La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 16. Náyade #3
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16. Náyade #3

—En fin, supongo que soy así de simpática a veces, ¿qué le vamos a hacer si Gheva me confirió esta amabilidad que desprendo?

—retiró la mano de su frente y suspiró—.

Veréis, nosotros, los kyanas, nunca hemos tenido la intención de inmiscuirnos con los terrestres.

Os hemos observado desde las aguas que acarician vuestras costas, siempre ocultos a vuestros ojos —alzó su mirada, pensativa—.

¿Cómo lo llamabais vosotros? Era muy gracioso.

—Umbramar, mi señora —respondió Bronk casi de inmediato.

Shaila soltó una profunda carcajada.

—Cierto, cierto, Umbramar —dijo, sus aletas rosadas vibrando al ritmo de su risa—.

Que ridículos sois los humanos. En fin, ¿por dónde iba?

¡Ah! sí, sí, ya lo recuerdo. Hace treinta y cuatro años exactamente, Álvar decidió emprender una expedición a mar abierto con el único fin de complacer su curiosidad, ese impulso primitivo por lo desconocido que sufrís los humanos y que muchas veces os cuesta tan caro satisfacer.

La líder se acomodó en su trono, cruzando las piernas y dejándose caer sobre el respaldo.

—No sabemos cómo —continuó—, pero Álvar logró encontrar la isla Kyana. Ingenua de mí, envié a varios de mis hombres a dar caza al intruso. Un simple terrestre no merecía siquiera que yo misma me molestara en deshacerme de él.

El rostro de Shaila se iluminó con media sonrisa.

—Pero aquel hombre no era un terrestre común y logró arrebatar la vida de todos los Kyanos que se interpusieron en su camino.

Así que, finalmente, tuve que hacer acto de presencia.

Sin apenas lugar para las presentaciones, Álvar y yo nos enfrentamos en la misma plaza que ahora pisáis.

Para mi sorpresa, aquel terrestre de pelo canoso logró hacerme frente y ambos acabamos gravemente heridos —musitó, sin dejar de sonreír mientras los recuerdos afloraban en su mente—. ¡Ah! qué buenos tiempos aquellos.

Shaila pausó su discurso, cerró brevemente los ojos tratando de hacer memoria.

—Reconocí a Álvar como un rival digno y lo traté como a un igual.

Abrí las puertas de mi reino y mantuvimos una larga audiencia en la que quisimos paliar nuestras diferencias, pues ambos parecíamos tener el mismo enemigo en común: los Hiniur.

En dicha reunión, asentamos las bases de una buena convivencia con vosotros los terrestres.

Entre otras cosas, llegamos a un acuerdo: los kyanas vigilaríamos las aguas que bordean vuestro mundo, mientras que vosotros mantendríais a raya a los Hiniur en tierra firme, impidiendo su expansión y su llegada a la isla.

Shaila extendió su brazo al frente, permitiendo que la suave aleta rosada que recorría la parte posterior de su extremidad acariciara el suelo.

Con su dedo índice en alto, señaló a uno de los kyana que se encontraba tras los capitenses.

La aleta carmesí de su discípulo bailó en el aire a medida que avanzaba hasta situarse frente a la reina. Hizo una reverencia al llegar.

—Él es Krib —prosiguió Shaila— mi explorador más eficaz. Fue él quien hace días me transmitió la noticia de la muerte de Álvar. También ha sido él quien ha liderado a mi ejército para contrarrestar las oleadas de Hiniur que hemos comenzado a sufrir desde entonces en la isla.

—¿De modo que es cierto? —interrumpió Alina, su voz estaba cargada de tristeza mientras su pecho se hinchaba y desinflaba al ritmo de su respiración agitada—. ¿Álvar ha muerto?

—Desconocíamos por completo todo lo que nos has revelado —indicó Azava, su voz ligeramente quebrada—.

En nuestro reino también hemos sufrido las consecuencias de la invasión Hiniur y nuestra presencia aquí no se debe a otra cosa que a un intento desesperado por buscar aliados en este conflicto.

Parece que, a pesar de todo, Capital sigue compartiendo el mismo enemigo con vos, Shaila.

La líder clavó su mirada en la comandante, asintiendo mientras la escuchaba.

—Puede que tengas razón —admitió—. Dadas las circunstancias, no deberíamos sumar más enemigos a los que ya tenemos.

Alina inclinó la cabeza ante la kyana y dejó que su corto pelo azabache cayera, ocultando su rostro.

—Su ayuda será bienvenida en Capital.

—¡Krib! —gritó Shaila de repente, dando un par de palmadas al aire—. Asegúrate de brindarles a nuestros huéspedes la hospitalidad que merecen. ¡Metedlos en los calabozos!

Krib, Bronk y varios kyanas más se aproximaron a los capitenses dispuestos a cumplir la orden de Shaila.

—¿Pero qué…? —dijo Alina forcejeando con Krib, tratando salir de su presa—. ¡¿Cómo que los calabozos?!

—¡Estás cometiendo un grave error! —espetó Azava mientras Bronk la sostenía por detrás—. La profecía se está cumpliendo. Nadie escapa de sus líneas, ni siquiera tú, Shaila.

—Cierra tu sucia boca —ordenó la líder kyana alzando su labio con desprecio—.

No me importan vuestros asuntos, niña. Lo único que importa es que vosotros los terrestres habéis faltado a vuestra parte del trato.

Habéis osado traicionarme y ello conlleva un castigo.

Os he dicho lo que les ocurre a los que faltan a la verdad en mi reino, ¿verdad?

—se llevó el dorso de la mano a su boca, tratando de ocultar sus incesantes carcajadas—.

Ahora comprobareis lo que les ocurre a los que se atreven a traicionarme, pues a ellos tenemos reservadas las penas más severas. ¡Lleváoslas!