14. Progenie
L as ajetreadas pisadas de Verso resonaron por el pasillo mientras lo transitaba. El jaspe negro otorgaba a las paredes una sensación de opresión. Parecía que, a medida que avanzaba, el pasadizo se empequeñecía hasta lograr engullirlo.
Como cada mañana, el clérigo llegó a la puerta de acero con la intención de permanecer allí el resto del día. Los guardias miraron al chico, siguiéndolo con los ojos a medida que se aproximaba.
—Buenos días, señores guardias —dijo el aprendiz exhausto, usando sus uñas como peine para recolocarse el flequillo recto de nuevo.
Los soldados asintieron levemente en respuesta.
—¿Verso? ¿Ya estás aquí? —preguntó la voz de Cincela desde el otro lado de la puerta—. Hoy has venido temprano.
Verso se dirigió hacia la ventana. A su llegada, en el reflejo del cristal, la mirada de Cincela emergió de pronto. Aquellos ojos bicolor que, lejos de parecerle los de un monstruo, le suscitaban aquel mariposeo que le obligaba a sonreír sin entender por qué.
—Has perdido completamente la noción del tiempo, ¿verdad?
El sol se alza justo encima de nosotros.
Es mediodía, Cincela —miró a ambos lados, pero los guardias permanecían firmes, como ajenos a la conversación, así que volvió a centrar su atención en ella—.
¿Cómo te encuentras? ¿Cómo has pasado la noche?
—Verso volvió a girarse hacia los guardias, incómodo por su presencia y carraspeó antes de dirigirse a ellos—.
Señores custodios de esta puerta, ¿os importaría dejarnos solos mientras dure la visita?
Ambos guardias se miraron incrédulos desde la oscuridad de sus yelmos.
—Quisiera tener una conversación privada con ella y me da vergüenza que alguien más nos escuche —insistió el clérigo—. Solo será hoy.
Los soldados cavilaron la respuesta durante unos segundos.
—Solo por unos minutos y sin entrar en la habitación —sentenció finalmente uno de ellos—. Solo personas autorizadas. Órdenes de nuestra señora Jedena.
—¡Prometido! —exclamó el aprendiz, uniendo las dos puntas de sus dedos índices en señal de juramento.
Los soldados abandonaron el lugar, recorriendo el pasillo y perdiéndose entre la oscuridad de sus paredes. Verso volvió a mirar a Cincela a través de la ventana esférica, sonriente.
—Estoy bien —dijo Cincela sin saber muy bien qué ocurría en el exterior—. La habitación, aunque parezca lo contrario, es cómoda. ¿Sabes algo de los comandantes que se fueron de Capital? ¿Ha vuelto alguno?
Verso suspiró.
—Todavía no.
Cincela dejó caer su cabeza contra la lámina de acero.
—Parece que ese día nunca llega —volvió a alzar su cabeza, su ojo carmesí emergió tras la ventanilla—. Suerte la mía de teneros. Sin ti o mi padre, acabaría por volverme loca entre tanta soledad.
Aquello ruborizó incontrolablemente al aprendiz, llenando de vaho el cristal cuando sonrió.
—Hay que mirar el lado positivo —dijo él—. La puerta de acero que nos separa es una buena forma de poder estar juntos. Podemos hablar y vernos sin necesidad de tener contacto.
Tan solo cuidad el contacto físico entre los dos… la voz varonil de Ramis resonó en la cabeza de ambos jóvenes.
—Supongo que tienes razón —contestó Cincela, volviendo a descender su cabeza de manera que la cascada dorada de su cabello era lo único que podía ver Verso ahora—.
Aunque preferiría poder salir de aquí —al alzar la cabeza, su párpado oscuro volvió a ser visible tras el cristal—.
¿Sabes? Estos días estoy acordándome mucho de Lenov.
De cuando vivía con la única preocupación de no saber qué entrenamiento me depararía ese día.
De poder sentarme junto a mi abuelo frente al acantilado.
De respirar la brisa marina y notar la frescura de la hierba en mis manos —suspiró, impregnando el cristal con su aliento—.
¿Crees que volverán esos días? Cuando todo esto acabe, ¿volverá el mundo a ser tal y como lo conocíamos?
Verso miró hacia otro lado, cavilando una respuesta. Pasados unos segundos, su flequillo rectilíneo volvió a aparecer a través de la ventanilla.
—No lo creo —dijo con una convicción impropia de él—.
El mundo tardará en recomponerse —una mueca de tristeza emergió en el rostro del aprendiz—.
Sin embargo, esto también tiene sus ventajas.
