16. Náyade
A mbas hermanas se arrastraron por el suelo, luchando contra las fuertes sacudidas del viento marino hasta alcanzar el límite del barco. Sosteniéndose en el borde de la cubierta, dirigieron su mirada al mar para descubrir un sinfín de sombras que danzaban en las profundidades bajo el navío.
—¿Hiniur capaces de nadar? —preguntó Alina, con las vendas que cubrían sus brazos y las que sobresalían de su cuello meciéndose al son de las ráfagas de viento.
—No creo que lo sean —aseguró Azava, luchando contra el viento. La luz de sus parpados se intensificó y volvió a dirigir sus ojos hacia el agua—. Sus patrones caloríficos no son los de un Hiniur.
—Sea lo que sea, nos están arrastrando y algo me dice que no tienen buenas intenciones con nosotros.
—Poco podemos hacer en esta situación —respondió Azava—. Ni siquiera podemos mantenernos en pie y enfrentarlos. A esta velocidad, perderíamos el equilibrio y caeríamos nuevamente al suelo. Solo nos queda esperar.
Mientras las hermanas permanecían en el suelo sometidas a la voluntad de las sombras que las arrastraban, un pequeño islote que parecía flotar en el horizonte marino emergió ante ellas.
—¡Azava! Allí, a lo lejos —señaló Alina de pronto—. ¿Me engañan mis ojos o es tierra lo que veo?
Una niebla blanquecina envolvía el ambiente, ocultando parcialmente la pequeña porción de tierra que se erguía sobre las aguas.
—Es una isla —prosiguió Alina sosteniendo las vendas de su brazo derecho que amenazaban con romperse—. Creo ver una muralla que protege lo que parece un reino, pero no logro distinguirlo con claridad, la niebla me lo impide.
De pronto, el furioso embate del mar logró desequilibrar a las hermanas, arrastrándolas sin piedad por la cubierta.
El barco entonces aumentó un grado más su velocidad, obligando a los tripulantes a aferrarse desesperadamente a cualquier objeto o estructura cercana que tuviesen a su alcance, evitando así ser arrojados a las aguas de Umbramar.
Tras unos eternos segundos, la embarcación finalmente se detuvo junto a la superficie rocosa de la isla.
Algunos soldados permanecieron sentados, recomponiéndose del violento zarandeo.
Otros intentaron levantarse, pero vomitaron en su intento.
Las comandantes, junto a unos pocos, lograron ponerse en pie y contemplar el lugar.
La isla no era muy amplia; a esa distancia, eran capaces de ver la totalidad de su extensión.
En su centro, ocupando la mayor parte de su superficie, se alzaba un majestuoso complejo amurallado.
A su alrededor, afiladas agujas de roca sólida parecían rozar el cielo con sus puntas afiladas.
La muralla relucía con un brillo cegador, pues sus paredes estaban construidas a partir de perlas marinas que reflejaban la luz del sol.
El edificio central, construido con el mismo material, exhibía orgulloso coloridos moluscos y algas colgantes que adornaban su fachada.
Las sombras que habían arrastrado la nave emergieron de las aguas, posicionándose sobre la isla frente al barco mientras fijaban su atención en los forasteros.
Eran seres de tez azul pálido que vestían prendas confeccionadas a partir de algas y caparazones de conchas marinas y moluscos.
Observaron también que poseían suaves aletas que recorrían la parte posterior de sus brazos y piernas y una gran aleta central que nacía desde su frente y se extendía a lo largo de su columna.
—¿Qué clase de Hiniur son estos? —preguntó uno de los miembros del escuadrón, sacando del asombro a las hermanas.
—Cuando creímos haberlo visto todo, aparecen ante nosotros Hiniur con aletas —susurró otro miembro del escuadrón—. ¿Qué más sorpresas nos tiene preparadas el destino?
La comandante del Ocho accionó la máscara metálica de sus parpados, abriéndola del todo. Sus ojos emitieron una luz tan poderosa y blanca como las perlas de la muralla.
—Jamás imaginé que existiera vida más allá de las costas de Capital —murmuró Azava mientras ajustaba un perno en su ballesta—. Y definitivamente, estos seres no parecen tener intenciones amistosas con nosotros. ¡Soldados, estad atentos!
Los miembros de los escuadrones desenvainaron sus armas. Más seres marinos emergieron del agua, trepando por la estructura del barco hasta llegar a la cubierta, rodeando a los capitenses.
Frente a las hermanas, el ser con aletas de tono carmesí dio varios pasos al frente, adelantándose a los suyos. Su presencia imponente y su mirada penetrante reflejaban una autoridad innegable muy diferente a la del resto.
—Este debe de ser su líder —dedujo Azava tensando la cuerda de su ballesta—. Al más mínimo signo de ataque, quitadles la vida.
El ser acuático se irguió frente a ellos y abrió su boca.
Un chirrido ensordecedor que bien recordaba al canto de las ballenas, escapó de sus labios.
Los integrantes de ambos escuadrones soltaron sus armas, aturdidos por el sonido, y se cubrieron los oídos con desesperación.
