17. Conculco
E l interior del palacio no distaba mucho de cómo era por fuera.
Las paredes gozaban de aquella pulcritud, tan blancas como lirios y adornadas con telas rosadas tan finas que parecían desvanecerse de un momento a otro.
El suelo, construido a base de perlas, tenía los flancos adornados por jardines de coral rosado que acompañaron a las comandantes mientras atravesaban el pasillo principal.
Pudieron observar también como el palacio exhibía en sus paredes unas figuras semejantes a peces globo, encastradas en la propia piedra perlada.
Alina se percató de como aquellos peces inflaban su tripa cuando notaban alguna presencia cerca.
También reparó en que, cuando sus tripas se hinchaban hasta su límite, emitían luz propia, algunos de un azul suave que recordaba al cielo, otros de un rosado tan tenue que recordaba a la flor del cerezo.
Azava, Alina y sus hombres avanzaban obligados por los kyanas que tiraban de las algas que aprisionaban sus manos.
Tal y como Shaila había ordenado, los condujeron a la parte este del complejo.
Krib, el kyano de aletas rojizas, lideraba el grupo de prisioneros.
Avanzó por el flanco derecho de aquel pasillo hasta situarse frente a una de las paredes.
Tras asegurarse de que el resto del grupo llegaba al lugar, apoyó ambas manos sobre el enladrillado blanquecino y de entre sus cuerdas vocales resonó aquel molesto cántico que ensordeció a los capitenses nuevamente.
La pared empezó a emitir vapor de agua, deshaciéndose con el contacto de las manos del kyano. Una entrada apareció ante ellos, seguida de unas escaleras inundadas de agua que descendían al subsuelo.
Krib volvió a emitir otro chirrido, esta vez más grave y desafinado que el anterior, mientras se adentraba en la recién abierta oquedad.
Tras descender los tres primeros escalones, Alina pudo ver como el agua cubría los escalones siguientes.
Krib no se detuvo, siguió avanzando, sumergiéndose en el agua que cubría las escaleras.
El kyano que caminaba junto a Krib, de aletas anaranjadas, tiró de las algas, arrastrando consigo a Azava, quien se veía obligada a seguir sus pasos. Alina, sin perder de vista a su hermana, le seguía de cerca.
A medida que el ser marino tiraba, adentrándose cada vez más en el túnel sumergido, un par de peces globo iluminaron las escaleras con su tono azulado, revelando el camino que debían seguir.
El kyano que sostenía las algas, siguió avanzando por las escaleras hasta penetrar en el charco de agua.
Azava, en un intento por evitar morir ahogada, tiró del hilo que le aprisionaba y que se perdía bajo las profundidades de aquel charco.
Los guardias bajo las órdenes de Shaila se acercaron a ella, empujándola inexorablemente hacia su destino.
Krib, desde las profundidades, tiraba de la cuerda marina mientras sus compañeros, desde fuera, empujaban a la comandante con más tesón. Azava volvió a tirar del alga, resistiéndose a perder su vida en aquel lugar.
—No te resistas, humana —exclamó un guardia desenvainando su látigo.
Un chasquido resonó en el aire, obligando a la comandante a detener su forcejeo cuando sintió el impacto del alga lacerar su espalda. Aprovechando el aturdimiento, Krib, desde el interior del charco, tiró de la cuerda una vez más, logrando sumergir a Azava con él.
Alina, perpleja ante la escena, gritó desconsolada, tratando de resistirse a la voluntad de la cuerda. Sin embargo, al igual que su hermana antes que ella, perdió el pulso contra Krib y también sucumbió a su voluntad.
El agua la envolvió de pronto. Alina pataleó, se zarandeó con violencia tratando de volver a la superficie, pero no lo consiguió.
—Alina, cálmate.
La voz de su hermana la sorprendió y, obedeciendo su petición, detuvo su forcejeo. Abrió sus ojos; para su sorpresa, podía ver con total claridad. El agua se sentía pesada y densa, su presión la mantenía en el suelo. Frunció el ceño al percatarse de que también era capaz de respirar.
Azava estaba de pie justo enfrente. Como ella, también respiraba y caminaba por el suelo, aun estando sumergida. Alina respiró, notando como el agua entraba por sus orificios nasales y abandonaba sus pulmones por su boca dejando una estela de burbujas en su salida.
¿Estoy respirando bajo el agua?
Sin darles tiempo de asimilar aquello, los Kyanos siguieron tirando de las comandantes mientras descendían hacia el subsuelo. Las escaleras se cortaron de repente, dando lugar a un largo pasillo repleto, una vez más, de aquellos peces luminosos.
Krib avanzó unos pasos más y se detuvo de pronto.
Se giró hacia el grupo de humanos y Kyanos que le seguían y emitió otra de aquellas melodías estridentes, pero esta vez las hermanas la notaron mucho más dolorosa que las veces anteriores.
A través del agua, el chirrido se propagaba con mayor fuerza y sonoridad.
