10. Egreso
S eis ojos de fuego se adentraron en la estancia. Los tres Hiniur apoyaban su vientre sobre el suelo terroso, reptando sigilosos hacia los humanos. Sus orbes carmesíes podían apreciarse aun en la oscuridad más absoluta y, gracias a ello, los comandantes pudieron intuir su posición en todo momento.
—¿Y nuestros hombres? —preguntó Tretton sosteniendo con más ahínco la gran maza con ambas manos—. ¿Acaso no los han visto entrar?
Tras las primeras sombras que se adentraron en la cueva, más como ellas les seguían de cerca.
Un centenar de Hiniur, armados con garras y colmillos, irrumpieron en la caverna con una sed de sangre insaciable.
Sus dedos estaban unidos por un tejido membranoso y sus colas ostentaban como adorno varias aletas triangulares alrededor de la punta, lo que recordaba al culatín de una flecha.
El eco de sus feroces rugidos resonó a través de las diferentes oquedades de la cueva. Pronto los comandantes se encontraron rodeados por aquellos ojos infernales que los acechaban desde todos los ángulos, rodeándolos.
—Están por todas partes —declaró Doile mientras estiraba el cuello, logrando vislumbrar el exterior de la caverna—. Nuestros hombres están luchando fuera contra infinidad de ellos. Nos han emboscado, Tretton.
El del Once dudó unos instantes. Cerró sus ojos cavilando una solución mientras los engendros escamados se aproximaban cada vez más a ellos. De pronto, envainó de vuelta su gran maza. Doile frunció el ceño.
—¿Se te ha ocurrido algo? —inquirió dando pequeños pasos hacia atrás.
—Necesito que me abras camino hasta la salida —espetó el comandante acercándose a los davenses—. Vamos a salir por la fuerza.
Doile, no viendo otra alternativa, asintió.
—Ya sabes que no me gusta ser impulsiva —confesó, mientras la luz que envolvía sus manos ganaba intensidad—. Pero, por esta vez, lo haremos a tu manera.
Un haz de luz envolvió los brazos y la espalda de Tretton, creando un aura luminosa que lo rodeó. Con un movimiento ágil y casi sin esfuerzo, el comandante alzó a dos de los davenses del suelo, cargándolos sobre su espalda y acunando al tercero entre sus brazos.
La comandante del Dos recogió varios pedruscos que se esparcían por el suelo.
Cerró sus manos dejando que la luz de su Bendición abrazara las rocas.
Poco a poco, las piedras comenzaron a irradiar calor hasta tornarse del color del fuego, entremezclándose con la luz pálida que emitían los dedos que las sostenían.
El aura rojiza que comenzó a emanar de las rocas y el haz blanquecino de la Bendición que las envolvía iluminaron el rostro de la comandante, a juego con su cabello platino y rojizo.
—¿Preparado?
Sin esperar respuesta, Doile caminó hacia la entrada de la caverna con una serenidad impropia para la situación en la que se encontraban.
Un par de Hiniur corrieron en su dirección ayudándose de sus cuatro extremidades para ganar velocidad.
Con un fuerte latigazo de su brazo, la comandante lanzó una de las piedras hacia ellos.
Los Hiniur detuvieron su carrera para retorcerse en el suelo del ardor que sintieron al notar cómo la piedra incandescente penetraba en su interior, derritiendo su escamada piel hasta atravesarles el cuerpo.
Un nuevo grupo de Hiniur corrió hacia la ubicación de Doile pero, nuevamente, una lluvia de piedras incandescentes se interpuso en su trayectoria.
Las rocas magmáticas continuaron surcando el aire como estrellas fugaces, iluminando parcialmente el lugar por donde pasaban.
Una a una fueron impactando, atravesando a los Hiniur que encontraban en su camino.
Las bestias escamadas aullaban de agonía mientras las piedras dejaban un rastro de muerte a su paso.
Tretton esperó con paciencia el momento idóneo, sosteniendo a los tres davenses sobre su cuerpo mientras Doile despejaba la salida.
Finalmente, pudo divisar un estrecho hueco en medio de la masa de Hiniur.
El haz de luz que fluía por sus brazos y espalda se extendió entonces hacia sus piernas.
Con una sonrisa complaciente y un poderoso impulso, Tretton emprendió una carrera hacia el exterior.
Con cada nueva zancada que daba, el suelo se agrietaba a su paso, elevando pequeños montículos de tierra allá por donde pisaba.
Como un ariete que impacta sobre el más sólido acero, Tretton logró sobrepasar la multitud de bestias.
Algunas garras lograron rozarle ligeramente, pero la mayoría de bestias caían heridas a su paso debido a las piedras incandescentes que arrojaba Doile.
Cuando Tretton sobrepasó a su compañera, ella se lanzó en una veloz carrera hacia el exterior junto a él, cubriendo su retaguardia lanzando más de aquellos proyectiles a los Hiniur que osaban perseguirles.
Por fin lograron salir pero la escena que les aguardaba no difería mucho del interior; los soldados de ambos escuadrones luchaban por sus vidas contra una horda de Hiniur que trataban de arrebatárselas.
