15. Deriva #2
—Pssh, Azava —susurró Alina, su melena corta caía sobre su rostro, algunos mechones estaban pegados sobre su frente por la humedad que envolvía el ambiente.
La comandante del Ocho emitió un leve quejido como respuesta.
—¿Eso significa que estás despierta? —volvió a susurrar Alina.
—Ahora lo estoy —murmuró Azava con un hilo de enfado en su voz, volteándose sobre el saco, dándole la espalda a su hermana—. ¿Qué quieres?
—Estaba pensando —dijo Alina recostándose sobre sus manos, apoyándolas detrás de su cabeza—. ¿No te parece increíble todo lo que está pasando?
—Por favor, Alina, es tarde.
—¿Recuerdas lo que nos decía padre? —prosiguió ella ignorando la plegaria de su hermana—.
Él creía que la profecía era todo una invención humana y que, de ser verdad, nunca viviríamos tanto como para contemplar el fin del mundo.
Y míranos ahora, tumbadas en mitad de la noche sobre un barco de vete tú a saber qué rey abandonaría aquí, en busca de supervivientes davenses por un brutal ataque que recibieron en su reino.
—Alina, no es momento, duérmete —replicó Azava, acomodándose sobre el saco de heno.
—Cómo ha cambiado todo… —prosiguió Alina, sumida en sus pensamientos—.
En Capital intentan hacernos creer que tenemos posibilidades, restándole importancia a la situación, pero creo que es más grave de lo que parece.
No dudo de que tengamos alguna posibilidad pero, ¿a qué precio?
¿Cuántas vidas deberemos entregar para mantener nuestra existencia?
¿Hasta dónde estamos dispuestos a sacrificarnos por conservar nuestra especie?
Un leve ronquido interrumpió el discurso de Alina. Ella alzó levemente su cuello, comprobando el origen de aquel sonido. Bufó, mientras volvía a acomodar su cabeza sobre las manos.
—Siempre he envidiado esa facilidad tuya de quedarte dormida en cualquier lugar —suspiró—. Incluso estando de pie sobre un palo serías capaz de conciliar el sueño.
Alina se recostó sobre su saco de heno, dándole la espalda a su hermana.
—Descansa, marmota —añadió antes de cerrar los ojos y dejarse acunar por las olas.
Los primeros rayos de sol acariciaron el rostro de Azava, su cálida luz logró filtrarse en sus sueños, despertándola poco a poco.
La comandante abrió sus ojos completamente blancos y se iluminaron con la luz de su Bendición al instante.
Miró a su alrededor, percibiendo la tenue aura de calor corporal que emanaba de aquellos a su alrededor.
Cuando era niña, apenas unas semanas después de perder la vista, percibir auras tan débiles en las personas la asustaba.
Al principio, creía que los cuerpos que desprendían tan poco calor eran aquellos que carecían de vida.
Fue su padre quien le explicó que, al dormir, la temperatura corporal se regula y disminuye su intensidad.
Aunque no te culpo , Azava recordó decir a su padre Las siestas de tu hermana son tan largas que a veces dudo yo también de si está viva o no.
Azava sonrió al recordar aquel momento. Se estiró levemente y alzó la cabeza.
El fuerte viento zarandeó su cabello dorado y la obligó a contraer sus parpados.
Miró en todas direcciones, desconcertada por la violencia con la que la brisa marina la azotaba.
Frunciendo el ceño, accionó el mecanismo de su máscara, abriéndola por completo.
Con un sobresalto, se incorporó y avanzó a gatas por la cubierta del navío lo más rápido que le fue posible.
—¡Alina! —gritó, zarandeando el cuerpo de su hermana—. ¡Alina, despierta!
Azava percibió como el aura del cuerpo de Alina, de tono celeste y morado, se tornaba de un rojo anaranjado a medida que despertaba.
—¡Levanta! —ordenó Azava nuevamente mientras la zarandeaba con más ímpetu—. ¡El barco está vivo!
Alina suspiró y, entre bostezos, se incorporó. Miró a su alrededor con ojos somnolientos, que abrió en su totalidad al percatarse de que estaba rodeada por las aguas de Umbramar.
—¿Pero, cómo…? —dijo, frotándose los ojos con urgencia—. ¿Nos hemos alejado de la costa?
—¡Estamos en alta mar! —respondió Azava—. Y no solo eso, nos estamos moviendo y no hay nadie al mando del barco.
Alina se puso de pie y se acercó a la barandilla de madera que bordeaba la cubierta.
Asomó la cabeza para comprobar por sí misma la veracidad de las palabras de su hermana.
Los miembros de los escuadrones que comenzaban a despertarse, también se quedaron atónitos al percatarse de como el navío se iba adentrando en la infinidad del océano.
—¿Pero qué clase de brujería es esta? —preguntó Alina, sosteniéndose con firmeza a la barandilla, tratando de vencer el violento vaivén del barco—. No hay rastro de tierra firme cerca. Nadie jamás se ha adentrado tanto en mar abierto.
—Debe estar arrastrándonos alguna corriente marina —dedujo Azava, manteniendo el equilibrio con dificultad—. El barco no está capacitado para viajar a la velocidad a la que nos movemos.
—¿Entonces los rumores son ciertos? —preguntó Alina, elevando drásticamente su tono, tratando de superar el viento—. ¿Existen corrientes marinas capaces incluso de arrastrar barcos enteros?
Azava guardó silencio. Su mirada vacía se perdió en el horizonte mientras sus mechones de plata le asestaban latigazos al compás del viento.
—¿Es este nuestro fin? —preguntó Alina al recibir silencio como respuesta.
La comandante del Trece clavó su mirada en su hermana mayor. El miedo se reflejaba en sus ojos, intensificándose a medida que aceleraban el ritmo. El barco surcó las olas, sacudiendo con violencia su estructura amaderada, sentando a los capitenses en el suelo con cada nuevo zarandeo.
—¡Señora! —gritó un miembro del Ocho—. ¡Sombras en el agua!