Hemos podido salir de Lenov… ¡Hemos visto el mundo más allá del bosque!
¿Cuántos lenovenses conoces que puedan afirmar lo mismo?
Y, aunque me recorra un escalofrío cada vez que lo pienso, ¡vamos a asistir a un evento histórico!
¿No te parece algo increíble? Si le contases a la Cincela de hace un año que llegaría el día en que presenciaría cómo la humanidad pudo contrarrestar el mal y reescribir su futuro, ¿piensas que se lo creería?
—la felicidad de Verso era casi palpable—.
¿Y si le contases que hemos conocido los Bendecidos de Capital?
¿Que incluso hemos podido contemplar su don de primera mano y… ?
—No me importa nada de eso, Verso —interrumpió Cincela—. Cualquier cosa que puedas decirme nunca será mejor que mi vida anterior.
—Puede que no lo creas —dijo el clérigo casi al instante—.
Pero, ¿sabes? Si algo he aprendido durante mi estancia en la orden, es a vivir el presente.
Cuando vivía en Lenov, creía que jamás podría conocer la felicidad.
¿Cómo iba a hacerlo un chico huérfano, condenado a vivir entre libros y credos?
Forzado a llevar una vida de devoción sin el cariño de unos padres.
¡Y mírame ahora! Aquí me tienes, lamentando cada día que me torturé con esos pensamientos en lugar de apreciar las cosas buenas que tenía —Verso miró hacia otro lado—.
Ahora soy consciente de que la felicidad está más cerca de lo que creemos.
Quizás en el futuro nos encontremos en una situación peor que la de ahora y maldigamos cada momento que no supimos aprovechar.
Cincela tardó unos segundos en responder. Aun con el medio rostro de un monstruo, la joven le dedicó la más tierna de las sonrisas.
—Eres el mejor consejero que una reina podría tener.
La tez pálida de Verso adoptó un tono tan rojizo que pareció entrar en combustión. Sus ojos se abrieron como lunas y varios mechones de su flequillo se pegaron a su frente por la sudoración que empezaba a sentir.
—Ya te lo dije —aseguró al percibir que los nervios ya no le provocarían la temida tartamudez —.
Para mí siempre serás la reina a la que debo servir y aconsejar.
No seré el más diestro en la guerra, y puede que el miedo se apoderé de mi cuerpo a cada paso que doy, pero juré servirte, y el compromiso de un clérigo de Lenov hacia sus soberanos, es inquebrantable.
—¿Están los guardias contigo?
Verso frunció el ceño cuando le pareció que Cincela le ignoraba. Tampoco era algo extraño, ahora todos en el castillo lo tomaban por un cargante y un muchacho empalagoso que no tenía otro tema de conversación que no fuera ella.
—Digamos que les he pedido por favor que me dejasen a solas contigo —Cincela frunció el ceño con una tímida sonrisa y él entró en pánico ante el posible malentendido—.
¡No por nada en especial! Solo que todos los días, cuando vengo a verte, están aquí a mi lado y se enteran de todo lo que hablamos —Verso bufó—. Es muy incómodo.
Cincela soltó una carcajada.
—Te lo preguntaba por si te apetecía entrar —sugirió ella—. Aunque sea solo un momento. Quisiera darte un abrazo. Sé que no deberíamos pero… por un abrazo no tendría por qué pasar nada, ¿no?
Verso enrojeció. Los pálpitos de su corazón, de pronto, se sintieron contundentes en su pecho, seguidos por un cosquilleo que le recorrió el alma.
—Supongo que no…
El clérigo, movido por la adrenalina que comenzó a sentir, empleó la poca fuerza de sus brazos para accionar los diferentes cerrojos que aseguraban la puerta de acero. Sus dedos estaban magullados, enrojecidos en algunas partes tras el esfuerzo, pero finalmente, logró abrirla.
—¿Cuánto pesará este maldito bloque de acero? —preguntó al entrar y lograr cerrar la puerta tras él—. Para ser una sala de contención donde se supone que no encierran a la gente, sino que la vigilan, me parece que han tomado demasiadas medidas de seguridad.
Verso calló al notar los brazos de Cincela rodearle por detrás.
Él se mantuvo rígido, asimilando la sensación tan agradable que le provocaba aquella envoltura.
El mariposeo que momentos antes había sentido volvió a recorrerle el cuerpo, esta vez incluso apoderándose de la voluntad de sus labios, provocándole una sonrisa incesante que no pudo controlar.
—Gracias —susurró ella.
