La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 9. Ímpetu
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9. Ímpetu

S i por algo era conocida la llanura de Yombeka no era por su desértico paisaje capaz de desorientar hasta a los mercaderes que la transitaban a diario.

Tampoco por su infinidad de bosques, cuevas y los distintos recovecos que salpicaban su piel.

Lo que realmente llamaba la atención, y por lo que más se la temía, era por el sol abrasador que la bañaba.

A pesar de poseer pequeños lagos y ríos a lo largo de su superficie, atravesarla era toda una hazaña.

Y este logro cobraba aún más valor si se hacía incrustado en una opaca armadura como la de Capital.

Acelerando el paso, Doile se adelantó a los miembros de los escuadrones que caminaban frente a ella hasta alcanzar a Tretton, quien los lideraba desde la vanguardia.

—Qué día tan magnífico para caminar sobre el cálido Yombeka, ¿verdad? —dijo el comandante al notar la presencia de su compañera a su lado—. El sol vuelve a brillar sobre nosotros un día más. Gheva nos acompaña.

Doile frunció el ceño.

—No puedes decir eso convencido.

—¿Por qué no iba a hacerlo? —respondió Tretton, ajustándose el cinto de cuero que atravesaba su torso musculado—. El sol nos imbuye a todos con la energía que necesitamos para afrontar esta larga travesía.

—Tretton —intervino Doile con sus mechones platinos y rojizos pegados a su frente por el sudor—.

¿Sabes a cuántos viajeros y comerciantes de los que se atrevieron a recorrer estas tierras en las horas más críticas les arrebató su vida el calor de Yombeka?

Y, adivina qué —levantó su dedo índice al cielo—.

El sol esta justo sobre nuestras cabezas ahora, estamos sufriendo las horas más calurosas del día.

Tretton contrajo sus voluminosas cejas en una expresión de confusión para, seguidamente, voltearse hacia Doile. Su mirada esmeralda, delineada por un marco de gruesas pestañas, se clavó en la comandante.

—Nuestros escuadrones están exhaustos —prosiguió Doile al percatarse de haber logrado captar la atención de su compañero—. Deberíamos buscar cobijo y descansar, al menos hasta que el sol descienda un poco más.

Tretton se mantuvo en silencio durante unos segundos.

—Habla por ti, mis hombres son fuertes. Si descansamos ahora, será más costoso retomar la marcha luego.

—Recuerda que ellos no poseen Bendición alguna como nosotros —inquirió Doile, molesta por la testarudez de Tretton—, necesitan más descanso.

El comandante del Once detuvo su marcha ante la molesta insistencia de la líder del Dos. Los soldados que lo seguían se detuvieron con él.

—Son seis días de travesía los que cargamos sobre nuestra espalda —prosiguió Doile al ver la repentina detención de su compañero—. Y el único descanso que han disfrutado nuestros hombres son unas pocas horas para dormir por las noches.

Tretton se dio media vuelta. Furioso, avanzó hacia sus soldados que se mantuvieron firmes tras él, formaban en cuadrícula, tensos, con la mirada fija al frente.

El comandante caminó a lo largo de la primera fila; los ojos de sus hombres siguieron su recorrido.

Arrastraba su gran maza tras él, dejando un rastro en la arena.

La cabeza del arma, magullada y repleta de estrías, reflejaba como un espejo el semblante áspero y tosco del comandante.

Sus ojos se fueron clavando en los de sus hombres a medida que los sobrepasaba, observándolos a conciencia, como si pudiese leer el miedo que les infundía.

De pronto, Tretton cesó su paso, deteniéndose frente a un soldado que, por alguna razón, le llamó la atención.

—Da un paso al frente —le ordenó.

El soldado obedeció. Doile, que observaba desde la retaguardia, frunció el ceño.

—Retírate el yelmo.

El soldado acató la nueva orden. Al retirarse la pieza oscura de su cabeza, el desafortunado mostró su delicada tez juvenil al mundo: era un chico que rondaba los veinte años de edad.

Lucía un semblante rojizo, fruto del apabullante calor que arreciaba inmisericorde, y un corto pelo marrón, desgarbado debido a la humedad producida por su propio sudor.

—¿Deseas descansar o prefieres continuar la marcha? —preguntó Tretton, su voz ronca se propagó en el silencio—. Tú decides.

El joven elevó su mirada, atreviendo a encontrarse con la del comandante. La silueta imponente de Tretton se aproximó a él, su torso perlado en sudor eclipsó el sol. La mandíbula de su líder se tensó de forma intermitente, mientras sus ojos esmeralda lo observaban desde las alturas.

—¡Por Gheva, Tretton! —interrumpió Doile escasos metros por detrás—. Solo hay que ver en su cara el agotamiento que sufre. No lo sometas a tal compromiso.

—¿Y bien, soldado? —preguntó Tretton nuevamente, ignorando las plegarias de su compañera.

El joven luchó por mantenerse firme, evitando tambalearse bajo el agotamiento que afligía sus piernas.

—Seguir, mi señor —respondió el chico con un débil hilo de voz, como si temiese que su respuesta llegase a oídos del comandante.

