La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 16. Náyade #2
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16. Náyade #2

—Soy la soberana Shaila, gobernante indiscutible de los Kyanos y señora de las aguas que tanto teméis.

Aquí, soy yo quien hace las preguntas —dijo con convicción, las branquias de su cuello se inflaban cada vez que elevaba el tono de su voz—.

Pero, ¿sabéis? Hace tiempo que no recibimos visitas de la península, y hoy estoy de buen humor.

Hoy, tendréis el privilegio de escuchar nuevamente mi pregunta, privilegio que solo unos pocos han tenido la suerte de disfrutar —se aclaró la garganta—. Decía… ¿Quién es vuestro líder ahora?

Alina frunció el ceño.

—Álvar —espetó con voz entrecortada, su rostro mostraba una mueca de dolor por los latigazos sufridos. Las vendas de sus brazos y piernas estaban destensadas—. El hombre que acabará con vosotros cuando se entere de nuestro cautiverio.

Shaila dirigió su mirada hacia el kyano de aletas moradas que se mantenía detrás de Alina y asintió en señal de aprobación. Haciendo uso de su látigo, volvió a descargar un golpe seco en la espalda de la comandante que cayó tendida en el suelo fruto del dolor.

—Creo que no sois conscientes de donde estáis ni de la autoridad que ostento —dijo Shaila contemplando su propio reflejo en la esfera perlada que coronaba su báculo—. Aquí, mentir es un acto penado con la muerte.

—¡No mentimos! —intervino Azava tomando ahora la palabra—. Nuestro líder es Álvar, rey de Capital. No hay nadie con un cargo más alto que él.

El kyano de aletas amarillas, posicionado detrás de Azava, ejecutó un feroz latigazo en su espalda. El impacto, al igual que con su hermana momentos antes, le provocó un dolor punzante que la derribó de inmediato sobre el suelo brillante.

—No me hagáis perder más tiempo —dijo Shaila, su mirada reflejando ira—. Álvar ha abandonado este mundo y sus días de gloria han llegado a su fin —elevó su brazo derecho, la aleta rosada en su parte posterior vibró en su ascenso. Chasqueó sus dedos—. ¡Bronk!, acércate. ¿Crees que estoy enfermando?

Uno de los Kyanos de aletas moradas, situado al lado de la reina, obedeció de inmediato, colocando el dorso de su mano sobre la frente de su líder.

—No presentáis síntomas de enfermedad, mi señora —respondió Bronk, inclinándose con respeto.

Shaila frunció el ceño, pensativa, mientras se acariciaba el mentón.

—Resulta extraño —murmuró—. Algo me debe estar pasando, pues estoy dispuesta a repetirles la pregunta a estas forasteras una vez más.

—Sois indulgente, mi señora —afirmó Bronk manteniendo su reverencia.

Shaila clavó su mirada en las comandantes.

—¡Escuchad atentamente niñatas! —bramó, sus branquias se inflaron hasta su límite—. Abrid bien esos defectuosos oídos humanos que tenéis. ¿Quién es vuestro líder ahora?

Hubo un silencio que ningún capitense se atrevió a romper. Azava alzó la cabeza, con sus tirabuzones platinos pegados al rostro por la humedad del ambiente. Sus ojos desalmados se posaron en Shaila, quien notó la débil luz que ahora emitían.

—¿Cómo te atreves a afirmar algo así? —murmuró Azava apretando su mandíbula con rabia—. Harían falta diez como tú para dar muerte a alguien como Álvar.

Shaila escarbó enérgicamente el interior de la oreja con su dedo meñique.

—Se me ha debido meter algo en el oído —dijo, hurgándose cada vez con más ímpetu—. Me ha parecido percibir un tono desafiante en la contestación de la foránea. ¿Tú también lo has notado, Bronk?

—Están poniendo a prueba su benevolencia, mi señora —afirmó el kyano con una sonrisa malévola dibujada en su rostro—. Quizás unas cuantas noches en el calabozo las hagan reflexionar.

—Señora, disculpe mi intromisión —intervino Alina de pronto, empleando un tono tan cortés como forzado—. El aturdimiento del viaje nubla nuestro juicio. Hace días que estamos fuera de los confines de Capital y desconocíamos esta noticia.

Shaila enfocó su mirada en Alina, mostrando un gesto de repugnancia y desprecio hacia ella.

—Como bien he dicho, mentir aquí está penado con la muerte —dijo Shaila, sus branquias se relajaron—.

No quebrantaría la ley Kyana por dos foráneas entrometidas.

Además, para vuestro conocimiento, os aseguro que conozco muy bien el poder que ostentaba Álvar —se giró, mirando ahora a los Kyanos que se mantenían firmes a los costados de su altar—.

¿Os acordáis de aquel vejestorio de carne y huesos, chicos?

La multitud de Kyanos empezó a inundar el ambiente con su murmullo, empleando palabras en un idioma que recordaba al sonido de una orca.

—Un terrestre tan osado como valiente —prosiguió Shaila, callando el alboroto, volviendo su mirada al frente—.

Tanto es así, que ha sido al único hombre al que he concedido el privilegio de una audiencia aquí en la isla.

Pero, ¿qué clase de terrestres sois que desconocéis vuestra propia situación gubernamental?

—Shaila caviló unos instantes, ladeando la cabeza—. Tampoco os culpo, sois solo unas niñas.

—¿Conocéis vos a Álvar? —preguntó Alina mordiéndose la lengua, esforzándose por controlar su tono y sonar amable.

Shaila tardó unos segundos en contestar, mientras se dirigía nuevamente hacia el caparazón que se abría a sus espaldas, volviendo a sentarse en la gran perla que utilizaba como trono.

—Sois unas niñatas muy impertinentes, pero vuestros ojos no mienten. Puedo percibir en su reflejo la duda y el temor que os acosan —suspiró—. Por esta vez, me tomaré la molestia de informaros —se llevó el dorso de su mano a la frente—. Dime la verdad Bronk, ¿no sufro algún tipo de fiebre?

Bronk dio un paso adelante y se inclinó, una vez más, ante su líder antes de responder.

—No, mi señora. Goza usted de una jovial vitalidad.