La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 18. Intrusión
50%

18. Intrusión

A lina se desperezó escandalosamente. Tras varios días allí encerrada, era la primera noche que lograba dormir sin desvelarse, ya que conciliar el sueño bajo el agua no le resultaba nada fácil. Tampoco se había acostumbrado del todo a respirar o a poder caminar por el suelo con total normalidad.

Alzó su cabeza y, con los ojos aún somnolientos, pudo discernir la silueta de Azava, quien se mantenía de pie frente a la pared de cristal.

A pesar de la tensión del ambiente, los calabozos eran un lugar tranquilo; el silencio del agua y el burbujeo constante provocado por la respiración llegaban incluso a ser relajantes.

Pero había momentos en que las aguas se alteraban.

Momentos en los que algún preso en algún lugar del angosto pasillo, osaba maldecir a Shaila.

Los fulgiópalos se tornaban rojos y el agua de su celda se encargaba de silenciarle.

—Última comida —sonó la voz de un guardia a través del tobogán que daba al exterior—. Disfrutadla, en unas horas seréis ejecutados.

La rampa escupió tres bolsas de plástico repletas de agua. En su interior, pequeños insectos marinos y algas conformaban el desayuno.

—¿Habéis oído, chicas? —dijo Korvin abriendo una de las bolsas—. ¡Hoy es el día! ¡Hoy seremos libres!

—Habla por ti, lagarto —espetó Azava—. En cuanto me saquen fuera, ya no habrá agua que me impida usar mi ballesta.

—No podrás hacer mucho —aseguró Korvin llevándose uno de los insectos a la boca. Con la otra mano se apartó su aleta central que caía sobre su rostro—. Ellos son demasiados.

Un chorro de burbujas salió despedido de entre las comisuras de Azava al sonreír.

—No me subestimes.

—No lo hago. De hecho, tengo que reconocer que me da algo de lástima —confesó Korvin mientras masticaba—. Os he cogido cariño, sois unas excelentes compañeras de muerte.

Azava bufó, harta de las tonterías de Korvin. Alina, sin embargo, se llevó la mano a la boca. Tras varios días conviviendo con aquel ser, era innegable no demostrarle cierta simpatía. Se había convertido en algo así como su pequeña mascota marina.

—Lo mismo digo, señor Korvin —le dijo Alina mientras sus lágrimas se perdían entre el agua que la rodeaba.

—Alina, por favor, compórtate —replicó Azava.

—Ya sabes lo sentimental que soy —se excusó ella, tratando de controlar su tono de voz—. El señor Korvin es tan bueno…

—¡Pero que terrestre tan adorable! —replicó el kyano sonriente—. Si tu hermana no me matara en el intento, ahora mismo te daría un abrazo.

Azava se giró hacia Korvin, intensificando la luz blanca de sus ojos, como si, a pesar de carecer de visión, pudiera verle con total claridad.

—¿Puedo? —rogó el kyano.

—Dejad de decir estupideces, no va a morir nadie hoy —aseguró Azava—. De eso me encargo yo.

Korvin frunció el ceño, dejó la bolsa con su desayuno a un lado y se acercó al cristal, donde la comandante de ojos de luna se encontraba.

—¿Realmente pretendes enfrentarte a ellos? —preguntó mientras descendía uno de los tirantes de su toga confeccionada de algas, dejando al desnudo su hombro—. Cualquiera de estas heridas hubiese sido mortal para un ser tan frágil como vosotros los humanos.

Las hermanas fijaron su atención en el hombro de Korvin. Azava percibió una radiación calorífica débil en aquella zona.

—¡Estas herido! —exclamó Alina, corriendo hacia él—. Ven, siéntate. Trataré tus heridas.

—¿Cómo te has hecho eso? —preguntó Azava manteniendo su semblante serio—. ¿Han sido ellos?

Korvin asintió.

—Esto es un recordatorio de que nunca debo hablar mal de la comida que sirven aquí —la voz del kyano sonó apagada—. Olvida la idea de enfrentarte a ellos. Sois pocos y débiles.

