La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 17. Conculco #2
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17. Conculco #2

El extraño dio un paso hacia delante, permitiendo que el aura de luz rojiza que emitía uno de los peces en la pared lo iluminase.

Era un kyano, pero a diferencia del resto, su piel era de un grisáceo pálido enfermizo.

Su aleta central, también de un gris apagado, no lucía estirada y brillante como la del resto, sino que caía por uno de sus lados ocultando la mitad de su rostro.

A medida que se acercaba a las comandantes, sus ojos lila parpadearon intermitentes, como si no hubiesen visto luz en mucho tiempo.

—He dicho que no te muevas.

—No es mi intención perturbaros —aseguró el hombre marino, alzando sus manos en rendición—. Pero si vamos a convivir aquí los tres, deberíamos empezar a conocernos —dio un paso más al frente, extendiendo su mano hacia las hermanas—. Soy Korvin, un placer.

Azava accionó su ballesta. El perno se deslizó a través del agua, dirigiéndose a la frente de Korvin. La saeta fue perdiendo fuerza a medida que avanzaba, hasta que se detuvo por completo a escasos centímetros de la frente del kyano. La punta logró rozarle, ocasionándole un punto de sangre.

—¿De verdad pretendías lanzar una flecha bajo el agua? —preguntó Korvin frotándose la herida con urgencia—. Usar armas terrestres aquí es inútil, la resistencia del agua dificulta su uso. ¿No os ha extrañado que Shaila os haya hecho prisioneras sin despojaros de vuestras armaduras y armas?

Las comandantes intercambiaron miradas, frunciendo el ceño.

—Bueno, no importa, empecemos de nuevo —el kyano se aclaró la garganta—.

Soy Korvin, vuestro guía durante su visita a las catacumbas de la Isla Kyana —Korvin extendió su brazo derecho—.

A vuestra derecha, a escasos metros, podréis observar una pared construida con las perlas más resistentes de la isla —extendió ahora su brazo izquierdo—.

Justo enfrente, más pared de perlas. Resistentes e inquebrantables, ni la hoja más afilada podría hacerles un rasguño.

Un lugar solitario, cuyas sombras inducen a la depresión.

No podréis salir de aquí jamás, aunque hay que reconocer que son una obra arquitectónica digna de admirar.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Azava mientras descendía su ballesta—. ¿Por qué estamos aquí?

—Porque vamos a morir —aseguró el kyano mostrando sus dientes amarillentos con una sonrisa—. Habéis tenido suerte, solo tendréis que soportarme unos días. En menos de siete amaneceres, se acabó.

La mirada de Alina reflejaba el terror que las palabras de Korvin le suscitaba. Miró a su hermana en busca de refugio, pero ella solo se mantenía firme, con su rostro sumido en esa seriedad que ya desde pequeña poseía.

—No me miréis así, jovenzuelas —prosiguió el kyano—. Sois unas afortunadas, hay presos aquí que han vivido encerrados durante décadas. Yo mismo he estado bajo estas aguas más de cuarenta y tres años. ¡Pero por fin seré libre!

—No vamos a morir —aseguró Azava—. Si alguien perderá la vida, esa será Shaila, me encargaré perso…

Korvin se abalanzó sobre la comandante, tapándole la boca en su aterrizaje.

—Shhh, calla —el Kyano miró hacia el pasillo, donde varios peces lumínicos ya empezaban a emitir luz roja—. Es cierto que quiero morir, pero no quiero sufrir en el intento. ¿Acaso no habéis visto lo que le ha pasado a nuestro vecino grandullón de enfrente?

Korvin liberó a Azava. La comandante jadeó, oxigenándose con el agua que las rodeaba.

—No vuelvas a hacer eso.

—No vuelvas tú a hablar mal de Shaila —ordenó asustadizo—.

Nuestra voz se propaga por el agua y los fulgiópalos reaccionan a ella.

Si osamos decir algún comentario despectivo sobre Shaila o sus leyes, los fulgiópalos se tornarán rojos y el Aquamágena se encargará de silenciarnos de la forma más dolorosa posible.

Los fulgiópalos del pasillo fueron apagando su luz rojiza, deshinchándose poco a poco hasta volver a su fulgor celeste habitual.

—¿Qué es eso de la Aquamágena? —pregunto Alina—. ¿Nos hará daño?

—Y mucho —respondió Korvin casi de inmediato—.

Estas aguas están imbuidas con el poder de Shaila; el Aquamágena.

Están vivas. Pueden escucharnos, olernos e incluso sentirnos.

Los fulgiópalos perciben cualquier actitud anómala en el agua, incluyendo lo que vuestras bocas puedan decir.

No olvidéis que la voz se propaga por el agua y cualquier comentario despectivo hacia la Suprema será detectado por los fulgiópalos.

Cuando eso ocurre, se tornan rojos y las aguas se enfurecen, cambiando su composición atómica para silenciar aquello que las perturba.

Korvin carraspeó antes de continuar.

—¿Acaso no os habéis preguntado porque unas terrestres como vosotras podéis respirar sin branquias?

¿No os extraña que no flotéis a la superficie y en cambio, estéis pegadas al suelo?

—Korvin ladeó la cabeza, su aleta grisácea balanceándose sobre su rostro—.

Estas aguas están repletas de oxígeno; el suficiente como para que dos terrestres como vosotras puedan respirar bajo ella con total normalidad.

Las comandantes observaron el agua de alrededor con una mueca de terror como si, de pronto, las rodeara una manada de lobos hambrientos.

—El Aquamágena controla las aguas de cada celda, pudiendo modificarlas a voluntad —prosiguió Korvin—.

¿Habéis visto lo que le ha pasado al de enfrente?

El agua de su celda se ha vuelto más densa, aumentando su presión hasta comprimir su cuerpo.

Solo Shaila conoce la infinidad de posibilidades que tiene el Aquamágena para alterar las aguas, pero no quisiera comprobar ninguna de ellas.

Korvin se sentó en el suelo, apoyándose contra la pared.

—Como habréis observado, harto de permanecer encerrado, el grandullón ha empezado a golpear la celda, tratando de romperla.

Los fulgiópalos han detectado ese acto de rebeldía a través de las ondas del agua provenientes de su celda y han comenzado a emitir luz roja, alertando a las aguas de una actitud anómala que debía ser silenciada.

Pero, como digo, si nos portamos bien, no tenemos nada que temer.

En unos días nos ejecutarán y todo habrá acabado por fin.

Korvin volvió a mostrar su dentadura amarillenta en una amplia sonrisa.

—¿Por qué? —quiso saber Azava—. ¿Por qué en unos días?

—Desconozco que acto habréis cometido vosotras —respondió Korvin repeinándose su aleta—. Pero esta celda está reservada para aquellos que van a ser ejecutados pronto. Aquellos que han osado cometer los actos más atroces dentro de la ley Kyana.

Alina clavó su mirada en los ojos lila de Korvin.

—¿Qué acto cometiste tu?

Korvin le devolvió la mirada.

—Mentí.