11. Cicatriz
L os cielos despertaron grises aquella mañana de otoño.
Rara vez llovía en Yombeka, pero cuando lo hacía, las nubes lloraban desconsoladas dejando caer su carga sin piedad.
Tras haberse visto forzados a acampar en el islote durante varios días, ahora se enfrentaban a la ironía de que, una vez más, el agua amenazaba con acompañarlos durante su regreso a Capital.
Los soldados de los escuadrones caminaban a buen ritmo, sin importar los nubarrones que los amenazaban o el monótono paisaje que transitaban.
Los más doctos en medicina habían logrado calmar las heridas mortales de los davenses que rescataron, permitiéndoles sobrevivir hasta llegar a Capital, donde serían mejor atendidos.
Los miembros de ambos escuadrones cargaban con ellos usando unas camillas improvisadas elaboradas a partir de tiernas ramas de madera y hojas ovaladas que encontraron esparcidas por el islote.
Tretton, quien encabezaba la marcha junto con Doile, se detuvo de pronto apoyándose sobre un árbol en el camino. Llevó ambas manos hacia la parte baja de sus piernas, gesticulando una mueca de dolor mientras las recorría con los dedos.
—¡Deteneos! —gritó Doile hacia los soldados.
Los miembros del escuadrón relajaron su postura de firme. Los soldados que cargaban con los davenses apoyaron sobre el suelo las camillas, aliviando momentáneamente el peso que transportaban sobre sus hombros.
—¿Por qué ordenas que nos detengamos, maldita sea? —gruñó Tretton con un deje de rabia—. Ya se puede ver Capital en la lejanía; si nos detenemos ahora, nos demoraremos en llegar.
—Si pretendes que cargue contigo hasta el reino, estás muy equivocado —espetó Doile, apoyando el brazo de Tretton sobre sus hombros, aupándolo—. No sé si has reparado en que pesas tanto como un bloque de mármol.
La comandante lo condujo hacia el flanco del sendero, descargándolo bajo el amparo de la sombra de un árbol. Tretton ladeaba la cabeza molesto al sentir la impotencia de no ser capaz de valerse por sí mismo.
—No necesito ayuda, estoy bien.
—Y mejor que vas a estar cuando te recompongas un poco —contestó ella—. Acércate, deja que te cambie las vendas.
Doile aflojó las placas de armadura que protegían la cintura de Tretton hasta dejar las piernas al desnudo.
Con cuidado, fue deshaciendo el vendaje que rodeaba sus muslos.
Varios cortes verticales surcaban la superficie, la tibia del comandante sobresalía unos centímetros de su carne y su rodilla presentaba unas protuberancias alrededor, como si el hueso hubiese sido quebrado en varias partes.
Tretton apretó su mandíbula para contener el dolor.
—Aguanta, será solo un momento —aseguró Doile mientras presionaba con su mano la herida impidiendo que el hueso sobresaliese más.
Con toda la premura y delicadeza que le fue posible, la comandante del Dos selló la oquedad embutiendo la pierna, rodeándola con varias capas de aquellas vendas.
—Te excediste demasiado con el uso de tu Bendición —indicó ella, dándole a Tretton una última vuelta con los vendajes. Se dejó caer exhausta junto a él al finalizar la tarea—. De usarla un poco más, ahora estaría hablando con un muñeco de trapo.
—Espero que esté bien sujeta —gruñó Tretton moviendo ligeramente los dedos del pie, comprobando la firmeza del vendaje—. Esta es la última vez que paramos por mis piernas.
—Créeme, yo también lo espero —respondió Doile, secándose el sudor con su antebrazo.
Tretton se giró hacia su compañera clavándole sus ojos aceituna.
—Deberías ser tú quien estuviera envuelta en vendas y no yo —dijo—. ¿Acaso no sufres secuelas?
Doile examinó sus manos, girándolas lentamente, observando las erupciones violáceas que aún marcaban su piel por la hipotermia.
—Por poco pierdo la vida en el lago —confesó, cerrando sus manos en un puño—. Manipular mi temperatura corporal hasta esos límites puede ocasionarme un daño irreversible. Suerte la mía haber podido retomar mi temperatura habitual con tan solo unos días de reposo.
—Deberías estar muerta —reprochó Tretton.
Doile se tornó bruscamente hacia él, su pelo rojo y plateado acompañándola en su movimiento—.
Sé que puedes manipular tu temperatura corporal y traspasarla a los cuerpos que tocas, ¿pero aumentar la temperatura de un lago entero?
Sigo pensando que fue un riesgo innecesario.
—Innecesario quizás, pero efectivo —Doile volvió a mirar al infinito—. Además, conozco muy bien el poder destructivo de mi Bendición y hasta donde puedo llegar con ella —sonrió—. Demasiado bien.
Tretton arqueó su ceja levemente al notar el pesar en las palabras de la comandante.
—¿Qué intentas decir?
Doile suspiró. Alzó su vista contemplando las nubes que revoloteaban por encima de su cabeza mientras los recuerdos de su niñez se catapultaban en su mente.
—Controlar hasta este punto mi Biocinetismo me ha acarreado un gran costo —dijo la comandante del Dos por fin—. Tiempo, esfuerzo y… vidas.
