La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 13. Identidad
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13. Identidad

L as gotas de lluvia impactaban con ímpetu sobre el cristal de la ventana.

El suelo arenoso que bañaba La Arena estaba inundado y, como Cincela, sufría de soledad.

Hacía horas que su desayuno tenía que haber llegado, pero, por alguna extraña razón, aquel día no llegó.

Tampoco le importaba, la pérdida de apetito ya era algo habitual desde que vivía allí.

¡Y entonces podremos ver el mundo! recordó Cincela mientras observaba el paisaje desolador, una sonrisa cargada de anhelo se formó en sus labios.

Al final, el mundo más allá del bosque Aurora tampoco era para tanto, ¿verdad, abuelo? pensó como si Azhna estuviera a su lado y pudiese escucharla.

La puerta de la sala se abrió de pronto, y Cincela se volteó secándose los ojos con el dorso de su mano.

Un hombre con armadura de nieve y oro se adentró en el habitáculo.

Su cabello de cobre estaba revuelto y algo inflado por la humedad de la lluvia.

Pronto, sus ojos se encontraron con los de ella.

Ojos del color del mar, tan hermosos como imponentes.

Aquellos ojos que algún día temió, ahora sabían a su hogar.

—Papá… —murmuró ella incorporándose para recibirle.

—Hija mía —contestó Ramis, dirigiéndose hacia Cincela para envolverla entre sus brazos a su llegada—. ¿Cómo te encuentras?

Tras un cálido beso en la frente, padre e hija deshicieron el abrazo. Sus miradas volvieron a cruzarse y una felicidad se adueñó de sus semblantes, arrugando el contorno de sus ojos al sonreír.

—Me alegra tanto tu visita… —confesó Cincela, sentándose de nuevo sobre la cama—. Empezaba a sentirme triste y sola. Me ocurre cuando paso demasiado tiempo conmigo misma.

Como si pudiese leer la mente de su hija, a Ramis también le empezaron a invadir los recuerdos. Imágenes de tiempos felices se solapaban en su mente, una tras otra, evocando aquellos días frente al acantilado tras su casa en Lenov.

Retuvo en su memoria un atardecer de primavera, donde la hierba verde bailaba despreocupada y las aves surcaban el mar cristalino bajo sus pies.

Cincela, que tenía apenas ocho años, correteaba libre, sosteniendo su pequeña espada de madera en alto a la caza de alguna mariposa.

Él disfrutaba del paisaje, dejando que la apacible brisa marina acariciase su semblante mientras su esposa Amali, recostada sobre su regazo, le dedicaba una sonrisa repleta de cariño y complicidad.

Felicidad… susurró Ramis para sí.

—¿Han comunicado ya cuando volverán los comandantes a Capital? —preguntó ella, empujando a Ramis de vuelta a la realidad—. Quiero que se celebre la reunión y poder salir de aquí —frunció el ceño al percatarse de que su padre todavía permanecía sumido en sus pensamientos—. ¿Papá? ¿Qué ocurre?

Ramis volvió en sí, clavando sus zafiros en ella.

—No es nada, hija mía —confesó—. Simplemente me he dado cuenta de cuánto has crecido. Ya no eres la niña que recuerdo y, a medida que creces, te pareces cada vez más a ella.

—¿A Mamá?

Ramis asintió.

—Eres su viva imagen. Salvo por tus ojos azules, esos son míos.

Cincela sonrió con un deje nostálgico.

—¿Me creerías si te dijera que los ojos siempre ha sido lo que más me ha gustado de mí? —Cincela se llevó una mano hacia las escamas que circundaban su ojo carmesí—. O solían hacerlo, al menos.

—Tonterías, siguen siendo preciosos —afirmó el Capitán—. Si no, pregúntale a Verso, últimamente parece que el aprendiz se fija mucho en ti.

—Por favor, papá, eso son cosas tuyas —dijo Cincela ladeando la cabeza con una sonrisa—. A todo esto, ¿cómo está él?

