12. Hospitalidad
U nos pasos metálicos resonaron a través del pasillo de jaspe negro que conducía a la sala de contención. La maciza silueta de una mujer emergió ante los soldados que custodiaban la puerta. A su lado, la figura de un hombre de una constitución más delgada y afeminada se detuvo tras ella.
—¿Ya ha comido? —preguntó la mujer tajante.
El guardia tragó saliva antes de contestar.
—No, mi señora—el soldado abandonó su posición de firme—. Bajaré ahora mismo a la cocina y le traeré…
—No será necesario, hoy me ha dado por madrugar y crear arte entre los fogones de mi cocina—.
El hombre, que portaba un recipiente de barro entre sus manos, reveló su interior—.
De masa esponjosa por dentro y una fina y crujiente piel dorada por fuera; bañadas con una cascada de glaseado por encima, que les da ese irresistible toque adulzado que os obligará a llevaros un nuevo bocado y complacer así a vuestros paladares.
Los guardias contemplaron aquellas delicias, luchando por contener el impulso de asestarles un mordisco mientras el comandante las describía y el aroma avainillado penetraba en sus fosas nasales.
—Pero, muy a vuestro pesar, no creo que podáis probarlos.
—Son para la chica, hoy le traemos nosotros el desayuno —corroboró la mujer—. Abrid la puerta.
Los guardias, abandonando el trance al que les inducía aquel manjar, acataron la orden de su superior y accionaron los diferentes cerrojos para abrir finalmente la entrada de acero. Tanto la mujer como su acompañante entraron en la estancia, cerrando la puerta tras ellos.
Cincela se sobresaltó al escuchar el chirrido metálico de las bisagras. Tras acomodarse la blusa, apartó la mirada de la ventana para clavarla en los recién llegados.
—¡Kaselea! ¡Samil! —exclamó levantándose de golpe—. ¡Qué sorpresa! ¿Cómo es que habéis venido?
Samil se acercó a la joven mostrándole el contenido de la bandeja de barro que portaba entre las manos.
—Hoy me he despertado creativo y he elaborado la mejor bollería de todo Capital —dijo meciendo su cabeza orgulloso, acomodándose los mechones que bailaban sobre su rostro—. Abrirían el apetito a cualquiera.
—No le des la razón, preciosa —intervino Kaselea—. Se crecerá todavía más de lo que ya lo está.
Samil puso los ojos en blanco.
—Hay que ver lo que disfruta esta mujer rompiendo mis momentos de protagonismo —el comandante suspiró—. Anda, sírvete, son para ti. Comprueba por ti misma si exagero o si realmente es lo más sabroso que has probado nunca.
Cincela, sin vacilar, extendió la mano hacia el interior de la bandeja y se sirvió uno de los bollos.
El hilo de humo que desprendían inundó con su aroma la habitación.
El azúcar que adornaba la capa superior, impregnó los dedos de la lenovense, que lo retiró con un pequeño lametón. Por fin, le asestó un profundo bocado.
—¿Y bien? —preguntó Samil expectante mientras Cincela masticaba—. ¿No es la cosa más deliciosa que has probado en tu vida?
—Está muy rico —balbuceó mientras masticaba—. ¿Puedo más?
Kaselea y Samil soltaron una carcajada al unísono.
—¡Puedes comer todos los que quieras! —exclamó el comandante complacido, apoyando la bandeja sobre la mesita de noche—. Son todos para ti.
Cincela asestó un nuevo bocado aun sin haber tragado el anterior.
—No sabía que cocinabas —dijo, con el contorno de sus labios moteado con cristales de azúcar—. Se te da muy bien.
—En la cocina, al igual que en otras muchas disciplinas, también está muy presente el arte —explicó Samil acariciándose el mechón de su flequillo que se mecía sobre su frente—. Y allá donde exista arte, estaré yo para darle vida.
—Pero no venimos aquí para hablar de arte, ni de tus dotes culinarias, Samil —intervino Kaselea aproximándose a Cincela y sentándose en la cama frente a ella—. ¿Cómo estás tú, bonita? ¿Se te está haciendo muy dura tu estancia en la sala de contención?
Cincela dejó de masticar durante unos segundos y dirigió su mirada a través de la ventana.
—No estoy tan mal como esperaba estar —aseguró, asestando un nuevo bocado al bollo azucarado—. Pero echo de menos el exterior.
Samil se acercó a ella. Apoyó delicadamente un dedo sobre el mentón de la joven, alzando su cabeza. Al hacerlo, las ondulaciones doradas se retiraron de su rostro y dejaron al descubierto los hilos negros que lo atravesaban, así como su ojo de fuego.