Alina desenvolvió levemente parte de las vendas que rodeaban su muñeca. Un haz de luz recorrió las manos de la comandante que apoyó sobre el hombro del kyano. Korvin frunció el ceño.

—No te muevas —ordenó Alina manteniendo sus manos contra la piel grisácea—. No son muy profundas.

—En efecto, sois una caja de sorpresas—dijo mientras observaba como poco a poco su piel se contraía y las cicatrices se cerraban—. ¿Tienes el poder de curar heridas? ¿Puedes sanar todo aquello que tocas?

—No exactamente —explicó Alina, mientras su rostro se iluminaba por la luz que emanaba de sus manos—. Es mi Vitalomancia, la Bendición que Gheva me confirió.

—No he entendido nada de lo que acabas de decir.

Alina suspiró.

—En Capital…

Korvin tosió repetidamente de forma escandalosa, como queriendo llamar la atención de la comandante.

—Quiero decir; en la península —corrigió Alina al ver que el kyano no la entendía—. De donde nosotras venimos, hay algunas personas con estos poderes llamados Bendiciones.

—Vaya, humanos con poderes… realmente sois fascinantes.

Alina sonrió.

—Mi Bendición no cura heridas como tal. Las células sanas de mi cuerpo se intercambian con las de aquel con el que hago contacto —soltó por un momento el hombro de Korvin, y deshizo la envoltura que cubría su brazo, surcado ahora por motas negras.

La comandante volvió a hacer contacto con el kyano—.

Como ves, las células muertas de tus heridas se transfieren a mi cuerpo moteando mi piel, para entonces sustituirlas por mis células sanas, que cerrarán tu herida.

Korvin abrió sus ojos violetas en su totalidad.

—¿Y eso no será…? —preguntó señalando el sarpullido negruzco que moteaba el brazo de la comandante.

—Células muertas de otras heridas que he tenido que sanar —explicó sonriente ante el semblante de preocupación del kyano—.

No te preocupes, las células sanas de mi cuerpo son resistentes.

Es un proceso lento, algunas de estas erupciones son el resultado de intervenciones de hace mucho tiempo, y por eso no debería abusar de mi Bendición —Alina arrugó su frente, intensificando la luz de sus manos—.

Pero una simple herida como la tuya no debería suponerme un gran desgaste, no entiendo porque me está resultando tan difícil de cerrar.

Sobre el antebrazo de Alina, una de las motas comenzó a expandirse.

Su color era de un negro intenso. La piel en el centro, empezó a podrirse y flotó en el agua de alrededor.

Korvin, de un zarpazo, apartó la mano de la comandante, deshaciendo el contacto físico.

Poco a poco, la luz de la Bendición menguó.

—Ahora lo entiendo— dijo el kyano, señalando el antebrazo de la comandante—. No vas a poder sanar esta herida, Alina.

—¡Claro que puedo! —la comandante volvió a acercar su mano hacia Korvin, iluminándola otra vez—. Solo necesito…

La mano de Korvin interceptó la de Alina de nuevo, deteniéndola en su recorrido.

—No, no puedes.

Korvin señaló el brazo de la comandante.

Alina lo volteó, comprobando qué era aquello que inquietaba al kyano.

Una de las motas lucía un tono putrefacto más intenso que las demás.

Tenía un tamaño considerable, y ocupaba más superficie que antes.

La piel en su interior estaba descompuesta y empezaba a podrir la carne.

Azava retiró su atención del cristal para centrarla en su hermana y el kyano. Alina, avergonzada, comenzó a envolver su brazo con las vendas de nuevo.

—No te culpes, no es cosa de tu Bendición —explicó al ver el semblante avergonzado de Alina—.

Verás… hay algo que no os he dicho —una sonrisa amarga se dibujó en su semblante grisáceo—.

Estoy enfermo. Mis órganos se deterioran.

De un momento a otro mi corazón puede dejar de latir o mis branquias dejar de respirar —Korvin se sentó en el suelo, cabizbajo, su aleta central se balanceó frente a él—.

Es por eso por lo que Shaila me encerró aquí.