Ramis se acomodó sobre la silla, cruzando sus brazos sobre el pecho de su coraza perlada.

—No para quieto este muchacho. Se pasa el día preguntando por ti a todo el mundo que ve.

De hecho, han llegado a mis oídos que los comandantes tratan de evitarlo, inventándose cualquier excusa al cruzarse con él —Ramis dejó escapar una leve carcajada—.

Saben que, si le dan conversación, él no callará hasta que le lleven a “tu celda”, que así es como lo llama él —se inclinó, su armadura metálica resonó en su descenso hasta descansar los antebrazos sobre sus piernas—. Me extraña que no haya pasado por aquí.

—Viene todos los días —contestó ella—. Solo que siempre se queda fuera, sentado en el banco frente a la puerta.

Supongo que por aquello que hablamos de evitar el contacto físico.

A veces me acerco y hablamos a través de la ventana.

Otras veces lo veo allí, sentado sin más.

Alguna noche también lo he visto recostado, durmiendo.

Ramis guardó silencio, mirando a su hija detenidamente.

—Lo que decía, ese chico está enamorado de ti.

—No lo creo, papá —se quejó Cincela, en su movimiento la cascada dorada se desplazó de su rostro, revelando la mancha durante un instante. La expresión de Ramis se tornó seria de pronto, como si hubiese olvidado la carga que soportaba su hija.

—¿Cómo se está portando? —preguntó mirándole la nuca—. ¿Ha vuelto a extenderse?

Cincela se retiró los mechones que bailaban sobre el lado derecho de su cara, mostrándole a su padre la marca negra en su plenitud.

El ojo carmesí se clavó en él, amenazante, infundiendo el terror propio de un Hiniur.

Odiaba reconocerlo, pero era verdad; aquel mirar le recordaba a la infinidad de monstruos que tantas veces había enfrentado.

Cincela sostuvo su pelo durante varios segundos, hasta que su padre, por fin, rompió el silencio.

—No luce tan mal —mintió.

—Luzca bien o mal, debo ir acostumbrándome —respondió Cincela, dejando caer su cabello y volviendo a ocultar la marca—. Esta cosa va a vivir conmigo para siempre, puedo ir olvidándome de ser quien pretendía ser.

Ramis frunció el ceño. Se acercó a ella, sentándose a su lado con el fin de poder mirarla más de cerca.

—¿Por qué dices eso, hija mía? Esa cosa no tiene por qué impedir que sigas siendo tú misma.

—Mírame, papá. Mírame bien —mantuvo sus ojos fijos en su padre—.

Soy un monstruo. La gente del reino me mira con desconfianza.

Con miedo. Le prometí al abuelo blandir Segadora y capitanear las Cruzadas y eso jamás va a pasar.

No solo eso, sino que, además, el que se supone nuestro hogar ahora, no me acepta.

Si por ellos fuera, me exiliarían del reino a mi suerte —dejó caer su cabeza hacia delante—. Lo noto en sus miradas.

Ramis se levantó, caminó hacia la ventana y fijó su atención en La Arena, con sus manos entrelazadas tras su espalda. Parecía observar el exterior, pero sus ojos miraban mucho más allá, al infinito, mientras parecía meditar una respuesta.

—Así que eso es lo que te preocupa —dijo por fin—.

No sé qué nos deparará el mañana, no sé qué será de nosotros cuando la guerra estalle.

Pero hay algo que sí puedo decirte con total certeza —se volvió para mirar a su hija—.

Estás destinada a hacer algo grande, hija mía.

Eres una guerrera formidable y una diestra espadachina.

Tienes razón, aquello de ser Capitana quizás nunca llegue, pues Lenov ya no es más que un recuerdo, y el día que el reino sucumbió, las Cruzadas y el cargo de Capitán murieron con él —volvió a acercarse a su hija, acuclillándose frente a ella, buscando su mirada entre el mar de mechones dorados—.