El característico aroma de Cincela llegó a su olfato, aquel perfume natural que le recordó a los prados en primavera o al suave aroma del mar.
Verso se giró hacia ella y le correspondió el gesto, rodeándola con sus brazos.
Ambos suspiraron profundamente, como quien se libera de un gran peso.
Permanecieron en la envoltura más tiempo del esperado, saboreando aquel momento que se sintió como volver a casa.
—No sabes cómo necesitaba esto —susurró Cincela—. Me siento muy sola aquí.
—Saldremos de esta —prometió Verso, disfrutando de aquel momento que tanto echaría en falta más tarde—. Tan solo es una prueba más que nos pone el destino. La conseguiremos superar, como hemos hecho en tantas otras ocasiones. Te lo prom…
Cincela empujó a Verso contra la puerta, deshaciendo el abrazo repentinamente. Él se llevó la mano a la cabeza, tratando de calmar la aflicción provocada por el golpe que había recibido.
—No, no, no, no ¡NO! —maldijo ella de pronto, encogiéndose y abrazándose la tripa—. ¡Ahora no! ¿Por qué siempre tienes que molestarme en los momentos más inoportunos?
—Yo… me iba a ir ya, tan solo había entrado a verte un momento —se justificó Verso, frotándose con urgencia la zona del impacto, tratando así de aliviar el dolor—.
De saber que te sentaría de esa manera, quizás me lo hubiese pensado dos veces antes de entrar.
Pero tienes razón, quizás soy muy molesto.
Me lo dicen mucho últimamente, ¿sabes? Quizás debería sentarme a pensarlo y cambiar esa parte de mí pues…
Cincela se mantenía agazapada, encogida sobre sí misma. Sus mechones dorados le ocultaban el rostro parcialmente. Aun así, la mueca de dolor que se le formó no pasó desapercibida para el clérigo.
—¿Cincela?
—¡Vete de aquí! —gritó ella, alzando su cabeza, mostrando su ojo carmesí que parecía haber adoptado una intensidad propia del fuego.
—Cincela yo…
—¡Márchate de una maldita vez!
Cincela emitió un alarido infernal; su grito sonó grave y profundo, como si no fuera su propia voz.
Empezó a toser y de su boca brotaron gotas de sangre.
Una sangre negra y densa, cuya viscosidad recordaba a la miel.
Cada vez que tosía, un nuevo charco de aquella pasta negra abandonaba sus entrañas y manchaba el suelo de la habitación.
Ella se tambaleó en busca de algo sobre lo que sostenerse. Los surcos negros provenientes de su marca se extendieron por su rostro un poco más, eclipsando su cuello, descendiendo hacia el resto de su cuerpo.
—¡Cállate! —ordenó Cincela golpeándose la boca del estómago—. ¡Cállate, cállate, cállate!
Verso se acercó, sosteniendo el brazo de Cincela con sus manos, evitando que volviese a golpearse. Tras un leve forcejeo, finalmente logró calmar su ira descontrolada.
—Cincela por favor, dime algo. ¿Qué está pasando?
La joven alzó su cabeza, su cabello dorado se apartó de su rostro y clavó su ojo carmesí en Verso.
Él dio un paso atrás, intimidado. Ella respiraba entrecortadamente, mientras hilos de saliva negra entre sus labios vibraban con cada jadeo.
Un rio de aquella sangre viscosa se precipitó por una de sus comisuras hasta caer sobre su blusa, manchándola.
Cincela entonces introdujo su mano en el interior de su prenda, buscando el nudo de la envoltura de telas que aprisionaban su abdomen.
Jadeaba.
Tiró del nudo, liberándose de la presión. Las telas cayeron al suelo. Verso frunció el ceño. Tras unos segundos, Cincela sonrió maliciosamente mientras se alzaba levemente la blusa, mostrándole al aprendiz lo que allí ocultaba.
Su vientre estaba más pronunciado de lo habitual, sobresaliendo muy por encima de sus caderas.
Infinidad de surcos negros descendían como venas desde todo su cuerpo, entrelazándose unas con otras, hasta converger en el centro de su tripa, donde palpitaban de forma intermitente.
Allí, una aureola morada rodeaba su ombligo, que se tornaba más oscura en su centro.
Cincela seguía jadeando incesantemente, tosiendo de forma irregular, bañando el suelo con más de aquella viscosidad. Sus ojos, aun infundiendo el terror propio de un Hiniur, parecían contener lágrimas que no querían derramarse. Dejó caer la blusa, ocultando de nuevo la deformidad de su abdomen.
—No… —dijo con dificultad—. No se lo digas a mi padre.