Alina, conmovida, se acercó al kyano cuando terminó de envolver su brazo con las vendas, ocultando el moteado. Se sentó junto a él.

—No lo sabía —Alina apartó la aleta central de Korvin, para encontrarse con los ojos violáceos del kyano—. Yo… lo siento.

—Creí haber entendido que estabas aquí por mentir —intervino Azava desde el otro extremo de la celda—. No mencionaste nada acerca de una enfermedad.

—No os mentí —espetó—. Créeme, he aprendido la lección acerca de mentir —suspiró antes de proseguir—.

Veréis, antes de ser el kyano pálido y débil que conocéis, una vez fui joven y fuerte.

Uno de los kyanos más diestros de la Isla, hasta el punto de que la soberana se fijó en mí, reclutándome para su ejército.

Quizás peque de soberbio, pero era de los guerreros más diestros que esta isla ha conocido —Korvin volvió a alzar su cabeza, su rostro estaba sumido en felicidad—.

Qué buenos tiempos aquellos… Pero llegó el día de la inspección médica a la que nos sometemos todos los kyanos pertenecientes al ejército, y me detectaron falta de tejido membranoso en mis órganos.

Se estaban muriendo, apagando a cada segundo que pasaba y, por como lo dijeron, aquello no tenía pinta de mejorar con el tiempo.

—¿Y por eso Shaila te encerró aquí? —preguntó Alina conmovida—. ¿Por padecer una enfermedad?

—Por mentirle, como bien os dije —aclaró él casi al instante—.

Les mentí haciéndoles creer que estaba sano y en perfectas condiciones para seguir manteniendo mi puesto como guerrero en el ejército —Korvin calló unos segundos—.

Pero me descubrieron y fue cuando me condenaron a una vida en los calabozos hasta el día de mi ejecución —sonrió hasta el límite de sus comisuras—.

Y creedme, no hay cosa que desee más ahora mismo.

Por fin me libraré de esta celda, de la tiranía de…

quien vosotras ya sabéis y de mi enfermedad.

Azava dio varios pasos hacia Korvin.

—Siento ser yo quien estropee tu plan, lagarto —dijo con contundencia—. Pero no te ejecutarán. Ni a ti, ni a nosotras, ni a nadie más.

—No me dirás que sigues pensando en enfrentarlos, ¿verdad? —Korvin ladeaba la cabeza—. Ojalá Gheva desde ahí arriba logre escucharte, porque si eso es lo que pretendes, vas a necesitar toda la ayuda posible.

De pronto, como si hubiese podido escuchar al kyano, el pasillo se iluminó completamente de rojo.

Todos los fulgiópalos se inflaron hasta su límite, parpadeantes.

Poco después, las baldosas perladas que conformaban el suelo se abrieron, revelando varias rejillas metálicas en su interior.

El agua comenzó a colarse por ellas, provocando pequeños remolinos a medida que las rejas la engullían.

La espiral de corriente zarandeó a Korvin y a las hermanas de lado a lado de la celda.

Cuando el agua descendió lo suficiente, Azava asestó una profunda bocanada de aire. Alina, sentada sobre el suelo encharcado, miraba en todas direcciones tratando de dar una explicación a lo ocurrido.

—Pretendía ser sarcástico —dijo Korvin, levantándose del suelo, jadeante—. No imaginaba que Gheva te ayudase tan pronto.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Alina, con su perfil delineado por la luz roja de los fulgiópalos.

—No tengo ni la más remota…

Se escuchó un golpe, seguido por el afilado sonido de un cristal estrellándose contra el suelo. Alina miró a Azava, ella mantenía su mano en alto, intentando agudizar su oído en busca de alguna explicación. Se escucharon gritos de agonía, de hombres suplicando por sus vidas.

—Eso parecían los gritos de nuestros soldados —dedujo Alina con un deje de miedo en su voz.

—Son ellos —aseguró Azava aun con el oído atento—. Están masacrando a los nuestros.

—¿¡Cómo?!

—Preparaos, se acerca alguien —dijo Azava colocando un perno sobre su ballesta—. Somos los siguientes.