.
Pero me pregunto cómo haréis para escapar del reino sin nosotros.
¿Sabéis llegar hasta vuestro barco? ¿Podréis lograrlo sabiendo que los Hiniur invaden la isla?
Y suponiendo que aun así lo consigáis… ¿conocéis el camino de vuelta a Capital?
Azava descendió su ballesta ligeramente mientras asimilaba las palabras de Shaila. La kyana sonrió.
—Me lo temía.
—¿Quién te ha dicho que te muevas? —replicó Azava ejerciendo nuevamente presión con la boca de su ballesta sobre la kyana.
Shaila volvió a mirar al frente, sonriente.
—Si tienes que disparar, hazlo ya. Si entran los Hiniur a palacio, no tendréis donde huir —se escuchó un fuerte rugido proveniente del subsuelo, seguido de un temblor—. Vaya, ¿no os habéis deshecho del grandote que bajó a las mazmorras?
—Hermana, tiene razón —intervino Alina—. Sin su ayuda, no podremos salir de aquí.
Azava titubeó durante unos segundos. Chasqueó la lengua, frustrada y descendió su ballesta. Shaila se giró completamente hacia la comandante clavando sus ojos en ella.
—Hay un pasadizo que conduce directamente a puerto, vuestro barco esta allí.
—Muéstranos el camino —dijo Alina—. Iremos todos a Capital, nos refugiaremos allí.
Tras unos segundos tratando de apaciguar su ego, Shaila asintió.
—¡Bronk! ¡Krib! —bramó—. Nos vamos.
Ambos sirvientes, junto a algunos guardias, se adentraron en el interior del palacio nuevamente, asestando latigazos en su retroceso, manteniendo alejados a los Hiniur que pretendían acceder.
Bronk se adelantó al grupo, apoyó una mano sobre una de las baldosas del suelo que deslizó, revelando un agujero que se perdía en la oscuridad.
—Saltad —ordenó Shaila—. Este túnel desemboca en el puerto.
Azava mostraba su ceño fruncido en desconfianza.
—Después de ti.
Shaila suspiro.
—¡Bronk!
—¿Mi señora?
—Salta de una maldita vez, nos vamos.
Sin pensarlo dos veces, el kyano de aletas moradas saltó al vacío, perdiéndose en la oscuridad de aquel tobogán. Tras él fue Korvin y después, Alina y Krib.
La mano de Azava se interpuso en la trayectoria de la líder kyana cuando esta pretendió saltar.
—A la más mínima señal de traición, cualquier gesto o mueca que me haga dudar de tu palabra, vaciaré mi ballesta sobre tu cráneo.
Shaila mantuvo su mirada en la comandante por unos segundos, las membranas que cubría sus ojos violetas se abrían y cerraban con cada parpadeo.
—Es una lástima que no tengas aletas, niña —espetó Shaila con media sonrisa—. Hubieses sido una gran líder para los Kyanos. ¿A qué viene esa amenaza? ¿Sigues sin fiarte de mi palabra?
—No me has dado motivos para hacerlo.
Shaila se aproximó a Azava, mirándola a escasos centímetros de distancia, entornando sus ojos ligeramente, queriendo minimizar el brillo de la luz blanca que reflejaban sus parpados.
—¿Lo has olvidado? —dijo y apoyó una mano sobre el hombro de la comandante—. Yo jamás miento.