La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 8. Restricción #2
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8. Restricción #2

—Y por los tuyos, yo puedo ver que jamás llegaras a gobernar Capital como es debido —los nudillos de Ramis se tornaron blancos debido a la fuerza con la que sostenía el mango de su espada—.

¿Crees que Álvar toleraría un acto como este?

¿Crees que tu hermano optaría por encerrar a uno de los nuestros?

—arrugó todavía más su rostro a medida que su furia incrementaba—.

Si quieres ser una líder que yo respete, sé más como él.

Jedena, por primera vez, abandonó su posición rígida para empuñar su tridente con ambas manos. Las palabras de Ramis, finalmente, habían logrado atravesar su coraza y herirle el orgullo.

—Escoge bien tus palabras, Capitán. No voy a permitir que metas a mi hermano en esto.

—¿Te atreves a apuntarme con tu arma? —el Capitán volvió a alzar su espada, esta vez apuntando directamente hacia la comandante—.

Primero exiges encerrar a mi hija, luego me faltas al respeto ¿y ahora osas dirigir tu arma hacia mí?

—dio varios pasos al frente—. Has llegado demasiado lejos, comandante.

La luz blanca volvió a inundar la mirada de Jedena pero, esta vez, era tan brillante como el sol. El antifaz lumínico le cubría la parte alta de su rostro y ahora sobresalía incluso fuera de los límites del mismo.

Ramis se detuvo al notar el poder de la Bendición de la comandante y cómo alteraba su percepción en segundos. Con un rápido movimiento de muñeca, cambió la dirección del filo de su espada, apoyándolo en su propio pecho, creyendo estar apuntando al corazón de Jedena.

—Iré —dijo Cincela interponiéndose entre los dos—. Iré donde dices.

La expresión de furia que deformaba el rostro de Ramis fue desvaneciéndose gradualmente a medida que el haz de luz abandonaba el rostro de Jedena.

—No tienes por qué obedecerla, hija —dijo Ramis, volviendo en sí—. Ha perdido completamente el juicio.

—Iré padre, la comandante tiene razón. Mírame —Cincela apartó los mechones dorados que ocultaban su ojo de fuego y la mancha oscura que, con cada día que pasaba, parecía arrebatarle más humanidad—. Si fueras un ciudadano de Capital, ¿tú te fiarías de mí?

Ramis cerró sus ojos, asimilando las palabras. Respiró profundamente antes de descender su espada y deponer su actitud amenazante.

—¿Estás segura de ello?, no tienes porque…

—Estaré bien —interrumpió Cincela sosteniéndole ambas manos—. No te preocupes, papá.

La máscara lumínica de Jedena se desvaneció por completo, su rostro volvió a imbuirse de la seriedad habitual. Ramis, sin decir ni una palabra más, inclinó la cabeza hacia delante, mostrando así su resignación.

—Acompáñame, muchacha —ordenó Jedena dándose la vuelta, adentrándose en la penumbra del castillo.

Cincela apretó las manos de su padre con suavidad antes de soltarlas por última vez y, tras un leve suspiro, caminó tras la comandante, hasta que ambas siluetas se perdieron en las entrañas del edificio.

Durante varios minutos, Ramis permaneció con la cabeza gacha y sus ojos cerrados, recreando una vez tras otra las imágenes de lo allí acontecido. El silencio era sepulcral, únicamente interrumpido por su agitada respiración.

De pronto, algo rompió ese silencio. Unos pasos nerviosos se aproximaban hacia él desde atrás, levantando tierra y polvo a medida que avanzaban.

—Siento la demora —se disculpó Verso exhausto por la carrera, su flequillo rectilíneo abierto por la humedad de su sudor—.

No sé qué me habrá provocado este efecto laxante.

Creo que ha sido culpa de la leche que nos sirven en el desayuno.

Desde que llegamos a Capital, he intentado hacerles entender que ese tono amarillento no es normal.

Pero ni caso, como siempre. Claro, ¿quién iba a hacer caso a un inexperto aprendiz de clérigo?

Debería fiarme más de mi instinto ¿no cree, Capitán?

—se encogió de hombros al no recibir respuesta—.

Pero, si se lo está preguntando, ya estoy mucho mejor.

De hecho, me siento tan ligero ahora que incluso me atrevería a empuñar una de esas espadas y practicar con vosotros—.

Verso calló al cerciorarse de que Ramis no le estaba prestando la más mínima atención—. ¿Señor? ¿Va todo bien?

Ramis abrió los ojos pausadamente hasta mirar al clérigo de reojo. Verso frunció el ceño.

—¿Y Cincela?

La puerta de la sala de contención era de acero, con una pequeña ventana circular en el centro. Dos soldados se mantenían firmes a cada lado de la puerta embutidos en su armadura de jaspe negro.