—Ya veo —dijo él, acariciándole delicadamente la mancha negra con su dedo pulgar—. Parece que esta porquería ha venido para quedarse, ¿verdad?
Cincela agachó su mirada con pesar.
—Eso parece —dijo, dejando el bollo a un lado.
Samil miró a Kaselea con preocupación.
—¡Tonterías! —exclamó la comandante extrayendo una paleta de maquillaje y brochas del interior de su bolsa de cuero—. No es nada que no se pueda arreglar con algo de color.
Untó el pincel en una pasta de un intenso color rosado. Cincela giró la cabeza hacia un lado, esquivando los pelos de la brocha que la comandante acercaba a ella. Kaselea se detuvo, frunciendo el ceño.
—No te preocupes —dijo Cincela—. Es algo con lo que tengo que aprender a vivir. Aunque intentemos ocultarlo, esta cosa estará ahí y seguiré siendo una amenaza para la gente del reino.
La comandante suspiró, guardando el utensilio de vuelta en su estuche de madera. Se acercó un poco más hacia la joven, rodeándola con su brazo y dándole un beso allí donde nacía la marca negruzca.
—Encontraremos una solución, no vas a estar encerrada eternamente.
—Vamos, vamos, vamos —intervino Samil, escarbando entre sus ropajes de donde extrajo una lira de madera albina y con la que se acomodó en una de las sillas de la habitación—.
¿A que vienen esas caras tan largas? —cubrió las yemas de sus dedos con un haz de luz para, seguidamente, apoyarlas sobre las cuerdas, haciéndolas sonar—.
La música es otra de mis pasiones; crear arte a partir de sonidos me resulta de lo más placentero —volvió a pasar sus dedos por las cuerdas, regalando un nuevo acorde a su público—.
Y en estos momentos, es justo lo que necesitamos —tosió, aclarándose la garganta—. Dice así.
En el valle y el castillo,
hay un rumor que se extiende como ríos:
un monstruo deambula a sus anchas,
alejando a todo ser vivo.
Conocidos son los héroes que han tratado de darle caza,
mas ninguno esperaba encontrar el poder que de él emana,
No era aliento de fuego, ni plumas de águila,
tampoco colmillos afilados ni garras lo que sus manos adornaban.
Un poder más devastador era el que Yavan poseía:
varias décadas su piel no conoció el agua fría,
ni el jabón sus axilas recuerdan,
pues la fuente de su poder reside en un fuerte hedor
que bien recordaba al alcantarillado de la región.
Cincela soltó una carcajada. Samil le devolvió una sonrisa cómplice.
—¿Te gusta? —preguntó el comandante. La luz de sus dedos cesó.
—Los grandes cuentacuentos del reino no tienen nada que envidiarte —confesó la lenovense, aún manteniendo la sonrisa.
—No le digas eso o se crecerá más —pidió Kaselea sonriendo a pesar de sus intentos por disimularlo—. Cuando se crece, no puede dejar de cantar una canción tras otra y, créeme, no quieres eso.
—¡Oh, vaya! ¿Me parece haber oído que queréis escuchar otra? —Samil apoyó sus dedos en las cuerdas nuevamente, dispuesto a hacerlas sonar—. Atentas, esta es de mis favoritas.
El haz de luz volvió a cubrir sus dedos, el comandante pellizcó las cuerdas. El semblante de Cincela se arrugó en confusión cuando se fijó en ellas.
En lo alto de una torre, el viejo rey acechaba;
corona de oro, cabellos de plata.
¡Oh Su Majestad que la hora aguardaba
de poder sentarse en su trono de piedra y defecar!…
—No son cuerdas.
Samil detuvo su música, fijando su atención en la lenovense que había interrumpido su sonata.
—¿Cómo dices? —preguntó, frunciendo su ceño hasta su límite.
Cincela señaló la lira del comandante.
—No son cuerdas, ¿verdad?
El líder de tez delicada volteó el instrumento, meditando la observación de la joven.
—¡Oh!, claro que no lo son —apoyó el dorso de su mano sobre su boca tratando de contener la risa—.
Son cuchillas, tan delicadas como afiladas, de diferentes grosores, forjadas especialmente para que al pellizcarlas me devuelvan la nota que deseo—.
El dedo índice y pulgar se envolvieron en luz para que, a continuación, Samil hiciese sonar el filo más grueso de su lira—¿Oyes? Eso es un Do.
