La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 11. Cicatriz #2
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11. Cicatriz #2

—Aquellos actos repulsivos parecieron no pasar desapercibidos ante los ojos de Gheva —prosiguió la comandante—.

Pues fue en aquel momento cuando sentí su luz.

Mi calor corporal aumentó de tal manera que me compararon con el sol, derritiendo los cuerpos de todos aquellos que osaban acercarse demasiado a mí.

Recuerdo que ese día, cuando fui tocada por Gheva, la Bendición brotaba de mí sin control.

No podía pararlo. Me ardía el alma cada segundo que la mantenía activa.

Pero, aunque el dolor era insoportable, en aquel momento solo pensaba en mantener mi Bendición hasta ver a mi padre arder.

—¡Ya te recuerdo! —exclamó Tretton abandonando la comodidad del tronco sobre el que se recostaba—.

Tú eras “la niña nacida del sol”. Aquello fue muy sonado en el reino.

Incluso la gente llegó a pensar que se trataba de un Vastali que había descendido de los cielos en nuestra ayuda.

Se decía que, tras aquella batalla, intentaron dar contigo, pero jamás lo lograron.

Doile sonrió.

—Eso fue gracias a mi madre, quien me ocultó en los bajos fondos del reino. Allí Krollo no se atrevería a buscar jamás. No fue hasta que Álvar tomó el trono cuando dieron conmigo y, tras conocer mi historia, el nuevo rey decidió nombrarme Comandante del Dos.

Tretton posó sus ojos hipnóticos en su compañera.

—Tenemos más en común de lo que creía. Ahora entiendo porque Álvar nos mandó juntos a esta misión.

Doile frunció el ceño.

—¿Por nuestro pasado? ¿Tu padre también era un borracho enfermizo que maltrataba a tu madre?

—Jamás conocí a mis padres —confesó Tretton ladeando la cabeza—. ¿Has oído hablar alguna vez de Lana, antigua comandante de mi actual escuadrón?

—Lana… Lana… —susurró Doile mientras se golpeaba el mentón con su dedo índice tratando de hacer memoria.

—Quizás la recuerdes por su otro nombre: “La Dama de Acero”.

—¡Oh, Lana! —exclamó Doile, chasqueando los dedos al recordar—. La comandante que solían subestimar por su baja estatura, pero capaz de empuñar una maza de guerra dos veces más grande que ella. Sí, ahora lo recuerdo. Me pregunto cómo podría soportar el peso de tanto hierro.

Tretton acariciaba la cabeza magullada de su maza mientras parecía organizar sus recuerdos.

—Si me preguntaran por mi posesión más preciada, sin duda, esa sería el arma que blando. Cuando la empuño, siento que mi madre me acompaña, aunque nunca llegué a conocerla.

Doile se movió poco más de un metro hacia Tretton, situándose frente a él.

—¿Cuál es tu historia? Decías que también te has criado en el campo de batalla…

—Así es —asintió Tretton sin dejar de contemplar su maza—.

Capital entró en guerra con el mundo, como bien sabes.

Por aquel entonces, Lana, mi madre y comandante del escuadrón Once, fue obligada a participar en ella por orden de Krollo.

Como comandante, ella no podía faltar en aquella cita a pesar de su avanzado embarazo.

Harto de permanecer en la sombra, decidí abandonar el vientre materno en medio del conflicto.

Los enemigos de Capital aprovecharon aquella distracción; acabar con una de las comandantes capitenses era un plato muy jugoso que no podían dejar pasar.

Cuando llegó el momento de dar a luz, sus enemigos la rodearon expectantes, aguardando impacientes el momento de mayor vulnerabilidad mientras afilaban sus espadas.

Aun sosteniendo a un recién nacido entre sus brazos, no logró despertar piedad en aquellos hombres que deseaban su muerte.

Doile abrió sus ojos hasta su límite, impactada por el relato del comandante.

—Qué forma más cobarde de quitarle la vida a alguien, ni siquiera dándole la oportunidad de defenderse.

Tretton suspiró.

—Lo único que le concedieron fueron unas últimas palabras —a pesar de la crudeza de su relato, el comandante mantenía su semblante rígido—.

“Cuidad a este bebé como si fuera vuestro”—una sonrisa forzosa recorrió el semblante de Tretton—.