Krib se acercó a Azava, retirándole el alga que la aprisionaba.
—Adelante, mátame —dijo ella arrugando su rostro en furia tratando de ocultar la sorpresa que le produjo comprobar que, en efecto, podía hablar con total claridad bajo aquellas aguas.
Krib sonrió. Con su puño cerrado, dio un contundente golpe contra la pared de aquel pasillo. El pez incrustado en aquella zona se iluminó de rojo. Una pequeña franja de la pared se abrió en espiral, revelando un túnel que se perdía en la oscuridad.
Krib se acercó a Azava desafiante y, con la ayuda de cuatro guardias más, lograron precipitarla por el túnel. Alina fue la siguiente. Tras ellas, el túnel se volvió a cerrar.
El tobogán era resbaladizo. La corriente de agua que lo surcaba las deslizó hasta vomitarlas en una celda que, como el resto del subsuelo, estaba inundada.
Aquella habitación estaba constituida por tres paredes de perlas, resistentes e impenetrables. La cara que daba al pasillo era de cristal, permitiendo a Alina ver como los Kyanos las observaban con sonrisa irónica desde el otro lado.
Azava corrió hacia la pared transparente y asestó un poderoso golpe con su puño, tratando de romper aquel vidrio.
Krib la miraba complaciente, sus manos unidas tras su espalda, mientras su sonrisa se ampliaba.
Segundos después, emitió un chirrido y abandonó la estancia junto a sus hombres, dirigiéndose hacia las siguientes celdas donde encerrarían a los soldados de los escuadrones.
—Hermana, ayúdame —pidió Azava abriendo las rejillas de su mascara—. Creo que podemos salir de aquí, la pared tiene puntos muy vulnerables.
Azava volvió a asestar un golpe, usando el jaspe negro que cubría su antebrazo contra el vidrio.
—Si golpeamos repetidas veces, venceremos la resistencia del cristal —aseguró dando un puñetazo más.
Alina se aproximó a su hermana. Fuera de la celda, podía ver el pasillo por el que momento antes caminaba.
Los peces de las paredes desprendían una luz débil ahora.
El más cercano a su celda emitía una luz rojiza mientras que los tonos de los demás oscilaban entre un morado apagado y un amarillo pálido.
Había seres muy extraños en el resto de habitáculos.
El de la celda frente a ellas era un ser corpulento, de pronunciada joroba y cabello tan fino como bigotes de gato.
Tenía la tez de un azul pálido, con infinidad de moluscos incrustados en su piel que le deformaban la figura.
Sus ojos, de un violeta hipnótico, se cerraban en varias membranas cuando pestañeaba.
Alina lo observó por unos momentos, y el ser les devolvió la mirada.
Parecía absorto contemplando como su hermana golpeaba el vidrio una y otra vez.
De pronto, contagiado por el ímpetu de Azava, el ser dio varios pasos hacia atrás cogiendo impulso y, colisionando su propio cuerpo, embistió el cristal de su celda.
Azava detuvo sus intentos por salir cuando escuchó el sonido del impacto. Frunció el ceño ante la insistencia de aquel ser por quebrar el cristal que le coartaba su libertad. Una vez tras otra, la criatura retrocedía para coger impulso y volvía a impactar contra el vidrio.
De pronto, se detuvo en seco. El ser fue encogiéndose en el suelo mientras se retorcía de dolor.
Extendió su mano hacia la pared, arañándola, rogando salir.
Sus ojos abiertos reflejaban el terror que sentía.
Abrió su boca, y una estampida de burbujas salió disparada de ella.
Su cuerpo fue estrechándose cada vez más, hasta que su piel se ciñó tanto a sus órganos que Alina fue capaz de distinguirlos con total claridad.
De su boca ya no surgían burbujas, sino sangre, vomito y más flujos que la comandante no pudo distinguir.
Sus ojos abandonaron las cuencas, colgando por sus mejillas por un hilo de tejido membranoso.
Aunque la celda absorbía los gritos que emitía, las hermanas pudieron percibirlos con total claridad aun sin oírlos.
Poco a poco, el ser fue contrayéndose hasta solo quedar vísceras y una pila de huesos.
—¡Por Gheva! ¿Qué acaba de pasar? —preguntó Alina, retrocediendo asustada—. ¿Cómo ha muerto ese… ser?
—Aquamágena; el poder de Shaila.
Las hermanas se giraron bruscamente escrutando en la penumbra de su celda, buscando el origen de aquella voz.
Azava accionó su máscara de acero, abriendo las rejillas en su totalidad, sus parpados se imbuyeron de luz blanca.
Colocó un perno en su ballesta al detectar un aura calorífica al fondo de la celda y apuntó hacia ella.
—No se te ocurra moverte —ordenó mientras percibía como la radiación calorífica en una de las esquinas se intensificaba—. Un paso en falso y te perforo el cráneo.
—¿Dónde está? —preguntó Alina mirando a todas partes, intentando vencer la oscuridad.