La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 9. Ímpetu #2
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9. Ímpetu #2

El lugar no destacaba a primera vista excepto por las ramas secas de los árboles cercanos que se inclinaban torpemente sobre él, convirtiéndolo en un refugio perfecto.

Sobre la fachada de la montaña, una gran apertura que bien recordaba a la boca de una serpiente se abría imponente ante ellos.

Las estalactitas de roca que sobresalían de la entrada parecían sus colmillos, y los afilados escarpes que enmarcaban el acceso, su piel escamada.

Tretton extendió su brazo horizontalmente, ordenando a sus hombres detenerse.

Con un leve gesto de su cabeza, el comandante indicó a su compañera que le siguiera.

Los miembros de los escuadrones esperaron firmes varios metros alejados de la entrada, mientras sus líderes se aventuraban hacia el interior.

Allí dentro, la oscuridad más absoluta fue quien les recibió. Tal era la ceguera, que resultaba imposible distinguir cualquier forma conocida. Cuidando sus pasos, Tretton fue avanzando hacia las fauces de aquel obscuro refugio.

—Este lugar no me da buenas sensaciones —murmuró Doile desde la entrada—. Hay demasiado silencio.

—Es lo suficientemente grande para abarcarnos a todos —aseguró Tretton—. No parece peligroso.

Las palabras de su compañero animaron a la comandante del Dos a adentrarse un poco más en la cueva.

—El olor a humedad aquí es muy intenso —señaló Doile mientras avanzaba por la penumbra—. Debe de haber agua por los alrededores.

Tretton entrecerró los ojos, esforzándose por adaptarse a la oscuridad de la estancia.

—No es humedad lo que percibes —señaló—. Huele a muerte. Reconocería este olor aun sin olfato. Alguien ha debido proteger este lugar espada en mano.

—¿Hiniur? ¿Aquí? —replicó Doile, forzando también su vista.

Tretton avanzó varios metros más en la oscuridad.

—¡Somos comandantes de Capital! —gritó—. Si alguien puede oírme, que no tema.

El eco de su voz inundó la caverna. Tretton miró hacia el infinito, esperando alguna respuesta mientras su voz se desvanecía en la lejanía.

—¿De Capital? —repuso otra voz desde alguna parte de la cueva—. ¿Acudís de parte de Álvar?

—¡Así es! —respondió Doile proyectando sus palabras—. ¿Dónde estáis? Venimos en vuestra ayuda.

Una llama iluminó la cueva. Una antorcha ubicada en un rincón, resguardada bajo un saliente de rocas en lo profundo de la gruta, emergió entre la oscuridad.

Tres hombres que vestían túnicas grises con caperuzas yacían en el suelo, ocultándose bajo el saliente.

Uno de ellos sostenía débilmente la antorcha en alto.

Doile y Tretton corrieron hacia la luz. Al llegar, observaron con horror el estado lamentable de los cuerpos de aquellos hombres.

Sus ropas estaban manchadas de sangre y todos presentaban graves heridas causadas por desgarros y mordiscos.

A su alrededor yacían los cadáveres desfigurados de hombres, mujeres y niños que no habían tenido la misma suerte que ellos.

—Comandantes de Capital… —dijo uno de ellos entre susurros—. Gracias al cielo.

Doile se arrodilló frente a uno de los hombres.

Tenía parte de sus prendas hechas trizas y salpicadas de sangre seca.

Se percató de una herida abierta en uno de sus costados.

El tejido muscular estaba lacerado con un corte vertical que se abría y revelaba el interior de sus entrañas.

El hombre sostenía con su mano el pliegue de piel que aún estaba unido a su cuerpo, tratando de contener las tripas y vísceras que amenazaban con salir al exterior.

—Hay que llevarlos a Capital cuanto antes, Tretton —aseguró Doile mientras inspeccionaba la herida de cerca—. Necesitan tratamiento urgente.

El comandante se arrodilló junto a otro de los hombres.

Su pierna derecha presentaba una flacidez pronunciada, casi esquelética.

Sobre el propio muslo se abrían dos oquedades necróticas que penetraban en la carne del davense.

Alrededor de ellas, una esfera de piel amoratada y colgajos de carne abrazaban la lesión.

—Heridas de colmillos —susurró—. ¿Qué ha ocurrido aquí?

El tercer hombre, situado en uno de los extremos, se incorporó apoyando su espalda en la fría pared de la cueva.

—Huimos de Davá ante la invasión Hiniur —explicó con dificultad, con un rostro sumido en angustia—. Fuimos de los pocos afortunados que no perecimos bajo las llamas del fuego y pudimos salir del reino ilesos.

El hombre tosió a consecuencia del sobreesfuerzo que hacía para hablar. Doile buscó entre sus pertenencias hasta encontrar el odre de agua que llevaba consigo, entregándoselo al hombre. El davense bebió todo el contenido del recipiente sin apenas tomar aliento.