Ni el corazón más oscuro puede obviar las últimas palabras de una madre.

Los asesinos de Lana acataron su último deseo y, acabado el conflicto, me abandonaron a las puertas de Capital.

Me entregaron a Krollo, haciéndole saber que se trataba del hijo de Lana, comandante fallecida en defensa del reino.

Pero Krollo, no queriendo asumir aquella responsabilidad, delegó mi cuidado a un mendigo que deambulaba por el reino; Tromka, el cautivador de ratas.

Llegaron a un acuerdo entre ellos; él me criaba a cambio de unas monedas y Krollo me reclutaba entre sus filas cada vez que estallaba un conflicto.

Según él, un niño nacido en la guerra estaba destinado a vivir en ella.

El comandante cerró sus ojos durante unos segundos.

—Durante mi infancia en las calles conocí a Zékiel —prosiguió, cruzando sus fornidos brazos—.

Él era el crio más fuerte de los bajos fondos y, movido por ese ego que tiene, abusaba de su tamaño infundiendo terror sobre el resto de niños —Tretton sonrió—.

Yo era el único que lograba plantarle cara.

No era tan fuerte como él ni tampoco gozaba de una gran estatura, pero tenía algo que el resto de niños no: mi Bendición.

—¿También fuiste Bendecido siendo tan solo un niño?

—No recuerdo el momento exacto, pasó de repente —dijo Tretton mientras asentía—. Pero con ella podía enfrentarme a aquel abusador conocido como Zékiel. Aunque debo reconocer que, aunque él no poseyese Bendición alguna, conseguía plantarme cara.

—Y treinta años después, seguís igual. Midiendo vuestros egos cada vez que os veis —Doile sonrió—. No habéis madurado ni un poco.

—Él se lo busca.

La comandante puso los ojos en blanco tras un chasquido de su lengua.

—Con el tiempo —prosiguió el comandante—, tal y como pasó contigo, Álvar tomó el trono y fue entonces cuando me concedieron el puesto de comandante.

Pude así liderar el mismo escuadrón que comandaba Lana, heredando incluso su compañera de guerra —Tretton acarició la cabeza de la maza—.

Y desde entonces, no nos hemos separado nunca.

La brisa que se deslizaba por los valles a las afueras de Olika acarició los cabellos de ambos comandantes.

Los últimos rayos del sol se despedían en el horizonte, bañando con su luz los yermos a las afueras de Capital.

Hubo silencio. Doile observaba con ternura al comandante.

Por primera vez, pudo apreciar ese corazoncito que Tretton se empeñaba en ocultar bajo su gruesa capa de rudeza.

—¿Sabes? —intervino Doile de pronto, repeinándose uno de sus mechones tras su oreja—.

Creo que es precisamente nuestro pasado y la vida que nos ha tocado vivir lo que llamó la atención de Gheva, concediéndonos el don que poseemos.

Tal vez eso es lo que implica ser comandante de Capital: saber lidiar con el recuerdo de nuestro pasado a pesar de lo traumático que pueda ser —Doile rodeó los hombros de Tretton con su brazo—.

Hoy siento que he conocido más a ese hombre refunfuñón que siempre está de mal humor y maldice todo lo que ve.

Gracias por abrir tu corazón y compartir tu historia.

Tretton no contestó, se limitó a sonreír mientras dedicaba una mirada cómplice hacia su compañera.

—Pero ahora, sigamos nuestro camino —prosiguió Doile—. Capital está a escasas horas de aquí y ya nos hemos entretenido más de lo que deberíamos.

La comandante se alzó del suelo, se ajustó la pechera de jaspe negro y se dispuso a avanzar hacia sus soldados, que descansaban bajo el cobijo de unos árboles más allá.

—Doile.

La comandante se giró bruscamente hacia Tretton y, al hacerlo, su cabello rojizo y plateado golpeó su rostro.

—Si preguntan; jamás hemos tenido esta conversación —dijo Tretton con cierto tono desafiante, retirándose la humedad de sus ojos que con tanto esfuerzo había tratado de contener.

Ella sonrió.

—Puedes estar tranquilo, grandullón. Nadie sabrá que incluso alguien con la sangre de hielo como Tretton también llora de vez en cuando.