Cincela, aún sin creer lo que sus ojos mostraban, arrugó todavía más su frente.
—No asustes a la chica, Samil —intervino Kaselea al percatarse del asombro que sufría la lenovense—. Si te preguntas cómo es capaz de hacer sonar la lira sin cortarse los dedos en el intento, es porque está usando su Bendición.
—Es una buena forma de evitar que otro se apropie de mi lira ¿no crees? —aseguró Samil, guiñando un ojo—. A ver quién es el valiente dispuesto a perder sus dedos.
—¿Es esa tu Bendición? —preguntó Cincela todavía sin abandonar su asombro.
—La Visceronervación —aclaró él, llevándose una mano al pecho orgulloso—. Es una de las Bendiciones más mortíferas de entre los comandantes pertenecientes a la escuela anatómica.
La curiosidad de Cincela era evidente, su mirada bicolor se posó en Samil.
—¿Visceronervación? —repitió—. ¿En qué consiste?
El pecho del comandante se infló, dándole a su orgullo la libertad que demandaba.
—No es más que la capacidad de manipular los órganos ajenos —explicó, con sus dedos imbuidos en luz de nuevo—.
Cada cuerda representa una parte del cuerpo de mi rival.
—Apoyó sus dedos sobre la segunda cuchilla y de esta emanó un haz de luz—.
Ahora mismo, esta cuerda está ligada a uno de los órganos de Kaselea, a su estómago concretamente.
—No serás capaz, ¿verdad? No aquí delante de la chica.
Samil le contestó con una sonrisa traviesa.
—Solo un poco Kassi.
—¡No, Samil! —gritó la comandante abrazando su vientre.
Una mueca de dolor se apoderó del semblante de Kaselea cuando, finalmente, alivió ese malestar con un eructo tan estruendoso que bien recordó al sonido de una morsa.
Samil explotó en carcajadas, Cincela trató de contener su risa, siéndole imposible.
—Eres tan inmaduro a veces…—espetó Kaselea, su expresión se arrugó en rabia—. No sé cómo te aguanto.
—¿Ves esta otra cuerda, Cincela? —dijo Samil ignorando a su compañera—. Está vinculada al esfínter de Kassi. ¿Quieres ver cómo…?
La mano de Kaselea viajó a través del aire hasta impactar con fuerza sobre la muñeca de Samil, en un intento desesperado por evitar sus intenciones. El brazo de la comandante estaba imbuido en luz, alargándose varios metros hasta que pudo alcanzar a su compañero.
—Ni se te ocurra, Samil —dijo, mientras volvía a contraer su brazo hasta volver a su forma original.
—¡Oh! Vamos, con lo bien que lo estábamos pasando, ¿verdad, Cincela?
A medida que el brazo de Kaselea se encogía, Cincela contempló como la piel de la comandante se abría hasta el punto de causarle heridas en su superficie. Un fino hilo de sangre se deslizó sobre alguna de sus cicatrices, debido a la tensión a la que habían sido sometidas.
—Tanto maquillaje para nada —se quejó Kaselea tratando de limpiarse una de las heridas recién abiertas—. Me obligas a usar mi Bendición cuando sabes que no me gusta hacerlo.
—Querida amiga, solo bromeaba —suspiró Samil acercándose a la comandante, inspeccionando su brazo—. No era necesario emplear aquí tu Macromorfosis.
—Pues has conseguido que lo haga —maldijo Kaselea, entrecerrando los ojos—. Insisto, no sé cómo logro aguantarte muchas veces.
Samil se tornó hacia Cincela.
—Nosotros deberíamos irnos ya, nuestras obligaciones como comandantes nos reclaman.
Quiero dedicar más tiempo al libro, que entre los bollos y las canciones, lo he dejado un poco de lado —volvió su mirada hacia Kaselea—.
Pero primero, nos dirigiremos al servicio médico para que te echen un ojo, amiga.
Kaselea ladeó la cabeza con resignación.
—Volveremos a visitarte muy pronto, querida.
Cincela asintió, acompañando a los comandantes hacia la salida de la habitación.
—Volved siempre que lo deseéis.
La puerta volvió a cerrarse tras su salida.
Los guardias ocuparon de nuevo sus posiciones a cada lado de la misma, manteniendo su posición de firmes.
Cincela se recostó en la cama, cogiendo el bollo que se había dejado a medias sobre la mesita.
Le asestó un bocado mientras sonreía al recordar las canciones que el comandante, momentos antes, le había dedicado.