Pero ahora vivimos aquí. Estoy seguro de que tu habilidad no pasa desapercibida.

Y, ¿quién sabe? Quizás tu futuro no está ahí.

Quizás tu destino sea convertirte en la nueva comandante de algún escuadrón y servir a Capital de esa forma.

Nunca debes cerrar las puertas del destino, pues él es sabio y siempre encuentra la manera de guiarnos hacia nuestro verdadero camino.

Cincela alzó la cabeza, sorprendida por las palabras de su padre.

—¿Comandante de Capital?

Ramis asintió.

—Sería un desperdicio no aprovechar la habilidad de tan diestra guerrera. Si yo fuera Jedena y estuviese al mando, querría tener una mujer como tu entre mis filas.

—Pero, papá, ¿has visto de qué son capaces los comandantes? Son personas muy hábiles y poderosas. Sin ir más lejos, están bendecidos por Gheva, algo que, hasta donde tengo entendido, solo les ocurre a unos pocos. Jamás podría competir contra algo así.

—¿Eso crees? —Ramis sonreía, ladeando la cabeza—. ¿Es eso lo que crees que define a un comandante de Capital? ¿Su Bendición? Estas equivocada, hija —se puso en pie de nuevo—. Desconozco si has llegado a conocer al comandante del escuadrón Catorce; Zékiel.

Cincela miró hacia el techo, tratando de hacer memoria.

—¿El comandante tatuado? ¿De pelo grueso y largo?

Ramis asintió.

—El mismo que blande un mangual que, como bien sabrás, es el arma más compleja de blandir de todas.

Incluso más que el hacha de doble filo que solía portar Álvar.

Zékiel posee una fuerza natural sobrehumana.

Tanto es así que fue necesario proveerle de un mangual para controlar su poderío ¿Te imaginas de lo que sería capaz ese hombre con una espada común como la nuestra?

—Ramis ladeó la cabeza con ímpetu cuando se percató de estar desviándose del tema principal—.

Lo que te quiero decir, hija mía, es que Zékiel carece de Bendición y, aun así, es de los comandantes más temidos de Capital. La Bendición no lo es todo.

—No puedes compararme con él, padre. Él es un caso excepcional, su fuerza es descomunal, no necesita una Bendición.

Ramis se giró hacia ella con su ceño fruncido.

—Ni tú tampoco. Has sido instruida para ser Capitana de Lenov, la mejor espadachina de todo el reino, con el fin de superarme a mí e incluso al abuelo.

Has tenido el mejor maestro, hija mía. Nada más y nada menos que Azhna, el Siegaalmas y posterior Capitán de Lenov —Ramis hizo una pausa—. Esa es tu Bendición.

Cincela agachó la cabeza, mirando a la nada. La imagen de Azhna vino a su mente y, por un momento, anheló estar con él.

—Debo ocuparme de unos asuntos ahora —dijo de pronto su padre, recogiendo su yelmo de la mesa y acomodándose la capa dorada tras él—.

Jedena me pidió reunirme con ella hoy. Aprovecharé para recordarle el sinsentido de esta sala de contención y de que estés tú en su interior.

Quizás hoy entre en razón. Y, si no lo hace, mañana volveré a recordárselo hasta que por fin te libere.

Cincela sonrió.

—Gracias, papá.

Ramis le devolvió la sonrisa.

—Volveré a visitarte pronto, hija.

La puerta de la sala volvió a cerrarse cuando Ramis abandonó la estancia. El sonido de los cerrojos y diversos pestillos y cadenas que la aseguraban desde fuera, acompañadas también por un cascabeleó metálico, fue lo último que escucharía Cincela por el resto del día.

Comandante de Capital… pensó cuando estuvo en soledad de nuevo. Al final, vas a tener razón, abuelo. Una no puede huir de su destino. No importa lo mucho que se desvíe el camino, lo que nos está destinado siempre encuentra la forma de llegar a nosotros.