—Bien —contestó el comandante alzando su maza y apoyándola sobre su hombro—. ¡Ya lo habéis oído! ¿Hay alguien que se oponga a la petición de este valiente?

Nadie respondió. Los miembros del escuadrón se mantuvieron firmes en sus posiciones, impasibles.

Todos excepto uno que, dos filas más atrás, se tambaleó y se vio forzado a usar su espada como punto de apoyo para no caer al suelo.

Tretton desvió su mirada hasta clavarla en aquel soldado que, exhausto, había roto la formación.

El comandante se abrió paso entre sus hombres, empujándolos con brusquedad, hasta situarse frente a aquel insensato.

—Retírate el yelmo, soldado —ordenó a su llegada.

El miembro del Once aunó fuerzas para mantenerse en pie y obedecer tan dura petición.

—¡RETÍRATE EL YELMO!

El grito de su líder recorrió su cuerpo como un rayo y, con un tembleque evidente en sus manos, el soldado obedeció. El semblante de un hombre que rondaba los cincuenta emergió tras el acero. Como su compañero antes que él, también tenía la piel enrojecida por el sol y su frente empapada de sudor.

—¿Y bien? —prosiguió Tretton—. ¿Qué opinas tú de la decisión que ha tomado tu compañero?

El soldado vaciló unos segundos.

—Estoy de acuerdo con él, mi señor —afirmó entre jadeos.

—¿Estás seguro? —insistió Tretton—. ¿No preferirías resguardarte del sol y humedecerte la nuca con agua fresca?

—Tretton escarbó entre sus ropajes hasta extraer un odre de agua fría, abrió la tapa y volteó el recipiente, dejando caer su contenido al suelo árido—.

¿De verdad que no quieres atiborrarte de esta agua tan fresca que está desperdiciándose ante tus ojos?

Tan solo tienes que pedirme que me detenga y el agua será tuya.

El soldado tragó saliva, observando como aquella cascada bailaba sensualmente delante de sus ojos.

—Apresúrate —indicó Tretton clavando su mirada en el soldado—. No queda mucha agua ya.

—No, señor —murmuró el soldado tragando saliva—. Mi decisión es firme. Seguiré.

Tretton esperó hasta que la última gota de agua abandonase el odre para, seguidamente, volverlo a guardar entre sus ropajes.

—Bien.

El comandante se volteó y se alejó de su escuadrón hasta situarse otra vez junto a Doile. Una vez allí, se volvió hacia sus hombres, mirándolos con desdén durante unos segundos.

—Cada segundo que pasa, es tiempo valioso que ya no vuelve —dijo, proyectando su voz—.

Nuestros compañeros han muerto por el reino, y es nuestro deber conseguir que sus vidas no hayan sido tomadas en vano.

De nuestra eficacia depende el futuro entero de nuestra propia existencia, la de nuestros hijos y la de los hijos de los mismos.

Nos enfrentamos a Hiniur que nada tienen que ver con los que combatíamos antaño.

Hiniur que cambian. Que evolucionan. Hay emisarios entre sus filas —hizo una pausa—.

Quien considere que esta travesía supone demasiado sufrimiento y no crea poder soportarlo, puede darse media vuelta y volver a Capital.

Los miembros de ambos escuadrones dudaron por un instante, algunos de ellos atreviéndose a intercambiar miradas de duda.

—Adelante, hacedlo si así lo deseáis. No seré yo quien os obligue a quedaros —prosiguió Tretton—. Pues aquellos que no soportan un simple paseo bajo el sol de Yombeka o dejan que el hambre y la sed se apoderen de su voluntad, difícilmente soportarán la carga de las batallas venideras.

El comandante guardó silencio, esperando que algún soldado se dejara tentar por sus palabras y decidiera regresar a Capital. Una vez más, sus hombres permanecieron firmes, dejando que el silencio fuese su única respuesta.

—Bien —dijo el comandante del Once rompiendo el silencio—. Hay una cueva a una hora de camino que debemos inspeccionar. Descansaremos allí.

El comandante emprendió la marcha de nuevo, los soldados caminaron tras él. Doile, aun con la frente arrugada, se apresuró hasta alcanzar a Tretton.

—Hay veces que no te entiendo —confesó la comandante del Dos—. ¿Era preciso ser tan duro con ellos? Bastaba con pedirles que soportasen el sol un poco más.

El rostro de Tretton dibujó media sonrisa.

—¿Duro? —replicó—. No soy yo quien marca la rudeza de los acontecimientos, Doile.

Nuestra existencia se tambalea, cada vez somos menos, y ellos cada vez vuelven más fuertes.

No soy yo el duro, sino las circunstancias que nos han tocado vivir —Tretton calló unos segundos—.

Solo quería cerciorarme de que los hombres que nos siguen están preparados para afrontarlo.

Aquella hora pareció eterna. La ubicación señalada en el mapa parecía estar empeñada en alejarse a medida que los capitenses se acercaban a ella. Pero, atravesando densas nubes de polvo y arena, finalmente se alzó ante ellos el anhelado descanso que Tretton había prometido.