A su llegada, Jedena hizo un gesto con la cabeza y ambos guardias obedecieron, haciéndose a un lado. Uno de ellos alargó su brazo accionando los diferentes cerrojos y pestillos que adornaban la fachada de la lámina metálica y, con un leve empujón, ésta se abrió revelando su interior.

Las paredes eran de un negro cálido, con un trazo plateado que la dividía en dos mitades.

En el flanco izquierdo, se extendía una cama pegada a la pared que, para sorpresa de Cincela, parecía ser cómoda.

Junto a ella, un ventanal de gruesos cristales daba al exterior y, a través de él, podía verse La Arena.

Varios escudos de Capital adornaban las paredes y un robusto armario se erguía en uno de los laterales.

—Si precisas de algo, no dudes en avisar a los guardias de la puerta —indicó Jedena sin avanzar demasiado al interior de la habitación—. Tienen órdenes de abastecerte con aquello que necesites.

—No necesito nada —respondió Cincela casi al instante sin voltearse, observando a la comandante a través del reflejo de la ventana.

Jedena le dedicó una sonrisa forzada y desafiante. Sin más que añadir, la capitense asintió para, seguidamente, darse media vuelta dispuesta a abandonar la habitación.

Cincela se giró hacia ella pues quería decirle algo más.

Observo la espalda de la comandante y cómo se iba alejando poco a poco.

Reparó en que aquel día, su pelo se veía más recogido que de costumbre, sujeto por una pinza de color azul.

Sostenía su tridente con una mano, apoyándolo contra el suelo con poderío con cada nuevo paso que daba.

La comandante se detuvo cerca de la salida como si, de pronto, notase los ojos dicromáticos de la lenovense clavarse en su nuca.

Se volteó levemente, mostrando únicamente su perfil hacia Cincela.

—Siento haber tomado esta medida —las palabras de compasión de Jedena perdieron credibilidad cuando su sonrisa volvió a arrugar sus comisuras—. Tan pronto vuelvan el resto de comandantes de sus misiones, decidiremos qué hacer contigo.

—Si con esto ayudo a esclarecer los hechos acerca de la muerte de Álvar, así lo haré.

Jedena cerró sus ojos por un momento, antes de volver su mirada al frente y abandonar la habitación.

Un fuerte estruendo acompañó a la puerta cuando se cerró.

La comandante dijo algo al guardia que permanecía fuera, pero la insonoridad de la habitación no le permitió a Cincela descifrar qué fue exactamente.

Cuando la soledad y el silencio volvieron a ser sus compañeros, la joven se despojó de su armadura, colocándola sobre el soporte de madera próximo al armario.

Las prendas que vestía bajo esta eran cómodas: una blusa de tela color blanco que parecía poder albergar a otra como ella en su interior, y unas bermudas del color del roble.

Cincela se descalzó y se sentó sobre la cama. Miró por la ventana que, curiosamente, quedaba a la misma altura que sus ojos.

Fuera pudo ver a su padre con la cabeza gacha mientras Verso, a su lado, gesticulaba escandalosamente tratando de decirle algo.

De repente, su padre alzó su mirada, intercambio unas palabras con el clérigo y esbozó una sonrisa.

Verso entonces lo abrazó y, aunque Ramis tardó varios segundos en reaccionar, finalmente rodeó al clérigo con uno de sus brazos.

Cincela desenfocó su visión para prestar atención al cristal.

El parteluz de madera dividía la ventana en cuatro cuarterones.

En la parte izquierda, la lenovense pudo observar el reflejo de su cabello de verano y un iris celeste que le devolvía la mirada.

Se percató de que su mejilla ya no era tan redondeada como cuando vivía con sus abuelos.

¿Habré perdido peso?

Volvió su mirada al lado contrario. Un ojo que parecía carecer de alma le devolvía la mirada.

Apenas podía apreciarse el blanco en él, pues el tono rojizo parecía estar devorándolo.

Se apartó el cabello; la mancha negra que nacía de su nuca cubría su cuello en su totalidad y ascendía, llegando hasta la oreja.

Cincela suspiró, dejando caer su cabello de nuevo hasta tapar la marca de su maldición.

Se introdujo la mano en el interior de la blusa.

Palpo el interior buscando el nudo de las telas que le oprimían el vientre.

Cuando por fin lo encontró tiró de él, deshaciéndolo y dejando su tripa sobresalir con libertad.

Gesticuló una mueca de dolor. Apoyó su mano sobre el abdomen, notando las diversas protuberancias que lo cubrían y que aparecían y volvían a desaparecer intermitentemente.

Pagarás por todo el daño que me has ocasionado pensó manteniendo su mirada fija en su reflejo Juro que lo pagarás, Tayim.