—Gracias —dijo jadeante, extendiendo el odre vacío de vuelta a la comandante—. Partimos de Davá siendo un grupo de veintidós. Algunos fallecieron por falta de comida, otros de tristeza. Nueve fuimos los que logramos llegar a este lugar.

—¿Os atacaron aun estando aquí ocultos? —interrumpió Doile.

—No exactamente. La inmensidad de esta cueva y la oscuridad que la inunda, nos sirvieron de escondite ante los ojos carmesíes. Pero, a medida que pasaban los días, nuestra provisión de comida y agua menguaba, forzándonos a salir en su busca.

—Durante nuestra búsqueda, nos emboscaron —intervino el davense que sostenía la herida con su mano.

—¿Hiniur? —preguntó Tretton.

El davense asintió.

—Pero no Hiniur comunes, comandante —continuó con una nota de terror en su voz—.

Entre sus filas había criaturas que jamás habíamos visto antes.

Hiniur más recios, más inteligentes, capaces incluso de hablar y razonar.

Había uno en particular mucho más corpulento que el resto.

Tan alto como los árboles, permanecía en la retaguardia tras el ejército de monstruos, dándoles órdenes y guiándolos mientras estos barrían el terreno y lo despojaban de cualquier resquicio de vida.

Doile miró a su compañero con ojos imbuidos de preocupación. Tretton mantuvo su atención en el davense, con su cabello ondulado cayendo sobre su rostro, delineando sus ojos verdes.

—Durante el ataque —continuó el herido —algunos de los nuestros murieron en el acto. Otros, como nosotros, pudimos burlar su atención y ocultarnos de nuevo en la caverna, aunque recibimos heridas en nuestra huida.

—Los cuerpos sin vida que veis a vuestro alrededor —indicó ahora el hombre que seguía sosteniendo la antorcha —son amigos que, como nosotros, lograron huir y ocultarse de nuevo en la caverna, pero presentaban heridas más severas que las nuestras.

Algunos abandonaron esta vida a las pocas horas de nuestra llegada, y otros esta misma mañana.

—Os sacaremos de aquí —aseguró Doile—. Os llevaremos a Capital y allí se os tratará.

—Agradecemos vuestra hospitalidad comandante, pero nuestras débiles piernas apenas nos mantienen en pie.

—Avisaré a mis hombres —intervino Tretton, alzándose del suelo—. Os cargaremos hasta el reino.

—Pero señor, el viaje a Capital es largo y el sol de Yombeka de seguro que os ha debilitado.

Ignorando las palabras del davense, Tretton avanzó a través de la penumbra dirigiéndose hacia la salida de la caverna.

—Tretton, ¿dónde te crees que vas? ¿podrías dejar de ser tan impulsivo por un momento? —gruñó Doile, deteniendo el avance del comandante—. No vamos a poder cargar con todos ellos; tus hombres apenas se pueden mantener en pie por la falta de descanso. Tenemos que buscar otra solución.

—He dicho que los cargaremos hasta Capital —insistió Tretton mirando a su compañera de reojo—. No pongas en duda la fuerza de mis hombres.

—Señor, con todos mis respetos —intervino con dificultad el davense de la pierna lacerada—.

Mis compañeros y yo mismo llevamos varios días asumiendo nuestra muerte.

La falta de agua y comida y las heridas que sufrimos se han convertido en nuestras más leales compañeras.

Nuestros envejecidos ojos ya han presenciado demasiada muerte y tristeza y desean descansar de este tormento.

No quisiéramos que arriesgaseis vuestras vidas por estos hombres que poco más pueden aportar a este mundo.

No os preocupéis por nosotros y huid, Yombeka ya no es segura.

Huid a Capital y contadle a Álvar y a los vuestros nuestro relato. Al menos, así podremos serviros.

—Cállate —interrumpió Tretton alzando la palma de su mano y agudizando su oído.

—Pero, señor…

El comandante sostuvo su gran maza de guerra con ambas manos mientras escrutaba el poco entorno que la oscuridad le permitía ver.

—No estamos solos.

Los allí presentes posaron su atención sobre el comandante ante tal afirmación.

El silenció imperó en el ambiente, únicamente interrumpido por el leve crepitar del fuego que bailaba sobre la antorcha.

Sin previo aviso, la suave luz que se filtraba desde la boca de la cueva se ocultó tras tres sombras que emergieron repentinamente en la entrada.

Tanto Doile como los tres hombres malheridos se sobresaltaron. La comandante, como su compañero antes que ella, se alzó del suelo al ver aquellas sombras de ojos de fuego y, situándose junto a Tretton, imbuyó sus manos con la luz de su Bendición.

—¡Hiniur! —gritó uno de los davenses—. ¡Están aquí!