—¿Vidas humanas?
Doile asintió con temor mientras más imágenes de su pasado se proyectaban en su cabeza.
—Siempre he sido una rata de guerra, Tretton —confesó—.
Como bien sabes, a los que nacemos con cabellos de colores inusuales se nos considera hijos de Yavan.
Y, aunque mi madre logró aceptarme con el tiempo, Aldo, mi padre, jamás me perdonó —Doile volvió a recostarse sobre el tronco—.
Para entender mi pasado, hay que remontarse a los tiempos del rey Krollo y de cuando este decidió expandirse y conquistar todos los reinos más allá de Capital.
Mi padre no dudó en participar voluntariamente en el conflicto, pues sentía un gran amor por su bandera y su reino.
Un amor mucho más profundo del que nunca sintió hacia mí o mi madre —Doile hizo una pausa—.
Me crió a pesar de la vergüenza que sentía tener una hija como yo para, llegado el momento, obligarme a acudir a las batallas que libraba Capital.
—¿Una rata de guerra dices? —preguntó Tretton mientras miraba el cielo recordando él también tiempos pasados—. ¿Te lanzaron al campo de batalla aún siendo una niña?
—Fue mi padre quien me obligó —indicó la comandante tras un largo suspiro—.
El puesto comercial que él regentaba no era suficiente para alimentar tres bocas.
Y es por eso que mi madre, en secreto, se prostituía por las noches en los bajos fondos de Capital mientras él dormía.
Pero, a pesar de los intentos por ocultar su doble vida, los rumores pronto llegaron a oídos de Aldo y ya sabes cómo es la gente del reino; tienen esa necesidad de contarlo todo.
Ese día, mi padre entró en cólera y descargó su ira sobre mi madre.
Mi familia nunca volvió a ser la misma desde entonces —Doile hizo otra pausa, agachando la cabeza, ocultándose entre sus mechones—.
Pasó el tiempo y llegó el día de mi octavo cumpleaños.
Mi madre decidió gastar todos los ahorros que pudo conseguir en una noche en comprar los ingredientes para elaborar la tarta más deliciosa que jamás se había cocinado.
Tan blanca como los muros de Lenov, decorada con surcos de mermelada de frambuesa y fresas silvestres.
Recuerdo despertarme rebosante de alegría.
Ella me recibió en la cocina con un pedazo de aquella delicia al son de cánticos y serpentinas de colores.
Pero, antes de probar bocado, Aldo entró en casa.
Estaba eufórico, fuera de sí, gritando una y otra vez que Capital había entrado en guerra.
Su nacionalismo enfermizo le obligaba a acudir a esa batalla, y con él, me obligo acudir a mí también.
Mi madre intervino tratando de hacerle entender que una guerra no era lugar para una niña de ocho años.
Pero Aldo, tras desoír las palabras de su esposa, llamarla “puta” varias veces, lanzar de un manotazo la tarta contra el suelo y maldecir el día en que parió a una hija de Yavan, me agarró del brazo y me arrastró con él al campo de batalla.
Tretton miró a Doile con el ceño fruncido.
—Veo que ninguno de los dos ha vivido una infancia fácil —dijo el comandante sin apartar sus ojos de Doile—. Pero hay algo que no entiendo. Los niños que participábamos en la guerra no éramos muy numerosos y nos conocíamos entre nosotros. Me extraña no recordarte.
—¿Estuviste allí también?
Tretton asintió.
—Al igual que tú, yo también fui un niño de guerra.
Presté servicio en el escuadrón de reconocimiento: un pelotón formado por niños inexpertos que Krollo usaba como carnada para asegurar el campo de batalla —Tretton dejó caer su cabeza sobre el tronco, mirando al cielo mientras relataba—.
Muchos perdieron la vida allí, pero otros, como yo, tuvimos la suerte de vivir.
—Yo estuve sola en aquel conflicto —interrumpió Doile estirando un mechón rojiblanco pensativa—. Nunca pertenecí a ningún pelotón o escuadrón de reconocimiento. Ni siquiera mi padre, quien me arrastró allí, luchó a mi lado.
—¿Qué hiciste para sobrevivir? —preguntó Tretton arrugando su frente—. No era fácil participar en una guerra bajo el mandato de Krollo y salir con vida de ella. Y menos para una niña de tu edad.
Doile apoyó su bastón de roble sobre su regazo. Miró hacia arriba, observando como las hojas del árbol sobre el que se apoyaba se precipitaban meciéndose en el aire mientras escogía sus siguientes palabras.
—Fui bendecida por Gheva en aquella batalla —aclaró—.
Todo ese fanatismo que mi padre parecía tener para con el reino, se le escapaba por los poros cuando llegaba el momento de la verdad.
Se escondía entre los arbustos, yaciendo con mujeres del bando contrario y atiborrándose a alcohol.
A mí me arrojaba al campo de batalla con la esperanza de borrarme de la existencia —una sonrisa cargada de tristeza se dibujó en su rostro—.
Ya sabes, por aquello del color de mi pelo.
Tretton permanecía atento a las palabras de Doile, como si nada más importase.