—¿Puedes seguir, Tretton? —preguntó la comandante entre jadeos.
—No podemos demorarnos mucho más —respondió—. Empiezo a sufrir las secuelas de mi Bendición y si eso pasa, no seré más que otra carga de la que te tengas que ocupar.
—¡Comandante! —gritó de pronto uno de los soldados del Dos—. ¡Arriba en la montaña!
Los comandantes, aún recuperándose de la carrera, alzaron su vista para comprobar qué inquietaba tanto al soldado.
Una masa oscura compuesta por un número todavía mayor de Hiniur descendía velozmente por la ladera de la montaña hacia ellos.
A pesar de lo pronunciada y lisa que lucía la pared montañosa, los semejantes de Yavan avanzaron por ella a una velocidad vertiginosa, como si del prado más verde y firme se tratara.
En lo más alto, erguido sobre sus dos patas, una sombra más corpulenta que el resto de Hiniur los miraba imponente.
Como el resto de engendros, sus ojos eran rojizos y su piel escamada del color del carbón.
También tenía una larga crin que le recorría la espalda hasta besar el suelo y unos caninos que se curvaban al sobrepasar su mandíbula.
Pero tenía algo diferente a los demás. Su rostro no lucía ese aire primitivo que poseían los Hiniur comunes.
Parecía poder razonar y pensar. Sobre su escamado torso exhibía varias piezas de armadura que le cubrían parte del pecho y el hombro.
Unos cuernos de tronco oscuro como ceniza y punta oxidada se elevaban por encima de su cabeza hacia el cielo.
Un adorno de acero se enroscaba detrás de cada oreja, delineándolas y ascendiendo hacia los cuernos.
Sostenía entre sus manos un asta que extendió hacia los comandantes bajo la montaña, señalándolos con su punta de acero.
Un mar colérico de Hiniur emergió tras la bestia de la asta, sobrepasándola y descendiendo montaña abajo hacia los capitenses.
—Tretton, no vamos a poder con ellos —advirtió Doile, retrocediendo al ver la avalancha de ojos rojos que se aproximaba.
—Debemos retirarnos —respondió él con una mueca de dolor, resentido por las secuelas causadas por el uso abusivo de su Bendición—. Me adelantaré hasta encontrar un lugar seguro para los davenses y me uniré a vosotros cuanto antes, pero debo darme prisa, no soportaré la Bendición mucho más.
El comandante dio un par de pasos, pero su avance fue interrumpido por la mano de Doile cuando se apoyó repentinamente sobre su hombro.
—Hay un rio ladera abajo que desemboca en un pequeño lago al oeste de aquí —indicó sin apartar la vista del paisaje que se abría ante ellos—. Esperadme allí; yo me ocupo de los Hiniur.
El comandante observó a su compañera dubitativo. Si algo había aprendido durante su rigurosa instrucción, era la premisa inquebrantable de nunca dejar a un compañero atrás.
—Confía en mí —pidió Doile al percibir la preocupación en los ojos de Tretton—. Se me ha ocurrido una idea.
El comandante del Once vaciló unos instantes.
—¡Soldados! —gritó por fin—. Seguidme ladera abajo, ¡es una orden!
Tretton volvió a alzar su vista hacia la montaña para comprobar como los Hiniur cada vez estaban más cerca de su posición.
—Sea lo que sea que hayas pensado, espero que funcione.
Cuando el haz de luz volvió a extenderse hasta sus piernas, el comandante se impulsó en una carrera colina abajo.
Los miembros de ambos escuadrones lo siguieron, pero ninguno pudo mantener el ritmo inhumano de Tretton, quien ya pisaba la falda de la ladera cuando ellos apenas habían abandonado la cima.
Doile corría tras los soldados, volviendo la mirada de vez en cuando hacia la horda de Hiniur que ya habían tocado tierra y los perseguían incansablemente.
Tretton miró a su alrededor atentamente en busca del lugar indicado por su compañera.
A pocos metros hacia el oeste, se desplegaba un diminuto riachuelo cuyo caudal desembocaba en un islote rodeado por las aguas cristalinas del río.
El haz de luz que recorría sus piernas adoptó un grado más de luminosidad para, seguidamente, lanzarse en una carrera desenfrenada hacia el montículo de tierra.
—Sujetaos —bramó a los davenses que cargaba—. Casi hemos llegado.
El comandante redujo su velocidad cuando varios crujidos resonaron desde sus talones.
Uno de los davenses sujeto a su espalda desvió la mirada buscando el origen de aquel sonido que parecía no preocupar a Tretton.
Desde aquella posición pudo comprobar como una serie de protuberancias emergían de la armadura del capitense, dando la impresión de ser los propios huesos de sus talones y rodillas que sobresalían de su piel.
—Comandante, deténgase —advirtió el davense con preocupación—. Está destrozando sus propias piernas.
Él continuó su marcha, ajeno a las advertencias. A pesar del dolor que sufría, finalmente alcanzó la orilla del río y, sin prestar atención al estado de sus piernas, se lanzó al agua de un salto.
