La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 15. Deriva
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15. Deriva

T odos temían el mar que abrazaba el mundo.

Las escasas travesías que se aventuraban en sus dominios eran emprendidas únicamente bajo el consentimiento de reyes y en casos de extrema necesidad.

Numerosos eran los rumores que circulaban acerca de la peligrosidad de sus caudales.

Las innumerables vidas que albergaba en sus profundidades, solo las aguas las conocían.

Algunos creían que el límite del mar se desvanecía en una inmensa cascada que descendía abruptamente hacia Yavan.

Otros temían que las profundidades estuvieran pobladas por criaturas colosales, capaces de generar corrientes marinas que arrastraban a los más incautos hacia sus fauces.

Incluso había quienes afirmaban que el oxígeno se extinguía más allá de donde la vista alcanzaba, y que navegar por esas aguas era condenarse a una muerte segura.

Tanto Alina como su hermana melliza Azava no creían en esas historias.

De padres pescadores, los recuerdos más recientes de su niñez estaban todos relacionados con el mar.

No en vano, Álvar les había encomendado la tarea de inspeccionar la costa, pues ellas veían la inmensidad del océano como un enorme terreno virgen repleto de secretos esperando a ser descubiertos.

—Nos han asignado la misión más aburrida de todas —afirmó Alina entre bostezos—. Nadie, ni siquiera los Hiniur, se atreverían a adentrarse en mar abierto.

Azava sonrió.

—Dicen estar adaptándose. ¿Quién sabe? Quizás ya hayan desarrollado alguna manera de vencer las corrientes de Aqualuna.

Alina frunció el ceño.

—¿Qué insinúas, hermana?

—Puede que nos encontremos Hiniur de madera en vez de con escamas flotando en mar abierto —afirmó Azava irónica, volteándose hacia su hermana con una amplia sonrisa en su rostro.

—Después de todos estos años aún sigo creyéndome tus bromas —dijo Alina, ladeando la cabeza—. ¿Hiniur hechos de madera? —soltó una carcajada—. A veces envidio esa imaginación tuya.

El semblante de Azava abandonó la sonrisa de pronto, dando paso a una expresión más sombría y severa.

—Ten cuidado con lo que deseas, hermana —dijo por fin, empleando un tono firme—.

Si gozo de esa buena imaginación, no es sino por los años que llevo ejercitándola debido a mi ceguera.

El mundo en que yo vivo es como un papel en blanco.

Un mundo moldeado por mis sueños y coloreado por mis recuerdos.

Un mundo triste, Alina, habitado por las sombras de aquellas personas que alguna vez ocuparon un lugar en mi vida.

Siluetas y formas que el tiempo se empeña en borrar de mi mente cada día —suspiró—.

El mundo que yo “veo” es cambiante, impredecible y caprichoso.

Hoy puede mostrarte la primavera más verde que puedas imaginar, para mañana cubrir el paisaje con una capa gris y lúgubre —Azava apoyó una mano sobre el hombro de Alina—.

Cuida tus deseos hermana, pues podrían hacerse realidad.

Alina guardó silencio con una mueca de pesar.

Mientras pensaba en una respuesta, ajustó las vendas de su brazo, que, al igual que en casi todo su cuerpo, la envolvían.

La capacidad curativa de su Bendición era poderosa, pero su uso deterioraba su piel hasta necrosarla, obligándola a vendársela para ocultar aquella desagradable putrefacción al mundo.

—Hoy deberíamos alcanzar el final de la costa —prosiguió Azava, evitando extender la amarga conversación—. Mañana quisiera estar de vuelta en Capital.

La marcha de los miembros de los escuadrones, que avanzaban tras las comandantes, era lenta y dificultosa. El peso de sus armaduras se sentía con cada paso sobre la arena de la costa. El suelo inestable y la resistencia del terreno añadían una dureza adicional a la travesía.

—Ojalá así sea, pero pronto las estrellas cubrirán el cielo —indicó Alina observando el firmamento, su pelo besó sus hombros en su ascenso—. Los días son más cortos ahora y puede que la oscuridad nos sorprenda. Deberíamos buscar algún sitio donde pasar la noche.

—Entre tanta arena va a ser complicado asentar un campamento donde descansar —contestó Azava, comandante del Ocho—. Quizás deberíamos volver a tierra firme y buscar algún lugar seguro allí.

Alina alzó su cuello en un intento por comprobar cuan alejadas estaban de suelo donde acampar. Sus ojos escudriñaron el horizonte, buscando desesperadamente algún refugio. Pero la noche ya comenzaba a envolver el paisaje, ocultando todo a su alrededor.

—Volver a tierra firme supone desviarnos demasiado de nuestro trayecto, hermana —aseguró la comandante del Trece—. Nos demoraríamos varios días más en atravesar la costa.

Azava accionó el mecanismo de su máscara de acero, abriendo las rejillas hasta su límite. Sus ojos, blancos como dos perlas, proyectaban la luz de su Bendición.

—¿Y allí? —dijo señalando el mar—. Parece abandonado, no percibo nada en su interior.