Los seres marinos, aprovechando la distracción, apresaron a los capitenses con resistentes algas que utilizaron como cuerdas.
—¡Soltadnos! —gritó Alina—. ¿Qué buscáis? ¿Quiénes sois? ¿Dónde estamos?
Los misteriosos seres permanecieron en silencio, sin dar respuesta alguna.
—No insistas, hermana —susurró Azava firme, mientras sus manos eran inmovilizadas tras su espalda—. Son más numerosos que nosotros y estamos en su territorio, completamente desarmadas y sin un lugar donde escapar. Resistirse no nos llevará a ninguna parte.
—¿Y qué sugieres? ¿Aceptamos nuestra muerte sin siquiera luchar por vivir?
Azava vaciló unos instantes, arrugando su rostro mientras sus manos eran inmovilizadas por uno de los extraños hombres aleteados.
—No creo que nos maten, hay algo más —dedujo la comandante del Ocho—. Algo que necesitan de nosotros.
—¿Qué quieres decir?
—Si quisieran matarnos, ya lo habrían hecho —aseveró Azava—. Estarían devorando nuestra carne y royendo nuestros huesos. Sin embargo, nos han inmovilizado y nos conducen a su reino. La razón la desconozco, pero no creo que matarnos este entre sus planes. Al menos no por ahora.
Tras atar las manos de cada tripulante a bordo, los seres marinos obligaron a los capitenses a avanzar, tirando de las algas que los aprisionaban, hasta llegar frente a las puertas perladas de la fortaleza.
Uno de ellos, de aletas moradas, liberó un nuevo chirrido que volvió a retorcer de dolor a los capitenses momentáneamente.
De las altas torres que se alzaban entre las puertas de la muralla, aparecieron dos seres marinos más, pero con aletas de un llamativo tono anaranjado.
Pocos segundos después, las majestuosas puertas de la fortaleza se abrieron de par en par, revelando su interior.
Un destello deslumbrante, causado por el reflejo del sol sobre las paredes del edificio central, obligó a los capitenses a cerrar los ojos.
Todo allí estaba construido a partir de perlas marinas, incluso el suelo que pisaban.
El hombre de aletas rojas fue quien emitió ahora un breve chirrido cuando las puertas se abrieron en su totalidad y emprendieron la marcha hacia el interior mientras obligaban a los capitenses a avanzar tras ellos.
Un camino atravesaba la fortaleza desde la muralla hasta el edificio que se levantaba en su centro.
A los laterales no había nada más, salvo largos pasillos de aguijones rocosos que apuntaban al cielo, rodeados de pequeños charcos de agua de los que a veces emergía alguna cabeza curiosa de más seres como aquellos.
El camino perlado finalmente desembocó frente al acceso del edificio central.
Los seres acuáticos, con sus aletas centrales desplegadas, situaron a los capitenses en una línea horizontal frente a la entrada.
El ser de crin roja hizo un enérgico gesto a aquellos que custodiaban la puerta y estos, obedeciendo su petición, la abrieron lentamente.
Desde las profundidades del complejo aparecieron varios hombres marinos más, todos ellos con sus aletas estiradas hasta su límite, sosteniendo sobre sus hombros una imponente plataforma perlada sobre la que descansaba un gigantesco caparazón de molusco.
Tras avanzar varios metros hacia los capitenses, los seres de crines naranjas descendieron aquella especie de altar en el suelo, posicionándose firmes a su alrededor.
El silencio reinó unos instantes cuando la concha empezó a crujir, abriéndose lentamente.
Desde su interior, la figura de una mujer vestida con delicadas algas, se sentaba sobre una perla ubicada en el centro de la estructura.
Sus aletas, de un suave tono rosado, eran, sin duda, las más imponentes que habían presenciado hasta ese momento.
Su aleta frontal se bifurcaba en dos, pero era tal su tamaño que se precipitaba a lo largo de sus costados, envolviendo gran parte de su cuerpo como dos cortinas de terciopelo.
La mujer dirigió una mirada penetrante y llena de furia hacia los prisioneros que permanecían frente a ella.
Con un rostro iracundo, agarró su largo báculo corroído por la humedad, abandonando la comodidad de su trono.
Con cada movimiento, hacía resonar los diversos caparazones que adornaban su vestido de algas, recordando al tintineo de un sonajero.
Sus aletas rosadas se desplegaron tras ella, extendiéndose en su totalidad, como dos grandes alas de mariposa.
—¿Quién es vuestro líder ahora? —preguntó la mujer, sus ojos fríos fulminando a los capitenses.
Las hermanas intercambiaron miradas, con su ceño fruncido.
—¿Hablas nuestra lengua? —preguntó una atrevida Alina—. ¿Quién eres? ¿Dónde estamos?
La mujer alzó su báculo y apuntó a la comandante con él.
Casi al instante, los seres acuáticos, firmes tras los capitenses, les obligaron a arrodillarse frente a ella mediante golpes y azotes, haciendo chasquear las algas que empleaban como látigos.
La mujer de aletas rosadas siguió avanzando hasta situarse frente a Alina.