Surcando la corriente con tesón y soportando el peso de los davenses, logró atravesar el cauce hasta llegar al pequeño montículo que se erguía en el centro del lago. Una vez allí, tendió a los hombres que custodiaba bajo la sombra del escaso follaje que crecía a lo largo de la pequeña isla.
Este es el límite de mi Bendición, pensó mientras el haz de luz abandonaba su cuerpo y se desplomaba sin fuerzas sobre el suelo. Del resto te encargas tú, Doile.
Tendido en el suelo y con la vista nublada por el agotamiento, Tretton percibió las siluetas de los miembros de los escuadrones a medida que se acercaban al río, adentrándose en sus aguas sin titubear.
A pesar del peso de sus armaduras, los soldados nadaron hacia la orilla del islote sin mayor dificultad.
Uno tras otro iban ascendiendo al montículo, mientras Doile seguía nadando varios metros por detrás y, tras ella, una densa nube de polvo provocada por la masa de Hiniur que corrían hacia el río envolvía la llanura.
A escasos metros de alcanzar la superficie del montículo, Doile detuvo su nado.
Aún flotando en las aguas, se giró para contemplar a los Hiniur que corrían incansables en su dirección.
Pudo observar cómo, al llegar al río, las bestias se detuvieron y vacilaron antes de adentrarse en su caudal.
Pero el ansia de muerte era muy superior a su instinto de supervivencia y, finalmente, se adentraron en el agua.
Haciendo uso de sus membranas natatorias y sus colas aleteadas, los Hiniur nadaron a más velocidad de la que Tretton había esperado.
—¡Doile! —exclamó—. Me he excedido con la Bendición y no podré ayudarte a salir.
La comandante ignoró los avisos de su compañero. Poco a poco, el agua cristalina se volvió negra mientras más de un centenar de Hiniur se adentraba en ella, tiñendo el lago con el reflejo de sus oscuras pieles.
—¡Doile! —gritó Tretton, utilizando las últimas reservas de su energía—. El plan no está funcionando. Estos Hiniur están más desarrollados que los enfrentados hasta ahora. ¡Sal de ahí!
Doile se detuvo y se volteó hacia las bestias. Alzó sus brazos, dejando que el haz de luz la envolviese una vez más. Desoyendo los gritos de Tretton, la comandante del Dos sumergió sus dos extremidades bajo el agua.
Los Hiniur, a pocos metros de distancia de la comandante, se detuvieron de repente.
El agua a su alrededor comenzó a burbujear frenéticamente, mientras columnas de vapor emergían desde las profundidades del lago.
Doile, aún envuelta por la luz, comenzó a temblar violentamente mientras su tez adquiría un tono violáceo.
Sin que pareciera importarle, mantuvo sus brazos sumergidos mientras observaba con una sonrisa la manada de Hiniur frente a ella.
Las bestias de ojos carmesí empezaron a retorcerse entre agudos chillidos de agonía.
Sus escamas, una a una, se desprendieron de sus cuerpos como hojas de otoño que abandonan sus ramas.
La piel bajo la capa de escamas se despegaba de sus cuerpos, revelando los músculos y tendones que se desvanecían al entrar en contacto con el agua.
Una sensación de asombro y horror se apoderó de todos los presentes, mientras observaban como Doile deshacía a aquellos seres hasta borrar cualquier vestigio de su existencia.
Tras evaporar al último de los Hiniur, la comandante del Dos abandonó las aguas con dificultad situándose junto a sus hombres.
—¡Rápido! Ayudadla a salir —ordenó Tretton—. ¡No toquéis el agua!
Varios soldados se acercaron a la comandante. Sosteniéndola por sus axilas, lograron arrastrarla hasta la superficie.
—Encended un fuego —volvió a ordenar Tretton desde el suelo—. Y cubridla con ropa seca.
Los soldados obedecieron al instante. Algunos encendieron una pequeña hoguera junto a la comandante mientras otros se apresuraron a cubrirla con pieles y ropajes secos.
—Te dije que confiaras en mí— susurró Doile mientras sus ojos se encontraban con los de su compañero y una leve sonrisa brotaba en su semblante.
—Has ido demasiado lejos, Doile —advirtió Tretton—. ¡Mírate! Estas al borde de una hipotermia. ¿Cuánto de tu calor corporal has traspasado al agua?
—¿Qué importa? —Doile, a pesar de su estado, sonreía—. Hemos podido escapar, ¿no? eso es lo importante.
—¿Era esto parte de tu plan?
—¿Quién sabe? —susurró Doile notando como el calor corporal volvía a su ser adquiriendo su tono rosado habitual.
—La próxima vez, lo haremos a mi manera —reprochó Tretton—. No es necesario que arriesgues tu vida así…
Tretton calló al percatarse de que su compañera dormía. El cansancio la había vencido.
—Tienes razón —dijo para sí mismo—. De nada sirven las palabras ahora. Será mejor que recuperemos fuerzas para poder seguir con nuestro viaje cuanto antes —se volteó, dejándose caer sobre el suelo exhausto, apoyando su cabeza entre sus manos—. Gracias por salvarnos hoy.