Alina entrecerró sus ojos, forzando su vista en la dirección que señalaba el dedo de su hermana, luchando por distinguir algo en medio de la penumbra. Poco a poco, entre las sombras, pudo apreciar la silueta de un navío de roble que flotaba en soledad sobre las olas.

—¿Un barco abandonado en medio del mar? —preguntó Alina—. ¿No se te ha ocurrido un lugar más tétrico que ese?

—Creo que no encontraremos uno más seguro —añadió Azava entornando las rejillas de su mascara—. Al estar en alta mar nadie, ni siquiera los Hiniur, deberían poder llegar hasta allí.

—Pero, ¿quién dejaría su barco ahí? —preguntó Alina arqueando su ceja—. ¿No te resulta un tanto extraño?

—Si no nos acercamos a comprobarlo, jamás lo sabremos.

Alina se detuvo y caviló unos instantes la propuesta de su hermana.

—Está bien, tú ganas —se rindió—. Quien sabe, quizás no está abandonado y sus tripulantes nos ofrezcan cómodas camas donde descansar.

Azava se volvió hacia sus hombres, quienes aún combatían contra la resistente arena que aprisionaba sus pies.

—¡Soldados! Despojaos de vuestra armadura, nadaremos hasta el barco que flota en el horizonte. Pasaremos allí la noche.

Los integrantes de ambos escuadrones obedecieron la orden al instante. Uno a uno, fueron atando con cuerdas las piezas de jaspe de su armadura y amarrándolas en los cintos que rodeaban sus caderas.

Las hermanas encabezaron el nado hasta el barco. Sus subordinados las siguieron sigilosamente, formando en pelotón, avanzando en silencio hasta llegar a la parte baja de la nave.

La embarcación estaba más deteriorada de lo que aparentaba desde la playa.

Un gran agujero en su casco posterior dejaba al descubierto el interior.

Sus paredes de madera mostraban marcas a lo largo de su superficie, cicatrices de guerra que todavía desprendían olor a muerte.

Las partes faltantes flotaban dispersas en el mar alrededor de los capitenses.

—Vaya, parece que al final sí que estaba abandonado —dijo Alina con un deje de desilusión—. Ya había asumido la idea de dormir en una cama.

Empleando ambas manos, Azava emergió del agua, impulsándose hasta sentarse en el borde que sobresalía del barco.

Una vez allí, extendió su mano para ayudar a su hermana a subir a bordo.

Tras ellas, los hombres y mujeres que conformaban los escuadrones que lideraban, fueron ascendiendo al mismo.

Una vez en él, volvieron a ataviarse en sus armaduras.

Las hermanas escrutaron el entorno. Un potente aroma salado impregnaba el aire, inundando cada rincón.

Escombros y marañas de plantas marinas se apiñaban en el suelo que pisaban.

Una densa penumbra y una ligera capa de niebla envolvía aquel lugar, desafiando la luz lunar que intentaba penetrar en el interior.

—En efecto, parece no haber nadie aquí —dijo Alina, a medida que se enlataba de nuevo en la armadura—. ¿Percibes algo tú, hermana?

Azava activó el mecanismo de su máscara metálica, abriendo al máximo las rejillas que cubrían sus ojos. El constante haz de luz que bañaba sus párpados se intensificó, proyectando un foco brillante allá donde dirigía su mirada, como un faro que alumbra a los barcos entre la soledad del mar.

—Juraría que estamos solo nosotras aquí —aseguró al rato—. Pero…

El haz de luz perdió potencia cuando Azava volvió a accionar su máscara, esta vez, cerrando parcialmente las rejillas que aprisionaban sus ojos.

—Inspeccionemos la parte alta —propuso de pronto—. He percibido unas escaleras al fondo que se bifurcan en dos caminos. Separémonos. Toma tú el lado izquierdo, nos veremos en la cubierta.

Alina asintió.

Tanto las hermanas como los miembros de sus respectivos escuadrones se dispersaron para explorar cada rincón de la embarcación. Azava y sus hombres se adentraron en el ala derecha, mientras que Alina y su leal escuadrón exploraron el lado izquierdo.

Tras una hora de meticulosa inspección, ambas comandantes se reencontraron en la cubierta.

—El barco es más grande de lo que aparenta desde fuera —puntualizó Alina entre jadeos.

—¿Has encontrado algo?

—Hay barriles con provisiones en un pequeño almacén en la planta inferior, pero ni rastro de tripulantes a bordo.

—Yo tampoco he encontrado nada interesante, y creo que ya es tarde para dar una segunda barrida —afirmó la del Ocho—. Permaneceremos aquí esta noche, parece seguro.

—No podría estar más de acuerdo contigo, hermana —respondió Alina agradeciendo aquel merecido descanso.

La noche alcanzó sus horas más oscuras. Los integrantes de los escuadrones desplegaron cómodos sacos sobre el suelo del barco, creando improvisadas camas donde descansar.

Colocaron también sus antorchas en el centro de la cubierta a modo de hoguera, con la esperanza de que su fuego les resguardase de la fría corriente marítima que se levantaba.

Tras engullir varias de las raciones de viaje que traían consigo, todos se dispusieron a entregarse al sueño.

El cansancio que sufrían, el hipnótico sonido del oleaje y el suave balanceo del barco allanó el sendero hacia el mundo de los sueños.